15 diciembre 2005
Muere el filósofo Julián Marías, co-fundador del diario EL PAÍS con el que rompió por no convertirse en el diario liberal orteguiano que él esperaba
Hechos
El 15 de diciembre de 2005 muere D. Julián Marías Aguilera
16 Junio 1994
El padre
No está bien que sea yo quien escriba este artículo. Es poco elegante que el padre hable del hijo o el hijo del padre. Pero el padre cumple 80 años el 17 de junio y el hijo ha tenido que oír en su vida demasiadas sandeces en boca de imbéciles o de malvados. En este país casi nadie recuerda nada; de los que recuerdan, muchos falsean; y los que no tienen edad, simplemente no saben. Además, en la literatura y el cine hay tradición de hijos justicieros, o vengativos, o rencorosos. No me importa hacer por una vez ese papel. Este es un artículo, así pues, rencoroso, como podrían serlo los que escribieran los vástagos de otros republicanos, fuera cual fuese la profesión de sus padres. Este padre tenía seguramente dos vocaciones, por recuperar la palabra antigua pero vigente en su juventud: la de escritor y la de profesor. La segunda no pudo cumplirla, la primera sí, y mucho, pero a duras penas durante bastantes años. El padre estuvo en el bando republicano durante la guerra civil; escribía en el Abc de Madrid y en Hora de España; colaboró con Besteiro -tan ensalzado hoy por los socialistas y por casi todo el mundo-, hasta su rendición y aún después. Al terminar la contienda, fue denunciado por su mejor amigo y por un profesor de arqueología que luego reinó en su cátedra durante largos decenios (el supuesto amigo también obtuvo la suya más adelante, en Santiago, y aún se las dio de izquierdista). Pasó un tiempo en la cárcel y pudo ser fusilado. Fue juzgado cuando lo que había que demostrar era la inocencia; tuvo suerte, y algún bendito testigo al que cuando el juez le espetó: «Oiga, le recuerdo que usted ha sido llamado como testigo de cargo», tuvo el valor de contestar: «Ah, yo creía que se me había llamado para decir la verdad». Pudo salir, pero se encontró con la hostilidad y el veto del régimen victorioso. Por razones políticas le fue suspendida la tesis en 1942, no pudo ser doctor hasta 1951, año en el que por fin se le permitió publicar artículos en la prensa diaria. Cuando la cátedra de su maestro Ortega hubo de cubrirse en 1953, un influyente miembro del Opus escribió que si el padre llegaba a ocuparla la consecuencia sería clara y funesta: nada menos que «Ia Republica». El padre no opositó. Se sabe que cuando fue propuesto para la Real Academia, Franco se lamentó con estas palabras: «Es un enemigo del régimen, pero no puedo hacer nada. Sobre la Academia no tenemos control directo». Cuando amainó la ira y se pudo pensar que el padre se incorporara por fin a la Universidad él no estaba dispuesto a solicitar el certificado de adhesión al régimen que por fuerza obtuvieron cuantos sí se incorporaron a ella; todos, también los legendarios héroes que fueron expulsados más tarde.
¿Qué ocurría con los compañeros de generación mientras tanto, durante la guerra y la victoria? Algunos han muerto ya y otros están vivos y son muy celebrados: unos con justicia, otros sin tanta. Todos fueron cambiando, unos pronto, otros tardíamente. Algunos reconocieron sus debilidades o equivocaciones del pasado; otros las ocultaron; algunos hasta las negaron y tergiversaron, biografía-ficción debería llamarse el género. No importa mucho hoy día. Pero en los años treinta, cuarenta y cincuenta sí importó bastante. Y así, mientras al padre le pasaba cuanto vengo contando, otro filósofo [José Luis López Aranguren] tildaba en un libro de «jolgorio plebeyo» a la República y ocupaba el saneado puesto de delegado de Tabacalera en una provincia; el novelista eximio se ofrecía como delator [Camilo José Cela] y luego recibía alguna condecoración franquista; el poeta, el humanista, el filólogo, el otro novelista: todos de Falange, colaboradores del diario Arriba, o rectores de Universidad, o intérpretes entre Franco y Hitler; fue ministro quien luego pudo defender al pueblo [Joaquín Ruiz Giménez Cortés], tuvo cargos institucionales el historiador [Pedro Laín Entralgo] que lanzó soflamas en plena guerra contra «los tibios». Nadie les ha pasado cuentas, y está bastante bien que así sea. La etapa democrática los ha jaleado y los considera maestros. Lo serán, sin duda, de sus disciplinas.
Mientras tanto, el padre republicano y vetado ha sido más bien ignorado por esta etapa democrática, por los herederos de Julián Besteiro. No ha tenido reconocimientos oficiales, igual que en tiempos de Franco. Ni siquiera un mísero Premio Nacional de Ensayo, que se ha otorgado hasta a autores noveles con obras más bien escolares.
