26 marzo 1995

El banco llegó a intentar prohibir por vía judicial que se citara su nombre en los programas de la emisora

El Grupo Zeta compra RADIO INTERECONOMÍA al empresario Jesús Gasulla y pone fin a su guerra contra el Banco Central Hispano

El Grupo Zeta compra RADIO INTERECONOMÍA al empresario Jesús Gasulla y pone fin a su guerra contra el Banco Central Hispano

Hechos

En marzo de 1995 el Grupo Zeta presidido por D. Antonio Asensio compró RADIO INTERECONOMÍA a su hasta entonces propietario D. Jesús Gasuya.

Lecturas

El 31 de marzo de 1995 D. Jesús Cacho Cortés airea el cambio de propiedad en Radio Intereconomía donde su dueño, D. Jesús Manuel Gasulla del Pilar, se la vende al Grupo Zeta de Antonio Asensio Pizarro, que la habría adquirido a petición del Banco Central Hispano para poner fin a la línea editorial agresiva que mantenía Radio Intereconomía contra este banco en especial en la sección editorial ‘Las Píldoras’ leídas por el locutor D. Fernando Acaso Bellón. Aquella agresiva estrategia informática desagradada a D. Luis Vicente Muñoz Fernández, director de la cadena, que llegó a plantearse dimitir. El Grupo Zeta no mantendrá mucho tiempo la propiedad de Radio Intercontinental: en mayo tanto la radio como La Gaceta de los Negocios se separarán para crear su propio grupo de comunicación autónomo, el Grupo Negocios.

A comienzos de 1995, la pequeña Radio Intereconomía, especializada en información económica y financiera, decidió enfrentarse abiertamente a una de las mayores entidades bancarias españolas: el Banco Central Hispano, presidido por José María Amusátegui de la Cierva. La emisora pertenecía al empresario Jesús Manuel Gasulla del Pilar y estaba dirigida por Luis Vicente Muñoz. Por iniciativa fundamentalmente de Gasulla comenzó a emitir unas breves cuñas, conocidas como «Las píldoras de Intereconomía» o «El muro de la verdad», locutadas por Fernando Acaso Bellón, en las que se lanzaban durísimas acusaciones contra determinadas entidades financieras y, muy especialmente, contra el BCH.

Las píldoras apenas necesitaban treinta segundos. «¿Cuándo, señores del Banco de España, van a intervenir ustedes al Banco Central Hispano?», preguntaba una de ellas. «Sabemos que está en quiebra técnica, porque sus recursos no responden a su realidad. Es una pregunta que hacemos en voz alta porque en privado no han querido atendernos». Para una entidad cotizada, cuya actividad depende en buena medida de la confianza de depositantes, inversores y mercados, escuchar repetidamente por radio que se encontraba supuestamente en «quiebra técnica» constituía algo bastante más serio que una crítica editorial. El BCH reaccionó llevando a Radio Intereconomía ante los tribunales.

La ofensiva judicial produjo entonces una de las situaciones más insólitas de la radio económica española. El 16 de enero de 1995, el Juzgado de Primera Instancia número 10 bis de Madrid adoptó medidas cautelares que ordenaban el secuestro de las denominadas píldoras y prohibían a la emisora emitir mensajes o alusiones referentes al Banco Central Hispano mientras se resolvía el litigio. La medida alcanzaba tal amplitud que Radio Intereconomía comenzó a utilizar una fórmula irónica cuando las cotizaciones bursátiles obligaban a referirse inevitablemente al BCH: «el banco del que no podemos hablar». Lo que había comenzado como una batalla sobre la veracidad o falsedad de unas acusaciones financieras se convertía así también en una controversia sobre libertad de expresión, información económica y censura previa.

El conflicto continuó durante febrero y marzo. El BCH emprendió acciones por competencia desleal, protección del honor y daños y perjuicios, mientras Intereconomía defendía que estaba ejerciendo su derecho a informar y a formular preguntas sobre la verdadera situación patrimonial de una entidad financiera. El 14 de marzo de 1995, el juzgado decidió mantener las medidas cautelares. Pero entonces ocurrió algo que terminaría proporcionando al episodio su desenlace más llamativo: antes de que los tribunales resolvieran definitivamente quién tenía razón sobre el fondo de aquellas acusaciones, Radio Intereconomía cambió de propietario.

