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Boda en Barcelona entre la infanta Cristina e Iñaki Urdangarín que pasan a ser Duques de Palma

HECHOS

En octubre de 1997 contrajeron matrimonio Don  D. Iñaki Urdangarín y la infanta Doña Cristina de Borbón en Barcelona.

Mons. Ricard María Carles, cardenal Arzobispo de Barcelona: realiza los votos de D. Iñaki Urdangarín y la infanta Cristina:

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Boda_Urdangarin_votos La infanta Cristina Sí se acordó en los votos

Doña Cristina si recordó el rotocolo de los votos, la tradición que implica que antes de dar el ‘sí’, las princesas deben mirar a su padre el Rey para que este les dé su permiso. El hecho de que su hermana se hubiera olvidado de hacerlo en su boda con el Sr. Marichalar, causó que el momento de los votos fuera el más esperado en la boda.

05 Octubre 1997

Boda en Barcelona

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Lejos de cuentos de hadas, lejos de matrimonios de conveniencia y lejos de antiguas cursilerías, el enlace de la segunda hija de los Reyes, la infanta Cristina, con Iñaki Urdangarín, ha sido una boda moderna entre dos jóvenes que, de procedencia muy dispar, han decidido compartir la vida y las responsabilidades que tienen. En principio no es otra cosa lo que hacen las decenas de miles de parejas que se casan todos los años en España. Y sin embargo, a nadie se le escapa que sus vidas y ante todo sus responsabilidades son distintas y mayores.Bien hicieron los novios en elegir Barcelona como escenario. Como Sevilla en 1995 con la boda de la infanta Elena y Jaime de Marichalar, ha acogido con gran afecto a la pareja. Millones de españoles y centenares de millones en el mundo siguieron la ceremonia por televisión. Y tanto la organización como la retransmisión fueron impecables.

La sobriedad de la familia real siempre ha sido muy valorada por los españoles. Es una de las razones -hay otras muchas- por las que la Monarquía española se ha ganado el respeto de su pueblo. Cuando ligó su andadura al comienzo de la transición democrática, todo esto estaba lejos de sobreentenderse. Como hemos comprobado en recientes y tristes acontecimientos, las familias reales están, inevitablemente, expuestas a los medios. Y su solidez y prestigio no dependen sólo de su funcionalidad y su buen hacer institucional. En gran parte depende de su popularidad, que no es sino el efecto que sobre la población tiene la actuación de una familia a la que se otorga constitucionalmente un papel extraordinario, pero a la que también se exige una conducta especial. En España, y pese a algunas -nuevas aficiones de quienes quieren descalificar a todo el sistema, a la transición que lo generó y las instituciones que lo defienden, están fuera de duda la popularidad de la familia real y el respeto a esta institución que ha sido básica para la convivencia civilizada en este país. Ahora, de vuelta a la continuación de ese trabajo diario, sólo cabe desear lo mejor al nuevo matrimonio y dar la enhorabuena a la Casa Real.

01 Octubre 1997

Amor regio

Ferrán Monegal

Esta madrugada Pepe Navarro (El Pelícano, ANTENA 3 TV) conversaba con Jaime Peñafiel sobre la gran boda del sábado, y con un punto de preocupación caían en la cuenta de que ahora ya sólo queda por casar el Príncipe. Peñafiel, anonadado, decía: “Lo del Príncipe tiene que ser otra cosa, Pepe. De frivolidades ya ha habido bastante. Los respectivos de Elena y Cristina serán buenos muchachos, pero buenos partidos no, ninguno”. O sea, que reclamaba para el heredero una boda de conveniencia. Visto así, el amor regio tiene aristas muy duras.

