1 abril 2013

Diego Torres filtra al a prensa mails que perjudican al entorno de la Casa Real destrozando su imagen

Las imputaciones por la instrucción del ‘caso Noos’ del juez Castro salpican a la Casa del Rey y alcanzan a la propia Infanta Cristina

Hechos

Entre enero y abril de 2013 continuó la instrucción del ‘caso Noos’ por parte del juez Torres con importantes imputaciones.

Lecturas

PROTAGONISTAS DEL ‘CASO NOOS’

urdangarin_abogado D. Iñaki Urdangarín, Duque de Palma y su abogado D. Pascual Vives. Imputados el 28.12.2011. El 29.01.2013 el juez Castro dejó al Duque de Palma en libertad bajo fianza de 8,1 millones de euros.

diego_Torres_ana_maria_tejeiro D. Diego Torres y su esposa, Dña. Ana María Tejeiro fueron imputados en noviembre de 2011. El Sr. Torres también fue condenado a pagar junto al Duque de Palma la cantidad de 8,1 millones de euros.

garcia_Revenga El 29.01.2013 fue imputado el Secretario de las Infantas en la Casa del Rey, D. Carlos García Revenga después de que el Sr. Torres entregara al juez unos e-mails que demostraban que había asesorado al Sr. Urdangarín en el instituto Noos.

corinna En febrero de 2013, el Sr. Torres hizo públicos los mails en los que salía aludida Corinna zu Sayn-Wittgenstein, con lo que se implicaba abiertamente al jefe del Estado español, puesto que a Corinna la prensa la llamaba ‘la amiga entrañable del Rey’ como una forma de insinuar abiertamente que era o había sido su amante.

Conda_Fontao El 19.03.2013 D. José Manuel Romero, el Conde de Fontao tuvo que declarar ante el juez Castro para aclarar por qué había recomendado al Sr. Urdangarín que pusiera fin a sus negocios en el instituto Noos.

infanta En abril de 2013 el juez instructor Castro solicitó la imputación de la Infanta Cristina para que explicara la versión de los hechos. El fiscal Horrach y el abogado de Infanta, D. Miquel Roca recurrieron la imputación que fue anulada.

EL MUNDO CONTRA LA FAMILIA REAL

pilar_eyre_juan El diario EL MUNDO dedicó un gran número de portadas a informaciones negativas a la Familia Real durante la instrucción del ‘caso Noos’. Especialmente de destacar fueron las noticias negativas contra el difunto Conde de Barcelona, Don Juan de Borbón – el padre del Rey –  y su patrimonio, puesto que el Conde falleció en 1993 y no era hasta veinte años después cuando se difundían informaciones sobre él.

LA MAYORÍA DE TERTULIANOS CONTRA LA FAMILIA REAL

Después del escándalo, la práctica totalidad de tertulianos y columnistas se posicionó contra la Familia Real, considerándoles culpables de todos los delitos que se pudieran plantear. En esta posición se destacaron la mayoría de tertulianos de derecha e izquierda. Con especial ferocidad los del diario EL MUNDO, donde se destacaron  D. Federico Jiménez Losantos (también comentarista de ES RADIO-INTERECONOMÍA) y D. Eduardo Inda. En menor medida también estuvieron Dña. Pilar Eyre o Dña. Carmen Rigalt. Junto con ellos todos los tertulianos de la izquierda.

TERTULIANOS A FAVOR DE LA CASA REAL

Aunque fueron minoría, también aparecieron tertulianos a favor de la Casa Real como D. Alfonso Rojo, D. Justino Sinova o el director de LA RAZÓN, D. Francisco Marhuenda. En el campo de las columnas destacaron Dña Victoria Prego (EL MUNDO) y D. Alfonso Ussía (LA RAZÓN).

07 Abril 2013

Don Juan Carlos sí que está solo

Carmen Rigalt

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El único que se preocupa por el Rey es el propio Rey; la ‘espantá’ familiar le ha dejado solo. Tras ser imputada, Doña Cristina debería mostrar interés por explicarse y colaborar. Don Juan de Borbón fue el gran beneficiado de la herencia de su padre, el rey Alfonso XIII.

