11 junio 1986

Jaime Campmany (ABC) polemiza con Coll por su alineamiento político

División política de ‘Tip y Coll’: Mientras Tip hace campaña por Fraga, José Luis Coll apoya a Felipe González desde DIARIO16

Hechos

El 11.06.1986 D. Jaime Campmany publicó el artículo ‘La Caída de Ojos’ en ABC replicado por ‘La Otra Mirada’ de D. José Luis Coll en DIARIO16.

Lecturas

El dúo de humoristas formado por los Sres. D. Luis Sánchez Polack ‘Tip’ y D. José Luis Coll ‘Coll’ (Tip y Coll) dividieron sus alineamientos políticos en las elecciones generales de 1986. El Sr. Sánchez Polack hizo campaña a favor de la Coalición Popular de D. Manuel Fraga, el Sr. Coll apoyó en artículos de prensa al PSOE de D. Felipe González del que también acabaría haciendo campaña.

D. Jaime Campmany (ABC) polemiza con el Sr. Coll por ese alineamiento político.

11 Junio 1986

LA CAÍDA DE OJOS

Jaime Campmany

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El directo y predilecto, mirado y admirado, vivales y frescales amigo José Luis Coll, chaparrito y corto como tantos grandes hombres, no sé, Napoleón, Mickey Rooney y el juez Lerga, ha escrito uno de esos artículos de incitación electoral que tanto agradece Helga Soto, la rubia teutona que manda en el PSOE como si fuera una sobrina de Willy Brandt, y que tan celebrados son en las veladas de La Bodeguiya.

Ya se sabe que Tip y Coll son una pareja de genio igual y figura diversa. Tip es alto y Coll es bajo. Tip gasta chistera y Coll usa el hongo. Tup se deja bigote y Coll se lo afeita. Tipo vota a Fraga y Coll a Felipe. Eso, respecto de la figura. En cuanto a genio, tanto monta, monta tanto. La gracia está en el contraste y en el juego de planos, como sucedía con aquella pareja gloriosa del gordo y el flaco. El contraste entre Stan Laurel y Oliver Hardy era a lo ancho, y en Tip y Coll es a lo largo. En los amores políticos también.

Tip se subió a una escalera con una brocha y un caldero para pegar carteles de Fraga, y así salió en la portada de ÉPOCA y ahora Coll escribe un artículo para invitarnos a votar a Felipe. Como Coll es un espíritu fino, alejado de los vulgar y lo zafio, enemigo de lo obvio, no ha escrito un eslogan ni ha dado un grito publicitario.

El artículo de Coll se titula ‘La Mirada’. Uno empieza a leer el artículo, llega a la mitad, se traga los dos primeros tercios, y allí no aparece la política por ninguna parte. Sólo al final, con técnica de suspense, se vislumbra a un Felipe no nombrado, propuesto a la imaginación, y adornado de ese encanto que tiene la adivinación de lo misterioso. Parece que uno estuviese leyendo una meditación filosófica sobre ‘La Mirada’, su secreto y su significación. Pues ya está, dice para sí el lector. Bergson escribió de la risa, y Coll escribe de la mirada. Pero no. Al final ¡zas! Sale Felipe, sin salir, como cando se resuelve una charada.

Dice Coll que a los candidatos hay que mirarles a los ojos. Se ponen todas las fotografías de los candidatos en el abanico y ‘miráis sus miradas’. En seguida se comprende que, entre todas, sólo hay una que intenta decir la verdad. Y este es el momento en que el lector despabilado da con la clave de la adivinanza y exclama satisfecho: ¡Felipe! Como quien acierta: ¡La gallina!

O sea, que hay que elegir presidente del Gobierno por la caída de ojos. El elector consciente debe detenerse ante los carteles electorales, y hacer, uno a uno, a los candidatos la vieja pregunta embelesada: “¿Qué tienes en la mirada?” Seguramente Felipe tiene en la mirada el encanto de los ojos moros y gitanos, una mezcla de sueño de jardines con música de agua y de picardía de feria de burros con aguaderas sobre las mataduras. Fraga tiene ojos célticos claros y lejanos, que se le duermen bajo el castaño de la siesta, y que parece que estén mirando siempre más allá, además de un largo paisaje de lacones y lampreas. La caída de ojos más melancólica es la de Roca. Roca tiene ojos de atardecer de otoño, y parece que estuviese leyendo continuamente un poema de Salvador Espríu. Tiene la mirada fría y apagada, y el párpado a medio entornar, como para ver las cosas en un eterno crepúsculo. Don Santiago Carrillo tiene los ojos de cuco, inquietante y escrutadores, los ojos más peligrosos de nuestra política. Los de Gerardo Iglesias son mucho más inocentes, aunque penetran un punto de impenetrabilidad perturbadora. ¿Y los ojos de don Adolfo? ¡Oh! ¡La caída de ojos de don Adolfo!

