18 febrero 2026
Acto público junto a Emilio Delgado y Sarah Pérez Santaolalla
Gabriel Rufián se presenta en un acto político en Madrid como referente de la ‘unidad de la izquierda’ frente al fascismo en el conjunto de España
Hechos
El 18 de febrero de 2026 se celebra un acto político de D. Gabriel Rufián y D. Emilio Delgado en el teatro Galileo de Madrid.
19 Febrero 2026
Un acto vaporoso e inconcreto
Es difícil sacar una conclusión propositiva del acto de Emilio Delgado y Gabriel Rufián cuando lo que se trasladó en las intervenciones es que los ponentes no estaban de acuerdo en lo troncal de sus intervenciones. La propuesta de Rufián se centraba en la fórmula electoral y la de Emilio Delgado en lo discursivo llegando al paroxismo de que durante momentos hubo mensajes que eran exclusivos entre los ponentes como paradoja imposible de aquello que se intentaba lograr. El objetivo del evento tenía dos elementos: poner sobre la mesa sus liderazgos e impulsarse como candidatos para el electorado y así ganar fuerza en sus formaciones, y trasladar al debate público la necesidad de cambiar el proceder de la izquierda poscomunista en discursos, fórmulas y concurrencia. Se consiguió más en la previa que en el acto que resultó vaporoso, inconcreto, errado y en ocasiones un poco tramposo en ciertas exposiciones.
La sensación que se me quedó al escuchar a Gabriel Rufián es que ha desistido del intento de mover a ERC y propuso todo aquello que beneficia a su formación para intentar repetir en la próxima legislatura de cabeza de lista por Barcelona. Creo que intentó abrir el debate sin saber muy bien cómo, antes de tener una idea clara de lo que buscaba. Pero una vez realizado, las únicas propuestas concretas que trasladó en el acto son incompatibles con una voluntad de tener una izquierda confederal sería. No es realista, y en algunas ocasiones las propuestas eran un tanto deshonestas porque se exponían los intereses de ERC como generales de la izquierda.
Rufián habló de la necesidad de hacer renuncias para llegar a acuerdos y que cada uno se presentara en su casa para ser más efectivos electoralmente. La idea es voluntarista, bien dirigida al núcleo de nuestro sistema electoral, pero de una complejidad de tal porte que sin una propuesta aterrizada en el terreno no es más que un castillo en el aire. Si de verdad se quisiera hacer algo así de forma concreta, habría que tener un músculo demoscópico tremendamente caro para cerciorarse de qué formación es más efectiva en cada provincia para retirar al resto, sin incluir en la valoración de que no siempre la suma es matemática y que la retirada de otros partidos no implica capitalizar todo su voto. No se propuso, y puede que sea lo más efectivo, que en un momento en el que VOX está más cerca del 20% lo único efectivo es retirarse en muchas provincias para dejar solo al PSOE con la esperanza de que recoja algún voto de la izquierda que se dejaría huérfana de partidos. Pero estoy seguro de que eso no está en el debate de eficiencia electoral.
Renuncias, dijo Rufián, pero dando la sensación de que esas renuncias no le tocaban a ERC. Según esa regla planteada, en la provincia de Barcelona se tendría que presentar Sumar porque sacó un 15% en las últimas elecciones generales por un 13% de ERC, pero eso no es lo que proponía, sino que ERC se presentara en solitario en Cataluña, y dejó caer que también con Compromís en Valencia. Yo entiendo la propuesta de la eficiencia provincial, pero lo que propuso Rufián no fue eso, fue quitarse la competencia de izquierdas en Cataluña sin que ERC renunciara a nada. Las renuncias eran para los otros.
Ni siquiera en lo programático su propuesta fue sincera para buscar acuerdos. Porque, incluso hablando de programa de mínimos, habló de antifascismo y autodeterminación, que yo entiendo que eso sea el programa de mínimos de ERC, pero desde luego no es el programa de mínimos que aspira a unir a todas las izquierdas del territorio en un programa común. Un programa de mínimos es lo contrario a esa propuesta, es buscar aquello que todos comparten y separar lo que divide. Pan y trabajo es un programa de mínimos histórico. El de Rufián fue un discurso que buscaba volver al redil de ERC y que poco tenía que ver con un planteamiento serio de unidad de la izquierda confederal.
Emilio Delgado se centró en otra idea de renuncia diferente, la que supuestamente ha abanderado la izquierda dejando de lado ciertos debates que han sido copados por la extrema derecha por incomparecencia progresista como el de la seguridad y la necesidad de acercarse a los hombres jóvenes que se han acercado a la extrema derecha, esta vez sin nombrarlo, pero en cierto modo replicando la idea de que los discursos identitarios les han abandonado. Es necesario siempre ser expansivo cuando concurres a las elecciones, pero ser ambicioso a la hora de afrontar debates colaterales, polémicos y que no tienen consenso dentro de la izquierda se tienen que hacer con las ideas muy claras y teniendo definidas las fronteras y líneas rojas que no deben pisarse. Creo que está apuntando pero sin lograrlo y antes de hacerlo es preceptivo tener mucho más estructurado todo lo que se pretende abordar. Fue fallido en ese punto.