La que termina ha sido una semana de sinsabores para la Familia Real. Y no sólo por la imputación de la Infanta Cristina (que también) sino por una sucesión de acontecimientos que han puesto a prueba la capacidad de reacción de los responsables de la Casa.

Dicen que la Familia Real es poco dada a los cambios. Los únicos movimientos que se producen en ese sentido están inspirados por una vieja máxima: sólo se cambia para que todo siga igual. Habida cuenta de que en palacio las cosas van despacio y hasta la orden de sustituir un sofá desencadena un movimiento migratorio (no se me asusten: estoy refiriéndome al trasiego de operarios), con los años se ha impuesto la pereza. A los Borbones les cuesta un triunfo mover ficha. Cuando las cosas no funcionan por inercia, se dejan como están.

Así las cosas, hace bien Don Juan Carlos en permanecer recluido. El único que se preocupa por el Rey es el propio Rey (la espantá familiar le ha dejado solo). Don Juan Carlos concentra sus esfuerzos en la rehabilitación, dedicando el tiempo que le queda libre a hacer gestiones telefónicas y admirar la metamorfosis de la primavera en los montes de El Pardo.

Sin embargo, la última remesa de disgustos a punto ha estado de causarle una bajada de defensas y un sarpullido. No sería la primera vez. Su soledad es tan patente como la de la Reina. Corinna Larsen ha desaparecido del mapa (o la han desaparecido), aunque posiblemente no ha mediado entre ellos una ruptura formal. Cuestión de cautela. En sus declaraciones, Corinna amaga con hacer uso de su información privilegiada. El Rey, consciente del poder que ha puesto en manos de la comisionista, tal vez ha dejado media puerta abierta para protegerse. En cualquier caso, lo que más le importa a él en estos momentos es la imputación de su hija Cristina, que sigue haciendo piña con Urdanga. El amor, maldita sea.

Todo comenzó con la publicación, en este periódico, de la herencia de Don Juan de Borbón. Fue un mazazo. Cuando los españoles aún no habían salido del estupor producido por la noticia, saltó la imputación de la Infanta. Dicen que aquel día rugieron los cimientos de Zarzuela, y aunque la primera reacción fue la de declinar comentarios («No se comentan las decisiones judiciales»), a las pocas horas les traicionó el nerviosismo y los responsables de la Casa confesaron su sorpresa por el cambio de posición del juez Castro, que hasta ese momento había caminado de la mano del fiscal Horrach. Por si no hubiera quedado suficientemente claro, la Casa del Rey manifestaba su «absoluta conformidad» con la decisión de la Fiscalía Anticorrupción de recurrir el auto de Castro. Resumiendo: no quería comentar las decisiones judiciales pero las comentó.

El desliz no era producto de la precipitación, pues desde hacía tres semanas la Casa sabía que se produciría, si bien conservaba las esperanzas de que no se llevara a cabo. Luego desviaron la atención hacia asuntos más favorables y apareció el guiño de la Ley de Transparencia, iniciativa que se atribuyen tanto la Jefatura del Estado como la Presidencia del Gobierno. En ese rifirrafe andamos.

Cuando eso sucedía, la Infanta ya se había puesto en contacto con Miquel Roca Junyent. El mismo día de la imputación, el Rey y su hija hablaron telefónicamente y decidieron, al alimón, contactar con el que antaño fue segundo de CiU, que estará asesorado por Jesús Silva, penalista de prestigio.

La imputación no es una buena noticia para la Familia Real, pero el daño ya está hecho (se ha publicado en la prensa de todo el mundo). Ahora, Doña Cristina debería mostrar interés por explicarse y colaborar. De otro modo, la presión social y mediática acabaría con ella.

Carmen Rigalt

08 Abril 2013

A Pilar y Carmen

Alfonso Ussía

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Carmen. Don Juan nunca tuvo 3.000 millones de pesetas. Te ha sobrado un cero. Don Juan vivió en Estoril sin un chavo.

