5 septiembre 1993

Controversia política en torno a su figura, despedida con respeto por el actual alcalde socialista de Barcelona, Pasqüal Maragall, que llegó a trabajar en su juventud para el fallecido

Muere el catalán franquista Josep María de Porcioles Colomer, exalcalde de Barcelona, que es homenajeado por el socialista Pasqüal Maragall

Hechos

El 3 de septiembre de 1993 falleció el político y empresario D. Josep María de Porcioles Colomer.

Lecturas

CONTROVERSIA SOBRE EL FALLECIDO

D. Paqüal Maragall (PSC) –  «Porcioles fue un bareclonés de Girona que quería mucho a su pueblo, Arner y a Barcelona.  En la trayectoria de Porcioles había más vibración catalanista auténtica que en muchos de los que se cubren con esta moderna religión que va desde Primitivo Forastero hasta Angel Colom».

D. Enrique Lacalle (PP) – «Porcioles pasará a la historia como un buen alcalde de la ciudad. El conjunto de su aportación a la ciudad da un balance muy positivo. Durante su larga etapa promovió una transformación de Barcelona y granp parte de sus ideas tenían una gran visión de futuro».

Dña. Pilar Rahola (ERC) – «Maragall pronto acabará rindiendo homenaje a los franquistas que fusilaron a Lluís Companys. Decir que el franquista Porcioles era más catalanista que Colom es un despropósito. Es posible que Maragall llegue a recuperar incluso la figura de Franco. Sus palabras son una ofensa a la inteligencia».

D. Artur Mas (CiU) – «Las palabras de Maragall sobre Porcioles son groseras y poco elegantes. Maragall provoca polémicas para despistar sus responsabilidades al frente de la ciudad».

Dña. Eulalia Vintró (IC) – «El periodo de gestión de Porcioles en Barcelona fue nefasto. Un claro representante del franquismo y es pintoresco hablar de su hipotético catalanismo. No puede admitirse una relectura del porciolismo, que nos llevaría a la del franquismo, según la cual existirían aspectos justificables».

 D. Rafael Ribó (IC) – «El alcalde Maragall debería ser más prudente en sus declaraciones. El modelo de ciudad de Porcioles fue realizado en una etapa dictatoria y sin posibilidad de ser discutido, no supuso ningún beneficio para los sectores populares ni se puede vincular de ninguna manera al catalanismo».

04 Septiembre 1993

Un hombre que amó la ciudad y no supo dialogar

Josep María Rafols

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Durante su larga estancia en la Alcaldía de Barcelona José María Porcioles fue la bestia negra de la oposición clandestina que veía en él la forma más cercana de la dictadura franquista. Después, en la democracia, recibió el leve reconocimiento de ver acabadas algunas de las líneas urbanísticas (túneles y cinturones) que impulsó durante su gestión, y una discreta y polémica medalla municipal con motivo del 20º aniversario del museo Picasso que le entregó una teniente alcalde. Incluso Jordi Pujol le citó disimuladamente el día que se inauguró el túnel de Vallvidrera, diciendo que era ‘de justicia asumir lo que había hecho mucha gente al servicio del país».

Pero en su balance también figurarán en lugar destacado las acusaciones de favorecer la especulación del suelo en la ciudad, aumentar la volumetría del Eixample permitiendo que se añadieran pisos a los edificioes existentes, favorecer intereses particulares, no defender importantes edificios históricos, etc. Para la historia Porcioles quedará como el alcalde que gobernó Barcelona durante 16 años en plena dictadura sin control democrático y con todo el oscurantismo que esto supone en la gestión. En su haber quedarán la recuperación del castillo de Montjuic, el plan de metros, la Meridiana, la carta Municipal, los túneles, los cinturones, etc. Rechazó un ministerio porque se consideraba más importante que un ministro. Amó la ciudad pero no supo establecer un diálogo para compartirla.

05 Septiembre 1993

PORCIOLES, UNA IMAGEN CAMBIANTE

Josep Pernau

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El Sr. Porcioles se ha sabido morir en el momento oportuno. La distancia temporal nos deforma la visión de las cosas y las personas, y la imagen del Sr. Porcioles de 1993 no es la misma que la de los últimos años 60 o de los postreros 70.

Si hubiera muerto en el ejercicio del cargo se habría escrito que Barcelona acaba de perder al mejor alcalde de todos los tiempos, entregado de cuerpo y alma a la grandeza de la ciudad. Diez años después, la imagen había cambiado y en la prensa guerrillera del momento se presentaba la alcaldía del Sr. Porcioles como un nido de especuladores del suelo que se repartían solares públicos y zonas verdes. En 1993 se ponderan las loas y las críticas, y domina ahora la idea de que fue el mejor alcalde por designación digital que podía tener Barcelona en aquella época. El Sr. Porcioles ha podido vivir lo suficiente para que sus méritos le hayan sido reconocidos, sin que en sus manos estuviera la posibilidad de devolver el favor.

