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La revista dio otra copia de esa tarjeta de memoria al comisario Villarejo

Polémica con la tarjeta de memoria de Dina Bousselham, ex de Pablo Iglesias, que pasó del móvil de ella a la revista de INTERVIÚ y de la revista al político, que la retuvo sin informarle a ella

HECHOS

Fue noticia el 1 de julio de 2020.

27 Junio 2020

El ‘caso Dina’ cerca a Pablo Iglesias: tic tac, tic tac, tic tac…

OKDIARIO (Director: Eduardo Inda)

La última maniobra de Pablo Iglesias es reveladora de que las cosas se le están complicando. Su ex abogada, Marta Flor Núñez, seguirá representando a Dina Bousselham en la pieza del ‘caso Villarejo’ que investiga la sustracción del teléfono de la asesora de Podemos. La estrategia es muy clara: defender los intereses del vicepresidente del Gobierno a través de Dina e intenta engañar al juez Manuel García-Castellón, que les obligó a no compartir la misma representación tras detectar un conflicto de intereses. Estamos ante una triquiñuela legal, consistente en utilizar a la abogada defensora de Dina en beneficio de los intereses del vicepresidente segundo del Gobierno.

Hasta el momento, la ex asesora de Podemos compartía la representación letrada con Iglesias, pero la situación ha cambiado después de que las investigaciones sobre el móvil de su ex asesora convirtieran al líder de Podemos en posible autor de dos delitos -descubrimiento y revelación de secretos y daños informáticos- en lugar de perjudicado. Desde el punto de vista procesal, el giro es de 180 grados, pero desde el punto de vista político, la situación de Iglesias también ha dado un vuelco: ha pasado de erigirse en víctima de «las cloacas del Estado»- una burda teoría conspiratoria  que utilizó para arremeter contra el  director de OKDIARIO, Eduardo Inda, y tratar de someter a este medio de comunicación- a ser la personificación misma de las cloacas. La mentira tiene las patas muy cortas e Iglesias ha quedado en evidencia.

28 Junio 2020

CASO IGLESIAS: MENTIRAS, SEXO Y TARJETAS SIM

Francisco Rosell

Parafraseando el aserto de Oscar Wilde en La decadencia de la mentira, puede decirse que la vida imita a la literatura mucho más que la literatura a la vida. Esa apreciación se hace certeza al corroborar cómo el protagonista de El hombre que fue Jueves, la gran novela de Chesterton, cobra vida en el vicepresidente del Gobierno y líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias. No es para menos al revelarse esta semana pormenores de cómo construyó un relato falso para concurrir a la cita electoral de abril de 2019 como víctima de una confabulación de una «cloaca policial y mediática» que no era tal, sino una mascarada para escamotear su particular cloaca.

Aquella trapacería, que le llevó a presentar una demanda en marzo de 2019 cuando era eurodiputado por la sustracción del teléfono de su asistente en un centro comercial madrileño, le valió frenar la caída en picado en las encuestas tras adquirir el líder del autoerigido «partido de la gente», de «los de abajo» frente a la casta corrupta, un casoplón a un precio y condiciones sorprendentes para el común de los mortales. «Cuando uno no vive como piensa, acaba pensando cómo vive», había blasonado desde el vallecano piso de protección oficial de su madre quien personaliza el más rápido enriquecimiento a cuenta de la política.

Aquella maniobra de distracción, arropada por televisiones y círculos periodísticos podemitas, le permitirían, tras un primer intento fallido, formar Gobierno de cohabitación con Sánchez, después de pegar éste un gatillazo al repetir elecciones en noviembre a modo de plebiscito personal. Al perder tres escaños cuando creyó tener todo de cara, ambos salvarían los muebles forjando en 72 horas el acuerdo postelectoral que gobierna esta España en vilo.

Iglesias evoca el personaje de Gabriel Syme, un poeta reclutado por Scotland Yard para infiltrarse en una célula anarquista de siete miembros identificados por los nombres de la semana. Bajo el alias de Jueves, recibe la encomienda de apresar a su cabecilla (Domingo) hasta que se descubre que los aparentes sediciosos son policías. Una conjura de necios en el que «todos éramos –como estalla uno de los fingidos anarquistas– un hatajo de policías imbéciles acechándonos mutuamente».

