21 mayo 2026
La supresión sel e anunciada a Colbert con un año de antelación
La CBS retira el late night de Stephen Colbert coincidiendo con el cambio de propiedad y atribuyéndolo a motivos económicos, aunque este considera que se debe a motivos políticos
Hechos
El 21 de mayo de 2026 se emite el último programa de The Late Show with Stephen Colbert, en emisión desde 2015.
Lecturas
Donald Trump: “I hear Jimmy Kimmel is next. Has even less talent than Colbert!”
Donald Trump: “I absolutely love that Colbert got fired. His talent was even less than his ratings.”
Donald Trump: “Colbert is finally finished at CBS. Amazing that he lasted so long! No talent, no ratings, no life. He was like a dead person. You could take any person off of the street and they would be better than this total jerk. Thank goodness he’s finally gone!”
19 Julio 2025
ADIÓS AL MÍTICO ‘LATE SHOW’ TRAS EL PACTO CON TRUMP DE CBS
La cadena norteamericana CBS sacudió ayer el mundo de la televisión y el entretenimiento al anunciar por sorpresa la cancelación de The Late Show With Stephen Colbert, el programa más visto por las noches, poniendo fin a un show con más de tres décadas siendo franquicia. Los responsables de la CBS han señalado que la decisión es «puramente financiera en un contexto complejo para la noche», pero la sensación en Estados Unidos es que la cabeza de Colbert y la del programa han sido, directa o indirectamente, el precio a pagar por un acuerdo con el presidente, Donald Trump.
«Me encanta que despidan a Colbert. Su talento era incluso menor que su audiencia. He oído que Jimmy Kimmel es el siguiente. ¡Tiene incluso menos talento que Colbert! Greg Gutfeld es mejor que todos juntos, incluyendo al Imbécil de la NBC que arruinó el otrora gran Tonight Show», celebró en su cuenta de Truth Social el presidente. La decisión «no está relacionada de ninguna manera con el rendimiento del programa, su contenido ni con otros asuntos que ocurran en Paramount», defendió George Cheeks, presidente de CBS y codirector ejecutivo de Paramount.
El movimiento, sin embargo, se encuadra dentro de una operación más amplia en la que la Casa Blanca ha tenido mucho que decir. Paramount está intentando cerrar una fusión con Skydance, un acuerdo que requiere el visto bueno de la administración Trump y los reguladores de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) que ha nombrado y controla.
Hace unas semanas, Paramount se plegó ante Trump, y aceptó pagarle 16 millones de dólares para zanjar una de las demandas más inexplicables y humillantes de la historia reciente, por una entrevista en 60 Minutes a Kamala Harris durante la campaña electoral. Trump lanzó una campaña furibunda acusando a la cadena de haber editado demasiado las preguntas y respuestas para dejar en mejor lugar a su rival electoral. El pleito no tenía ni pies ni cabeza. Trump y su equipo lo sabían. Pero en medio de la fusión, la empresa aceptó pagar para financiar la futura biblioteca presidencial de Trump. Como ya hizo ABC pagando millones para un acuerdo de otra demanda contra el presentador George Stephanopoulos.
«La prensa debe aprender a ser veraz y a no depender de fuentes que probablemente ni siquiera existen. El presidente Trump ya ha vencido a George Stephanopoulos/ABC, 60 Minutes/CBS y otros, y está deseando demandar y exigir responsabilidades al otrora gran Wall Street Journal. Sin duda, se ha convertido en un periódico repugnante y asqueroso y, al escribir mentiras difamatorias como esta, demuestra su desesperación por seguir siendo relevante», escribió ayer mismo el presidente en otro tuit.
Colbert, uno de los humoristas estrella y sin duda el más agresivo contra Trump, calificó la decisión de la CBS en antena como «un soborno cuantioso». Y los expertos en televisión creen que la única explicación lógica para la decisión de cancelar el programa es que sea parte de ese acuerdo más amplio para aplacar al presidente en un momento en que la televisión por cable está en una gran transformación. Con bailes de nombres, cambios de formato y una búsqueda de la tecla adecuada mientras millones de estadounidenses dejan ese formato por el streaming.
En 2015, Colbert, que había saltado a la fama de la mano de Jon Stewart en The Daily Show, y después tuvo su propio programa llamado The Colbert Report durante una década, se hizo cargo del mítico The Late Show, que había creado David Letterman en 1993 con un horario muy tardío para las costumbres del país: las 23.30, intentando competir con la poderosa franquicia de NBC, The Tonight Show, que hoy presenta Jimmy Fallon.