Pilar Eyre y Carmen Rigalt, a quienes tanto quiero y admiro desde muchos años atrás. No os déjeis influir por chismes y protagonismos a destiempo. Soy suscriptor y leo EL MUNDO a diario y a conciencia por tratarse de un gran periódico que cuenta con una nómina extraordinaria de periodistas, columnistas y colaboradores, además de un formidable Director que lleva el periodismo en las venas. Pero algo ha sucedido últimamente que os ha puesto de acuerdo. Una fobia antimonárquica que se ha extendido por las redes sociales y que puede poner en peligro, no sólo a la Corona, sino a España. Una fobia sustentada en dimes y diretes, por otra parte. Algunos se han apercibido de ello, y hasta David Gistau parece un columnista monárquico.

Vamos a los dimes y diretes. Pilar: Don Juan jamás cobró por hacerse fotos o dedicarlas, lo diga el fotógrafo Cardoso o Enrique el Navegante. Resulta humillante el chisme. Don Juan firmaba todas las semanas las fotografías que se acumulaban en Villa Giralda. Le llegaban por correo, en mano de los interesados o vía «Ayala 3», sede de la Diputación de la Grandeza en los cambios de turno de los miembros de su Casa. Muchas de las fotografías que firmaba eran de profesionales españoles, y afirmar que Don Juan participaba en el negocio fotográfico de Cardoso resulta estremecedor por la pobreza de la falsedad, que no te atribuyo a ti, sino a quien te ha soltado la mandanga en tiempos tan propicios para emborronar actitudes ejemplares.

Carmen. Don Juan nunca tuvo 3.000 millones de pesetas. Te ha sobrado un cero. Vendiendo mal y generosamente La Magdalena, Miramar, Cortegada y Villa Giralda, al final de su vida pudo poseer mil millones de pesetas. En Estoril, vivieron muy modestamente, no por apariencia, sino por obligatoria adaptación a la falta de recursos. Te cuento. Don Juan Carlos había sido designado Sucesor a título de Rey, y algunos «leales» decidieron que había llegado la hora de cruzar el Tajo para siempre y navegar por el Manzanares. La Casa Real de España en el exilio no tenía excesivos gastos, pero había que pagar nóminas del servicio, de la Secretaría y de material de oficina. El conde de los Gaitanes, ante situación tan confusa, propuso a Don Juan pedir a cincuenta españoles fuera de toda duda de lealtad 50.000 pesetas por cabeza para mantener la Casa, y Don Juan, después de repasar la lista de los nombres, lo aceptó. Estaban incluídos todos los miembros de su Casa que no huyeron. Guardo por promesa la identidad de los que rechazaron la oferta, y recuerdo algunos nombres que ayudaron con 50.000 pesetas al mantenimiento de la Casa Real. Fernando María de Pereda, Ignacio Fierro Viña, Luis Caballero, Ignacio Villalonga, Guillermo Luca de Tena, y muy pocos más. De cincuenta, apenas quince respondieron. Un banquero le afeó a mi padre la solicitud: «Me estás comprometiendo a mí y al Banco». Unos más y otros menos, de acuerdo con sus posiblidades, los últimos mohicanos de Estoril cubrieron los 2.500.000 pesetas presupuestados para el mantenimiento.

No existe, Carmen, la extraña leyenda de Don Juan. Ya en España, y malvendiendo sus propiedades, Don Juan, heredero de Alfonso XIII y la Reina Victoria, reunió esa «inconmensurable fortuna». Nadie le pagó su muerte, y tengo las facturas de la clínica a tu disposición. También tengo la tarjeta de Mario Conde manuscrita desmintiendo la falacia. Lo hice desde ABC, publicando toda la documentación. Don Juan vivió en Estoril sin un chavo. Murió con seis millones de euros. Esa es la realidad y vuestras brillantes inteligencias y honestidades, Pilar y Carmen, no merecen la entronización de los chismes.

Alfonso Ussía

10 Abril 2013

Carta a un monárquico

Carmen Rigalt

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Me gustaría que me hablaras desde la razón, no desde los sentimientos o desde la inercia de tu árbol genealógico. El chiringuito de la monarquía se lo están cargando desde dentro. Si tu tampoco confías en la abdicación, mal andamos.