El 16 de marzo de 1995 se cerró la venta de la emisora al Grupo Zeta de Antonio Asensio Pizarro. La operación se producía apenas unos días antes de la junta general de accionistas del BCH y ponía prácticamente punto final a la guerra radiofónica. Gasulla abandonaba la propiedad; desaparecían las píldoras y el Banco Central Hispano dejaba de tener enfrente a aquella pequeña pero extraordinariamente incómoda emisora que durante semanas había cuestionado públicamente su solvencia.

El pleito quedaba eclipsado por el acuerdo empresarial.

Y precisamente por eso quedó flotando una pregunta que nunca llegaría a desaparecer del todo: ¿había perdido Gasulla su guerra contra el Banco Central Hispano o acababa de hacer el negocio que esperaba hacer desde el principio?

Jesús Cacho

31 Marzo 1995

Operación Radio Intereconomía. Acoso y compra de una radio independiente

Jesús Cacho

Leer

CUANDO el 10 de enero la emisora Radio Intereconomía -la antigua frecuencia modulada de Radio Intercontinental, propiedad de la familia Serrano Súñer- salió al aire con la primera de sus «píldoras», los muros de la gran banca privada empezaron a temblar. En los días que siguieron al 10 de enero, una pequeña emisora de radio local iba a poner al descubierto la fragilidad del todopoderoso sistema bancario español.

Las «píldoras» de Intereconomía eran pequeñas cuñas con material grabado que la emisora emitía cada 30 minutos, coincidiendo con las horas y las medias, de contenido fuertemente crítico con la gestión de los grandes bancos, pero muy especialmente del Banco Central Hispano (BCH).

En un país con una Prensa acostumbrada a temer y respetar al poder financiero-bancario, la aparición de los textos irrespetuosos y descarnados de Intereconomía produjo perplejidad y asombro. La agresividad de la emisora de Jesús Gasulla superaba con mucho el experimento, también reciente, del quincenal Banca 15, del llanero solitario Angel Gómez Escorial.

Las «píldoras» de Intereconomía, de una dureza sin parangón con la gestión de José María Amusátegui, cayeron sobre el BCH con la violencia del terremoto de Kobe. El banco acusó a Gasulla y su diletante emisora de hacer «terrorismo informativo con una entidad de crédito basada en la confianza de los depositantes». En la plaza de Canalejas se organizó un comité de crisis del más alto nivel.

En un país muy sensibilizado por la intervención de Banesto, la retirada de depósitos -y no precisamente de personas iletradas- no se hizo esperar. Era más que una amenaza: una emisora podía poner a uno de los grandes bancos españoles contra las cuerdas.

Aunque el Banco de España le urgió a «aguantar el tirón», Amusátegui movilizó pronto sus efectivos. La APIE (periodistas de información económica) y la Asociación de la Prensa emitieron comunicados de condena de Intereconomía; todos los medios de comunicación ignoraron la espectacularidad de las «píldoras».

Por la sede de la emisora comenzaron a desfilar intermediarios y hombres buenos que, obviamente con dinero del BCH, planteaban operaciones de compraventa. «Sólo me he equivocado en una cosa», dicen que dijo Gasulla por aquel entonces, «y es que pensé que las cuñas iban a hacer efecto en quince días y lo han hecho en uno…».

En la noche del sábado 14 de enero, Eugenio Galdón, respondiendo a una petición de ayuda del BCH, se sentaba a parlamentar con Gasulla y su abogado, Antonio García Trevijano. El domingo de madrugada, el trío había llegado a un principio de acuerdo, más tarde frustrado, por un montante global de 1.000 millones de pesetas.

Pero al mismo tiempo, la maquinaria jurídica del banco se puso en marcha. Un alud de dictámenes de famosos catedráticos pagados a precio de oro invadió pronto el Juzgado 10 bis de la Plaza de Castilla, cuya titular ordenó el 16 de enero el secuestro cautelar de las «píldoras» y la prohibición de efectuar «cualquier mensaje o alusión referida al BCH». El BCH presentó demandas por competencia desleal, por defensa del honor y por reclamación de daños y perjuicios.