11 Octubre 1997

Casando al príncipe

Ferrán Monegal

Concluidas felizmente las bodas de las infantas, queda ahora el Príncioe. Y como El Pelícano (Pepe Navarro, ANTENA 3 TV) es un ave sensible, convocó de urgencia en la madrugada del viernes a Jaime Peñafiel con la sana intención de buscarle esposa. Hallaron dos que les complacieron. “Hay una por la que me inclino –advirtió Peñafiel – Nataly de Prusia, 27 años, descendiente del káiser Gullermo y que tiene una gran amistad con la reina Sofía. Su padre el príncipe Michel, es asiduo de Mallorca, en donde cuenta con importantes inversiones”. Maravillado le pelícano preguntó: “Oye, Jaime ¿y qué estudios tiene?”. Respondió el periodista: “Ha estudiado… ha estudiado.. pues mira ahora no te sabría decir. Me has pillado en un renuncio”. Estamos convencidos de que esta joven ha estudiado alguna cosa. Seguro. Peñafiel nos habló también de otra princesa adecuadísima: “Catalina de Austria – dijo – 25 años de edad, católica, ha estudiado Derecho, habla español y es una gran deportista. Tiene el tratamiento de princesa imperial y archiduquesa de Austria, y princesa de Bohermia y Hungría. Una vez declaró: “El hombre con quien me case deberá tener gran sentido del humor, profundas convicciones religiosas y mucha paciencia”. Y con gesto de preocupación añadió el periodista: “Esto de la paciencia es lo que más me intriga, Pepe”. A nosotros también, francamente. De cualquier forma buscarle esposa al Príncipe a través de la tele hay que reconocer que es entretenido. Y comodísimo.

05 Octubre 1997

El día en el que las monarquías resucitaron

Jaime Peñafiel

El pasado día 31 de agosto, la imprevisible y violenta muerte de Lady Di y la tardía reacción de la familia Windsor desató un vendaval de apasionadas críticas contra ellos. Estas críticas tuvieron un efecto dominó, ya que salpicaron a las monarquías en general.

Durante aquellos días, las familias reales de toda Europa prefirieron replegarse en sí mismas y solidarizarse con la principal afectada por el descrédito de la tragedia: la reina Isabel, jefa suprema de la casa real británica. Y todos sin excepción, del norte al sur de Europa, desde Noruega a España, cerraron filas entorno a Su Desgraciada Majestad y prefirieron no comparecer en el funeral de la malograda Lady Di. El invento peligraba y guardaron silencio en espera de mejor ocasión.

Esta se ha presentado con motivo de la boda de la Infanta Cristina. Nada mejor que un acontecimiento de este tipo para levantar la moral de las cabezas reales. Ello explica que, aun siendo la protagonista una Infanta, españolísima versión de las princesas europeas, y no un rey, varios han sido los soberanos que han querido estar presentes en esta gloriosa resurrección de la Cosa Real.

Aunque en la bellísima catedral gótica de Barcelona no estaban todos, sí la inmensa mayoría. Los ausentes, magníficamente representados.

De las 42 bodas reales a las que he asistido, alguna incluso con más fuste que ésta, no ha habido una tan magnífica y numerosa en representación real.

Para compartir el día más feliz de su vida, la Infanta Cristina ha tenido 11 reyes y reinas reinantes de verdad: Carlos Gustavo XVI y Silvia de Suecia; Harald IV y Sonia de Noruega; Noor de Jordania; Su Alteza Serenísima el Príncipe Soberano Rainiero de Mónaco; Sus Altezas Serenísimas el Príncipe Hans Adam II y Marie de Liechtenstein (padre de la bellísima princesa soñada por muchos españoles, Tatiana); su alteza real la Gran Duquesa Josefina Carlota de Luxemburgo; el rey Letsie III de Lesotho y el Gran Maestre Soberano de la Orden de Malta.

Sólo faltaban, para que todos los que se sientan en un trono estuvieran presentes en la catedral, Isabel de Inglaterra (que ya podía haber venido en agradecimiento a la solidaridad de nuestros Reyes con su reciente tragedia) pero envió lo único que tiene presentable, su hijo menor, Eduardo; Margarita de Dinamarca, que justificó su ausencia por una lesión en la rodilla; Paola y Alberto de Bélgica y Beatriz y Claus de Holanda.

De todos ellos, el primero en llegar a la catedral fue Rainiero. Lo hizo en solitario, como solo está desde que perdió la Gracia de su Principado.