Este artículo es en realidad una carta. Ya sé que no es elegante utilizar los espacios del periódico para que los columnistas intercambiemos cartas con nuestros colegas, pero esta vez estoy justificada. Quiero responder a Alfonso Ussía, que el otro día usó el mismo formato para echarnos una reprimenda a Pilar Eyre y a mí por haber tenido la osadía de escribir sobre Don Juan en términos incorrectos. Por lo que a mí respecta, celebro que Ussía puntualizara ciertos extremos y pusiera los ceros en su sitio.

Yo no habría hecho lo mismo, Alfonso, porque yo sólo me dirijo a la gente para atizarle un mandoble, de ahí que me sienta más cómoda en la insolencia que en la cortesía. Es lo facilón, ya sé, pero en mi galería de favoritos hay muchos gilipollas y con ellos no valen los rodeos. A ti te tengo por un conocido a medias, alguien que está en mis antípodas y a quien preferiría no admirar para no tener que hacer, como ahora, funambulismo en el alambre de la columna. Intuyo, Alfonso, que en estos momentos de tragedia borbónica andas atrapado entre muchos sentimientos difíciles. Tu eres monárquico radical (de raíz) y yo en cambio ni siquiera llego a juancarlista. Siempre he tenido cierta debilidad por nuestro Rey y ahora intento despojarme del afecto que le profeso. Debería hacerme republicana, pues las noticias que manan de los periódicos me lo ponen a huevo. Pero no es tan sencillo encauzar las decepciones. Hoy, los españoles no estamos para monarquías ni para repúblicas porque todo se nos ha venido abajo. Ya me gustaría a mí que en este proceso de decepción se produjera un gesto que nos devolviera la confianza. Un gesto o un milagro. El famoso «perdón» sirvió para acallarnos a todos, pero ha pasado el tiempo y las cosas han ido a peor. El hecho de que tú des la cara, aunque sea parcialmente, para defender a Don Juan, te honra. Yo supongo que muchos monárquicos de tu entorno (herederos de aquellos que escurrieron el bulto cuando la colecta para Don Juan), estarán haciéndose otra vez los suecos. Me gustaría que me hablaras desde la razón, no desde los sentimientos o desde la inercia de tu árbol genealógico. El chiringuito de la monarquía se lo están cargando desde dentro. Si tu tampoco confías en la abdicación, mal andamos.

Carmen Rigalt

09 Abril 2013

Si se tambalea el Rey, se tambalea la Constitución

Victoria Prego

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Si la Monarquía se tambalea, se tambalea la Constitución, se tambalea nuestro edificio jurídico-político y, con él, nuestro futuro, el Rey no debe de ninguna manera abdicar. Ahora, no. No en estas circunstancias.

Pensemos sobre todo en nosotros y en lo que nos conviene como ciudadanos y como país. Pensemos en eso mucho antes de repetir el reconocimiento de lo que la Historia reciente de España le debe al Rey Juan Carlos y antes de considerar lo que le conviene a él, a sus descendientes y a la propia institución monárquica. Pensemos en España antes que en la Corona, por decirlo con cierta grosería.

Y, desde esa posición, es imposible no constatar que la imagen del Rey ha sufrido en los últimos tiempos un deterioro imparable entre la población española sometida al límite de su supervivencia, harta de sacrificios, enfurecida por los clamorosos abusos de sus gobernantes y definitivamente indignada ante la aparición, en el círculo íntimo del Rey, de un personaje desconocido hasta hace nada por el gran público pero de la que ahora sabemos que influye en el Monarca, da sentido y color a su vida y de la que fuentes solventes aseguran que ha obtenido millonarios beneficios económicos por gestiones comerciales de ámbito internacional que el Gobierno niega rotundamente haberle encargado.

Por eso, por el deterioro evidente de su prestigio y popularidad, está en marcha una importante corriente de opinión sustentada por personas serias, sólidas, prestigiosas y leales a su país y a su Rey, que le piden respetuosamente que abdique en su hijo. No se trata sólo de una propuesta espontánea, aunque quizá también. Es un proyecto, un plan, conocido por responsables de altas instituciones del Estado. Un plan que puede tener éxito o no tenerlo, pero que de ningún modo es escandaloso ni debe mover a la sospecha de maniobras oscuras. Maniobra, puede que sí, pero clara como el agua clara.

