22 diciembre 1994
Dimite il Cavaliere, pero no se rinde
La retirada de apoyo de la Liga del Norte de Bossi precipita el hundimiento del primer gobierno Berlusconi en Italia
Hechos
El 22.12.1994 Silvio Berlusconi dimitió como Primer Ministro de Italia.
Lecturas
BERLUSCONI DIMITE COMO PRIMER MINISTRO
Sólo siete meses después de formar su primer Gobierno, Silvio Berlusconi ha presentado su dimisión al presidente de la República, Oscar Luigi Scalfaro. El empresario había ganado las elecciones de marzo al frente de Forza Italia construyendo dos alianzas diferentes: en el norte, el Polo delle Libertà junto a la Lega Nord de Umberto Bossi; en el centro y sur, el Polo del Buon Governo junto a Alleanza Nazionale de Gianfranco Fini. La fórmula permitió reunir electoralmente a buena parte de la derecha italiana, pero trasladó al Gobierno sus contradicciones. Bossi defendía una profunda transformación federal del Estado y competía directamente con Forza Italia por el electorado septentrional, mientras contemplaba con enorme desconfianza a la posfascista Alianza Nacional. La Liga había obtenido cinco ministerios —entre ellos Interior para Roberto Maroni— y la presidencia de la Cámara para Irene Pivetti, convirtiéndose en un socio imprescindible para la mayoría de Berlusconi.
Las diferencias aparecieron casi inmediatamente. En julio, la Liga se rebeló contra el denominado decreto Biondi, que restringía la utilización de la prisión preventiva en determinados delitos y provocó una enorme controversia en plena operación Mani Pulite. El ministro leghista Maroni llegó a amenazar con dimitir y el decreto terminó decayendo en el Parlamento. Durante el otoño llegó otro enfrentamiento alrededor de la reforma de las pensiones incluida inicialmente en los presupuestos, que el Gobierno tuvo que modificar después de una intensa contestación sindical. A estas dificultades se añadió el conflicto de intereses derivado del imperio empresarial y televisivo del propio Berlusconi y, el 22 de noviembre, la notificación de una investigación por presunta corrupción relacionada con pagos de Fininvest a miembros de la Guardia di Finanza. Berlusconi rechazó las acusaciones y denunció una ofensiva político-judicial contra su Gobierno.
Pero la crisis definitiva fue política y tuvo un protagonista: Umberto Bossi. El líder de la Liga acusaba a Berlusconi de incumplir los acuerdos de la coalición y de pretender absorber políticamente a sus aliados. La competencia entre Forza Italia y la Liga por representar al norte empresarial se había convertido además en una lucha por la supervivencia de la propia organización de Bossi. El 14 de diciembre los diputados de la Liga ya votaron con PDS y PPI en una cuestión relacionada con la reforma televisiva y el 17 de diciembre quedó formalmente abierta la crisis. La Liga retiró su apoyo y, junto con fuerzas de la oposición, hizo evidente que Berlusconi había perdido la mayoría parlamentaria.
El enfrentamiento culminó el 21 de diciembre en la Cámara de Diputados. Berlusconi acusó a Bossi de traicionar el mandato recibido por los electores en marzo y reclamó nuevas elecciones. Bossi respondió recordándole que Italia es una república parlamentaria y que la desaparición de su Gobierno no suponía la desaparición del Estado. Ante la certeza de que las mociones de censura disponían de suficientes apoyos, Berlusconi evitó someterse a una votación que previsiblemente perdería y el 22 de diciembre acudió al Quirinal para presentar su dimisión. Solicitó a Scalfaro la disolución del Parlamento y la convocatoria inmediata de elecciones, argumentando que la mayoría surgida de las urnas había sido alterada por la defección de la Liga. Pero la Constitución italiana no obliga al presidente a convocarlas mientras exista la posibilidad de formar otra mayoría parlamentaria.
El balance de los siete meses de Berlusconi resulta así muy diferente de las promesas con las que había irrumpido en política. Forza Italia había nacido apenas unos meses antes de las elecciones y había conseguido ocupar buena parte del vacío dejado por la desaparición de la Democracia Cristiana y el Partido Socialista durante Tangentopoli. Berlusconi había prometido inaugurar una Segunda República, estabilizar el sistema político, liberalizar la economía y gobernar con criterios empresariales. Sin embargo, su primer Ejecutivo termina atrapado precisamente por algunos de los problemas que pretendía superar: inestabilidad parlamentaria, enfrentamientos entre partidos, conflictos con la magistratura, disputas sobre las reformas económicas y la permanente controversia sobre la confusión entre los intereses empresariales y políticos del presidente del Consejo.
Italia entra ahora en una nueva incógnita. Berlusconi exige elecciones, pero Bossi no quiere necesariamente devolver inmediatamente la palabra a las urnas: la Liga está dispuesta a sostener otra mayoría parlamentaria junto a fuerzas que hasta ahora estaban en la oposición. El presidente Scalfaro iniciará consultas para comprobar si existe esa alternativa. La solución que finalmente se abrirá paso será un Gobierno técnico encabezado por Lamberto Dini, hasta ahora ministro del Tesoro del propio Berlusconi, que recibirá en enero de 1995 el apoyo parlamentario de la Liga, el PDS, el Partido Popular y otras fuerzas del centro y la izquierda.