Los ex, siete en total, eran los que son: Miguel y Ana de Rumanía; Simeón y Margarita de Bulgaria; la Shahbanou de Irán y Farah y Constantino y Ana María de Grecia, que además son tíos de la novia.

En las bodas de una princesa, en este caso una Infanta, los protagonistas, después de los novios, son los príncipes, herederos o no, en edad de casar. Se dice, sin fundamento, que una boda siempre es el origen de otra boda. Que yo recuerde, de entre todas las bodas reales que como periodista he cubierto, sólo en dos nació un noviazgo que terminó en matrimonio: la de los duques de Kent, en la que se prometieron Don Juan Carlos y Doña Sofía («por una vez el protocolo lo hizo muy bien asignándome como chevalier cervan al Príncipe», dice la Reina), y en la boda de los hoy nuestros Reyes, en la que Constantino conoció a la princesa Ana María de Dinamarca, dama de honor de Sofía y que se convirtió más tarde en su esposa.

Príncipes herederos de un trono de verdad solamente ha habido tres de las 10 monarquías existentes en Europa: Frederik de Dinamarca (¡ese príncipe que no sabe qué hacer con su vida!); Felipe de Bélgica (el muy amadísimo heredero in pectore de Fabiola y su fallecido esposo, el rey Balduino) y Alberto de Mónaco (que no querría serlo).

De los que son herederos de una entelequia: Pablo de Grecia, hijo de Constantino que no solamente ha perdido el trono sino hasta la nacionalidad; Víctor Manuel de Italia, que nunca lo fue; Kardam de Bulgaria, el hijo del rey de ida y vuelta; Alejandro de Yugoslavia y Ali Reza de Irán que nunca volverá.

Como exige el protocolo, estos herederos llegaron a la catedral antes que sus mayores. Luego lo hicieron los soberanos, que tomaron asiento según la antigüedad. En la primera fila, los reyes de Suecia, Noruega, Lesotho y Jordania.

Los hermanos K, Kardam, Kyril, Kubrat, Konstantin y Kalina, todos ellos hijos del rey Simeón de Bulgaria, ocupaban la misma fila junto a sus esposas.

Tampoco faltaron a la boda los archiduques imperiales, como los de Austria. Y la más duquesa de todas las duquesas, que tiene todos los títulos en su haber menos el de baronesa.

A propósito de baronesa, en la boda, junto a los miembros de las familias reales menores, estaba Francesca Thyssen, señora de Habsburgo, hija del barón e hijastra de la baronesa (Tita Cervera) que, ¡oh dolor!, ya nunca es invitada a los acontecimientos de la Casa.

04 Octubre 1997

Normalidad y felicidad

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

Desde la CNN hasta el International Herald Tribune, los grandes medios de comunicación internacionales han resaltado, al presentar la boda de la Infanta Cristina con Iñaki Urdangarin, hoy en Barcelona, la «normalidad» que rodea a la Familia Real española. La hacen contrastar con el alejamiento de la sociedad civil en que viven otras familias reinantes, con los polémicos Windsor evidentemente a la cabeza. Esa «normalidad», junto al decisivo papel del Rey en los momentos claves y a veces dramáticos de la Transición española, está en la base del abrumador respaldo popular de la institución monárquica. Sondeo tras sondeo de opinion ratifican ese respaldo en nuestro país, como también resaltan -admirados- esos mismos medios informativos. Y la infanta Cristina -primer miembro de las dinastías españolas que, en nuestra centenaria historia, desarrolla una actividad profesional independiente- ocupa sin duda un lugar muy especial ante esa misma opinión pública española.

Es pues momento, dentro de esa «normalidad» que en sí misma resulta tan especial y novedosa dentro de las relaciones entre la Corona y la sociedad en España, de desear felicidad a la ya popular pareja.