El objeto de esta petición es que la Corona, que ahora mismo es objeto de rechazo por una aplastante proporción de jóvenes -que ni han vivido la Transición ni se sienten deudores de ella ni de sus protagonistas, y tienen razón-, salga reforzada porque el Príncipe de Asturias es un muy digno heredero, de trayectoria personal impecable y que cuenta en estos momentos con mucho más apoyo popular que su padre.

Ya sabemos todos que en el siglo XXI las monarquías no se sostienen bajo las coronas por mandato divino, sino porque cuentan con el respaldo de su pueblo. Sólo por eso. Y lo que buscan quienes piden la abdicación del Rey es justamente recuperar ese respaldo. Tratan de evitar que la Institución acabe tambaleándose de manera peligrosa y con gravísimas consecuencias además, porque, en nuestro país, si se tambalea la Monarquía se tambalea nada menos que la Constitución. Y, con la Constitución, se tambalea el país entero con todos los españoles dentro.

Lo que pasa es hay un nuevo y enorme peligro en todo eso. O muchos peligros, todavía no está claro. Y es que en estos días han empezado a aparecer en medios editoriales informaciones que apuntan directamente a la Princesa de Asturias, y que involucran de forma indirecta a su marido, Felipe de Borbón. Son datos claramente atentatorios contra su intimidad y que buscan someterla, a ella y al Príncipe, al juicio o al escarnio públicos.

Pero, desgraciadamente, no sólo está eso: no descartemos de ninguna manera que esta nueva línea de crítica, vendetta, intolerable agresión o como quiera calificarse lo sucedido, tenga continuación por otras vías y con otras fórmulas. Y, en este caso preciso, sí que se hace imposible pensar que lo sucedido o lo que haya de suceder se esté produciendo de manera espontánea e incontrolada o sin el conocimiento de quienes tienen la obligación de estar al tanto de todo lo que se mueve en torno a las altas figuras del Estado.

Sin embargo, nos encontramos a estas alturas con que bajo el amparo de la Constitución sólo está el Rey. Fuera del Rey, los demás miembros de esa Familia están constitucionalmente a la intemperie porque en esta España desidiosa nadie se ha ocupado en los últimos 35 años de elaborar una ley orgánica que regule el papel, las funciones y el fuero de, por lo menos, el heredero de la Corona, su cónyuge y sus descendientes.

Y, en estas condiciones, y con estas perspectivas de ningún modo inventadas, imaginemos que el Rey hace saber que considera la posibilidad de abdicar y, al mismo tiempo, el Príncipe pasa a estar también bajo el foco crítico y descarnado de la opinión pública, víctima de rumores o informaciones descalificatorias sobre su esposa o, como efecto derivado, sobre él mismo. Y daría igual que esos datos fueran ciertos o falsos, porque su efecto sobre el pueblo español sería en todo caso vitriólico. Y entonces podríamos encontrarnos con un escenario en el que resultaría que el padre no, pero el hijo quizá tampoco.

Hay que repetirlo: si la Monarquía se tambalea, se tambalea la Constitución, se tambalea nuestro edificio jurídico-político y, con él, nuestro futuro, ya destrozado por una dramática crisis económica y social a la que hay que sumar la amenaza secesionista que palpamos cada día. Un escenario de desastre.

Por todo eso, pensemos antes en nosotros y en lo que nos conviene como país. En España antes que en la Corona. Por todo eso, el Rey no debe de ninguna manera abdicar. Ahora, no. No en estas circunstancias.

 Vitoria Prego

10 Abril 2013

Tambaleo y bamboleo

Federico Jiménez Losantos

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Lo que hace tambalearse a la Corona es el derrumbe del régimen constitucional, certificado por el Estatuto de Cataluña, que desmonta por su base la soberanía nacional española.

