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Estalla el caso de las ‘Stock Options’ de los directivos de Telefónica, Pedro J. Ramírez (EL MUNDO) sale en defensa de Villalonga

HECHOS

Los días 14 y 17 noviembre los columnistas D. Pedro J. Ramírez y D. Jesús Cacho (ambos de EL MUNDO) y D. Javier Pradera (de EL PAÍS) publicaron artículos relativos al Presidente de Telefónica, D. Juan Villalonga.

ETICA Y ESTETICA DE LAS «STOCK OPTIONS», 31.10.1999

31 Octubre 1999

La encrucijada de Villalonga

Pedro J. Ramírez

El presidente de la mayor empresa española le ha visto esta semana las orejas al lobo. Con más reflejos de los que podían imaginar quienes le daban ya por muerto, Juan Villalonga ha conseguido escabullirse del rincón en que estaba siendo machacado, batiéndose en retirada con un par de fintas audaces aunque confusas, ganando tiempo y espacio hasta ser salvado por la campana.

Por primera vez en toda la legislatura el PSOE y su monolítico grupo mediático -sus dos patrones ya ni siquiera disimulan su hermandad- han encontrado un asunto que amplios sectores de la opinión pública perciben como un escándalo real. A diferencia de lo que ocurría cuando, entre el escepticismo general, denunciaban las «intolerables presiones» de Miguel Angel Rodríguez, el «descaro fiscal» de Josep Piqué o la «trama corrupta» de las subvenciones al lino, las opciones sobre acciones de la cúpula de Telefónica han activado la alarma de una parte significativa de la sociedad, incluidos muchos dirigentes, cuadros y votantes del PP.

El mecanismo es legal, obedece a una impecable lógica empresarial y hasta puede decirse que le ha salido muy barato a la compañía, pues a excepción de esos 2.700 millones que garantizaron inicialmente la operación, el resto de las enormes plusvalías de los cien ejecutivos afortunados no saldrá sino de los bolsillos de los nuevos inversores que siguen haciendo subir la cotización de Telefónica, al considerar que en el futuro aún valdrá mucho más que ahora. Pero en términos políticos la iniciativa, diseñada por un brillante bancario llamado Andrés Tejero, no ha podido ser más catastrófica, con la paradoja añadida de que es la cuerda del éxito la que puede terminar ahorcando a Villalonga: si la revalorización de los títulos de Telefónica hubiera sido más modesta, también el premio a sus gestores habría pasado más desapercibido.

Villalonga no podía en todo caso obviar esa dimensión política, porque -de sobras lo sabe- político fue su nombramiento. Por mucho que se hayan acentuado sus ocupaciones y devociones transoceánicas, si alguien no podía dejar de tener en cuenta el calendario electoral de Aznar era él. Aprobar un programa de «stock options» en una compañía recién privatizada -y encima de tapadillo-, con posibilidad de empezar a hacer caja en febrero del 2000, era como jugar a la ruleta rusa, con la peculiaridad de que aquí ganar era la antesala directa de perder. Dicho sea con toda crudeza: una de las reglas no escritas del compromiso adquirido por Villalonga ante su amigo el presidente era la obligación de evitar a toda costa ganar más dinero del socialmente tolerable para un ejecutivo en sus peculiares e intransferibles circunstancias. ¿Cuánto es eso? Pues muy sencillo: en época electoral, lo menos posible.

De repente la palabra «pelotazo» ha reaparecido en la escena nacional y el riesgo de ver brotar una nueva versión de la «beautiful people» ha recorrido como el peor escalofrío la espina dorsal del propio grupo parlamentario popular. ¿Por qué debemos comernos nosotros los «marrones» del amigo del jefe?, se decían esta semana austeros diputados de a pie que con razón piensan que la imagen de honestidad -lo cual incluye, además de ser honrado, parecerlo- es, junto a la eficaz política económica, el principal activo de su partido de cara a la próxima campaña.

Desmochando primero abusos tan inaceptables como la pretensión de que el propio auditor de Telefónica fijase la revalorización para las «stock options» de su filial internacional que no cotiza en bolsa o la falta de compromiso de permanencia en el caso de los espabilados ciberejecutivos de Terra; y supeditando, después, su ganancia personal al dictamen de una rediviva Comisión Olivencia u otro órgano parecido, Villalonga ha logrado poner un dique provisional a la marea que crecía contra él. Entre tanto el Gobierno también aportaba unos cuantos sacos terreros al imponer la obligación de que la Junta de Accionistas apruebe las recompensas y al pegarle un buen tajo fiscal al montante final del beneficio. Tanto la retroactividad como el carácter atropellado de estas medidas internas y externas vienen a probar que llegan a destiempo, pero aún pueden servir para reconducir la situación.