Algunos tradicionalistas aceptan mal los matrimonios de infantas con personas que no son de sangre real. Esta boda, con esa peculiarísima y feliz conjunción de elementos de la auténtica España de hoy -juventud, deporte, País Vasco, Cataluña…-, es, bien al contrario, particularmente entrañable, real en todos los sentidos, para nuestra sociedad. Y la Infanta conserva, según la Constitución, su posición en el orden sucesorio. Eso sí, los jóvenes desposados deberán afrontar las responsabilidades de representación inherentes a su condición y función reales. Que lo hagan con la sonrisa, la sencillez y la discreción de las que han hecho gala desde el anuncio de su compromiso.

05 Octubre 1997

... ¿y ahora qué, Don Felipe?

Juan Carlos Laviana

Felipe, el Príncipe, fue ayer protagonista involuntario de la boda de su hermana Cristina. Le tocó en suerte hacer el papel de solterón. Si hubiera sido chica, hasta le hubiera lanzado su ramo la novia, esa maldita tradición que siempre pone en evidencia al que la vida, por fortuna o desgracia, no le ha bendecido con ese ancestral sacramento, que no obligación, llamado matrimonio.

Ayer, entre comentaristas televisivos y público en general, corrían como la pólvora dos reiterativos comentarios. Lo guapa que está la novia y que a Felipe le toca el turno dentro de dos años.

Pobre ¿Cómo a un chaval de 29 años, con sangre roja o azul, se le puede planificar tan fríamente el destino? Que se sepa, no tiene novia, y ya todos auguran alegremente que Felipe se comprometerá dentro de un año, se casará dentro de dos y tendrá un heredero para la Corona de España dentro de tres. Esa es la tradición. Al parecer, los planes de la Zarzuela llevan a rajatabla esa estrategia de casar cada dos años a uno de los niños. La planificación mata los sentimientos, qué duda cabe.

Nadie se preocupa si el chico acaso tiene mal de amores y no está por la labor de nuevas relaciones. O acaso le gusta la vida de soltero -¿por qué no?- como a tantos jóvenes que les ha tocado vivir gran parte de su vida en el siglo XXI. O, tal vez, todo sea mucho más sencillo y tengan razón quienes sostienen que Felipe está dispuesto a cumplir con los deberes de su trabajo. Deberes que, contra todo sentido común, al parecer incluyen casarse, se quiera o no, y dar descendencia para rellenar un desquebrajado árbol genealógico.

¿Cómo un trabajo puede incluir esos deberes? ¿Cómo un trabajo puede exigir renunciar a la vida? Sólo algunos trabajos vocacionales, como el sacerdocio, ofrecen esa posibilidad. Pero, al menos, permiten a quienes abrazan esos compromisos tomar la decisión de hacerlo o no. En cambio, a un príncipe nadie le pregunta si le gustaría hacer su trabajo o no, como a nadie se le permite elegir al padre o a la madre. Toca lo que toca y punto.

Ahora que tanto se habla de la necesidad de profesionales, horrible palabreja, en las familias reales para evitar que los sentimientos, la vida, puedan provocar sorpresas que impidan a quienes asumen ese trabajo que, en un momento determinado, no quieran o no puedan ejercer la estricta disciplina de un oficio tan sacrificado como el de ser rey. Vamos, que cometan aberraciones tan imperdonables como no soportar una vida tan cruel, como desenamorarse, como no soportar las infidelidades de un marido, como divorciarse, como preferir un trabajo diferente, o como tener el capricho de elegir a sus amigos.

Son muchas las instituciones que se quedan trasnochadas, ancladas en ancestrales costumbres. La Monarquía no se ha escapado a esa difícil tarea de contrarrestar los anacronismos y adaptarse a los tiempos en los que hoy le toca vivir.

La crisis de la institución está representada, según todos los analistas, por la Familia Real británica. Los Windsor han sufrido toda suerte de males posibles. La consecuencia de imponer en el año 2000 protocolos y rigores centenarios.

La prensa sajona se ha deshecho en elogios para la Familia Real española. La ha elegido como ejemplo para las demás monarquías que aún quedan en el mundo. La califica de «moderna» -mayor piropo que puede recibir la institución-, de popular, de respetada, de «sencilla», e incluso de ser una de las más «baratas» para sus ciudadanos.

