15 enero 1995

Acusan a Eduardo Haro Tecglen de criticar el teatro y la persona de Antonio Buero Vallejo por el pleito de su esposa (Concha Barral) con el dramaturg por los derechos de ‘Caimán’

Hechos

La crítica de Eduardo Haro Tecglen a Las trampas del azar, de Antonio Buero Vallejo es publicada en EL PAÍS el domingo, 15 de enero de 1995.

15 Enero 1995

Una vez más

Eduardo Haro Tecglen

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Las trampas del azar
(Dos tiempos de una crónica), de Antonio Buero Vallejo. Intérpretes: Encama Paso, Carlos Ballesteros, Teófilo Calle, José Caride, Silvia Espigado, Juan Carlos Rubio. Escenografía y figurines, Pepe Hernández. Dirección, José Vida. Centro Cultural de la Villa de Madrid, 12 de enero de 1995.

Una vez más, dijo Antonio Buero Vallejo, cansado y con la voz tomada por el tiempo, cuando salió a saludar al final de esta obra: frase escéptica, resignada, cansada. Quizá no más que la de sus viejos espectadores, que habían aplaudido sin demasiado entusiasmo, y sin él le despidieron, después.La obra es gris: los decorados de Pepe Hernández subrayaban grisura y lisura; un poco mejor realizados hubieran dado misterio, profundidad, hondura, que sin duda estaban en el ánimo del escritor cuando escribió; grisáceos son los actores. Una vez más: las cosas pasan siempre por algo, hay un misterio en las coincidencias, una concatenación que no dominamos. Ya esto era viejo cuando Koestler escribió Las raíces del azar, cuando Jacques Monod reveló Eazar y la necesidad (se cumplen treinta años); y más en el teatro de Priestley, de Jean-Jacques Bernard: en la Europa de entreguerras. Y en Buero: La señal que se espera, que resultó ser una de sus peores obras, quizá hasta la llegada de ésta.

Esbozos contenidos

Ésta está llena de apuntes, de promesas que no se cumplen, de esbozos de algo contenido por el miedo; quizá por el cansancio. El tema del azar y sus trampas, o su esoterismo, o su más allá, va a lo vulgar y lo cotidiano hacia lo inútil: aquella señal (aquel acto infantil, aquel sucesillo) desencadenaba una serie de acontecimientos en una vida un poco idiota, de logrero hijo de logrero, de muchacha a la que unas heridas fortuitas se le convierten en maldición que descarga sobre los demás. Parece un poco retorcido todo, un poco metido entre seres más bien tontos y cobardes, también. El espectador entiende poco. Sobre todo cuando se mezcla el estúpido suceso -una farola rota- con los hechos de dos generaciones de corruptos: la de Falange -se dice el partido, aunque se nombra al protector Franco- y las de los hijos, no sé si sociatas; entre todos sostienen el laboratorio, que pasa de unos a otros, donde lo que se labora es material de guerra. Pero el doble tema, o doble aspecto de un tema no está abordado. Hubiera sido la obra. El retorcimiento de concatenaciones entre aquella farola rota por un niño y los llantos de las viudas y los huérfanos por la guerra parece abusivo, si es que hay unas normas de lógica aceptables (la lógica teatral: es insuficiente).

Apunta, al final, otra generación: no sé si al autor le parece más digna, o es aún más estúpida El hijo-nieto que descubre la trampa del azar contribuye, con su intransigencia violenta, a la desgracia de sus padres: el hombre que rompió la farola y la niña que recibió los vidrios, y sus llagas en la espalda. Crea también su propia desgracia, mientras se va cumpliendo, lentamente, la de los espectadores, sobre los que cae la obra inexorable.

¡Una vez más! Pensaba, mientras, que convendría que fuese la última: no por la parte del autor, cuya continuidad y su prolongación me alegrarían mucho en este mundo adverso, desencantado, y que siempre ofrece el misterio del azar de qué día pueda salirle algo vivo y directo, sino precisamente por la mía que, una vez más, me encontraba ante una obra pobretona, mil veces escrita; con unas tesis mil veces olvidadas y siempre vueltas a traer. Con la teatralidad falsota del violinista en la esquina, tal vez una especie de diablo (es muy frecuente que el diablo de literatura toque el violín), aunque pudiera ser también Dios: los dos papeles siempre son confusos en el teatro o en el cine: una rentiniscencia de la Viena de Schubert, y hasta de Freud con lo que debía ser una frase de hallazgo psicoanalítico.