Así, la cortina de humo de la que se valió el vicepresidente para desviar la atención sobre sus vínculos financieros con el régimen venezolano y como añagaza electoral abunda en las sospechas del juez García Castellón, instructor de la operación Tándem contra el ex comisario Villarejo, en prisión provisional desde 2017 y perejil de casi todas las salsas. Al magistrado no le pasaron desapercibidas ciertas connivencias que le llevaron a retirar a Iglesias la condición de perjudicado por la difusión de los datos de la tarjeta SIM de Dina Bousselham, de la que el líder podemita recibió una copia en enero de 2016 de Antonio Asensio, propietario del grupo Z, y que retuvo cinco meses.

Cuando devolvió a su dueña la comprometedora tarjeta con fotos íntimas y otro material «vejatorio», se hallaba «parcialmente quemada». Al sospechar el juez que Iglesias pudo destruirla tras publicarse un pantallazo con alusiones denigrantes sobre la periodista Mariló Montero –»La azotaría hasta que sangre. Soy marxista convertido en psicópata»–, pende sobre el vicepresidente una doble imputación por revelación de secretos y daños informáticos que resolvería el Tribunal Supremo al estar aforado.

Jugando con el título de la película de Steven Soderbergh –Sexo, mentiras y cintas de video– sobre la historia de un hombre que graba mujeres relatando sus experiencias sexuales y su impacto en un matrimonio en crisis y en la hermana menor de la esposa, se podría resumir el caso Iglesias de Sexo, mentiras y tarjeta SIM. Viendo su cara en el Congreso cuando el popular García-Egea le interpeló al respecto, cabe aplicarle análogas palabras a las que Chesterton dedica a El hombre llamado Jueves: «No era realmente un poeta, pero, sin duda alguna, era un poema». No es para menos al evidenciarse que el caso Dina pasa a ser el caso Iglesias y que la «cloaca policial y mediática» era, en realidad, un montaje en provecho y beneficio de un Gran Impostor.

Con todo, lo peor es el machihembrado de los dos fiscales Anticorrupción con la hasta el jueves abogada común de Iglesias y Bousselham, Marta Flor Núñez, en los términos que figuran en el chat de Telegram que compartía el equipo jurídico de Podemos y donde la letrada exhibe datos de esta pieza secreta antes de su apertura. A tenor de dichos mensajes, los fiscales Stampa y Serrano, singularmente el primero con el que mantendría una relación más estrecha que da pie a bromas sobre una eventual boda, habrían dado cobertura a la estrategia de Iglesias de vestir el muñeco de una supuesta conspiración del ex comisario Villarejo y de medios compinchados contra él.

Tal promiscuidad llegó al punto de que los fiscales solicitaran el registro –anticipado a la letrada y del que estaba al tanto un digital próximo a la formación– de la sede de Ok Diario. A modo de gran mascletá de campaña para vincular el robo del móvil y la publicación de datos del teléfono en ese medio. En definitiva, un vodevil doméstico podemita que se quiso convertir en cuestión de Estado con la cooperación de un fiscal picaflor. El caso Iglesias dina(mita) la actuación de unos fiscales en conchabanza con los intereses espurios de quien se asegura el silencio de su colaboradora prestándole su abogada y situándola al frente de un portal digital de Podemos siguiendo una acrisolada práctica de la España caciquil.

De no haberse negado el primer instructor, Diego de Egea, la conchabanza habría resultado «éxito asegurado» rememorando la conversación grabada a la actual fiscal general del Estado, Dolores Delgado, en una comida de confraternización de ésta, en compañía del ex juez Garzón, con el ex comisario Villarejo, donde éste presumía de contar con una «red vaginal» para extorsionar a hombres públicos. Al paso que va Iglesias, la cloaca máxima de Roma va a ser un charco, lo que acredita por qué nunca debió ser vicepresidente por el modo que compromete al Gobierno y a un organismo clave para la seguridad nacional como es el CNI.