Todos fuimos un poco injustos con él. Las alcaldías eran el pim-pam-pum del franquismo. Se permitía la crítica a los alcaldes para demostrar que existía la libertad de expresión. Con críticas municipales por unos baches o unas farolas, los ministros de Información y Turismo iban tan tranquilos por el mundo, alardeando de permisividad. En aquella situación al Sr. Porcioles le tocó canalizar malestares que no eran propiamente de ámbito ciudadano y que bien a gusto se habría disparado contra el gobernador civil.

Su gran problema es que estuvo 16 años en la alcaldía. Demasiados años, entre 1957 y 1973, con un cambio generacional por en medio, que empezaba a empujar. EN los últimos tiempos no se le perdonó nada y el columnista quiere recordar la solución que dio su sucesor, el Sr. Masó, a la polémica del paso, elevado o subterráneo, del cinturón por la plaza de Lesseps. Consistió en construir una montañita para enterrarlo, que constituye ahora todo un monumento a la demagogia. Se le aceptó gustosamente al Sr. Masó, pero ¡ay si llega a ocurrírsele al Sr. Porcioles!

Josep Pernau

14 Septiembre 1993

La limpieza étnica de los señoritos

Manuel Vázquez Montalbán

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Con motivo de la muerte del ex alcalde franquista de Barcelona José María de Porcioles, las principales autoridades democráticas de la ciudad y de Cataluña asistieron a los funerales en una iglesia del Opus Dei, como era natural, dado que en la persona de José María de Porcioles se daban las características del franquismo ex catalanista que hizo del Opus Dei la nueva fuerza defensiva y modernizadora del régimen legitimado por la victoria en la sublevación militar de julio de 1936. De hecho, la modernización de España, es decir, su evolución como país neocapitalista homologado, la inició el Opus Dei y algún día le será reconocido por alguno de los actuales dirigentes demócratas y al más alto nivel. El protocolo es el protocolo y como un acto protocolario hubiera quedado la complicidad de las autoridades democráticas catalanas en un acto religioso, de no haber hablado el alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, glosando la catalanidad posibilista de Porcioles y situándola por encima de otros catalanistas que, compartan o no sus idearios, tienen un claro pasado de luchadores antifranquistas, es decir, antifascistas. No creo que el señor Maragall se pasara, como han precisado algunos de sus antagonistas políticos, sino que cada vez es más coherente con una etnia social que finalmente asume su identidad y pasa a una cierta operación de limpieza étnica de las culturas resistenciales. Respetar a Porcioles en el momento de morir me parece positivo, puesto que no fue un matarife del franquismo, y yo me he negado estos días a dar mi opinión sobre el personaje para no violar ese código, no escrito y tan español, de dejar en paz a los muertos. Otra cosa es revalorizarlo, poniendo, no ya en entredicho, sino, implícitamente, negando la acción de los resistentes democráticos que hicieron de su oposición al porciolismo plataforma de negación del franquismo que representaba y denuncia de las manos casi secretas sobre la ciudad. Es decir, si Porcioles ha sido tan positivo para Barcelona y la catalanidad, que caiga el peso de la sanción histórica más condenatoria sobre los que le cuestionaron y le crearon dificultades para ultimar su preclaro proyecto. Reivindiquemos a Porcioles, que ya le llegará el turno a Franco.
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Se está fraguando en España una nueva etnia mal llamada por algunos beautiful people, en un exceso de barbarismo modernizador, porque nuestra cultura ya tiene una palabra acuñada hace más de un siglo para llamarla. Son los señoritos y no me refiero a los señoritos ociosos, rentistas y latifundistas o hijos de papá del pasado, sino a los que tratan de asumir el papel de una élite de sabios gestionadores, déspotas ilustrados que cada vez soportan menos los lastres ideologizadores que en su día, incluso, pudieron asumir. La dialéctica de la situación les pudo desvincular de sus intereses y conexiones naturales de etnia, como elementos descontentos de la clase media que creyeron compartir los intereses de las clases oprimidas. Algunos incluso cayeron en el extremismo, enfermedad adolescente, y se adaptaron al riesgo de confundir sus aspiraciones individualistas de actuación romántica y moralidad utópica, con objetivos revolucionarios extremos. De nuevo, la dialéctica de la situación serviría para explicar cómo han vuelto poco a poco a casa, y en la situación de crisis, no ya de las ideologías, sino de las alternativas, han hecho del pragmatismo y del elitismo técnico su divisa. De hecho, Maragall ha asumido la Gran Barcelona, el proyecto de Porcioles, no porque coincida exactamente con su ideal urbanístico original, sino por mandato genético: el estamento social es origen y fin y se ha hecho una Barcelona tal como la había pretendido la burguesía novecentista, cómplice en el fusilamiento de Ferrer Guardia y en parte mecenas del golpe franquista; burguesía que estuvo en condiciones de, pragmáticamente, negarse a publicar a tiempo un artículo de Joan Maragall en el que pedía perdón para el presunto inspirador de una de las tendencias culturales dominantes en la clase obrera catalana de su tiempo.
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Y para no centrar el fenómeno de la limpieza étnica en el caso Pasqual Maragall, frecuentemente, en estas páginas de opinión, sociólogos que prefieren los movimientos sociales como naturalezas muertas de las que poder sacar conclusiones estadísticas se han expresado en contra de todo atisbo de cultura cuestionadora de la inevitabilidad de la situación, y han arremetido contra el único movimiento social realmente existente, los sindicatos, porque es el principal obstáculo para conseguir la limpieza étnica perseguida por los nuevos señoritos. Es lógico que a la cabeza de esta filosofía figuren señoritos neoliberales confesos y confusos, que exigen a las izquierdas que se pongan de rodillas y pidan perdón por haberles creado problemas de conciencia cuando ellos eran simplemente resistentes pusilánimes bajo palabra de honor. Es lógico que el señor Aznar ahora se vanaglorie de no haber sido nunca, nunca, un joven de izquierdas, porque… ya se ha visto. Al lado de estos ejemplares étnicos más coherentes, aparecen terribles ex revolucionarios de octubre de 1917 o de mes de mayo que a veces prolongaron su exilio étnico hasta junio. Puede sorprender que el fundamental palo de este pajar sea el propio presidente del Gobierno, que es un desorientado étnico converso, convenientemente asistido por proveedores de ideología de la Moncloa, que proceden, casi sin excepciones, de aquellas capas medias que generaron algunos vástagos transitoriamente desafectos, pero que están ya en el correcto camino de modernizar el sistema y garantizar la hegemonía de la etnia.
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El lenguaje puede acudir en su ayuda y refugiarlos en el confuso magma de la sociedad emergente, económica, cultural, política, socialmente hegemónica, en condiciones de crear muy graves condiciones de desidentificación y desorientación histórica a los objetiva o subjetivamente no emergentes, que irán en aumento, así en el Norte como en el Sur. En la marcha de ese rodillo desidentificador y desorientador sólo se opone en estas latitudes del sub-Norte un obstáculo serio, el movimiento sindical, y es lógico que reciba un tratamiento especial de hostigamiento antes de poder emitir el último parte, que como todos los últimos partes, empezaría por el “cautivo y desarmado…”. Siempre cautivo y desarmado, porque a lo que se va es a fijar unas relaciones de dominación modernizadas y a un desarme de finalidad del antagonista social que sería absoluto, ideal, es decir, perfecto, si ese antagonista perdiera toda idea de finalidad diferenciada de la de la etnia dominante, como sólo es perfecto aquel crimen que no se sabe si ha sido cometido.
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La operación puede ser fina o burda y lamento que Pasqual Maragall no haya estado a la altura de los sociólogos oficiosos al reivindicar una parte de la peor memoria de Barcelona y Cataluña, la del colaboracionismo con quienes negaban el derecho a la identidad de todo lo vencido en la guerra civil, y sólo pedían limosnas al dictador y piedad para la Cataluña equivocada. Alguien dijo que la guerra civil la ganaron, finalmente, el Rey y la democracia. No. La han ganado los señoritos.
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Manuel Vázquez Montalbán

