1 noviembre 2004

Sectores derechistas protestan contra el millonario judío de origen húngaro

El magnate George Soros se ‘moja’ en política haciendo campaña contra George W. Bush y a favor de Kerry en las elecciones presidenciales de Estados Unidos

Hechos

El 1 de noviembre de 2014 el diario EL PAÍS publicó una tribuna de D. George Soros contra Mr. George W. Bush.

10 Octubre 2004

Contra Soros

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Leer

Conocí a George Soros en la conferencia del tercer sector Civicus, celebrada en Budapest en 1997. De hecho, nos correspondió a Soros y a mí, con sendos discursos, clausurar el encuentro. Quedé admirado de la lucidez mental, la velocidad lógica y el pormenorizado conocimiento de los expedientes manejados por el financista y filántropo húngaro-norteamericano. Pero más aún me admiró su capacidad para argumentar a favor del capitalismo con espíritu crítico. El capitalismo es sólo una opción racional, no un dogma eterno. Puede evolucionar hacia terrenos más propicios, como de hecho ha ocurrido en la socialdemocracia europea. O puede estancarse en los pantanos del dogmatismo y la autocelebración.

Espíritu crítico, Soros ha sabido distinguir los valores del sistema capitalista de sus defectos. Pero sobre todo, ha sabido denunciar las políticas que, presentándose como defensoras del orden capitalista, en efecto lo niegan y desacreditan. «Vivimos en una economía capitalista, pero no en una sociedad capitalista», ha dicho Lionel Jospin. Con pobreza no hay mercado, acaba de declarar en el Fórum de Barcelona Carlos Slim.

George Soros observa tres disparidades en el sistema global capitalista. 1) Entre bienes públicos y privados. 2) Entre centro y periferia. 3) Entre buena y mala gobernanza. Esta agenda propone soluciones internas e internacionales. Internamente, mediante la extensión de la democracia política a la justicia económica. Internacionalmente, a través del multilatelarismo, la cooperación internacional y arreglos de seguridad colectiva.

La severa crítica de Soros al Gobierno de Bush es que ha fracasado en ambas direcciones, dañando severamente la salud económica norteamericana y creando una peligrosa situación internacional de ideología supremacista.

Soros propone una lectura orweliana del actual Gobierno de los EE UU. Cuando Bush dice «la libertad prevalecerá», quiere decir «los EE UU prevalecerán». Para Bush y su equipo de ideológicos neoconservadores, las relaciones internacionales son sólo relaciones de poder, no de ley. La soberanía de los EE UU está por encima de los tratados internacionales. La soberanía de los demás queda sujeta a la de los EE UU. O, como diría Orwell, todas las naciones son iguales, pero sólo una de ellas es más igual que todas las demás.

Esta ideología supremacista ha conducido a Bush, nos advierte Soros, a la catastrófica guerra de Irak. Ha fracasado como guerra contra el terror. El desvío de la guerra contra el terror a la guerra contra Irak le devolvió la iniciativa a los terroristas, les permitió definir prioridades y llevó a los EE UU a hundirse, cada día más, en un pantano del cual no parece haber conclusión sin graves consecuencias para Bush si sale de Irak -derrotado- o si se queda en Irak -desangrado-. En efecto, Bush entró a Irak sin plan viable para la posguerra. Confió en que el Ejército podía cumplir acciones de policía. No ha podido controlar una creciente insurgencia guerrillera, nuevamente «los ejércitos de la noche» que derrotaron a Johnson y a Nixon en Vietnam (y a Napoleón III en México).

Hombre de pensamiento económico, Soros ofrece razones contundentes para calificar el fracaso de la ocupación norteamericana de Irak. El costo de la ocupación será de 160.000 millones de dólares sólo entre 2003 y 2004, comparado al presupuesto para ayuda exterior de 106.000 millones de dólares en el mismo periodo. Este desgaste imprevisto ocurre cuando los EE UU descienden del superávit presupuestal de 300.000 millones de dólares dejado por Clinton en 2000 a un déficit de 400.000 millones de dólares bajo Bush en 2003 y, añade Soros, un previsible déficit de 600.000 millones de dólares en 2004. Éste es el resultado de la ofuscada política bushista de reducir impuestos, aumentar gastos militares y lanzarse sin preparación a una guerra interminable en Irak.

Soros pasa revista en su libro La burbuja de la supremacía norteamericana a las falacias que condujeron a la guerra. Despreciar el proceso de inspección encabezado por Hans Blix y la ONU para sustituirlo por el objetivo de derrumbar a Sadam. La ausencia de armas de destrucción masiva. Su sustitución por el razonamiento de liberar a Irak, sin tomar en cuenta que un pueblo ocupado lo que quiere es liberarse del ejército de ocupación. El sofisma consiguiente de introducir la democracia en Irak. Mal terreno, advierte Soros. Un país profundamente dividido entre kurdos, suníes y chiíes deberá encontrar sus propios modelos de convivencia política (como sucedió en México entre 1920 y 2000, largo periodo) o sucumbir a la fragmentación.

