27 diciembre 2014

Muere el dibujante Máximo San Juan, veteranos columnistas le rinden homenaje, pero Rafael Reig recuerda su pasado franquista

Hechos

El 27 de diciembre de 2014 fallece el dibujante D. Máximo San Juan.

28 Diciembre 2014

El filósofo de la opinión dibujada

Juan Cruz

Leer

El misterio era por qué este hombre, Máximo, el filósofo de la opinión dibujada, siendo tan civil, tan recto, tan moralmente exigente con los hombres y por tanto consigo mismo, eligió a Dios como el interlocutor más habitual de sus reflexiones y de sus diatribas.

Dios, un tipo tan encerrado en su triángulo, tan dejado de las cosas del mundo, recibía con frecuencia la intemperancia educada de este pintor perplejo. Como si le tachara la conducta, como si le estuviera advirtiendo de las consecuencias que tenía en la tierra esa dejadez del Cielo, Máximo le reprochaba a Dios, le llamaba la atención, le interrogaba.

Nadie podía sentirse ofendido, ni Dios mismo, porque el dibujo de Máximo, su manera de hacerlo, era como el de quien dibuja una mariposa cuando esta se va camino del firmamento: su huella está en el propio vuelo; la huella de Máximo estaba, como la huella de las mariposas, en el dibujo mismo.

Puede haber muchas teorías sobre por qué eligió a Dios, pero la que parece que cuadra más con su manera de ser ensimismado incluso en la facundia, es la que sitúa a Dios, esa entelequia lejana que él formulaba en sus cuadros de periódico, como el más adecuado para recibir sus mensajes éticos, estéticos y políticos. Dios no iba a responder nunca, eso era evidente, pero es así cómo pasa en la vida misma: tú dibujas, escribes, denuncias…, y ni Dios responde. El Dios de Máximo quedaba ahí, interpelado y, como los hombres, o la política, o la vida, jamás dijo nada. Hasta ahora jamás ha dicho nada.

La escritura sagrada, a la que Máximo le dio la vuelta al derecho y al revés, tiene la sinuosa virtud que reclamaban sus dibujos: es una cosa y la contraria a la vez, sirve para un roto y para un descosido, para la ternura y también para la salvajada; y como en sus dibujos Máximo no quería adornarse de verdades ni de discursos, sino de metáforas, era mejor el Eclesiastés que el manifiesto de Marx.

Leer sus dibujos era asistir a sus conversaciones por otros medios. Máximo era el hombre que hablaba, pero tenía un alter ego: en persona, cuando te lo encontrabas, parecía desdeñoso del tiempo; si había algo que decir su conversación no estaba obligada a un fin, ni a un interludio; se prolongaba como un río, o como el mar. Pero en sus dibujos era veloz, sintético; no necesitaba más de una línea y a veces no necesitaba absolutamente nada sino el vuelo de su mano. Su escritura en el dibujo era una prolongación del dibujo mismo; no se podían concebir esos cuadros (esos cuadros de periódico, dejé dicho) sin la palabra, pero muchas veces no estaba la palabra. Pero estaba su discurso, la manera de hacer de Máximo.

Era un hombre preocupado por lo que sucedía; hizo teatro, discursos, preparó su lenguaje para lo público, y fue un gran conversador con la realidad como fondo, aunque a veces pareciera que volaba. En este sentido, era un hombre que opinaba, pero era un tímido; su lenguaje de conversador se aturrullaba en medio de la multitud, así que él prefería (esa es la impresión que siempre tuve) la conversación uno a uno, enfrentarse con el espejo que es el otro y decirle y decirle, esperar del otro una convicción distinta, un modo nuevo de ver las costuras que él le veía a la vida.

Era como un amigo de Platón en la caverna, perplejo, interrogándote, interrogándose. Te situaba en medio de la gente, te hacía una seña, se proveía de la simpatía esencial de su mirada, que era una mirada clara, como su línea de dibujo, y ya hablaba contigo, a solas, aunque alrededor hubiera cientos.

Quizá era la manera de ser de sus propios dibujos: hechos desde el amanecer para los lectores de los periódicos en los que estuvo (en éste, muchos años, desde que empezó EL PAÍS, en 1976, hasta 2007), pero dibujados sobre todo para cada uno de los posibles lectores. Uno a uno, como un artesano que le dejara en la mesa del maquetista cientos, miles, de originales que al fin eran un solo original, dibujado día a día como una variación multiplicada de su perplejidad ante los hechos del mundo. A la física le opuso la metafísica, y desde ahí sobrevoló el mundanal ruido.

Era un hombre tímido, pues, por eso se acercó a un interlocutor tan alejado como Dios. Aquella perplejidad que lo hizo artista, y ciudadano, no lo dejó nunca, jamás abandonó su cara, en ninguna circunstancia. Como si él mismo, en un momento determinado de su vida, se hubiera quedado en esa posición perpleja en la que se quedan los niños cuando no entienden algo y saben que jamás van a entenderlo del todo.

Creo que por eso buscó en sus dibujos la interlocución de Dios, porque Dios es, acaso, lo más incomprensible del mundo y sólo pueden señalarlo con cierta solvencia los niños perplejos o los artistas como Máximo San Juan.