Esta complicidad de la Fiscalía con el delito adquiere caracteres pornográficos a la espera de que se depuren responsabilidades sobre estos representantes de un Ministerio Público que ha emprendido un camino de perdición que imposibilita una Justicia independiente en España. Habrá que esperar si se cumple el deseo expresado por Iglesias, a raíz de la condena de su portavoz en la Asamblea de Madrid, Isabel Serra, tras vejar a unas policías a las que deseó que su hijo le pegara un tiro, pero aplicado a su circunstancia procesal: «En España mucha gente siente que corruptos muy poderosos quedan impunes gracias a sus privilegios y contactos».

Conociendo su cepa de procedencia, Podemos no venía para acabar con la corrupción, sino para instrumentalizarla y, una vez en el poder, apropiarse del negocio. Como Chávez y Maduro en Venezuela, sumando a ello el dividendo del narcotráfico, donde pusieron al Ejército y a la Policía a organizar ese tráfico delictivo, en vez de perseguirlo. Al igual que estos pudrieron las instituciones democráticas venezolanas, incluida la Justicia, España corre serio riesgo de seguir esos derroteros si Sánchez no rompe con Iglesias, pues los males que no se atajan en su inicio truecan en irremediables. Podemos no es una fuerza política al uso, sino una organización que no desprecia el delito.

Por eso, al haber puesto el dedo en la llaga sobre las complicidades con la satrapía venezolana en contraste con Zapatero, se entiende su ofensiva contra González al que Iglesias ha pretendido, junto al resto de socios de Sánchez, montarle una investigación a cuenta de unos papeles desclasificados de la CIA que son un corta y pega de las exclusivas de EL MUNDO que llevaron a prisión a la cúpula del Ministerio del Interior. Si ya pasma que un miembro del Gobierno le monte una comisión de ese tenor al otro sobre unos hechos juzgados, pero a los que los morados aplican el revisionismo de la memoria histórica, no lo es menos que Sánchez se limite a una defensa de reglamento de González como gran modernizador.

Si un presidente no es libre para echar su tercio de espadas en favor del refundador de su partido, es que esa Presidencia está más comprometida de lo que imaginar cabe. Teniéndolas tiesas, Sánchez sería el cristiano nuevo que cita Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache. Viviendo lozano y contento, aconteció a venírsele por vecino un inquisidor, y con sólo tenerlo cerca enflaqueció hasta quedar en los huesos en días.

Claro que Iglesias no vale solo por sí mismo, sino por ser el eslabón con separatistas catalanes y bilduetarras. El triunvirato Sánchez, Iglesias y Redondo marca la suerte de este país desde el abrazo con el que todos ellos taparon sus respectivos fracasos en las elecciones de noviembre supeditando el destino de cada uno de ellos al de los otros. Por ello, Sánchez no dejará caer a Iglesias, aunque le guste verlo con menos humos, y se organizará el rescate gubernamental de un Soldado Ryan tan admirado por el superjefe de gabinete del presidente del Gobierno, Iván Redondo, según confesó el jueves en el Parlamento, que pareciera su héroe contemporáneo. Cualquiera diría que sufre el deslumbramiento de esos «chicos de derechas» de toda la vida con ciertos izquierdistas como si quisieran desquitarse de lo no vivido con las autobiografías impostadas de personajes del jaez de Iglesias.

Contrariamente a los que algunos especulan haciendo expresión de un deseo, pues ello permitiría enderezar políticas económicas que acucian para afrontar este invierno de desdichas que se avizora, Sánchez no va a romper con Podemos porque no quiere que Iglesias capitalice el malestar de la calle. Ni éste, a su vez, tampoco hará un Varoufakis, el dimitido ministro de Finanzas de la coalición Syriza en 2015 por sus desavenencias con la troika europea en la crisis de la zona euro, después de descubrir la calidez de las alfombras del Palacio de Invierno del Poder. Un lobo no muerde a otro.