Con las «píldoras» incautadas, la posición de Jesús Gasulla, que llegó a recibir ofertas de hasta 2.000 millones de pesetas por la emisora, comenzó a debilitarse. El 14 de marzo, la juez ratificó en la vista el mantenimiento de las medidas cautelares, «una censura previa sin paliativos», en opinión de una fuente de la emisora. Pero se acercaba el 25 de marzo, fecha de la Junta General del Central Hispano. Así las cosas, afortunadamente para el BCH, en el horizonte de Intereconomía apareció Antonio Asensio, amigo y socio de Amusátegui en Antena 3 Televisión. El 16 de marzo se llegaba a un acuerdo definitivo: Gasulla salvaba la cara, asegurando la continuidad de la emisora y sus puestos de trabajo, y Asensio añadía a su nutrida cuadra de medios una emisora que le permitirá formar un interesante grupo económico formado por Gaceta de los Negocios, la revista Dinero e Intereconomía.

En virtud del acuerdo, Monte Cañaveral S.L. (propiedad en un 80% de la Editorial Zeta, con el 20% restante en manos de profesionales, entre ellos Carlos E. Rodríguez, director de La Gaceta) adquiere las sociedades Gama 50 y Proyecto 50 (propiedad ambas de Jesús Gasulla), cuyo principal activo es el arrendamiento durante 10 años, a razón de unos 35 millones por año, de la licencia de la emisora de los Serraño Súñer.

De acuerdo con algunas fuentes, el montante oficial de la operación alcanza los 500 millones de pesetas: un pago al contado de 250, y el resto en pagos aplazados de 10 millones al mes durante dos años.

El David radiofónico que durante unas semanas puso en jaque al Goliat bancario había sido por fin desactivado. «De habernos presentado con la emisora funcionando», señala un consejero del BCH, «qué duda cabe de que la Junta podía haber sido muy complicada, con un tremendo desgaste para todos».

El Análisis

EL PRECIO DE UNA RADIO MOLESTA

JF Lamata

Los bancos españoles están acostumbrados a recibir un trato bastante mejor de los medios de comunicación que el que Radio Intereconomía acaba de dispensar al Banco Central Hispano. No hace falta imaginar conspiraciones para comprender la razón. Los grandes grupos periodísticos necesitan financiación, refinancian créditos, negocian pólizas y llaman periódicamente a las puertas de los mismos bancos sobre los que después deben informar. Una entidad como el BCH está acostumbrada a que un periódico pueda criticar alguna de sus operaciones; bastante menos a escuchar cada media hora una voz que pregunta al Banco de España cuándo piensa intervenirlo porque supuestamente se encuentra en «quiebra técnica». Puede discutirse si semejante afirmación era información, opinión, temeridad o una acusación que debía demostrarse. Lo más preocupante de la reacción del banco es otra cosa: pretender que la solución consistiera en conseguir judicialmente que Radio Intereconomía ni siquiera pudiera hablar del Banco Central Hispano, hasta obligar a una emisora especializada en Bolsa a referirse a una de las principales entidades cotizadas como «el banco del que no podemos hablar». Un banco tiene exactamente el mismo derecho que cualquier ciudadano a defender su honor ante una acusación falsa. No debería tener, por ser banco, derecho a desaparecer temporalmente del vocabulario de una emisora.

Pero tampoco conviene convertir automáticamente a Jesús Manuel Gasulla del Pilar en un heroico David enfrentado desinteresadamente al Goliat financiero. Existe una interpretación bastante menos romántica de esta historia. Una radio pequeña puede valer una determinada cantidad; una radio pequeña capaz de causar diariamente un problema enorme a un banco puede valer mucho más. Si se ataca con suficiente intensidad a una entidad poderosa, llegará un momento en que eliminar el problema tendrá un precio. Y si la forma de eliminarlo consiste finalmente en facilitar que otro empresario compre la emisora, su propietario puede transformar una cruzada periodística en una magnífica operación empresarial. No hay prueba suficiente para afirmar que Gasulla diseñara desde el principio las «píldoras» con semejante propósito. Pero el desenlace permite legítimamente formular la pregunta: después de semanas presentándose como el hombre dispuesto a contar aquello que nadie se atrevía a contar sobre el BCH, Gasulla vendió la radio, cobró y se marchó; las píldoras desaparecieron y el banco dejó de ser atacado. Tal vez fuera una feliz coincidencia para todos. O tal vez el verdadero negocio de una radio incómoda no consistiera en tener muchos oyentes, sino en conseguir que alguien estuviera dispuesto a pagar mucho dinero para que dejara de ser incómoda.

J. F. Lamata