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Se doctoró con premio extraordinario en la Universidad de Valencia

Muere Carmen Alborch Bataller, ex ministra de Cultura que intentó sin éxito ser alcaldesa de Valencia

HECHOS

El 24.10.2018 murió Dña. Carmen Alborch Bataller.

24 Octubre 2018

Carmen y la alegría

Juan Cruz

Imposible imaginar esa risa en pasado. Reía siempre, y cuando no reía simulaba reír, como si consiguiera del fondo de sus risas un remanente que le afloraba en la boca

Imposible imaginar esa risa en pasado. Reía siempre, y cuando no reía simulaba reír, como si consiguiera del fondo de sus risas un remanente que le afloraba en la boca, y ahí se quedaba, como un abrazo para los instantes tristes.

Cuando la nombraron ministra de Cultura, cuando en ese sitio no había ni un duro en caja, convocó a un amigo para preguntarle qué se hacía en la penuria. “Vete a los sitios”. Ella tomó el consejo al pie de la letra y su estadía en ese potro que viste mucho pero que da tantos disgustos fue un incesante ir y venir por conciertos, rockeros y de los otros, por cárceles a las que llevó flamenco y poesía, por librerías que ella atestaba con su presencia; elaboró en el aire fórmulas para atraerse a los sabios del lugar a todos los comités que antes estaban tan serios, y contagió a España, también al Parlamento circunspecto y gritón, de su espíritu de fallera civil, de mujer que no para de reír a la vez que instruía, seriamente, sobre los caminos que debe seguir la libertad cuando es la consecuencia de la cultura.

Desensilló sin ruido el potro de tortura que ella montó con tanta alegría, siguió en la política, aspiró a otras eventualidades de la burocracia de partido, pero sobre todo se hizo, quizá, la primera feminista que se tomó en serio que escribir sobre la mujer no es decir cuatro bobadas. Escribió libros, los fue a presentar por todas partes, y fue la capitana trueno de lo que luego sería celebrado en todo el mundo como el MeToo o como el malva de las manifestaciones del 8 de marzo. Donde quiera que fue, y donde quiera que estuvo sentada, basaba su autoridad en la responsabilidad de explicar con hechos su alegría: alegría del futuro, alegría de estar con otros, alegría de proponer una vida distinta para un país en el que nos disputamos, unos y otros, la hegemonía de la cicatería.

Era la misma mujer alegre siempre, cuando estaba con los grandes, la recuerdo animando a Paul Bowles en la última enfermedad de aquel hombre que ya parecía un pájaro en estado de grave despedida, y la recuerdo en sus charlas con las presidiarias a las que llevó poemas como abrazos, y la recuerdo hablando (por última vez, en este caso) del porvenir de la mujer, y de la vida, en las aulas de la Universidad de Valencia.

Más allá en la historia ella está revolucionando el IVAM, que fue el resultado de su mejor risa, la que adivinaba para Valencia un espléndido porvenir, en el que ella instaló a su tierra hasta que otros ceñudos administradores manirrotos convirtieron toda aquella ilusión en un desperdicio.

La risa de Carmen, su alegría. Es imposible ahora imaginar esa risa en pasado, completamente imposible decir sin llorar que ha muerto esta mujer que hizo de la cultura una peregrinación profunda y festiva, y ahora ya simplemente eterna.

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25 Octubre 2018

Una sonrisa de Estado

José María Lassalle

Sería bueno que revisitáramos hoy ejemplos políticos como el de Carmen Alborch

Carmen Alborch siempre te saludaba con una sonrisa. No importaba el contexto ni el momento. Su sonrisa era siempre providencial. Con ella, la cordialidad resonaba con un colorido luminoso, que anticipaba la compañía posterior de un flujo inteligente de palabras que sabía atrapar la atención del interlocutor. Era fácil hablar con ella, sin duda, también de política. Entre otras cosas, porque no ocultaba nunca que lo que tenía que decir quien estaba delante le interesaba. En este sentido, sabía salvar lo personal y no levantaba muros de indiferencia ni trincheras de confrontación frente a sus adversarios políticos. Tenía claras sus ideas, pero no las convertía en algo arrojadizo. Escuchaba y respetaba al otro, apreciando lo que decía, aunque no estuviera de acuerdo. Su capacidad conciliadora era evidente. También su visión de Estado y su compromiso con una visión deliberativa de la democracia, que entendía que se basaba en la palabra y no en el griterío.

Lo demostró especialmente en los difíciles momentos que tuvo que gestionar como ministra de Cultura en la última legislatura de Felipe González. Su aterrizaje en la Casa de las Siete Chimeneas no fue fácil, pero fue enderezándolo con la experiencia de quien no era nueva en la gestión cultural, después de los años pasados en el Gobierno valenciano y en el IVAM. De 1993 a 1996 llevó adelante un intenso quehacer ministerial, que fraguó en varias iniciativas que abordaron cuestiones tan complicadas como la propiedad intelectual o la financiación del cine.