02 Junio 2026
EL FIN DE LA ERA DORADA DE LOS ‘LATE SHOWS’
Durante décadas, Estados Unidos se ha tomado el pulso cada noche a eso de las 23.30. No en los telediarios, ni gracias a los periódicos o las tertulias, sino con millones de personas sentadas fielmente en pijama ante la pequeña pantalla, esperando a que unos hombres graciosos, con traje, corbata y una banda tocando en directo, les explicaran qué había pasado y por qué debían tomárselo en serio, pero no demasiado. Sullivan, Carson, Letterman, Leno, O’Brien, Maher, Stewart, Kimmel, Colbert. Una larga lista de sacerdotes laicos del humor y la ironía, con homilías cada vez más duras y políticas, para una América desesperada por reírse de sí misma antes de poder conciliar el sueño.
Desde hace 70 años, los estudios más famosos de Nueva York y Los Ángeles se llenan a diario de público entregado, equipos enormes y carísimos de producción y la élite del mundo del cine, la música o la farándula como invitados. The Tonight Show. Late Night. Late Show. The Late Late Show, Jimmy Kimmel Live!, The Arsenio Hall Show, The Daily Show, Gutfeld!. Historia viva del último siglo con presentadores que ganan 15 o 20 millones de dólares por temporada convertidos en iconos culturales. Hombres que eran capaces de marcar la conversación política a nivel nacional, disparar las ventas de un disco o la taquilla de una obra, pero también de irritar a presidentes y senadores ofreciendo «una rebelión segura, predecible y controlada. Algo relajante e intrascendente», en palabras de Lili Loofbourow, crítica de televisión de The Washington Post.
La gente apreciaba a los presentadores, pero sobre todo el formato, la estabilidad, la rutina. El mismo tipo de escenarios, de colores, de cortinas. El orden de monólogos e invitados, la actuación musical. El secreto estaba en el ritual y la previsibilidad en un mundo que todavía tenía inicio y fin, y no era un scroll perpetuo. El fenómeno del Late Show sigue vivo, y se ha exportado con muchísimo éxito por todo el planeta, pero ya no es lo mismo. Los legendarios programas, con presupuestos de 50, 70 o más de 100 millones de dólares al año para apenas 60 minutos de emisión, apenas congregan ya entre uno y dos millones de espectadores, audiencias menores que El Hormiguero, Pasapalabra o Sálvame Deluxe en sus buenos tiempos.
«El formato está lejos de haber muerto. Sigue siendo tan relevante en la política estadounidense que The New York Times publica una columna diaria sobre la programación nocturna. Pero los programas que había antes del auge de internet no van a volver, porque las enormes audiencias que tenían Leno y Johnny Carson ya no existen, fundamentalmente por todas las diferentes plataformas que tenemos hoy, donde mucha más gente puede hacerse oír», apunta Stephen Farnsworth, profesor en la University of Mary Washington y coautor del libro Late Night With Trump: Political Humor and the American Presidency.
El modelo clásico del sofá, la mesa y en el mejor de los casos algunas actuaciones y juegos, ha aguantado varios apocalipsis. Resistió la llegada del cable (televisión de pago), el inicio de internet, se hizo fuerte ante YouTube, desafió a TikTok. Pero sufre. Han pasado de ser negocios extremadamente rentables, los emblemas y símbolos de las cadenas, a convertirse en productos menos lucrativos e incluso deficitarios. Especialmente si la Casa Blanca te tiene en la mirilla.
Cuando se estudie su auge y decadencia en los libros de Historia, es probable que el momento simbólico que sintetice la transición sea el vivido el pasado jueves 21 de mayo, cuando Stephen Colbert apagó las luces del teatro Ed Sullivan poniendo punto y final a The Late Show. No fue por la probable conclusión de la carrera del presentador y las razones de su abrupta salida. Ni siquiera por el cierre de una institución que la CBS lanzó hace 33 años, con David Letterman, y ayudó a transformar el negocio televisivo rompiendo moldes. La despedida de Colbert, rodeado de amigos y de todos sus competidores directos, tras una entrevista con Paul McCartney y los chistes y monólogos de siempre, puede interpretarse como el inicio del fin, el primer gran paso en el ocaso de una era dorada. «Soy Seth Meyers, aunque el regulador me llama el siguiente», bromea estos días con un despido similar el cómico, no el más odiado por Trump, pero en el top 5 del sector.