23 Diciembre 1994
Berlusconi: acto uno
LA AGONÍA del Gobierno de Silvio Berlusconi concluyó ayer con la anunciada dimisión del industrial reciclado en político. La causa inmediata de su caída ha sido la retirada de la confianza parlamentaria de su aliado Umberto Bossi, que dirige la Liga Norte. Pero los orígenes nada remotos del fin de esta experiencia de presunta renovación. de la política italiana se hallan en el creciente desgaste del líder de Forza Italia, las acciones judiciales contra su grupo, empresarial, Fininvest, y, en términos más generales, una impresión de caos, amateurismo, de inconsecuencia en un Gabinete con pretensiones redentoras.El presidente Scalfaro, que, constitucionalmente, va a ser el gran gestor de la crisis, puede optar entre varias alternativas, ninguna de ellas alentadora. Hoy mismo, el primer magistrado comenzará consultas con los líderes parlamentarios para hacer un nuevo encargo de Gobierno, que puede conducir a elecciones anticipadas. Así lo solicita el propio Berlusconi.
Dentro de una cierta continuidad, Scalfaro podría mantener al industrial en la presidencia del Consejo, al frente de una coalición de su partido, Forza Italia, con los neofascistas de Gian Franco Fini. Esta agrupación sería minoritaria en la Cámara, aun sumándole la cuarentena de diputados de la Liga que han permanecido fieles a Silvio Berlusconi, y, por consiguiente, ese Gabinete se ocuparía prioritariamente de la convocatoria de elecciones, presumiblemente para marzo. Tampoco es descartable un Gobierno de técnicos antes de recurrir al mecanismo electoral. Finalmente, cabría la formación de una mayoría diferente entre la Liga Norte, el PDS y el Partido Popular, antiguos democristianos. Pero las cuentas no salen y sería una mayoría tan minoritaria como la de Silvio Berlusconi.
La lección de todo ello es que la renovación de la clase política italiana en versión Forza Italia no ha sido tal que el electorado no parece haber hecho todavía las cuentas de su confianza para entregar la gobernación del país a una mayoría verosímil y que buena parte de los nuevos nombres de la política italiana parecen tan antiguos y tan susceptibles de estar implicados en la tupida red de corrupción de la I República como sus predecesores.
Con vistas a unos comicios anticipados, únicamente la Alianza Nacional de Fini muestra convincentemente su seguridad. Berlusconi exhibe parecida confianza, pero imposibilitado de seguir en el poder, Sólo de una nueva consulta puede extraer el apoyo que le salve del olvido político. En el campo de la oposición es visible la cautela del PDS, que no se beneficiaría sustancialmente ni siquiera de una caída en picado de Forza Italia, y los populares están aún lejos de poder convertirse de nuevo en un partido de poder por claro que se presente su ascenso.
Aunque algunas voces den por gravemente herida la experiencia Berlusconi, difícilmente se adivina dónde se hallan las mayorías de recambio. Con eso cuenta el industrial para prorrogarse a sí mismo. Siempre y cuando la justicia no corte su tenaz combate por seguir ocupando el centro del campo político.
El Análisis
Siete meses parecen suficientes para afirmar que el primer Gobierno de Silvio Berlusconi ha fracasado; no necesariamente para concluir que haya fracasado el fenómeno Berlusconi. El empresario prometió proporcionar estabilidad a una Italia que acababa de contemplar el derrumbamiento de la Democracia Cristiana y el Partido Socialista, pero construyó su mayoría reuniendo fuerzas que compartían adversarios más fácilmente que un proyecto: Umberto Bossi quería transformar Italia desde el norte y desconfiaba profundamente de Gianfranco Fini; Fini aspiraba a convertir a la antigua derecha posfascista en fuerza nacional de gobierno; y Berlusconi pretendía mantenerlos a ambos bajo el mismo techo. La fórmula ganó unas elecciones y no ha conseguido sobrevivir siquiera un año. A ello se han añadido los enfrentamientos con los jueces de Mani Pulite, el conflicto de intereses del presidente del Consejo, la batalla de las pensiones y una investigación judicial que alcanza al propio Berlusconi. Pero sería demasiado cómodo atribuir toda la responsabilidad al hombre que llegó en mayo. Italia llevaba décadas acostumbrada a gobiernos breves y coaliciones cambiantes; Tangentopoli destruyó buena parte del viejo sistema sin garantizar que el nuevo fuese más estable. Berlusconi prometió la Segunda República antes de que estuviesen construidas sus reglas. Si la reforma electoral y el nuevo bipolarismo sólo sirven para crear coaliciones destinadas a romperse una vez celebradas las elecciones, cambiarán los nombres de los partidos pero no uno de los problemas esenciales de la Primera República: la dificultad de transformar una mayoría electoral en una mayoría estable de gobierno.
El vencedor inmediato es Umberto Bossi, porque ha demostrado que los diputados de la Liga podían hacer presidente a Berlusconi en mayo y dejarlo sin mayoría en diciembre; pero esa capacidad de arbitraje tampoco garantiza una solución duradera. Berlusconi pide nuevas elecciones alegando que sólo los ciudadanos pueden sustituir la mayoría elegida en marzo; Scalfaro responde, en los hechos, con la lógica de una república parlamentaria: mientras las Cámaras puedan sostener otro Gobierno, no existe obligación constitucional de disolverlas. El nombre que emerge es paradójicamente el de Lamberto Dini, ministro del Tesoro del propio Berlusconi, llamado a encabezar un Ejecutivo técnico sostenido por Bossi y por buena parte de quienes hasta ayer eran oposición. Quizá ésa sea la mejor fotografía de la Italia de finales de 1994: el Gobierno nacido para terminar con las combinaciones parlamentarias cae por una combinación parlamentaria, y uno de sus propios ministros se prepara para suceder a su presidente con los votos de sus adversarios. Berlusconi ha perdido el Gobierno; queda por saber si ha perdido también su papel político o si, por el contrario, estos siete meses sólo han sido el primer episodio de una confrontación mucho más larga sobre cómo debe gobernarse Italia.
J. F.