11 noviembre 2011
Pretendía que los ciudadanos decidiesen con sus votos en una consulta si Grecia debía devolver o no los préstamos a los otros países de la Unión Europea, que reaccionaron con ira a su propuesta
Cae el primer ministro de Grecia Giorgos Papandreu [Yorgos] tras intentar traspasar la responsabilidad de los impagos a la UE a su pueblo con un referéndum
Hechos
El 11 de noviembre de 2011 Yorgos Papandreu cesó como Primer Ministro de Grecia. Le sustituirá interinamente Lukas Papadimos.
02 Noviembre 2011
Un error colosal
Quizá no resulte sorprendente que, tras 24 meses de desgaste por las crecientes exigencias de austeridad a sus ciudadanos, el primer ministro griego pretenda ahora recuperar la legitimidad mellada, el apoyo de una mayoría silenciosa y la iniciativa política. Especialmente cuando, frente a otros dirigentes europeos frívolos o incompetentes, Yorgos Papandreu ha demostrado coraje político y determinación personal para afrontar su crisis nacional: su pecado ha sido la lentitud en la ejecución de las reformas legales emprendidas. El reconocimiento de su trayectoria, sin embargo, no empece para concluir que su propuesta de convocar un referéndum para aprobar el segundo paquete de rescate europeo a su país es un error de dimensiones colosales.
Lo es porque entraña un cálculo demasiado arriesgado. Es cierto que los griegos no pueden aspirar a un mejor trato que el decidido en la reciente cumbre, que supone en principio la condonación de la mitad de su deuda pública en manos de la banca. Pero también lo es que resulta muy difícil hacer valer este tipo de argumentación en una votación binaria, esquemática y susceptible de toda suerte de demagogias populistas como un referéndum. Especialmente si al final los ciudadanos acaban votando no sobre una medida concreta, sino sobre dos años de sacrificios que han exasperado a la sociedad griega. La experiencia de otros referendos en países como Francia, Irlanda u Holanda ilustran hasta qué punto suele prevalecer el malhumor social sobre la discusión del asunto sometido a las urnas.
Pero si lo que pretende Papandreu es emitir un signo ante sus socios para que no aumenten aún más la pesada carga de austeridad que arrastra su país, ese órdago tacticista supone ya jugar con fuego. De consumarse, no solo podría conducir a Grecia a la suspensión desordenada de pagos, sino también poner en tela de juicio los otros elementos del paquete aprobado en la última cumbre, de interés directo para todos los europeos: la recapitalización bancaria y el redimensionamiento del Fondo de rescate, y abocar así al conjunto de la Unión al abismo.
El daño que esta iniciativa disparatada puede infligir a la UE, al futuro de Grecia y a la imagen de sus dirigentes resulta incalculable, de modo que lo mejor es que sea retirada cuanto antes. Es evidente que situaciones parecidas, en las que la entera Unión pende del hilo de un país, de su voto popular, de su mayoría parlamentaria o de su tribunal constitucional (como viene ocurriendo con Alemania), se prodigan con exceso, por cuanto los Veintisiete deciden sobre demasiadas materias por unanimidad. En este caso, además, castiga tanto al Estado miembro en la picota como a quienes pugnan por salvarlo de ella.
Para castigar a las Bolsas europeas y a la cotización de los bonos públicos, al disparate griego se unió ayer el impacto de la quiebra -por especular con deuda soberana europea-del bróker norteamericano MF Global, la octava en dimensión de la historia de EE UU. Solo una masiva intervención del Banco Central Europeo, cuando ya una de las más afectadas era la deuda francesa, evitó un cierre catastrófico.
Los efectos benéficos de la última cumbre apenas han durado 24 horas hábiles. La falta de detalle, las tardanzas, aplazamientos y fracturas internas vienen a cotizar tanto o más que los acuerdos. Es algo que Europa no va a poder permitirse mucho tiempo más, pues contribuye al estancamiento económico. La alerta lanzada por la OCDE, según la cual el crecimiento de la eurozona en 2012 bajará al 0,3%, en lugar del previsto 2%, confirma que no hay margen para el diletantismo. Lo que se redobla en el caso de España, situada en crecimiento cero desde el tercer trimestre, como acaba de certificar el Banco de España. La hora es muy grave.
07 Noviembre 2011
El lobo griego
El primer ministro griego, Yorgos Papandreu, puso fin ayer a una de las más convulsas semanas que haya vivido el país desde el inicio de la crisis. Tras suscribir en el Consejo Europeo los principios que se aplicarían en la eurozona para resolver las tensiones sobre las deudas soberanas, Papandreu anunció por sorpresa la convocatoria de un referéndum para que los griegos decidieran sobre el rescate de su economía. Fue una iniciativa suicida y a la vez desesperada, con la que Papandreu trataba de compatibilizar la imperiosa necesidad de obtener los fondos europeos con la de aliviar el acoso político y social al que internamente estaba siendo sometido su Gobierno.