Ambos juegan con la ventaja de que el PP, como se ha visto esta semana, entrará en su juego tanto en la negociación con Europa sobre los fondos destinados a sofocar la crisis económica y sanitaria del Covid-19 como a la aplicación de sus consiguientes exigencias. Tampoco será beligerante con los Presupuestos del 2021 en los que el Ejecutivo dispone del aval de Ciudadanos que ya no hace cuestión de la bajada de impuestos ni de la Mesa para la autodeterminación de Cataluña.

En estas, Sánchez es aquel médico falso que refiere Mateo Alemán y que portaba una bolsa donde se mezclaban jarabes y purgas. Al visitar un enfermo, sacaba lo primero que encontraba diciendo entre sí: «¡Dios te la depare buena!».

29 Junio 2020

Iglesias, al Polígrafo

Federico Jiménez Losantos

COMO Jorge Javier Vázquez ha decidido acaudillar aquella Alerta antifascista que declaró Pablo Iglesias al perder la Izquierda las elecciones andaluzas, creo que, en justa correspondencia, Pablenin debería incorporarse a Sálvame –edición Deluxe, claro– y ocupar varias entregas del Polígrafo de Conchita.

Hay que aclarar las contradicciones ante el juez de su entrañable Dina Bousselham, que declaró veinte veces, veinte, que su jefe en Bruselas, Pablo, le dio la tarjeta del móvil que le habían entregado Pozas y Asensio, pero pasados muchos meses, dañada e inservible; y que luego rectificó y dijo al juez que su editor en Última Hora, también Pablo, se la entregó en perfecto estado. Eso deja al vicepresidente a la altura de las cloacas que, según dijo, orquestaron esa operación. ¿Acaso la cloaca era él?

Para responder a esa pregunta también convendría someter al Poli de Conchita a los dos fiscales llamados de anticorrupción, que parecen la corrupción hecha fiscal. ¿Intimó del todo Stampa con la bulliciosa Marta Flor, la abogada de Dina y Pablo, ahora sólo de Dina por orden de Pablo? ¿Filtró ilegalmente datos del juez a la letrada? ¿Supervisaron los fiscales la estrategia podemita basada en un montaje falsario? ¿Sí? ¿No? ¿Dicen la verdad? ¿Mienten?

Los mensajes publicados por EL MUNDO demuestran que Calvente, jefe de las zahurdas jurídicas de Podemos, ya avisó de que «no había caso» de robo pillarejo, sino pantallazos de la propia Dina o su entorno íntimo. ¿Venganza contra el macho alfa, que así se llama Pablo a sí mismo cuando Dina le dice que alguien la acosa? ¿Dejó el macho alfa de atender a esa hembra, que, sintiéndose beta, clama venganza? No nos basta la epopeya lírico-erótica de King Kong. Queremos cables, sillones y aclaraciones.

Naturalmente, Dina, Stampa y Calvente deberían pasar también por el polígrafo, pero, por razones de Estado, debe precederlos Pablo Iglesias. Recuérdese que toda la campaña electoral de Podemos se basó en aquella denuncia que ahora sabemos que era deliberadamente falsa y que se pudo urdir con la complicidad de la Fiscalía Anticorrupción. ¿Cuántos votarían a Iglesias, convencidos de esa supuesta confabulación de Villarejo y OK Diario para impedir el merecido éxito de la Fundación sin ánimo de lucro de los Marqueses de Galapagar?

Yo es que veo ya a Conchita, diciendo: «El vicepresidente…. miente».

04 Julio 2020

‘Caso Dina’: el victimismo falaz de Pablo Iglesias

EL MUNDO (Director: Francisco Rosell)

LOS ATAQUES de Pablo Iglesias al juez instructor de la Audiencia Nacional, Manuel García Castellón, y a los medios de comunicación críticos con Unidas Podemos sitúan al Gobierno en posiciones inadmisibles, antidemocráticas e impropias de un país miembro de la Unión Europea. Solo en regímenes de corte populista, iliberal y autoritario se puede entender que un vicepresidente utilice la radio pública para presionar a la Justicia, descalificando una instrucción en marcha, y arremeter al mismo tiempo contra la prensa por investigar el conocido como caso Dina, por el que Iglesias podría ser citado a declarar como investigado en el Tribunal Supremo. Se le imputarían posibles delitos de revelación de secretos –por apropiarse de la tarjeta del móvil de su antigua asesora, Dina Bousselham, como él mismo ha reconocido– y daños –por el borrado de su contenido, tal y como ella declaró ante el magistrado–.