Villalonga es una persona extraordinariamente dotada para encabezar una compañía como Telefónica en un mundo como el actual. Tiene visión de conjunto, capacidad de distinguir lo esencial de lo que no lo es, flexibilidad estratégica y un gran don de comunicación. Digan lo que digan los apóstoles del determinismo, el «boom» de Telefónica del último bienio nunca habría alcanzado sus actuales proporciones sin su apuesta por la globalización o sin su percepción de que el negocio de las telecomunicaciones estará indisociablemente unido en el futuro al de la generación de contenidos. Desde las inversiones en Brasil a la compra de Antena 3, la gestión de Villalonga está llena de operaciones brillantes que el tiempo y los mercados están refrendando con contundencia y rapidez.

¿Qué era entonces lo que, siendo quien mejor conocía estas virtudes, hacía dudar en la primavera del 96 a José María Aznar sobre si debía dar rienda suelta o no a las legítimas aspiraciones de su amigo? Tal vez el qué dirán, pero sin duda también la sensación de vértigo que Villalonga transmite a menudo a su alrededor con su inaudita capacidad de aceleración vital. A toro pasado, yo casi diría que ya el presidente era consciente entonces de que Villalonga en Telefónica era una garantía de éxito, pero también de algún tipo de follón.

Sus más de cuarenta años de amistad se han basado, de hecho, en la atracción de los polos opuestos. Desde pequeños el uno escondía tras su timidez la fortaleza y el otro camuflaba fragilidades en su simpatía arrolladora. El que parecía ir a remolque ya era en realidad el que mandaba. El otro proponía los planes -«Yo era siempre el que llamaba», recuerda Villalonga-, pero el uno era quien decía «sí» o «no». Hasta el 96 sus éxitos fueron dos trayectorias paralelas y desde que entonces se mezclaron han vuelto a proyectar dos maneras antagónicas de entender el liderazgo. Frente a la «lluvia fina», las cataratas del Niágara; frente a la constante acumulación de pequeños esfuerzos, los grandiosos golpes de efecto; frente al hombre como los demás, el superhéroe.com.

La manera de comportarse respecto a sus colaboradores casi aporta la caricatura de ambos extremos. El político Aznar formó un gobierno en el que mezcló personas de probada confianza con otras a las que acababa de conocer, apostó por todas ellas y les ha mantenido su apoyo durante casi cuatro años con exasperante continuismo, proporcionando a todos un marco de actuación estable y previsible. El empresario Villalonga ha llevado, por el contrario, la teoría de la «rotación de directivos» hasta tal paroxismo que en su entorno empieza a bromearse con que el único cuya cabeza no peligra es el excelente Consejero Delegado de Antena 3 Juan José Nieto, pues va ya para un año que realiza su brillante gestión con ella bajo el brazo, por haber sido formalmente destituido y continuar en funciones en el cargo. No cabe duda de que el conservadurismo vital de Aznar resulta indulgente con el error e incluso fomenta ámbitos de ineficacia, pero la revolución permanente de Villalonga va dejando el camino plagado de «cadáveres exquisitos» y genera un insano humus de recelo y provisionalidad donde medran aduladores y mediocres, ávidos de hacer caja. ¿Sería mucho pedir que la próxima legislatura -si la hay- y los próximos ejercicios -si los hay- se caracterizaran por un razonable término medio?

Si el reto inmediato de Aznar es llegar a la gente, el de Villalonga consiste en demostrar que no ha pasado de ella. La presidencia de una compañía de la dimensión de Telefónica, con dos millones de accionistas, quince de abonados y treinta de usuarios, es en definitiva lo más parecido al gobierno de un país. Por muchas medallas que uno se cuelgue en la siempre agradecida política exterior, es en casa donde, toreando de cara al tendido de sol, se adquiere la legitimidad y el respaldo de la base. A Villalonga le queda por demostrar que tanto como el valor de la compañía -y mucho más que su fortuna personal- le preocupa el servicio que se presta al ciudadano-cliente. La suya puede ser ahora una vida de estrés y lujo, pero ya no funcionan esos mecanismos de transferencia por los que las joyas y visones de Evita saciaban los anhelos de las masas peronistas.