De todo ello, lo más patético, el espectáculo final de su autor entre unos actores que no habían podido sacar más partido de su trabajo, contando cómo por la tarde había pensado que quizá tuviera que pronunciar estas palabras -finales- de la representación si hubiera lugar (en puridad, no lo hubo); y cómo todo se quedaba en este canto a la costumbre, a la monotonía, a lo agotado: una vez más…

21 Enero 1995

Haro Tecglen, juez y parte

Alberto Miralles

Director de teatro, amigo de Buero

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La crítica de Eduardo Haro Tecglen a Las trampas del azar, de Antonio Buero Vallejo (publicada en EL PAÍS el pasado domingo, 15 de enero), es una ofensa al autor.El crítico no se limita a juzgar el texto, lo que sería lógico, sino que descalifica, como ya es habitual en sus críticas, al primer dramaturgo de nuestro país con calificativos de una mezquindad inaudita.

Debe usted saber que la enemistad de Haro Tecglen es personal y tiene su origen en el problema surgido entre el autor y la mujer del crítico a causa del cobro de unos derechos de la obra Caimán.

Eduardo Haro Tecglen, desde entonces, y a pesar de ser juez y parte, critica las obras de Antonio Buero Vallejo con una ferocidad que sólo es posible explicar por los motivos personales a los que me acabo de referir.

Creo que beneficiaría la credibilidad de su diario si enviaran a los estrenos a un sustituto de Haro Tecglen todas las veces que la obra haya sido escrita por algún autor que tenga implicaciones personales con el crítico y que, por lo tanto, le impidan a éste ejercer su labor con la ética necesaria.-

23 Enero 1995

¡Pobre Buero!

Concha Barral

Esposa de Haro Tecglen

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¡Qué difícil es aceptar que tu trabajo no ha gustado! ¡Cómo se necesita creer que las razones de los otros jamás son honestas ni bien intencionadas!La verdad es que otras veces, además de la clásica razón del cobro de derechos de autor de la música de Caimán, se suele decir que realmente: la crítica -mala, claro- de la obra de Buero la hago yo a golpe de codazos a Eduardo Haro Tecglen desde la butaca contigua a la que él ocupa en el estreno.

Siento tener que explicar las circunstancias de la dichosa polémica del cobro, porque he oído tal cantidad de versiones que me gustaba ver crecer el «monstruo» y observar cómo iban apareciendo, según las circunstancias, nuevos detalles escabrosos…

Manolo Collado dirigía la obra Caimán, de Buero Vallejo. Seguramente con la sana intención de halagar al crítico de EL PAÍS y así conseguir una opinión favorable hacia todo lo que rodeara a la función, me pidió, por la amistad que nos unía, que le grabara una melodía que sirviera para mostrar el paso de la realidad al sueño en la citada función. No soy, ingenua, pero creí, que quedaba lo suficientemente claro el tipo de relación entre Eduardo y yo para saber que nuestras actividades no influyen para nada en el trabajo del otro. Pues no, me debí equivocar. Hice -gratis, claro., Manolo era un amigo- la grabación y al día siguiente del estreno se publicó la crítica de Eduardo, mi marido, en este periódico. No, era lo que llamamos una buena crítica, sinceramente.

Hasta entonces nada se sabía de mis derechos de autor. Al cabo de un tiempo -la burocracia de la Sociedad General de Autores también se toma su tiempo- apareció la primera orden de pago a mi nombre por los derechos. Creo recordar que debían ser unas cinco mil pesetas como pago de la parte que correspondía al pago de los derechos de autor de los escasos minutos en los que sonaba la melodía. Es cierto que en cuanto llegó el recibo pensé en lo mal que, le sentaría a Buero el tener que ceder esa parte de su dinero por culpa de unos sonidos insignificantes y además cedérselos a la esposa del crítico cruel, pero no calculé que su reacción iba a ser violenta. El presidente de la Sociedad de Autores me llamó, a título personal como amigo de las partes, y me dijo que Buero estaba muy enfadado y que dejaba claro que esa melodía no merecía pago alguno, además de que eran unas notas, ya utilizadas por Mozart y que debían tener carácter popular. A los dos nos sobraban las razones para sonreír mientras yo preparaba el talón bancario a nombre de Antonio Buero Vallejo por el valor del famoso pago de autores. Y nada más. Pero siento que por aquella irrisoria situación, Buero y sus amigos lleven años pensando que todo para ellos sería diferente si hubieran sabido halagar y regalar suficientemente a la esposa de un crítico. Pobre Buero.