En la entrevista que concedió ayer a RNE, Iglesias, que había guardado silencio desde que estalló el escándalo, repitió en varias ocasiones –sin citar al juez instructor que le retiró hace días su condición de perjudicado en el caso– que «parece que algunos quieren que los responsables de una cloaca, que quedó acreditada en sede parlamentaria, se vayan de rositas», insinuando una posible prevaricación de García Castellón y hasta su disparatada sumisión a Villarejo. Acto seguido, recordó que esa «cloaca» es ahora ante todo mediática y tachó de «gentuza» y «tipejos» a conocidos periodistas y medios de comunicación, entre ellos EL MUNDO. Finalmente, calificó de «bajezas» las informaciones publicadas por varios medios referidas a una posible filtración de información de la Fiscalía a la abogada de su partido, Marta Flor, para ayudar a Unidas Podemos en su defensa.

Es cierto que la actitud de Iglesias es propia de un político que se siente acorralado por sus propias mentiras y teme ser desplazado de su posición de poder, pero no hay que olvidar que de momento sigue siendo vicepresidente del Gobierno. Y su virulenta reacción contra la Justicia y los medios de comunicación, dos pilares de nuestro sistema democrático, son una muestra del peligro que representa tener en el Consejo de Ministros a alguien que ha declarado abierta y reiteradamente su voluntad de acabar con el sistema constitucional vigente. Si Sánchez quiere ganar credibilidad en Europa y contar con la colaboración institucional del principal partido de la oposición, deberá asumir que su cercanía a un populista megalómano desprestigia internacionalmente el nombre de España y hace inviable cualquier acercamiento entre los dos principales partidos políticos en el Parlamento. El Partido Popular presentó ayer en el Congreso una batería de 44 preguntas escritas a Iglesias sobre su participación en el caso, denunciando que en su entrevista en la radio pública Iglesias no negó «el chivatazo» de la Fiscalía.

Pero la verdadera catadura de Iglesias no quedó ayer solo en evidencia por sus graves acusaciones e injurias para intentar salvar su posición. Además, evidenció que su feminismo es solo una máscara electoral al reconocer que se quedó con la tarjeta de Bousselham, a la que presentó como una desamparada «mujer de veintitantos años», para «protegerla». Una actitud paternalista y «heteropatriarcal» que contrasta con su discurso, que ya sabemos impostado y falso.

08 Julio 2020

El giro del ‘caso Dina’ da alas a la mafia policial

José Manuel Romero

Las confusas explicaciones de Iglesias y su antigua asistente personal son aprovechadas por Villarejo

El vicepresidente Pablo Iglesias ha pasado de víctima a sospechoso en un giro jurídico cargado de paradojas. Principal perjudicado de una mafia policial que fabricó acusaciones falsas contra él y su partido, el líder de Podemos es ahora sospechoso en ese mismo procedimiento judicial. El magistrado Manuel García Castellón investiga si cometió daños informáticos relacionados con el robo del teléfono móvil de Dina Bousselham, asesora de Iglesias en el Parlamento Europeo entre 2014 y 2015 en un lío jurídico mayúsculo con aún muchas cuestiones por dilucidar.

La revelación de secretos por la que se abrió el caso Dina perjudicó principalmente a Iglesias. Los secretos —bromas machistas del vicepresidente en un grupo privado de Telegram o informaciones internas de Podemos— fueron publicados por algunos medios de comunicación. Los daños informáticos se refieren a la tarjeta del teléfono móvil de Bousselham que guardó Iglesias durante meses y de la que tenían copias el comisario José Manuel Villarejo y, al menos, Interviú, El Mundo, El Confidencial y Ok Diario, según la investigación judicial. Cuando Bousselham recuperó la tarjeta, después de que se la devolviese Iglesias, no pudo acceder a la información que contenía porque estaba dañada. Estas son algunas de las claves de este enrevesado caso.