Resta por ver si ha aprendido la lección de esta crisis aún abierta. Por utilizar términos de la Nueva York de sus euforias y éxitos, Villalonga debe ser para Aznar -y para cuantos han confiado en él- un «asset» y no una «liability». Es decir un activo que mostrar como modelo de quienes ensanchan las fronteras de España con la mentalidad de la nueva era y no una incómoda atadura a un bólido sin frenos que, a base de querer llegar tan lejos, ya no para en ninguna estación. Al día de la fecha Villalonga representa ambas cosas a la vez. Es lo suficientemente inteligente para saber lo que tiene que hacer si quiere inclinar del lado correcto la balanza y lo suficientemente representativo de un tono y un tiempo como para que el desenlace trascienda a su persona. Por eso esto no es una epístola moral, sino un boletín meteorológico en su apéndice sobre el estado de la mar. Y no me refiero sólo a las elecciones, sino a la nueva encrucijada del capitalismo español, casi una década después del primer aborto de su modernidad.

Pedro J. Ramírez

14 Noviembre 1999

Acciones Aznar; opciones Villalonga

Jesús Cacho

Este miércoles comenzó la cuenta atrás para Juan Villalonga / Telefónica, una compañía plagada de asesores, ha sido incapaz de evitar que la técnica de las stock options se convirtiera en un problema político / Alguien está comprando telefónicas , y hay quien piensa que estamos en vísperas de una operación espectacular.

Juan Villalonga, sobre cuyo paradero se habían hecho mil hipótesis en las últimas semanas, aterrizó por fin en Madrid el martes 9, después de recibir, el viernes 5, llamada telefónica en Miami llamándole a capítulo.

El mismo martes, mantuvo en la sede de Gran Vía una reunión con su sanedrín de la comunicación Manolo García Durán, el último hombre fuerte, más Buruaga, Onega, Arriola, Más, Nieto para ver de poner alguna compuerta a la inundación que sobre los vastos dominios de la operadora ha dejado el paso de la más reciente tormenta tropical de la que el American Weather Bureau tiene noticia: el ciclón Adriana.

De esa reunión salió el intento, tardío, estéril, de remodelar el esquema de las famosas stock option que tiene revuelto a medio país. A la mañana siguiente, miércoles, Villalonga suspendió inopinadamente una reunión de su comité ejecutivo prevista para la una de la tarde. Una llamada urgente le reclamaba en otro pago, cuando apenas faltaban horas para que Aznar acudiera al Congreso dispuesto a batirse en duelo con Almunia.

Como no podía de ser de otro modo, el Presidente dio la cara por su amigo, pero algunos sospechan que Aznar acudió al Parlamento con la cabeza de su antiguo compañero de pupitre en el zurrón de su agenda para el mes en curso, porque, a la vista del calendario, ese plato no puede estar mucho más tiempo en el horno, abocados como estamos a la Navidad y a la posterior campaña electoral.

El miércoles, en el Congreso, empezó la cuenta atrás para Villalonga.

Puede ser cuestión de días. Un asunto perfectamente defendible desde el punto de vista teórico y técnico, ha dejado de serlo por la incapacidad demostrada por el número uno de la operadora para explicarse y explicarlo.

Una compañía plagada de asesores y expertos en comunicación ha sido incapaz de comunicar lo más elemental, permitiendo que las tecnicalities de las stock options se convirtieran en un problema político emponzoñado, susceptible de la utilización demagógica más brutal.

Con su cuartel general instalado a miles de kilómetros de Madrid, Villalonga confundía el sordo ronquido de la tormenta ibérica con la suave brisa del Caribe, arrullado por las prédicas de los inversores americanos que le aconsejaban calma:

-Tranquilo, Juan, ¿qué ha hecho hoy la acción? -Ha subido un 2,5%.

-¡Ah, magnífico!, entonces no hagas nada, ahí no te metas porque esa es una pelea política.

Y dedicado a lo suyo, ha colocado en suerte ante su amigo un morlaco de más de 600 kilos con pitones como agujas, de esos que en algunos ruedos de segunda sueltan a espadas de tercera. «Cien amigos de Aznar se reparten 45.000 millones». El enunciado no podía resultar más demoledor en un país donde el salario mínimo ronda las 70.000 pesetas y hay muchas pensiones de 40.000.