Cuando las cámaras de televisión -impecablemente dirigidas, como siempre, por Pilar Miró- mostraron al Príncipe, vestido rigurosamente de militar, con su madre del brazo, en continua conversación, los pensamientos dejaron a un lado los detalles sobre el vestido de la novia para centrarse en la cuestión más importante ¿Y ahora qué?

Se recuerda aquella pregunta de un periodista al Príncipe en el compromiso de su hermana. «¿Bueno, Alteza ¿y ahora qué?». Felipe contestó con un chiste, que viniendo de quien viene hay que interpretarlo con lupa. «Estoy atacado de una sordera repentina».

La sordera selectiva siempre es un buen síntoma. Sólo se escucha lo que se quiere escuchar. Ojalá pudiera hacerlo siempre. Ojalá Felipe pudiera ser hombre antes que príncipe. Un derecho irrenunciable de cualquier ser humano.

Ojalá que las imágenes de las plácidas conversaciones con doña Sofía fueran el diálogo de una madre y un hijo y no una parte más del grandilocuente y milimétricamente planeado espectáculo que entre todos hemos montado. Ojalá que las bromas de Felipe con Don Juan Carlos mientras soportaban la interminable sesión fotográfica fueran las bromas de un padre y un hijo y no una parte más del protocolo.

A muchos españoles, estoy seguro, no nos importaría tener un Rey soltero. Tampoco nos importaría que Felipe se casara si ese fuese su deseo. Que ejerciera de una forma profesional su trabajo o abdicara y eligiera cualquier otro.

Como no nos importa que, dos años después, la Infanta Elena y Jaime de Marichalar aún no hayan tenido descendencia. Al año de la boda de sus padres, la primogénita, Elena, ya había nacido. No es habitual entre matrimonios reales esperar tanto para tener hijos. ¿Y qué?

Tampoco nos ha importado que las Infantas se hayan casado con más de 30 años, edad que tenía su padre cuando Doña Sofía ya estaba embarazada de Felipe.

La televisión insiste en que, a partir de hoy, crece la presión sobre el Príncipe para que se case. Incluso los comentaristas sugieren una despedida del tipo: «Nos veremos en la boda del Príncipe». También se insiste en los medios en aquello de que una boda trae otra boda, y en ofrecer una y otra vez los nombres de las princesas sin compromiso, casaderas, que ayer se encontraban en la celebración.

Como si Felipe no conociera más que de sobra quienes son esas cuatro chicas de sangre azul entre las que se supone que tendría que optar. Como si Felipe, como hombre, como miembro de una institución en decadencia, como príncipe del año 2000, como hombre de principios, no pudiera casarse con una chica de sangre roja, con una jugadora de balonmano sin ir más lejos. Es sólo un ejemplo.

La celebración de ayer, aparte de servir de divertimento a 1.000 millones de personas, sirvió también para que esos escasos miembros de la realeza que sobreviven en Europa puedan ratificarse en la buena salud de la institución. Pasado el mal trago de la muerte de Diana, de los escándalos de los Windsor, los annus horribilis, las monarquías tienen ahora una nueva referencia para seguir adelante, para seguir manteniendo la tradición. España exporta al mundo entero el modelo de cómo han de comportase las familias reales, como exportó el modelo de transición de una dictadura a una democracia. No es poco.

Miremos alrededor. No debe de ser tan extraño que Felipe no se haya casado cuando sólo dos de los 10 herederos de las monarquías reinantes en Europa han contraído matrimonio.

No sé cómo se lo habrá pasado Felipe en la boda de su hermana. Deduzco que, como en la mayoría de las bodas, habrá tenido que escuchar una y otra vez palabras tan desagradables como «y ahora ¿qué?», «¿cuándo nos vas a dar una alegría?», «¿no te gusta fulanita de Calabria, de Suecia o de Liechtenstein que son tan guapas?». Y así todo el día. Pero él habrá tenido que sonreír, hartarse de hacer el chiste de la sordera. Así se lo exige el trabajo a un hombre que, además, es Príncipe.

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