El debate sobre la seguridad y la izquierda me pareció tan confuso como cuando Íñigo Errejón intentó disputar el concepto de orden a la derecha y fracasó estrepitosamente. En política existen prioridades, eso es la agenda de cada partido, y el de la izquierda nunca tiene que ser la seguridad porque eso no implica que no se pronuncie, ni tenga un posicionamiento claro sobre cuál es la mejor manera de afrontarlo, simplemente que no es su prioridad porque en España no es un problema prioritario. No comparto la idea de Emilio Delgado, un tanto alarmista, de que hay barrios donde los niños no pueden salir porque son conflictivos y aludiendo a haberse criado en uno de esos barrios de clase obrera. «Quien lo niega es que no ha vivido en uno de esos barrios», afirmó. Emilio y yo nos hemos criado en un barrio de clase obrera de la periferia sur de Madrid y en nuestros barrios no había ese problema, que puede haberlo en lugares puntuales de la geografía nacional, pero la estadística dice que la seguridad en España no es un problema prioritario que tenemos que poner en la agenda y disputar a la derecha, más aún comprando unos marcos que no son ciertos y que siempre serán perdedores ante sus postulados extremistas. Algo parecido ocurrió con la apelación de Gabriel Rufián al burka, que salió en el debate, asumiendo la agenda ultra cuando ni siquiera se mencionó en ningún momento el hecho de que la universidad pública en Madrid este en una fase crítica. Si en una semana se dan dos noticias de ese calado y eliges la que pone la extrema derecha en el debate estás perdiendo. No se gana yendo a rebufo de las ideas que los ultras ponen en el tapete, sino poniendo tus propias ideas con tus marcos y haciendo que sean ellos los que tengan que hablar de los problemas prioritarios de la agenda progresista. El primer round salió fallido, que no desistan y sigan intentándolo.
20 Febrero 2026
La izquierda en descomposición
EL ESPECTRO POLÍTICO a la izquierda del PSOE atraviesa un desconcierto que ya no puede ocultarse bajo las coartadas habituales y que es fruto de años de acomodo a la sombra de Pedro Sánchez. Dichos argumentos, útiles para disciplinar a un electorado fiel y para justificar alianzas de urgencia, empiezan a revelar su carácter defensivo cuando quienes los esgrimen carecen de proyecto, de liderazgo y hasta de un mínimo orden orgánico. El resultado es un espacio que se agita por pura supervivencia, mientras el país asiste a un nuevo capítulo de la descomposición de la legislatura.
La propuesta de Gabriel Rufián y Emilio Delgado de «especializar» a las izquierdas repartiéndose provincias es, lejos de un plan para ganar elecciones, el síntoma de una impotencia política profunda: la incapacidad de construir una opción nacional coherente. Convertir el mapa electoral en un mercado de franquicias equivale a renunciar a vertebrar un discurso nacional y a asumir que el único pegamento posible es el eslogan y el frentismo. Una estrategia que ni siquiera convence a los suyos: ERC la desautoriza, Bildu marca distancias, Podemos la ignora y el resto la despacha con buenas palabras desde la lejanía.
Tras ceder el capital de su identidad política al independentismo esta izquierda ha realizado un viraje en el discurso sobre seguridad en los barrios y vivienda, dando carta de naturaleza a problemas que antes rechazaban por ser, según ellos, inexistentes. Lo hacen por un interés meramente electoral, antes que por compromiso con la ciudadanía. Y con un efecto, además, indeseado para ellos, dado que plantea una cuestión: ¿cómo sostienen ahora el discurso de miedo a Vox?
Mientras tanto, IU, Movimiento Sumar, Más Madrid y Comunes se disponen a escenificar el sábado una nueva alianza que nace con dos incógnitas esenciales sin resolver: el nombre y el liderazgo. Que la marca «Sumar» deba desaparecer por «confusión» describe con precisión el problema: nadie sabe ya qué representa ese conglomerado, ni quién lo conduce, ni para qué sirve más allá de sostener al PSOE. Yolanda Díaz ha pasado de ser el ticket electoral de Sánchez 2023 a convertirse en una figura desacreditada por sus propios socios, al tiempo que no emerge un relevo natural. La política sin autoridad acaba inevitablemente en este tipo de maniobras.
Ese es el punto ciego que delata la operación de Rufián: tiene mucho de movimiento de supervivencia personal que, además, converge con los intereses del PSOE de Sánchez. Del mismo modo, Díaz ha estado practicando durante meses la gesticulación sin consecuencias.
La izquierda radical debería preguntarse por qué ha llegado hasta aquí: por sustituir el interés general por la aritmética parlamentaria, por confundir coalición con reparto, y por fiarlo todo a la amenaza del adversario. Si su respuesta al desgaste es reforzar el cálculo interno, el personalismo y la propaganda «antifascista», seguirá encogiendo.