Leí ayer con la atención que ella siempre merece, el artículo de Victoria Prego «Si se tambalea el Rey, se tambalea la Constitución» y no me tambaleé pero me bamboleé un poco. Volví a leerlo, por si estaba clara la insinuación de que las instituciones que deberían o al menos podrían haber evitado el ataque a la Princesa de Asturias, no lo han hecho. Y sí, volvió a parecerme clara la acusación al CNI, auténtica guardia de corps del Rey, que podría estar protegiéndolo de la abdicación dejando que se deteriorase la imagen del Príncipe a través de Letizia. Ya me perdonará Victoria Prego si la he entendido mal. Pero si fuera así, si tan graves asuntos, ciertos o manipulados aviesamente, pudiesen aflorar contra los Príncipes, ¿por qué pensar que no le dañarían más llegado al Trono? ¿Por qué ahora sí y luego no?

Ya hace dos años -y Emilia Landaluce lo desenmascaró en La Otra Crónica- un periodista catalán que estaba fatal de salud y de dinero reconoció que había firmado un librejo de insidias íntimas contra Letizia que alguien, no dijo quién, le había pasado y él ni siquiera había leído. Ahora se repite la operación, con un primo abogado que, según confiesa, busca venganza porque Letizia no le ayudó tras verse implicado en un caso de corrupción en Ciempozuelos. ¿Y dañaría a los Príncipes no haber ayudado a un familiar a esconderse de la Justicia? ¡Por fin un caso!

No, lo que hace tambalearse a la Corona es el derrumbe del régimen constitucional, certificado por el Estatuto de Cataluña, que desmonta por su base la soberanía nacional española. Si la diligencia del Rey mandando imputados a Qatar la hubiera mostrado contra el Estatuto, éste no existiría. Y como el Estatuto, la negociación Zapatero-ETA y legalización de la banda, o la negativa a investigar el 11-M, donde todas las instituciones brillan por su ausencia. Si hay un plan contra la Corona para hundir y trocear mejor España, Miquel Roca sabrá. Pero sería otro 11-M, incruento como el 23-F, de momento. La Corona se tambalea porque el Rey lleva tres décadas entregado al Bamboleo de Julio Iglesias: «porque mi vida yo la he querido vivir así». Y mientras siga el bamboleo, seguirá el tambaleo. Los que no pueden abdicar son el suelo y los escombros. Que es lo que tenemos, yerto, sin vida.

 Federico Jiménez Losantos

26 Mayo 2013

La Infanta y la jauría

Alfonso Ussía

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En las postrimerías de la Segunda República eran los juicios populares. Cinco desgarramantas que no sabían leer ni escribir eran dueños de las vidas de los encarcelados en las checas. «Se le acusa de leer el ABC. Condenado a muerte». En la posguerra fueron los juicios sumarísimos, más vestidos de legalidad, pero igualmente abominables. En la actualidad los juzgadores son algunos medios de comunicación, las tertulias inadmisibles de determinadas cadenas de televisión y las redes sociales que se nutren de esas presumibles informaciones. Pueden estar satisfechos. No le conceden ni la presunción de inocencia. La Infanta Cristina ya ha sido condenada. No se han atrevido a pedir para ella la guillotina, el garrote vil o la horca porque para ello habría que legalizar de nuevo la felizmente abolida pena de muerte.

La Infanta Cristina, como decenas de miles de mujeres en España, forma parte de un consejo de administración o una sociedad administrada por su marido. Si la mujer de Urdangarín fuera otra, la jauría humana no se habría molestado ni en ladrar. Pero aquí coinciden oscuras voluntades. Se trata de herir a la única Institución que garantiza la unidad histórica de España. Por supuesto que las personas pueden equivocarse, pero en este caso las equivocaciones se han convertido en excusas para culminar un acoso inhumano contra una mujer. La Infanta Cristina podría haber volado del nido de Urdangarín cuando se verificó la evidencia de las golferías de su marido y Torres. Pero fue leal a quien es el padre de sus hijos y a quien ella eligió para fundar una familia. Soporta día tras día los jadeos de la rehala a sus espaldas. No se respeta su trabajo ni su vida privada.Y es condenada sistemáticamente. ¿Para qué solicita tanta documentación su señoría si sabe a la perfección que en la instrucción del caso, Urdangarín y su socio son marionetas secundarias, y que la sola finalidad de la misma es masacrar a una hija del Rey, a una Infanta de España? «Se ha demostrado que la Justicia no es igual para todos», decía Llamazares. El denunciante está aforado. La Infanta, no. Creo que Doña Cristina está empecinada en no abandonar a un golfo. Es su golfo. Y ese empecinamiento la honra, porque ha tomado el camino difícil y el más consecuente con sus anteriores y equivocadas decisiones vitales.