De haber prosperado los planes de Papandreu, el Consejo Europeo habría perdido su razón de ser. Cualquier dirigente de un Estado miembro podría desdecirse de los compromisos adquiridos por la vía de convocar una consulta de regreso a su capital. La eventualidad de un resultado negativo en el referéndum con el que amagó Papandreu habría puesto en peligro la continuidad de Grecia en el euro y en la Unión, e incluso la viabilidad de la moneda única. Demasiado riesgo para los escasos beneficios esperados.
El gesto de Papandreu ha puesto de manifiesto, con todo, problemas que la Unión y los países de la eurozona no pueden seguir soslayando. La creciente adopción de medidas unilaterales por parte de Alemania y Francia está alimentando un cuestionamiento interno de los Gobiernos que tienen que aplicarlas. De manera sin duda equivocada, Yorgos Papandreu ha venido a expresar una realidad digna de ser tenida en cuenta: que existen límites políticos a la gestión económica de la crisis. La respuesta no puede ser obviarlos, como parecen dar a entender Merkel y Sarkozy, sino integrarlos como parte de la reflexión sobre el camino a seguir.
El nuevo Gobierno griego será de unidad nacional y, en principio, reunirá a un elevado número de tecnócratas. Papandreu no estará en él y hoy mismo podría ser sustituido por un nuevo primer ministro, evitando de esta manera una nueva celebración de elecciones que no ahorraría al nuevo Ejecutivo quedar atrapado en la tenaza que representan las exigencias europeas, por un lado, y la resistencia de la oposición parlamentaria y la calle, por el otro. La paradoja es que, aunque Papandreu se haya visto obligado a dimitir, su sucesor podría gozar de mayor margen político que él, al menos en el frente interno. Y eso porque, voluntaria o involuntariamente, Papandreu habría mostrado las orejas del lobo griego tanto a los restantes miembros de la eurozona como a sus propios ciudadanos.
Es difícil anticipar la evolución de los acontecimientos en un país no solo azotado por la crisis económica, sino política y socialmente desarbolado. La solución que parece abrirse paso no sería de las peores, aunque persista la inestabilidad que afecta a la totalidad de Europa.
El Análisis
El 11 de noviembre de 2011, Yorgos Papandreu presentó su dimisión como primer ministro de Grecia, abriendo paso a un gobierno interino encabezado por Lukas Papadimos, ex vicepresidente del Banco Central Europeo. Su salida no fue una sorpresa, sino el desenlace inevitable de una tormenta perfecta: la crisis de la deuda griega, el rescate internacional y la pérdida absoluta de confianza tanto dentro como fuera del país.
Cuando Papandreu llegó al poder en 2009, lo hizo con una victoria rotunda y la promesa de modernizar Grecia. Pero pronto quedó claro que el país estaba sentado sobre un volcán financiero: el déficit real era mucho mayor del declarado por sus predecesores, la deuda pública se disparaba por encima del 150% del PIB y los mercados comenzaron a castigar a Atenas con tipos de interés insoportables. Europa y el FMI intervinieron, aprobando paquetes de rescate con condiciones draconianas que implicaban recortes sociales, privatizaciones y subidas de impuestos. Grecia entraba así en una espiral de austeridad y protestas masivas.
El golpe final a Papandreu vino con su anuncio de convocar un referéndum sobre la aceptación del rescate europeo y sus duras condiciones. El gesto populista de Papandreu suponía trasladar al pueblo su propia responsabilidad dando a entender que el devolver los prestamos del país era algo opcional, la excusa del moroso, fue recibido como una bomba en Bruselas y Berlín. Alemania, Francia y la propia Unión Europea interpretaron la iniciativa como una irresponsabilidad que ponía en riesgo la estabilidad del euro. La presión fue inmediata y brutal: Papandreu fue abandonado por parte de su propio partido, y la idea del plebiscito quedó enterrada en horas.
Su dimisión marca no solo el fin político de un Papandreu, tercera generación de una dinastía que había dominado la política helena durante décadas, sino también el principio del ocaso del PASOK. El partido socialista, que durante años fue pilar del sistema bipartidista griego, queda asociado al desastre económico y a la sumisión frente a la troika, perdiendo la base popular que lo había sostenido desde 1981.
El país queda en manos de Papadimos, un tecnócrata encargado de garantizar la continuidad del rescate y evitar la quiebra inmediata. Pero el costo político es inmenso: el desgaste del PASOK abre un vacío que pronto llenarán nuevas fuerzas, desde la izquierda radical de SYRIZA hasta formaciones nacionalistas y de extrema derecha. Grecia entra en una etapa de fragmentación política y convulsión social, que quizá sea el verdadero legado de la caída de Papandreu.
JF Lamata