14 junio 1974

Estaba considerado un militar aperturista contrario a que el ejército intervenga en política

El Gobierno Arias Navarro destituye al General Díez Alegría como Jefe del Alto Estado Mayor de España tras reunirse con el dictador de Rumanía, Nicolae Ceaucescu

Hechos

El 14 de junio de 1974 el General Manuel Díez Alegría fue relevado como Jefe del Alto Estado Mayor del Ejército, asumiendo sus funciones el General Carlos Fernández Vallespín.

Lecturas

El 14 de junio de 1974 El Teniente General D. Manuel Díez-Alegría, considerado un militar aperturista, es destituido como Jefe del Alto Estado Mayor. En su lugar es nombrado D. Carlos Fernández Vallespín como nuevo Jefe del Alto Estado Mayor.

El general Díez-Alegría seguraba el 13 de junio «no saber nada de esos rumores sobre su cese».  El 14 de junio el Boletín Oficial del Estado publicaba su cese y su reemplazo por el general D. Fernando Vallespín.

El 14 de junio de 1974 El Teniente General D. Manuel Díez-Alegría, considerado un militar aperturista, es destituido como Jefe del Alto Estado Mayor. En su lugar es nombrado D. Carlos Fernández Vallespín como nuevo Jefe del Alto Estado Mayor.

El Análisis

Un militar aperturista atrapado en la encrucijada del franquismo

JF Lamata
El 14 de junio de 1974, un escueto despacho de la agencia Cifra anunció la destitución del teniente general Manuel Díez-Alegría como Jefe del Alto Estado Mayor, un cargo que ocupaba desde julio de 1970. En su lugar, el presidente del gobierno, Carlos Arias Navarro, nombró al general Carlos Fernández Vallespín, un militar de perfil más conservador. La caída de Díez-Alegría, un asturiano de 67 años considerado el principal militar aperturista del régimen franquista, llegó en un momento de creciente popularidad, cuando su nombre sonaba como posible candidato a cargos de mayor responsabilidad en una España al borde del cambio tras el asesinato de Luis Carrero Blanco en diciembre de 1973. Sin embargo, su cese, orquestado por el “búnker” cívico-militar y justificado por una supuesta reunión en Bucarest con el dictador rumano Nicolae Ceaușescu, que habría actuado como enlace con el líder comunista español Santiago Carrillo, plantea interrogantes sobre si Díez-Alegría fue víctima de una trampa para neutralizar su influencia reformista. Este episodio, silenciado en gran medida por la prensa controlada, revela las tensiones internas del tardofranquismo y el temor de los ultras a perder el control en un régimen agonizante.
Manuel Díez-Alegría, nacido en 1906 en Llanes, Asturias, era un militar de trayectoria impecable: graduado en la Academia de Ingenieros (1929), combatiente del bando nacional en la Guerra Civil, director de la Escuela Superior del Ejército (1964), y jefe del Centro Superior de Estudios de Defensa Nacional (CESEDEN) en 1968. Su talante liberal, su formación en Derecho y su experiencia diplomática—como agregado militar en Brasil y más tarde embajador en Egipto (1976-1978)—lo convirtieron en una figura atípica en el ejército franquista, más cercano a la modernización profesional que al dogmatismo falangista. Como Jefe del Alto Estado Mayor, intentó impulsar una ley de defensa nacional en 1973, pero el rechazo de Carrero Blanco a consultarla con ministros civiles evidenció las resistencias del régimen a sus ideas reformistas. Su creciente prestigio, reflejado en su membresía en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (1968) y su discurso de ingreso sobre “Defensa y Sociedad,” lo posicionó como un potencial puente hacia una transición controlada, lo que alarmó a los sectores más inmovilistas.
La excusa oficial para su cese fue una visita a Rumania en mayo de 1974, autorizada por Arias Navarro, donde Díez-Alegría se reunió con Ceaușescu, un líder comunista aliado de Santiago Carrillo, secretario general del PCE. Según Javier Tusell y Genoveva Queipo de Llano, Ceaușescu propuso a Díez-Alegría un encuentro con Carrillo para discutir el retorno de líderes comunistas exiliados y un posible papel del ejército en derrocar el franquismo, propuestas que el general rechazó tajantemente. Sin embargo, el “búnker”—generales ultras como Jaime Milans del Bosch y medios como El Alcázar—utilizó esta reunión para acusarlo de deslealtad, presionando a Franco y Arias para su destitución. Santiago Carrillo, en la serie La Transición de Victoria Prego, negó que tal encuentro con él ocurriera, y estudios como la tesis de Pablo González-Pola (Dialnet) sostienen que las acusaciones fueron una calumnia del “búnker” para eliminar a un militar que amenazaba su hegemonía. El nombramiento de Fernández Vallespín, más alineado con los ultras, consolidó este golpe.

El cese de Díez-Alegría, apenas seis meses después del asesinato de Carrero, refleja el miedo del régimen a cualquier apertura. La prensa, bajo estricta censura, apenas cubrió el episodio: Arriba y Pueblo publicaron notas breves, mientras Ya lamentó la pérdida de un militar “de mentalidad abierta.” El PCE, según 1Library.Co, vio en Díez-Alegría una posible “bisagra” para neutralizar al ejército en una transición pacífica, lo que alimentó las sospechas del “búnker.” En este 14 de junio de 1974, la destitución de Díez-Alegría no es solo la caída de un general; es una advertencia del régimen a quienes, desde dentro, soñaban con reformar un sistema que se resistía a morir, dejando claro que, en la España de Arias Navarro, cualquier atisbo de liberalismo militar era un delito imperdonable.

J. F. Lamata