CBS anunció la cancelación de Colbert hace casi un año, en julio de 2025, oficialmente por «motivos financieros», señalando que el programa perdía decenas de millones de dólares cada año. Es cierto, pero los responsables no buscaron cómo reducir costes, sino que tomaron la drástica decisión apenas unos días después de que su estrella criticara duramente en antena el acuerdo de 16 millones de dólares alcanzado por Paramount, la matriz de su cadena, con la Administración Trump para zanjar uno de los pleitos más absurdos imaginables.
El presidente, con insultos diarios, demandó a la emisora, igual que hizo con la ABC, o con las redes sociales que cerraron sus cuentas tras el asalto al Capitolio de 2021, pidiendo cantidades ingentes de dinero. El recorrido judicial no parecía muy prometedor para él, hasta que ganó las elecciones y volvió al poder. En ese momento, consejeros delegados y directivos consideraron que les resultaba más ventajoso pagar una pequeña fortuna para costear la futura biblioteca presidencial de Trump (que ha dicho que será en realidad un hotel para monetizarla) que estar a la contra de la Casa Blanca más vengativa de la edad contemporánea. El 24 de julio, la misma Administración satisfecha por la cancelación aprobó la fusión Skydance-Paramount, una operación de 8.000 millones.
La presión del presidente no puede ser subestimada. Es brutal y en todos los sectores. Disney estuvo a punto de echar a Jimmy Kimmel, otro de los enemigos del presidente, y sólo la presión de sus propios abonados les hizo dar marcha atrás. En juego hay decenas de miles de millones de dólares en fusiones, adquisiciones y contratos. Además de las propias licencias de emisión, cuya posible retirada Trump esgrime como amenaza constantemente.
En Estados Unidos hay cinco grandes cadenas: Fox, CNN, ABC, CNBC y CBS. Hasta hace muy poco, sólo la primera, propiedad de Rupert Murdoch, era claramente conservadora y abiertamente pro Trump. Pero en pocos meses, los aliados del presidente, a través de Larry Elisson (Oracle) y su hijo David se han logrado hacer con Paramount y Warner Bros, y por tanto controlan ya la CBS y en breve la CNN. La línea editorial ya ha girado brutalmente en la primera, con cambios en programas históricos como 60 minutos, despidos, imposiciones, censuras. Y apenas llevamos año y medio de presidencia.
Pero todo ello es sólo parte de la historia. Quizás la más grave, la más peligrosa, pero sólo parte de una más larga que empieza mucho antes y está marcada por una caída brutal de las audiencias, la pérdida de ingresos y la eclosión de un millón de alternativas. La audiencia se va, pero los anunciantes han reducido su apuesta a un ritmo incluso superior. El año pasado, todo el mercado estadounidense de programas nocturnos generó aproximadamente 209,1 millones de dólares en ingresos publicitarios, según datos de Guideline, frente a los 519,7 millones de dólares de 2017. Esto representa una caída de casi el 60% tan solo en la última década. Desde 2022, The Late Show perdió el 20% de su audiencia en el codiciado grupo demográfico de 18 a 49 años, según datos de Nielsen.
Es probable que el dato abstracto más sorprendente para un europeo sea que la CNN, un transatlántico que cambió para siempre la forma de hacer televisión y la cobertura de noticias, una cadena con 3.500 empleados y más de 200 periodistas cubriendo guerras, hambrunas, elecciones y desastres naturales en todo momento por el planeta, tiene una audiencia media diaria en primetime de menos de 700.000 espectadores. Su programa estrella ni llegó a los a los 900.000 en mayo y la cifra de espectadores en la horquilla más deseada por los anunciantes, gente de 25 a 54 años, suman poco más de 150.000. Y aun así, tiene en torno a una decena de presentadores con contratos por encima del millón de dólares, y algunos por encima de los 5 y los 10.
Los Late Shows fueron durante mucho tiempo una mezcla de entretenimiento y política. La válvula de escape de una democracia que procesaba sus crisis a través de los chistes y burlándose de sus líderes. En ellos es donde Clinton hizo campaña tocando el saxofón, donde Obama recitó con gran seriedad sus logros económicos mientras Fallon y la banda The Roots lo convertían en una canción de soul al estilo de Barry White. Donde Gore intentó sin demasiado éxito parecer humano, donde John McCain intentó lograr el perdón de un Letterman despechado por una traición con la competencia, donde George W. Bush quiso bromear sobre una operación de corazón de su anfitrión y la cagó. Donde Trump es machacado noche tras noche sin que quizás eso le haya costado un solo voto. «La gente envejece, el país cambia, pero sigue habiendo un deseo enorme de figuras que se rían de los poderosos. En su alma, la sociedad estadounidense es puramente iconoclasta y nos gusta ver a gente siendo ridiculizada cuando hace el ridículo», apunta el profesor Farnsworth.