28 Diciembre 2014

En el jardín de la geometría

Manuel Vicent

Leer
Dondequiera que esté, imagino a Máximo sentado entre Gorgias y Sócrates, los tres con una eternidad de horas muertas por delante

Dondequiera que esté, imagino a Máximo sentado entre Gorgias y Sócrates, los tres con una eternidad de horas muertas por delante, a la sombra de otros mármoles, jugando a los sofismas, a decir y desdecirse, a retorcer los silogismos para afirmar un juicio y al mismo tiempo llevarlo al absurdo y para demostrar que pese a haber muerto seguirá estando vivo. Aquí en la tierra era su juego preferido: entretener al verdugo con mil razones, no para evitar la sentencia, sino para seguir hablando de todo y de nada. El dibujante Máximo demostró que el pensamiento no es un acto íntimo, porque si estabas muy cerca, a su lado, lo oías pensar como si su cerebro tuviera más hilos, circuitos, conexiones y fusibles de los que necesita la lógica. De hecho cuando se le ocurría una buena idea podía detener el coche en medio de una autopista sin darse cuenta y tal vez creía que los gritos y los pitidos de los automovilistas airados eran aplausos.

Máximo expresaba su humor de intelectual especulativo con líneas muy puras de tinta china. Solo dibujaba ideas bajo un paisaje de símbolos en el jardín de la geometría. Lo mismo el ojo de Yahvé que el pubis angelical femenino eran dos triángulos isósceles. Un cubo hermético rodeado de hombres-hormigas expresaba la represión; un monolito grecolatino significaba la democracia; una rama de laurel que florecía en la grieta de un bloque de cemento podía ser la libertad; un paisaje de edificios, ventanas, pasillos y rótulos era la evidencia del poder burocrático; muchachas desnudas emergiendo del mar simbolizaban la belleza inalcanzable; intelectuales barbudos ante flechas que indican direcciones perdidas expresaban la duda metódica ; viejos hundidos en sillones de orejas era el fin de las cosas. También dibujaba niños deslumbrados frente a la nada, bocas de rifle, pobres sentados en la acera, pero su ideal era el cielo bruñido de la Ática. Sus dibujos nunca llevaban a la carcajada, sino a la perplejidad de una interpretación compleja solo al alcance de los exquisitos. El humor de Máximo era un zumo cerebral o destilación del pensamiento que te hacía cosquillas en la base del cráneo. Solo aprovechaba la parte final de los silogismos como si fueran puntas de espárragos.

Ahora Máximo ya está en el paraíso de la geometría con el plumín en la mano y la visera en la frente para no ser deslumbrado por ninguna deidad que no sea la armonía de las esferas y orden matemático. En la memoria de sus amigos seguirá soplando el leve barro de la creación para convertirlo con una línea pura de tinta china en juegos de la razón, en sonrisas perplejas del cerebro.

28 Diciembre 2014

¿Es necesario olvidarlo todo?

Rafael Reig

A Manuel Vicent, Juan Cruz, etc.

Leer

Lamento mucho la muerte del dibujante Máximo y no me parece el momento apropiado para dar mi opinión sobre él. Me dirijo a usted, señor Vicent,señor Cruz, y tantos otros, para hacerles una pregunta: ¿es necesario olvidarlo todo? Bien está que le dediquen ditirambos y elogios del tamaño que les parezca oportuno, pero ¿había que callarse el resto?

Hace muchos años, hablando con un gran periodista, surgió el nombre Máximo. Me dijo: bueno, con Máximo ya sabes, siempre estuvo donde convenía, desde muy joven, con la campaña de Franco. Le pregunté de qué campaña me hablaba.

De la de los XXV Años de Paz, que montó la dictadura en 1964 para celebrarse a sí misma y para celebrar la represión y la rapiña de todo un país. Hubo montones de carteles, entre ellos, de Máximo, como recordé de inmediato en cuanto mi amigo me refrescó la memoria y a pesar de que tenía yo un año en el 64. Los carteles los había visto miles de veces, sin embargo.

Lejos de mí criticar a Máximo: él sabría lo que hacía. Tampoco es tan fácil vivir en El Viso, ese modesto barrio con vecinos como Miguel Boyer o Juan Benet (que redactó aquel manifiesto a favor de la permanencia en la OTAN). Por cierto, es interesante ver la lista de firmantes y compararla con la de ganadores del Cervantes (entre otros, Sánchez Ferlosio y Juan Marsé).

En cambio sí critico que ustedes se callen la parte que (ahora) no conviene mencionar.

¿Por qué lo hacen? ¿Nos toman por niños incapaces de entender nada?

Lo malo de la amnesia es que uno nunca sabe el pasado que le espera.

Ustedes han decidido, como García Márquez, que “La vida no es lo que uno vivió, sino lo que recuerda, y cómo la recuerda para contarla”. Grandioso principio de unas memorias en las que lo real apenas tiene otro sitio que el olvido.

Honestamente y, con todo respeto para Máximo, a mí me parece que su participación en la máquina propagandística de la dictadura no tiene mucha importancia ni quita el más mínimo valor a su obra posterior.

En cambio, sí me llama la atención, su labor de maquillaje y silencio, su valiosa ayuda a consolidar la ficción amable de nuestra democracia, donde nadie tiene pasado y el poder permanece en las mismas manos.

La transición, como la vida de García Márquez, sólo es lo que ustedes elijan recordar. Como diría Bécquer, ya estamos enterrados “donde habite el olvido”.

Por eso volverán las oscuras golondrinas, que deben de ser más bien buitres.