Lo que no se puede decir, creo yo, es que en los ojos de Felipe haya que buscar y encontrar la única intención de decir la verdad que han puesto en los carteles electorales. Y si con los ojos no estuviese diciendo la verdad, una cosa son los ojitos y otra los morritos. Con los morritos, dice el nene tantas trolas que hay que ponerle acíbar en la lengua. ¡La verdad en Felipe! Eso sólo se le ocurre al frescales de Coll. Eso no es una caída de ojos. Eso es una caída de pluma.

Jaime Campmany

15 Junio 1986

LA OTRA MIRADA

José Luis Coll

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Mi dilecto directo, mirado y remirado, mortales y calentales amigo, Jaime Campmany, poco chaparrito, aunque regordete, me ha dejado con el culito al aire, desde su eterna columna del viejo y rancio ABC – viejo por lo antiguo y rancio por lo rancio – al descubrir mi treta de mensaje subliminal pro Felipe. Compara mi humilde estatura con la de grandes hombres como Napoleón, Charlot, Mickey Rooney y el juez Lerga, siendo este último la guinda que corona tan sutil rechifla a la que nos tiene muy acostumbrado nuestro Quevedo con seltz, o Quevedo lights. Y es verdad que todos tenemos paralelos comparativos, como él mismo, por su nombre con don Jaime I, don Jaime de Mora e, incluso, Jaimito, que no es menos Jaime a tener en cuenta.

Asimismo, mi mortales amigo me llama frescales y vivales. Y, según la señora Moliner, ‘frescales’ es ‘dicho sin enfado y, a veces, en tono afectuoso, fresco: despreocupado y desenvuelto’. Pero no nos habla de ‘vivales’, mientras que sobre esta singular palabra el Diccionario Enciclopédico Universal dice que vivales es ‘persona desaprensiva y vividora’.

Ya sé bien que a tan culto escritor, de o en periódicos, no le hace falta alguna que le transmita tales definiciones, porque se supone – en qué cabeza cabe lo contrario – que está harto de conocerlas.

Y me ha hecho meditar sobre mí mismo. Nunca supuse que yo era un ser desaprensivo y vividor. Pero está visto que no hay nadie como estos diestros para destrozar con destreza. Uno se cree demasiado listo y escribe un artículo con soterrado mensaje, elíptico o sobreentendido. Que es a lo que uno de los de este lado viene estando acostumbrado desde hace más de cuatro décadas. Pero, naturalmente, no hay manera de eludir la perspicacia, la rápida mirada barredora del siempre alerta bajo los luceros. ¡Cachis la mar! ¡Casi se la cuelo! Pero no, que va. El adorable profesional zumbón dice ¡zas, te pillé, conejo, caíste en el cepo! ¡He descubierto tu charada! ¡Y ahora lo podré comentar, al igual que haces tú en La Bodeguiya, en un viejo despacho de la calle Serrano, con mi misógino director [Luis María Anson], bajo la mirada imperturbable de algún Luca [de Tena].

Que pena, señores, estar siempre y siempre todavía detrás del punto de mira. Qué pena que el santuario no se rinda nunca y siga pujando y empujando por sus tradicionales derechos, últimamente tan torcidos. Qué reconfortante debe ser para ciertos ánimos cruzarse con el colega de turno, guiñarle pícaramente un ojo, darle con el codo y musitar con inefable sorna: “¿Leíste lo que le dije ayer a Fulano? Pues eso no es nada para lo que pienso decir”. Como, por ejemplo, cuando al final del eructo literario, y refiriéndose a nuestro presidente del Gobierno, apunta: “con los morritos dice el nene tantas trolas que hay que ponerle acíbar en la lengua. ¡La verdad en Felipe! Eso sólo se le ocurre al frescales de Coll”.

Estoy seguro de que tal frase la guarda desde que se la dijo a don Luis Carrero.

Y es que no escarmentaremos nunca los zocatos. Está más claro que el agua, que nunca, nunca, nunca, pero nunca jamás, daremos una a derechas.

José Luis Coll