11 marzo 1934
Milicianos socialistas asesinan al trabajador del periódico ABC, José Herreros Abad, por negarse a secundar una huelga en los talleres del periódico contra Juan Ignacio Luca de Tena
Hechos
El 11 de marzo de 1934 muere asesinado D. José Herreros Abad.
Lecturas
El Análisis
El asesinato del obrero tipógrafo Herreros Abad, empleado del diario ABC, tras negarse a secundar una huelga contra el director-propietario del periódico, Juan Ignacio Luca de Tena, es mucho más que un acto criminal: es el retrato de una sociedad rota en sus vínculos básicos, donde el deber moral o el derecho individual ceden ante la lógica brutal de la militancia y el fanatismo. Herreros no era un patrón, ni un periodista reaccionario, ni siquiera un dirigente sindical rival. Era un obrero, como tantos otros en los talleres de prensa, y aun así fue señalado como traidor —como “esquirol”— por ejercer su libertad. Su muerte, envuelta en las sombras del siniestro Agapito García Atadell y sus redes violentas, marca una línea trágica: en la España de 1934, ya no se mata sólo al que manda, sino también al que no obedece.
Este crimen ilustra la complejísima realidad de los grandes diarios de derecha, como ABC o Informaciones, cuya redacción y dirección eran inequívocamente conservadoras, pero cuyos talleres estaban poblados por obreros con sensibilidades izquierdistas o francamente marxistas. Era un equilibrio inestable, donde reivindicaciones laborales legítimas se entremezclaban con consignas políticas cada vez más radicalizadas. Herreros Abad se convirtió, involuntariamente, en símbolo de una fractura: la que existe entre la justicia social y la violencia partidista, entre la protesta y la coacción. Luca de Tena quiso hacer de él un mártir, y no sin razón: fue un trabajador asesinado por otros trabajadores. Y cuando lleguen las huelgas revolucionarias de octubre de 1934, ni él ni Juan Pujol en Informaciones tendrán dudas: quien haga política subversiva desde dentro, será reemplazado. Porque cuando la ideología sustituye al contrato laboral y la intimidación al derecho de trabajar, la prensa —y con ella, la democracia— pierde no solo su voz, sino también su alma.
J. F. Lamata