La Corona, que tantos servicios fundamentales ha prestado a España, a su libertad, y a su prestigio más allá de sus fronteras, no puede estar bajo sospecha por un yerno aprovechado y un elefante de Botswana. La crítica es facilísima, porque la demagogia está al alcance del más tonto y el mayor analfabeto. La demagogia no es un arte, sino una sencilla, paulatina, y rentable –para muchos– degeneración del equilibrio. Puede convertirse en una enfermedad silenciosa e incurable. Y el resultado de su perversidad es capaz de afectar a millones de españoles que nada tienen que ver con los objetivos de la jauría, que no es otro que cobrar la pieza señalada.

Pero los demagogos pueden darse por satisfechos. Importa poco que la Infanta Cristina sea, al fin, imputada o no. Nada importa al caso la opinión del fiscal. Menos aún la decisión del juez, que se está aficionando en demasía al estrellato. Y sobra el juicio. No el juicio de Urdangarín y su socio, que son inevitables. Sobra el juicio a la Infanta porque no se juzga a quien ha sido ya condenada con toda la dureza que exige la jauría.

27 Mayo 2013

Estoy donde estuve

Alfonso Ussía

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Federico Jiménez Losantos militó en la izquierda extrema, y dejó de hacerlo por la acumulación de decepciones que padeció. Defiendo mi verdad. Si por ello Federico me insulta, allá él con su conciencia. Le divertirá saber que, personalmente, el Rey siente mucho más recelo hacia mí que hacia él. Estás perdonado, Fede.

Estoy donde estuve y donde estaré. Me han llamado decenas de personas esta mañana para decirme que Federico Jiménez Losantos me ha puesto a parir por el artículo en defensa de la Infanta Cristina. No puedo responderle punto por punto porque no oigo la radio. No tengo esa costumbre. La he hecho durante decenios, y sólo formo parte de la audiencia radiofónica cuando estoy en un estudio. Además, que conozco a Federico y me consta que es un buen hombre, con el que felizmente he colaborado cuando trabajaba en la COPE. Me siento afortunado con mi pasado radiofónico. Manuel Martín Ferrand, Luis Del Olmo, Carlos Herrera, Federico Jiménez Losantos y Ernesto Sáenz de Buruaga. De todos guardo formidables recuerdos, y un efímero estallido de iracundia no es suficiente para perder un amigo.

Sé dónde estoy y dónde estaré. Quizá esa seguridad en la ubicación es lo que me distingue con más aristas de Federico. Por poner un ejemplo. Me consta que me ha puesto a caer de un burro, pero ignoro en qué medio, o en qué programa, si en el suyo o en Intereconomía. Me duele, conociéndolo, que haya terminado apoyando una empresa a cuyo principal accionista concedía, años atrás, un escaso valor. Sucede con frecuencia cuando los grandes comunicadores, y Federico lo es sin ningún género de dudas, creen que pueden ser también poderosos empresarios. Gracias al profundo conocimiento que tengo de mi persona, mi supervivencia se establece en las colaboraciones. No soy un emprendedor. Y le deseo, de corazón, que supere todas las dificultades.

Federico Jiménez Losantos es un poderosísimo comunicador. Sabe de Literatura española como pocos. Surgió de los fríos pobres y desolados de un pueblo de Teruel. Militó en la izquierda extrema, y dejó de hacerlo por la acumulación de decepciones que padeció. Federico Jiménez Losantos, aún para sus mayores detractores y enemigos, merece un respeto permanente. Por defender, junto a Amando de Miguel, la enseñanza del español en Cataluña, fue secuestrado por un grupo de terroristas catalanes, algunos de los cuales hoy se sientan en el Parlamento, atado a un árbol y herido en una pierna con un disparo de pistola. Fue fundamental en el éxito de «Diario 16» como mano –ya derecha– de Pedro J. Ramírez y es columnista fundador del diario «El Mundo». Pero su éxito está en la radio, que aprendió junto a Antonio y Luis Herrero, y que domina con su gran brillantez y su capacidad para transformar, a primeras horas de la mañana, a un hipotenso en un hipertenso al borde del patatús. He estado dos años con él en el estudio y doy fe de ello.

