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Muere Mijail Gorbachov, el hombre que pasó de dictador de la Unión Soviética al hombre que inició la reforma que acabo liquidando al comunismo en la Europa del Este

HECHOS

El 31 de agosto de 2022 fallece Mijail Gorbachov.

01 Septiembre 2022

Otra Rusia es posible

EL PAÍS (Director: Pepa Bueno)

La disolución de la Unión Soviética bajo el liderazgo de Gorbachov cambió el sentido de la historia contemporánea

Con la muerte queda fijada definitivamente la trayectoria del personaje político. Hace ya 30 años que Mijaíl Gorbachov perdió el poder y cerró su trayectoria como gobernante, al disolverse la Unión Soviética, el Estado que presidía. Pero su desaparición a los 91 años, tras una larga enfermedad, ha fijado en el trasluz del contraste con Vladímir Putin el verdadero valor de su vida política, sus decisiones, su coraje y, sobre todo, su decencia de gobernante, que acabó prefiriendo la libertad de sus conciudadanos al empleo de la fuerza para mantenerlos bajo un sistema comunista esclerótico y ya irreformable.

El balance es histórico. Durante los breves pero intensos siete años de su liderazgo, emprendió el desarme nuclear, sacó a las tropas de Afganistán, permitió la emigración en masa de ciudadanos judíos a Israel, liberó a los disidentes y empezó lo que más popularmente se asocia con su mandato: las reformas políticas y económicas de la perestroika sin demasiada fortuna y la libertad de la glasnost, la transparencia que irrumpió en la opacidad del régimen soviético. Rompió con la doctrina Bréznev de la soberanía limitada, de forma que se abrieron transiciones democráticas en regímenes comunistas como los de Polonia, Hungría o la República Democrática Alemana. Dio luz verde a la unificación alemana dentro de la Alianza Atlántica, disolvió el Pacto de Varsovia, la alianza militar enfrentada a la OTAN, y el Comecon, el falso mercado común socialista. Con él acabó la Guerra Fría, cayeron el Muro y el telón de acero y Europa recuperó su unidad.

La admiración y el agradecimiento que su figura suscita, y especialmente en los países de Europa central y oriental de la antigua órbita soviética, es directamente proporcional a la denigración que levanta todavía entre los dirigentes de la Rusia actual y otros regímenes hostiles a la democracia y al pluralismo. Unos no le perdonan la desaparición de la Unión Soviética y del bloque de las dictaduras socialistas, esgrimiendo su función de amenaza histórica necesaria para contener los desmanes del capitalismo (y despreciando a la vez el altísimo precio que pagaron quienes padecieron sus regímenes totalitarios durante 70 años). Otros, desde el conservadurismo nacionalista e imperial ruso, no le perdonan la reducción del territorio imperial y la pérdida del estatus de Rusia como superpotencia. No es extraño que su muerte haya provocado reacciones rayanas en la hostilidad, entre las que destaca la frialdad del Kremlin.

Pero no se trata únicamente de su dimensión internacional. Con Gorbachov se inauguran tres décadas de multilateralismo, de paz y cooperación internacional y de desarme, mientras que Putin es el hombre del unilateralismo, la guerra, la polarización y el rearme. Si el primero representa el sueño de un mundo pacífico y estable gobernado por las leyes internacionales, el segundo significa la cuña de la violencia y de la guerra como instrumentos de inestabilidad con los que los más fuertes podrán imponer su ley sobre todos. Peor es todavía el contraste interior, entre una Rusia esperanzada que ensanchaba los aires de libertad, y la Rusia deprimida por la guerra contra un país hermano y por una economía sacudida por el esfuerzo bélico, las sanciones y la corrupción de una oligarquía mafiosa.

Habrá que esperar todavía a que se asiente el polvo de las batallas para que el balance de Gorbachov adquiera toda su dimensión en la propia Rusia. Pero es sólido e indiscutible su legado de libertad y de respeto, como lo ha sido hasta el último momento su actitud esperanzada ante el futuro y la juventud que debe protagonizarlo.