De momento, los 45.000 con los que Almunia quería hacer tantas cosas se supone que expropiando, al estilo Rumasa se han quedado en 23.400 por culpa de ese 48% de Hacienda que va a amargar la Navidad no sólo a los cien chicos de oro de Telefónica sino a los cientos, quizá miles, de directivos españoles que tienen parte de su mecanismo retributivo referenciado en stock options. La católica, rural, atrasada España, capital de la envidia, cacarea y saca pecho a las puertas del siglo XXI, olvidando que cualquier ciudadano informado podía haber invertido esos 27 millones/directivo que le va a costar la broma a Telefónica y haber ganado el mismo dinero que los cien magníficos o incluso más, al disfrutar de un tratamiento fiscal (el 20%) mucho más favorable. Y parece que cientos de miles de españoles han ganado mucho dinero comprando opciones de Telefónica, y de Repsol, y de Argentaria…

Nada que hacer. Cuando Polanco ordena a Cebrián menear el árbol, no hay fruto que aguante en la rama. El reclamo demagógico es tan fuerte, tan abrumadoramente elemental, que la racionalidad se bate en retirada. Imposible aplicar sensatez al debate. Tan probos ciudadanos como Barea y Fuentes Quintana se han declarado escandalizados, y cuentan que hasta el propio Monarca está preocupado.

-Pero eso, en qué le afecta a usted, Señor? -Sí, sí que me afecta, porque alcanza de lleno al presidente del Gobierno y eso crea inestabilidad.

El caso es que, tras 15 días de tormenta, Villalonga aterrizó en Madrid en su avión privado, para reunir a sus mesnadas y dar explicaciones a su amigo. A burro muerto, la cebada al rabo. Porque ya es tarde para las explicaciones.

Pasó la hora de la razón. Telefónica ha perdido la batalla mediática de plano, y cartas y consultas sólo sirven ahora para echar más leña al fuego.

El toro ya está en los terrenos de la política, y poco puede hacer Villalonga para pararlo. Lo que sí podría hacer, para empezar, es comunicar su renuncia personal al cobro de su stock option como medida ejemplificadora. Los 99 del patíbulo están en su derecho a cobrarlo, señor Rubalcaba, porque así lo pactaron cuando, muchos de ellos, fueron fichados de otras empresas sin ser amigos de Aznar.

Y después de tamaño brindis, montera en mano, al pueblo soberano desde el kilómetro cero, irse directamente a la sede de Azca para (con el 40% del capital que gustosamente le ceden los grandes fondos americanos a los que ha hecho ricos en el bolsillo), poner su cargo a disposición del primer accionista, que no es otro que el BBVA, y obligar al superbanco a tomar cartas en el asunto, salir a la palestra y mojarse el culo si decide seguir con ese caballo, porque gracias a Telefónica el BBVA ha hecho plusvalías de casi 200.000 millones en las últimas tres semanas.

Arrollado por la demagogia abrasadora del caso, y asustado por la deriva de ese mensaje ético que puede empezar a escaparse por las vías del AVE, Aznar se bate en retirada, a la defensiva, ante el avance del intervencionismo a palo seco que vende Almunia y su visión de esa España estatista, enemiga del esfuerzo personal, plegada sobre su Historia de atraso, la España agrícola y rural de un Pío Baroja donde no había más profesión honrada que la de monje o mendigo. Lo único que le queda proponer a Rubalcaba es la nacionalización de Telefónica, como paso previo a su fusión con Prisa, para acabar de arreglarle el cuerpo al nuevo Juan March hispano.

La posición del Presidente es complicada: ¿Hasta qué punto está dispuesto a subir otra vez a la tribuna de oradores para defender a su amigo? Es difícil resistir las presiones del propio Gabinete (con un Rodrigo Rato que echa las muelas) y de ciento y pico diputados que ganan 400.000 pesetas con todo tipo de incompatibilidades, y para quienes los 45.000 millones son un insulto

Los rumores sobre el inminente desembarco de César Alierta consejero de la operadora inundaban este fin de semana el ruedo madrileño, mientras la cotización de la compañía subía como un cohete (un 22,7% desde el 25 de octubre), hasta el punto de que lo que en febrero del 97 privatización valía 3,1 billones, vale hoy 9,4 billones. De modo que o los inversores los únicos que no han abierto la boca no leen la prensa de Polanco, o están muy contentos con las stock options. ¿Podría Fuentes Quintana explicar este misterio?

Alguien está comprando y mucho. Y hay quien asegura que se trata del BSCH, y que el amigo Botín está comprando todo lo que cae en sus manos, con la idea de ganar dinero y quizá cambiar cromos con Ybarra. ¿Está dispuesto Botín a ser el caballero blanco de Villalonga, o se trata de otra carta, muy espectacular, que el amigo de Aznar se guarda en la bocamanga? La opinión de bancos de negocios de medio mundo es que la operadora española está barata, y que dentro de unos meses puede valer15 billones. Con Villalonga en Miami.