Tal fue el peligro previsto por el presidente George H. W. Bush (el padre) en 1998. Lo cito: «El intento de eliminar a Sadam, convirtiendo la guerra en ocupación de Irak… hubiese acarreado un costo humano y político incalculable… Habríamos tenido que ocupar Bagdad y, efectivamente, gobernar a Irak. La coalición se hubiese desplomado, los árabes hubiesen desertado coléricos, los otros aliados nos habrían abandonado». Palabras proféticas del padre, un conservador independiente, al hijo, un reaccionario capturado por una camarilla (Elliot Abrams, Dick Cheney, Paul Wolfowitz, Donald Rumsfeld) que ya en 1997 definía públicamente su plataforma: atacar a los regímenes hostiles a los intereses de los EE UU a fin de extender su seguridad y su prosperidad. Y por último, aumentar, para estos fines, los gastos militares.

El contraste entre padre e hijo es llamativo y convoca las sombras perplejas de Fraser y Freud.

Soros prevé en su libro que las políticas de Bush (el hijo) conducen fatalmente a abusos de poder y satanización de la crítica como acto «antipatriótico». La verdad de estas previsiones la acaba de sufrir Soros en carne propia. Nada menos que el representante J. Dennis Hastert, presidente (speaker) de la Cámara de Representantes del Congreso americano ha acusado públicamente a Soros de poseer una fortuna basada en el tráfico de drogas. A esta calumnia ha unido la suya Newt Gingrich, el ultraconservador republicano, acusando a Soros de hacer política anti-Bush para legalizar la heroína. Y por último, el Was-hington Times, vocero de los neoconservadores en el poder, describe a Soros como «un ateo reconocido y un judío que se las arregló para sobrevivir al Holocausto».Soros ha contestado con firmeza y dignidad. «Compruebe lo que afirma -le ha escrito a Hastert- o presénteme una excusa pública por su intento de difamación».

Los enemigos de Soros no han podido comprobar sus mentiras. Pero le han permitido al húngaro-americano, que sobrevivió la ocupación nazi de Budapest y la represión soviética después de la guerra, contrastar su propia experiencia con la de un grupo patriotero que jamás ha pisado un campo de batalla, pero envía alegremente a los negros, a los latinos y a los pobres a morir en guerras ilegales.

Las calumnias de la derecha republicana bushista sólo demuestran, como el propio Soros lo ha escrito, que quien ejerza los derechos de crítica consagrados en la Primera Enmienda de la Constitución norteamericana será considerado nada menos que un criminal:

«Continuaré mi trabajo a pesar de los esfuerzos constantes del Gobierno de intimidar» a quienes se oponen a Bush porque «está llevando a nuestra nación a la ruina tanto económica como internacional».

Lo que Soros nos propone -vuelvo a mi punto de partida- es tratar nuestras creencias como verdades provisionales, manteniéndolas siempre abiertas a un constante proceso de re-examen. Basándose en Karl Popper, nos recuerda que existe «asimetría entre la verificación y la falsificación», por lo cual «la verdad final está siempre fuera de nuestro alcance».

El actual Gobierno de los Estados Unidos jamás comprenderá estas palabras.

Carlos Fuentes

01 Noviembre 2004

Por qué EE UU no debe reelegir al presidente Bush

George Soros

Leer

Nunca me he involucrado mucho en la política de partidos, pero estos no son tiempos normales. El presidente George W. Bush está poniendo en peligro la seguridad de los Estados Unidos y del mundo y al mismo tiempo está socavando los valores estadounidenses. Por oponerme a él, la campaña de Bush me ha demonizado.

En su campaña de 2000, el presidente Bush prometió una política exterior «humilde». Si es reelegido, su doctrina de la acción preventiva -y la invasión de Irak- quedará aprobada, y el mundo tendrá que vivir con las consecuencias. Si repudia las políticas de Bush en las urnas, Estados Unidos tendrá la oportunidad de recuperar el respeto y el apoyo del mundo.

Los ataques terroristas del 11 de Septiembre de 2001 exigían una respuesta firme. Pero también condujeron a la suspensión del proceso crítico tan esencial para una democracia -una discusión exhaustiva y justa de los temas-. Bush acalló la crítica tachándola de antipatriótica. Durante 18 meses después del 11 de septiembre consiguió sofocar todas las disidencias. Así es como llevó a Estados Unidos en la dirección equivocada.

De hecho, Bush cayó completamente en el juego de Osama Bin Laden. La invasión de Afganistán fue justificada: ahí era donde vivía Bin Laden y donde Al Qaeda tenía sus campos de entrenamiento. La invasión de Irak no lo fue. Fue el regalo involuntario de Bush a Bin Laden.

Inmediatamente después del 11 de septiembre hubo un torrente espontáneo de compasión hacia Estados Unidos en todo el mundo. Eso se ha transformado en un resentimiento general. Hay muchas más personas dispuestas a arriesgar sus vidas para matar estadounidenses que las que había el 11 de septiembre.