La historia de esta causa, abierta en marzo de 2019, comenzó el 1 de noviembre de 2015 cuando Dina Bousselham denunció en comisaria que le habían robado su teléfono móvil. Parecía un incidente más de delincuencia común hasta que el 20 de enero de 2016, el presidente del grupo Zeta, Antonio Asensio, entregó a Iglesias la tarjeta de memoria del teléfono robado a Bousselham, que había llegado a Interviú en un sobre sin remite. Tras mostrarle parte de su contenido —fotos íntimas de la asesora, correos electrónicos y otras comunicaciones—, Asensio garantizó a Iglesias que ningún medio de su grupo publicaría ese material.

Tres meses después, un directivo de la revista facilitó a Villarejo una copia de la tarjeta. La policía halló en el domicilio del comisario hasta tres copias del material robado, hechas entre abril y junio de 2016. La información del contenido de la tarjeta se publicó en Ok Diario, medio con el que el comisario mantenía continuos contactos, según la investigación.

En un primer momento, el caso parecía claro, así como el hecho de que había sido Villarejo quien había facilitado la información a terceras personas. La historia se complica cuando salen a la luz algunos hechos nuevos: que Iglesias retuvo durante seis meses la tarjeta de su asistente —no se la entregó hasta el verano de ese año—, que ella no lo había declarado, que la tarjeta estaba dañada cuando él se la dio y que ella había enviado a algunos contactos capturas de chats antes del robo del móvil.

Sobre la primera cuestión, el líder de Podemos asegura que si no devolvió antes la tarjeta a su propietaria fue porque no quería meter “más presión” a su asesora en un momento en el que “lo estaba pasando mal” debido a que algunos “medios digitales” contaban que Bousselham mantenía una relación sentimental con él. Pero el problema real para avanzar con la acusación contra Villarejo son los pantallazos y sus envíos, porque complican la prueba de que fue el comisario jubilado quien facilitó la copia de la tarjeta robada a varios medios. “Y los periodistas que publicaron la información, cuyo testimonio podría ser clave para determinar la autoría de los delitos, se acogerán a su derecho constitucional a no revelar la fuente que les facilitó la tarjeta”, explican fuentes de la Fiscalía Anticorrupción.

El giro judicial en la causa ha dado alas a Villarejo, quien por otro lado está intentando desprestigiar la actuación de los fiscales usando otro de los elementos nuevos: el papel de los abogados de Podemos. Los letrados mantuvieron conversaciones a través de un grupo de Telegram, publicadas por El Confidencial, en las que una de las abogadas, Marta Flor, insinúa la ayuda supuestamente ilegal de Anticorrupción a su causa —sugiriendo además una relación estrecha con el fiscal Ignacio Stampa—.

Vox ha denunciado a Iglesias, Dina Bousselham, Marta Flor y el fiscal Ignacio Stampa ante la Fiscalía por falso testimonio, denuncia falsa, simulación de delito, estafa procesal, tráfico de influencias y revelación de secretos. El PP da por hecho que Anticorrupción trabajó ilegalmente para favorecer a Podemos y ha pedido las comparecencias del vicepresidente y de la Fiscal General del Estado, Dolores Delgado.

Anticorrupción no ha encontrado ilegalidades en la actuación de los dos fiscales del caso. “No hubo incumplimiento del secreto de sumario”, señalan fuentes conocedoras de esa investigación. “Y la actuación procesal de los fiscales no revela ninguna connivencia ni complacencia con Podemos. De hecho, los fiscales se han opuesto a la mayoría de peticiones de los abogados de Podemos [que actuaban como acusación particular] sobre entradas y registros, sobre prestación de fianza, sobre la incorporación al sumario del informe PISA, de financiación irregular o del pequeño Nicolás. Quien se lea el procedimiento con objetividad no puede apreciar ni que haya un pacto ni una línea común con Podemos”, señalan las mismas fuentes. Los fiscales se pronunciaron en contra de la mayoría de las peticiones de Podemos, a las que en algunos casos calificaron de “improcedentes, superfluas, inútiles e impertinentes”.

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