Antes, para poder disfrutar de un político en apuros, o simplemente de una entrevista relajada de promoción con un actor, un director, un músico, el formato de la noche era imprescindible. Ahora el mercado está saturado. Hay más podcast de entrevistas que estrellas en el firmamento.
«El declive de los programas nocturnos es un síntoma más de la transición de la televisión de un modelo de transmisión masiva a un modelo de streaming individualizado. Es un género que durante mucho tiempo se basó en la costumbre de que la audiencia se quedara despierta hasta después de las noticias locales. Ahora, sin embargo, la televisión se mueve en el mismo flujo de contenido que las redes sociales, los videojuegos, y se nos ofrece de la misma manera fragmentada. ¿Para qué ver un fragmento de audio pregrabado de una estrella de Hollywood o un político cuando se les puede escuchar mucho más vulnerables en una entrevista extensa en un podcast? Algunos presentadores de programas nocturnos se adaptaron para que sus programas fueran más fáciles de recortar y de difundir en línea; Colbert nunca lo hizo. También era abiertamente partidista, lo cual formaba parte de su atractivo. Desafortunadamente, en la televisión abierta se necesita una audiencia amplia, así que eso no era sostenible. Me temo que empezaremos a ver el declive de la sátira liberal televisiva que Colbert y su mentor Jon Stewart hicieron famosa», explica Nick Marx, director del Centro para la Democracia, el Arte y la cultura popular en la Colorado State University y especialista en medios.
Los late shows siguen teniendo una gran influencia cultural: sus hits se viralizan, los medios recogen lo ocurrido la noche anterior. Sus clips generan cientos de millones o incluso miles de millones de visualizaciones y han permitido que sus rostros sean iconos globales, literalmente. Pero el negocio no funciona y su influencia ya no es la que era. Porque un clip viral genera apenas una fracción del dinero que antes producía una audiencia lineal mucho menor en NBC o CBS. Y porque en un mundo en el que la atención es la commodity más preciada, un chiste dura apenas unos segundos en la retina.
The Late Show, el programa estrella de la CBS, nació en 1993 como consecuencia de una jubilación. Uno de los grandes referentes del género, The Tonight Show de Johnny Carson, que llegó a reunir para la NBC una media de 16 millones de espectadores por programa, llegó a su fin y hubo una auténtica guerra entre dos bandos: el de Jay Leno, más vainilla y que acabaría quedándose el show, y David Letterman, más irreverente, que perdió. En ese momento, la CBS decidió crear su propia alternativa, y contrató al descartado, y funcionó muy bien. Parecía que había sitio y pastel para todos. Colbert tomó el relevo en 2015, casi al mismo tiempo que la llegada de Trump. Los primeros compases no fueron buenos, hasta que llegó un productor que venía del mundo de las noticias, no del entretenimiento, el programa dio un giró hacia la crítica política permanente, y atrajo algo más de público.
Colbert decidió por diferentes razones que no podían hacer un programa neutro. Para bien y para mal. El último programa de Johnny Carson, emitido el 22 de mayo de 1992 en la mencionada NBC, tuvo aproximadamente 50 millones de espectadores, uno de los finales de televisión más vistos de la historia. El último programa de The Late Show with Stephen Colbert, un acontecimiento en medio de una presión política inédita, reunió alrededor de 6,74 millones de espectadores. Una cifra extraordinaria en estos tiempos, el episodio más visto de toda la etapa de Colbert y más del doble de su audiencia media reciente, pero a años luz de sus predecesores.
Las cadenas siguen midiendo el éxito con parámetros del siglo XX -el share en tiempo real, la franja de las 23:30- mientras el público, especialmente el más joven, hace tiempo que migró a otras pantallas y otros ritmos. Ver un programa en directo, a una hora fija, se ha convertido en un hábito tan anacrónico como rebobinar un cinta de vídeo. Muchos millones más vieron vídeos y resúmenes del adiós de Colbert al día siguiente en sus redes sociales, pero sin contabilizar. Sin atraer dinero para los anunciantes.