El Análisis

Despedir a alguien que se conoció

JF Lamata

Quizá haya algo de talante en Pasqual Maragall, pero también algo mucho más sencillo: él conoció personalmente al hombre al que estaba enterrando. Había trabajado como joven economista en el Ayuntamiento de Porcioles desde 1965 y podía condenar la dictadura franquista sin reducir necesariamente a cuantos habían desempeñado alguna función bajo ella a una misma categoría moral. Eso explica mejor que una supuesta rehabilitación del franquismo que un alcalde socialista pueda reconocer en Porcioles su amor por Barcelona, determinadas intuiciones urbanísticas o su catalanismo, mientras ERC, IC y otros sectores consideran semejantes elogios inadmisibles. Porcioles fue alcalde designado por una dictadura, gobernó sin legitimidad electoral y su desarrollismo urbanístico dejó una herencia muy discutida; pero también fue una persona concreta que Maragall había conocido y cuya gestión podía juzgar con más matices que una simple etiqueta. Incluso algunos proyectos que Porcioles había defendido —como las rondas o el túnel de Vallvidrera— terminaron materializándose posteriormente.

Porque resulta mucho más fácil convertir una época entera en una colección de buenos y malos cuando ya no queda nadie que recuerde personalmente a sus protagonistas. Si toda persona que trabajó en una administración franquista debe considerarse automáticamente cómplice de la dictadura, la acusación acabaría alcanzando a una parte enorme de las generaciones que vivieron aquellos cuarenta años: funcionarios, técnicos, profesores, médicos, empresarios y profesionales, incluidos padres y abuelos de muchos de quienes hoy gobiernan desde posiciones democráticas. Eso no elimina responsabilidades ni obliga a equiparar al funcionario con el ministro, al técnico municipal con el gobernador civil o al alcalde designado con el opositor perseguido; precisamente obliga a distinguir grados de responsabilidad. Maragall podía saberlo particularmente bien: había sido antifranquista y, al mismo tiempo, funcionario del Ayuntamiento franquista de Porcioles. Tal vez por eso, ante el féretro de quien había conocido treinta años antes, prefirió juzgar a Porcioles y no únicamente al sustantivo franquista.

J. F.