Jesús Cacho

17 Noviembre 1999

No me defiendas, compadre

Javier Pradera

La compulsiva carrera emprendida por Telefónica, desde que Villalonga desempeña su presidencia con vocación vitalicia, para comprar medios de comunicación ha situado bajo la influencia -compartida con el Gobierno- de la compañía a buena parte de la opinión pública. Si la posición dominante en VÍA DIGITAL y ANTENA 3 TV y la adquisición de la cadena radiofónica ONDA CERO le aseguran la presencia en el sector audiovisual, los acuerdos con Pearson le han dado entrada en la prensa escrita a través de EXPANSIÓN y EL MUNDO; el patrocinio de EL CULTURAL por Telefónica (sea cual sea la cuantía de ese piadoso eufemismo) explica que una revista editada por Ansón sea difundida por EL MUNDO. A nadie debería extrañarle, pues, que la generosa autoadjudicación de un paquete de stock options financiadas por Telefónica para regalar a Villalonga y a un selecto grupo de directivos ganancias calculadas entre los 30.000 y los 45.000 millones sea defendida desde esos medios. Tampoco puede sorprender que el puño de hierro con que algunos periodistas al servicio del PP golpean a los socialistas por sus implicaciones -unas ciertas y otras imaginarias- en abusos de ese género respete ahora la mandíbula de cristal del Gobierno presidido por Aznar, quien designó a Villalonga para el cargo.A la hora de aplicar las enseñanzas recibidas de don Pedro Sainz Rodriguez, Ansón muestra el mismo celo que el pequeño saltamontes de la serie Kung Fu para obedecer las máximas de su maestro: según decía el ex ministro de Franco, la adulación es recibida con agrado por sus destinatarios aunque resulte grotesca y obscena. Tras minimizar «la escandalera de las stock options» como una mera maniobra electoralista, el editor de La Razón y de El Cultural afirma que «Villalonga ha elevado su prestigio con el vuelo del águila» y es ahora «uno de los nombres españoles más prestigioso en el mundo» gracias a su trabajo «tenaz e incansable».

El colaborador de la revista ÉPOCA y el diario EL MUNDO Jesús Cacho, laborioso autor de varios libros e innumerables artículos dedicados a tejer una corona de florilegios en honor de Mario Conde, ha reemplazado al encarcelado ex banquero por Villalonga como héroe de sus hagiografías sin perder su habitual capacidad de servilismo y halago. Cacho descarga buena parte de las culpas del mal trato dado a Villalonga sobre el «sanedrín de la comunicación» de Telefónica que forman Arriola, Ónega y Sáenz de Buruaga por su torpeza para aclarar ante la opinión pública «un asunto perfectamente defendible desde un punto de vista teórico y técnico». Pero este émulo del regeneracionismo finisecular atribuye la responsabilidad última del escándalo a «esa España estatista, enemiga del esfuerzo personal, plegada sobre su historia de atraso, la España agrícola y rural de un Pío Baroja donde no había más profesión honrada que la de monje o mendigo».

Pedro J. Ramírez también acude en socorro de su amigo, a quien asesoró en la compra de Antena 3 Televisión y de quien es ahora empleado. El caso Telefónica le obliga a retractarse -«de repente, la palabra pelotazo ha reaparecido en la escena nacional»- de su ingeniosa afirmación según la cual los casos de corrupción imputados al PP sólo podían ser leídos como páginas de un infantil Libro Gordo de Petete. El director de EL MUNDO, tras afirmar que el mecanismo de las stock options «obedece a una impecable lógica empresarial» y «le ha salido muy barato a la compañía», manifiesta su admiración por el presidente de Telefónica y su «inaudita capacidad de aceleración vital»: Villalonga es una persona «extraordinariamente dotada» para encabezar una compañía de esas dimensiones porque tiene «visión de conjunto, capacidad de distinguir lo esencial de lo que no lo es, flexibilidad estratégica y un gran don de comunicación». Sin embargo, el indiscreto consejo final dado a Villalonga por Ramírez quizás le recuerde a su destinatario la respuesta del mexicano del chiste -«no me defiendas, compadre»- al torpe amigo que le había conducido a la ruina: el director de El Mundo reprende cariñosamente al presidente de Telefónica por su «vida de estrés y de lujo» y le advierte de que el derroche ostentoso y la exhibición de riqueza ya no ponen en marcha como antaño «esos mecanismos de transferencia por los que las joyas y los visones de Evita saciaban los anhelos de las masas peronistas».

Javier Pradera

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