De todas ellas, la que mejor define su visión política fue el pacto de Estado que alcanzó, en 1995, con los partidos de la oposición para desactivar cualquier batalla partidista alrededor de los museos del Prado y del Reina Sofía. Pacto, por cierto, que fundó las bases para el desarrollo con los años de las leyes de autonomía que han permitido fortalecer el prestigio de sendas instituciones. En este sentido, me consta que su capacidad de diálogo fue fundamental en un contexto crispado por una política demasiado visceral, como era la que se vivía en aquellos momentos. Sería bueno que revisitáramos hoy ejemplos políticos como el suyo y que encontráramos en su compromiso apasionado por la cultura, el feminismo y la tolerancia, las mejores muestras de que se puede hacer buena política con una sonrisa y tendiendo la mano al otro.

José María Lassalle

25 Octubre 2018

Agua muy clara

Maruja Torres

Culta, socialista sin caspa, llena de savia y fecundidad, frutal. Carmen Alborch fue exactamente lo que necesita este país

Quiero despedir a Carmen Alborch citando, adaptado al personaje, al gran poeta valenciano Vicent Andrés Estellés: “No hi havia a València una llum com la teua, car de llums com la teua, a tot arreu i ara, en son parides ben poques” (No había en Valencia una luz como la tuya, porque luces como la tuya, en todas partes y ahora, son paridas muy pocas). Carmen Alborch era una verbena, pero una verbena muy seria. Llegaba, estallaba, iluminaba, escuchaba, decidía, animaba. Y era profunda. Luminosa y profunda.

28 Octubre 2018

La lección de Carmen

Elvira Lindo

No pensó que aparentar sobriedad la convirtiera en alguien respetable

Entra Rodrigo Rato en la cárcel. Siempre impresiona el camino de un hombre hasta la reclusión. Debe de tratarse de uno de los trayectos más solitarios en la vida de una persona. Más cuando aún deben resonar en su memoria los ecos de todas las palabras celebratorias que durante tantos años se le dedicaron. Encarnaba al hombre duro, algo borde, impaciente, pero que a su vez ofrecía una imagen de solvencia a la derecha española. Recuerdo incluso cómo algún columnista no alineado con la derecha reclamaba una España en la que hubiera más señores serios como Rato y menos chicas tontilocas como Bibiana Aído. En aquel momento, el ser un señor con empaque servía para determinar su valor. Aún no nos hemos deshecho de esa prejuiciosa y singular vara de medir.

En el arte de la política deben combinarse la ambición, la sagacidad, la inteligencia, pero con irritante frecuencia olvidamos reclamar en quien la ejerce la más difícil de las virtudes, la de hacer el menor daño posible y además evitar que lo hagan otros. Han pasado los años y ya podemos calibrar quiénes fueron realmente dañinos para el buen ejercicio democrático y quiénes, por su apariencia, género, juventud o todo a la vez recibieron críticas burdas y arbitrarias.

Pienso en esto de las apariencias mientras veo el rostro de Carmen Alborch en los periódicos esta semana. Sin duda, su presencia ilumina las portadas e iluminaba la sala en la que estuviera, tenía el poder de refrescar un ambiente, aunque este fuera tan cerrado como el del Congreso de los Diputados. Carmen parece, vista desde hoy, un milagro. La melena salvaje y rojiza, la elegante extravagancia en el vestir, la voz melosa y amable, la sonrisa tan justamente reseñada que se convirtió en el toque que la distinguía. Qué pena que no hayan cuajado sus formas, porque sus formas eran el fiel reflejo del buen corazón que hacía uso de ellas. Hay que tener mucho talento para presentarse ante la vida pública con una sonrisa y para comportarse tal cual ella era, demostrando que era compatible ser ministra con el amor a la vida, a las artes, al callejeo, a la ropa estilosa, al necesario hedonismo y al sentido del humor. La sonrisa y la dulzura parecen estar penalizadas hoy en el ambiente que se ha generado en la vida parlamentaria, porque lo chocante ha quedado reducido a la grosería de turno, a la burla, al show. Y nosotros, a menudo, nos convertimos en publicistas de la majadería.

Llevó Alborch el sabor de la calle al Congreso. Se arregló para acudir a un consejo de ministros con los colores que brotaban de su espíritu, con el mismo primor que muchas mujeres dedicamos a presentarnos ante los demás. No pensó que aparentar sobriedad la convirtiera en alguien respetable, ni creyó que la elegancia fuera incompatible con ser de izquierdas; jamás enmascaró sus ganas de disfrutar de la vida para parecer más solidaria o comprometida. Supo demostrar que el carácter no es negociable, y esta para mí es su lección más sobresaliente. Las mujeres, sobre todo, no debiéramos dejar escapar el ejemplo: no hay que aceptar un neopuritanismo que nos obligue a impostar la voz, a falsear la indumentaria, a reprimir la extravagancia o a esconder la sonrisa. El tiempo dirá el legado que cada uno dejó. De qué nos sirvió la arrogancia de Rato y en qué medida nos cambió la sonrisa de Carmen Alborch.

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