Pero tiene sus obsesiones y sus intereses. No oculta lo que odia, y considera un agravio lo que no encaja en sus esquemas y sus atrabiliarios excesos verbales. Por eso es temido, amado, defendido, combatido y odiado. Por mi parte siempre le dejé muy claro que no aceptaría en mi presencia insultos gratuitos al Rey. No por la persona del Rey, sino por el significado del Rey en la maraña de ambiciones, resentimientos y deslealtades históricas que proliferan en España. Su saldo es abrumadoramente positivo. Además, tengo todo el derecho a creer en la Monarquía y defender en España a su Rey siendo español. O espero tenerlo.

Federico cree que hablo con el Rey, que recibo mensajes de la Casa del Rey y que estoy en contacto con La Zarzuela. Se equivoca mucho. No he hablado con el Rey en años, no tengo contactos con La Zarzuela y no acepto mensajes. Defiendo mi verdad. Si por ello Federico me insulta, allá él con su conciencia. Le divertirá saber que, personalmente, el Rey siente mucho más recelo hacia mí que hacia él. Estás perdonado, Fede.

Alfonso Ussía

29 Mayo 2013

La jauría y la rehala

Federico Jiménez Losantos

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Como no oye la radio, Alfonso no se entera de que ladrar no es opinar; que, para mordidas, la Zarzuela. Pero quedas perdonado, Alfonso.

El lunes, mi viejo amigo Alfonso Ussía, tras evocar las checas del Frente Popular y los juicios sumarísimos de los vencedores de la Guerra Civil, escribía en LA RAZÓN: «En la actualidad los juzgadores son algunos medios de comunicación, las tertulias inadmisibles de determinadas cadenas de televisión y las redes sociales que se nutren de esas presumibles informaciones. Pueden estar satisfechos. No le conceden ni la presunción de inocencia. La Infanta Cristina ya ha sido condenada». De creer a Ussía, a la Infanta la han asesinado como a Muñoz Seca, su desternillante abuelo, al que nadie pilló robando. Le tranquilizo: vive. Aunque, si Alfonso no miente, con facultades intelectuales muy limitadas: «La Infanta Cristina, como decenas de miles de mujeres en España, forma parte de un consejo de administración o una sociedad administrada por su marido. Si la mujer de Urdangarin fuera otra, la jauría humana no se habría molestado ni en ladrar. Pero aquí coinciden oscuras voluntades. Se trata de herir a la única Institución que garantiza la unidad histórica de España. Por supuesto que las personas pueden equivocarse, pero en este caso las equivocaciones se han convertido en excusas para culminar un acoso inhumano contra una mujer. La Infanta Cristina podría haber volado del nido de Urdangarin cuando se verificó la evidencia de las golferías de su marido y Torres. Pero fue leal a quien es el padre de sus hijos y a quien ella eligió para fundar una familia. Soporta día tras día los jadeos de la rehala a sus espaldas. No se respeta su trabajo ni su vida privada. Y es condenada sistemáticamente».

Como no oye la radio, Alfonso no se entera de que ladrar no es opinar; que, para mordidas, la Zarzuela; para jauría, la rehala cuyo aliento siente en la nuca el juez; y que las españolas, casadas o no, que están en consejos de sociedades que delinquen son tan imputadas como los españoles, mientras firmen las cuentas y no rija la sharia. Está imputada la esposa de Torres. ¿Por qué no la de Urdangarin, dueña al 50% de Aizoon? ¿Para garantizar la unidad de España?

Y el párrafo mejor es éste: «Doña Cristina está empeñada en no abandonar a un golfo. Es su golfo. Y ese empecinamiento la honra». No puede decirse lo mismo de ese razonamiento. Pero quedas perdonado, Alfonso.

Federico Jiménez Losantos