20 Febrero 2026
Una pyme llamada Gabriel Rufián
El acto de Gabriel Rufián con Emilio Delgado, de Más Madrid, para hacer un llamamiento a las izquierdas para que se unan, debe intentar comprenderse, me parece, como el colofón de la evolución del de Santa Coloma a lo largo de los diez años que lleva siendo diputado en el Congreso. En segundo lugar, ligadísimo a esto primero, hay que considerar cuáles son los intereses, los intereses concretos, que condujeron a Rufián el miércoles hasta la sala Galileo Galilei, en el barrio madrileño de Chamberí, para avisar oficialmente de que viene el lobo —un gobierno de PP y Vox— y de que es necesario que la izquierda de la izquierda —un marasmo de siglas y de odios cruzados— haga algo para parar el golpe. O, si lo prefieren, para intentar que Pedro Sánchez no sea borrado del mapa.
Vamos a ver, pues. Rufián, ese que anunció que en el Congreso estaría solo dieciocho meses, o sea, hasta que Catalunya fuera independiente, se ha hecho un hombre en estos años. Ha sabido aprovechar sus innegables dotes comunicativas para convertirse en personaje célebre. Él, que es espabilado —en el mejor sentido del término—, enseguida se dio cuenta de su gracia, y desde entonces no ha dejado de abonarse a ella. No solo en la tribuna del Congreso y en las redes. También ante cualquier periodista, en cualquier tertulia y en el plató de cualquier programa de entretenimiento o no. Incluso ante cualquier facha desvergonzado armado de un micrófono. Esto lo hace bien. Muy bien. Él lo sabe y lo explota a placer. El caso es que Rufián es un personaje atractivo para el ecosistema madrileño y, por extensión e irradiación, para el español. Tanto es así que se ha convertido en una especie de pyme del sector politicomediático. Una pyme ligada y a la vez desligada de la casa madre, esto es, ERC y, más concretamente, Oriol Junqueras. Una pyme con su misión, sus objetivos y su estrategia propios. Una misión, unos objetivos y una estrategia cada vez más diferenciados del partido fundado en 1931.
La segunda consecuencia de esta evolución de Rufián es su progresivo distanciamiento mental, emotivo y espiritual de la realidad de Catalunya y su gente, de lo que allí sucede. Y también de lo que sucede y le sucede a su partido. Rufián pasa pocos días en Catalunya —hace un año dejó de ser concejal de Santa Coloma— y Catalunya le queda lejos. Remota. Esta distancia se ha agrandado a la vez que crecía su rol de representante de las izquierdas españolas. Rufián no es que haya dejado de ser independentista, es que esta condición la ha relegado a un segundo o tercer plano. Es perfectamente lógico, en la medida en que su público, su mercado, allí donde realmente tiene éxito, es España. Rufián tiene éxito no por ser independentista, sino como representante de las izquierdas ‘a pesar de’ su independentismo.
Todos estos cambios presentan, lógicamente, aspectos positivos y otros negativos. Uno de los negativos, evidente, es que Rufián cada vez se ha ido desconectando más de sus orígenes: Catalunya, ERC, Junqueras. A su vez, Catalunya, ERC y Junqueras se han ido desconectando de él. Lo mismo ocurre en relación con sus compañeros de partido. La otra cara de la moneda, el aspecto positivo de todo ello, es que la pyme Rufián es una realidad, un activo. Un activo que tiene un valor. Otra cuestión, de lo más relevante, consistiría en analizar cuál es realmente este valor en términos electorales. Y preguntarnos con rigor, por ejemplo, cuántos votos aporta realmente Rufián a ERC.
Nos queda el porqué. ¿Por qué Rufián insiste en una idea, un Frente Popular 2.0, que nadie comparte, tampoco en ERC? ¿Por qué pone tanto interés en empujar un peso absolutamente muerto? No puede ser solo para poder decir, el día de mañana, que él ya lo había dicho. Ni tampoco solo fruto de un narcisismo perfectamente apreciable. O solo de una genuina inquietud por el futuro político inmediato de España. Ante la duda de los fines últimos, suele ser un buen recurso recurrir a los clásicos y preguntarse aquello de Qui prodest? ¿A quién beneficia todo esto? ¿Quién puede sacar algo? En este caso, la respuesta es clara: el propio Rufián. Rufián himself. Al erigirse en representante y conciencia de las izquierdas, Rufián gana mercado en España, pero también —calcula él— incrementa su valor político en Catalunya, es decir, ante ERC y a ojos de Junqueras. Naturalmente, el cálculo rufianesco es que Oriol Junqueras no solo no tomará represalias, sino que se verá obligado a hacerle determinadas concesiones. Rufián arriesga porque quiere blindar el futuro y, si puede, cobrar algunas deudas pendientes. Veremos si finalmente la osadía tiene premio o deviene su tumba política.