31 Agosto 2022

Nunca dejó de ser comunista

Ramón Pérez-Maura

El Gobierno de Gorbachov fue el de un surfista a quien al final la ola se lo llevó por delante, como a todos. Un gran surfista con espectaculares cabriolas sobre las olas que hacían que el público occidental que lo veía por televisión lo adorase. Pero sus paisanos, desde la playa, lo odiaban
Mijaíl Gorbachov no fue realmente un gran reformista. Fue un comunista que se dio cuenta de que se le caía encima el sistema soviético porque era insostenible. Y tuvo la inteligencia de no querer suicidarse. Hizo concesiones porque aspiraba a salvar el comunismo. Como los comunistas españoles, desde Pablo Iglesias hasta Enrique Santiago, secretario general del Partido Comunista de España, que como saben que las políticas comunistas de la Segunda y Tercera Internacional son insostenibles en el siglo XXI han reconvertido sus partidos hacia un comunismo que busca el control de la sociedad mediante la limitación de las libertades imponiendo políticas supuestamente ecologistas y de género que sólo buscan cercenar la libertad. Gorbachov buscó salvar el monopolio del poder en la Unión Soviética haciendo concesiones que le convirtieran en un héroe de la población. La realidad fue que se convirtió en un héroe en Occidente, pero en un ser odiado en la Unión Soviética, que se acabó desmembrando inevitablemente.
En las 2.077 páginas de las Memorias de Mijaíl Gorbachov publicadas en 1996 por Círculo de Lectores no hay ninguna verdadera denuncia del comunismo, salvo las típicas referencias a los errores «de procedimiento» y, al final, su convicción de que había que proceder a partir de donde estaban. Pero no denunciar su pasado.
Gorbachov fue bautizado en el seno de la Iglesia Ortodoxa porque su madre, durante lo peor del estalinismo, se mantuvo una cristiana devota. En 1948, por su voluntariado para cosechar grano, se le otorgó la Orden de la Bandera Roja del Trabajo. En 1952 entró en el Partido Comunista y como miembro también del Komsomol, las juventudes del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), se le encargó vigilar a posibles disidentes. En 1955 se graduó con una tesis sobre las ventajas de la democracia socialista sobre la democracia burguesa.

Estuvo destinado entre 1955 y 1969 por la Kmosomol en la localidad ucraniana de Stavropol, en la frontera occidental del país que hoy quiere liberarse del yugo ruso. Se convirtió en el primer secretario del partido Comunista allí entre 1970 y 1977. Y de allí fue promovido en 1978 a secretario del Comité Central del PCUS. Eso le valió una dacha en Moscú y todas las comodidades de personal que tenían los jerarcas del partido. Desde ahí fue escalando lentamente en el escalafón del PCUS hasta que a la muerte de Konstantin Chernenko, el 10 de marzo de 1985, le llegó su hora como secretario general del PCUS, a propuesta de Andrei Gromyko, el ministro de Asuntos Exteriores de la Unión Soviética.

A diferencia de sus predecesores en la jefatura del partido y del país, Gorbachov se paraba a escuchar a la gente. Renovó el aparato del partido con sus aliados y pronto se creyó seguro y transmitió esa sensación fuera de la Unión Soviética. Después de su primer encuentro, Margaret Thatcher afirmó «Mr. Gorbachov is a man with whom we can do business». Un hombre con el que se podía negociar.
Pero no había forma de detener el derrumbe interior de una Unión Soviética en la que nada funcionaba. En Occidente había la impresión de que él intentaba acabar con el comunismo y la realidad era que sólo intentaba salvar el sistema reformándolo.
El 9 de noviembre de 1989 el pueblo alemán derribó el Muro de Berlín y en cuestión de semanas cayó toda Europa del Este, que volvía a ser Europa Central, como dijo San juan Pablo II a Helmuth Kohl. Gorbachov no pudo hacer nada para impedirlo, pero, como es lógico, el terremoto se extendería a los países sometidos bajo el Imperio Soviético.
En el congreso del PCUS en julio de 1990, Gorbachov prometió un plan de 500 días que no llevaría a la democracia sino al «socialismo moderno». El programa tuvo que ser abandonado.
En agosto de 1991, mientras estaba en su dacha en Crimea, un grupo de la línea dura del PCUS dio un golpe de Estado y tomó el poder. Para entonces ya era presidente de la Federación Rusa Boris Yeltsin, que se plantó frente a los golpistas en Moscú mientras Gorbachov seguía incomunicado en Crimea. El golpe fracasó por falta de apoyo, pero ya fue el final de Gorbachov. El 29 de agosto el Soviet Supremo declaró el fin de la actividad del Partido Comunista, que dejaba de gobernar en Rusia.
Su último gran acto internacional fue en Madrid, el 30 de octubre de 1991 en una gran conferencia sobre Oriente Medio promovida por la Unión Soviética y Estados Unidos y celebrada el Palacio Real.
Pero su situación ya era de salida. Yeltsin iba asumiendo todas las funciones y el 25 de diciembre Gorbachov pronunció su discurso de dimisión. Al día siguiente el Soviet de las Repúblicas, el senado de la Unión Soviética, votó la disolución del país. Según Vladímir Putin, la mayor tragedia del último siglo.
Desde su salida del poder, Gorbachov presidió Pizza Hut en Rusia, la Fundación Gorbachov y el Partido Social Demócrata de Rusia. En 1996 se presentó a presidente de Rusia consiguiendo el 0,5 por ciento del total de los sufragios emitidos.
El Gobierno de Gorbachov fue el de un surfista. Un gran surfista con espectaculares cabriolas sobre las olas que hacían que el público occidental que lo veía por televisión lo adorase. Pero sus paisanos, desde la playa, lo odiaban. Y al final la ola se lo llevó por delante, como a todos los surfistas. Nunca consiguió el amor, ni siquiera el reconocimiento de los suyos.
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