A Bush le agrada insistir en que los terroristas odian a los estadounidenses por lo que son -un pueblo que ama la libertad- y no por lo que hacen. Pero la guerra y la ocupación generan víctimas inocentes. Nosotros contamos los cadáveres de los soldados estadounidenses -más de 1000 en Irak-. El resto del mundo también cuenta los iraquíes que mueren a diario, tal vez 20 veces más.

Y las torturas de los detenidos en la prisión de Abu Ghraib tampoco fueron obra de unas cuantas manzanas podridas. Fueron parte de un sistema de manejar a los prisioneros que estableció el secretario de la Defensa Donald Rumsfeld. La opinión pública en todo el mundo condena a los Estados Unidos, y nuestros soldados en Irak están pagando el precio.

Bush convenció a la gente de que él era bueno para la seguridad de Estados Unidos manipulando los temores que generaron los ataques del 11 de septiembre. En tiempos de riesgo, la gente cae en el fervor patriótico y Bush explotó eso, promoviendo una sensación de peligro. Su campaña asume que a la gente no le importa en realidad la verdad y que creerá casi cualquier cosa si se la repiten suficientes veces. Algo debe andar mal entre los estadounidenses si nos dejamos engañar.

Por ejemplo, un 40% de los estadounidenses todavía cree que Sadam Husein tuvo que ver con el 11 de septiembre, aunque la Comisión que investigó los atentados -creada por Bush y encabezada por un republicano- concluyó definitivamente que no existió tal conexión. Me dan ganas de gritar: «Estados Unidos, despierten. ¿No se dan cuenta de que nos están engañando?»

La guerra en Irak estuvo mal pensada de principio a fin, si es que hay un fin. Es una guerra por opción, no por necesidad. Ma aún, Estados Unidos emprendió la guerra con falsos pretextos. No se encontraron armas de destrucción masiva y no se pudo establecer una conexión de Irak con Al Qaeda. Bush afirmó entonces que la guerra había sido para liberar a Irak. Pero la democracia no se puede imponer por la fuerza.

Sadam Husein era un tirano, y los iraquíes -y todo el mundo- pueden estar felices de haberse librado de él. Pero los Estados Unidos tenían la obligación de mantener la ley y el orden; en lugar de ello, no actuamos mientras Bagdad y otras ciudades eran saqueadas. Si nos hubiera importado el pueblo de Irak debimos tener más tropas disponibles para la ocupación. Debimos dar protección no sólo al Ministerio del Petróleo, sino a otros ministerios, museos y hospitales.

Peor aún, cuando los soldados estadounidenses encontraron resistencia, utilizaron métodos -invasión de hogares y maltrato a prisioneros- que indispusieron y humillaron a la población, lo que generó resentimiento y odio.

Son muchos los cambios de opinión y los errores de la Administración de Bush. Primero, disolvieron el Ejército iraquí y luego trataron de volverlo a formar. Primero, los trataron de eliminar a los miembros del partido Baaz y luego buscaron su ayuda. Cuando la insurgencia se volvió incontrolable, los Estados Unidos instalaron un Gobierno iraquí. El elegido para encabezarlo fue un protegido de la CIA con una reputación de hombre fuerte, algo muy alejado de la democracia.

A pesar de los esfuerzos de la campaña presidencial de Bush para manipular la información, la situación en Irak es grave. Gran parte del oeste del país se ha cedido a los insurgentes, las probabilidades de celebrar elecciones libres y justas en enero se alejan rápidamente, la guerra civil acecha.

La guerra de Bush en Irak ha hecho también un daño incalculable a Estados Unidos al debilitar su poder militar y al socavar la moral de las fuerzas armadas. Antes de la guerra, los Estados Unidos podían desplegar una fuerza arrolladora. Ya no. Afganistán se está yendo de control. Corea del Norte, Irán, Pakistán y otros países han retomado sus programas nucleares con nuevos bríos.

Se puede criticar a la Administración de Bush por muchas otras políticas, pero ninguna es tan importante como la de Irak. La guerra ha costado cerca de 200.000 millones de dólares y los costos seguirán creciendo, porque entrar en Irak fue mucho más fácil de lo que resultará salir. Bush ha estado provocando a John Kerry para que explique cómo haría las cosas de otra forma. Kerry ha respondido que él hubiera hecho todo de manera diferente y que estaría en mejores condiciones para sacarnos de Irak. Pero tampoco va a ser fácil para él, porque Estados Unidos está en un atolladero.

Expertos militares y diplomáticos de alto rango advirtieron desesperadamente a Bush que no invadiera Irak. Él los ignoró. Acalló el proceso crítico argumentando que toda crítica contra el comandante en jefe ponía en riesgo a las tropas estadounidenses. Pero ésta es la guerra de Bush y debería de responder por ella. Los estadounidenses deberían detenerse un poco y preguntar quién los metió en este lío.

En el momento de la reflexión deberían plantearse otra pregunta: ¿los pavoneos texanos de Bush lo cualifican para seguir siendo el comandante en jefe de Estados Unidos?

George Soros es presidente de Soros Fund Management y de la Open Society Foundation.