Nada de esto es grave, no creo que al padre le importe mucho. Pero el hijo ha tenido que escuchar muchas sandeces en boca de imbéciles y de malvados. En otro periódico ha escrito una semblanza pacífica. El hijo se disculpa por hacer hoy público en éste su resentimiento.
16 Diciembre 2005
Albacea de Ortega, maestro sin discípulos
Todavía hay que hacer memoria y justicia. Y todavía hay que encontrar el lugar adecuado para Julián Marías en la Historia de la Filosofía española del siglo XX. Una historia traumática -como la del país, como la del continente-, pero una historia con sus rasgos característicos, con sus idiosincrasias: la filosofía española, a lo largo de casi todo el siglo, quiso, supo y pudo prescindir de las inteligencias más dotadas. Con la generosidad de quien tiene de sobra, a muchas las envió al exilio, a un prolongado «viaje de estudios», a menudo sin retorno; otras resistieron al margen de la Universidad, al margen de -y marginadas por- la institución que debería haber ofrecido cobijo y amparo, por la institución que se debería haber beneficiado de ellas.
Julián Marías nació en Valladolid el 17 de Junio de 1914. Castellano de nacimiento, su vida intelectual está, sin embargo, vinculada desde muy pronto a Madrid. A Madrid se trasladó su familia ya en 1919 y en Madrid realizó sus estudios. Llegó a tiempo: acabado el bachillerato en 1931, ingresa en la universidad en ese mismo año. Quiere esto decir que su carrera universitaria se realiza en los años de la República. Quiere decir también que, en esos años, la Universidad de Madrid cuenta con docentes de genio o de talento: Ortega, García Morente, Gaos, Zubiri Todos ellos fueron profesores de Marías y a alguno de ellos -notoriamente, a Ortega y Gasset- permaneció Marías estrechamente vinculado.
Puede sospecharse que esos años de vivencia y experiencia universitaria fueron los únicos años tranquilos de Julián Marías en el ámbito filosófico institucional español. El resto de su vida la pasaría fuera de la institución universitaria, y en frecuente litigio con ella. Efectivamente, el mismo año en el que Julián Marías se licencia es reclutado. El año, 1936. Con la licenciatura recién obtenida, sirve en el Ejército republicano. Acabada la guerra, Julián Marías ingresa brevemente en prisión y obtiene la permanente animadversión de la Universidad. No sólo el ostracismo: el «exilio extrauniversitario» es signo de esa animadversión. En 1942 intentó por primera vez Julián Marías acceder al grado de doctor. No lo conseguiría hasta nueve años más tarde, en 1951. La tesis doctoral, dirigida por Zubiri, fue suspendida (con la discrepancia de García Morente, que formaba parte del tribunal).
La trayectoria de Marías está vinculada al magisterio y al pensamiento de Ortega. Cuando, en 1948, éste funda el Instituto de Humanidades, Julián Marías encuentra allí su refugio y se dedica en cuerpo y alma a una empresa tan quijotesca como necesaria. El se haría cargo del instituto tras la muerte de Ortega en 1955.
Escritor precoz y fecundo, ya en 1934 había colaborado en el texto Juventud en el mundo antiguo y, durante los años de la guerra colaboró en periódicos, actividad a la que continuó dedicándose a lo largo de toda la vida. En 1941 publico su texto más exitoso: la Historia de la filosofía, que ha alcanzado una enorme difusión e incontables ediciones. No es el único texto en el que Marías manifiesta una especial vocación para la enseñanza, para la docencia que siempre se le negó. Su Introducción a la filosofía (1947) o su Biografía de la filosofía (1954) tienen el mismo carácter pedagógico.
Muchos son los intereses de Julián Marías, y de ellos da muestra su obra nutrida y plural. Desde la crítica de cine a la crítica literaria, pasando por las cuestiones históricas, sociales, éticas o antropológicas, pocos son los campos de las humanidades que no hayan recibido la ocasional visita o la persistente atención del pensador vallisoletano.
Hay, entiendo, dos ámbitos a los que la dedicación ha sido insistente, dos campos que se erigen, por ello, en referencias constantes del pensamiento de Marías. El primero de ellos es la filosofía de Ortega y, por extensión, la filosofía española de la primera mitad del siglo XX. El rastro de Ortega es perceptible en Marías: en las preocupaciones, en el método, en la forma de seleccionar los temas y abordar los problemas. También es perceptible que la deuda ha sido pagada con gratitud. Pues Julián Marías ha prestado una perseverante atención a la figura del maestro. Muchos son los libros, infinidad los artículos, en los que se glosa uno u otro aspecto del pensamiento del filósofo madrileño, se revisa y se reivindica su legado y su figura, se establecen y discuten relaciones. Y, al hilo de esa preocupación por Ortega y su entorno, la filosofía española es también revisada por Marías: Unamuno, Zubiri, Morente. Y España: España como tema y como problema -otro de los motivos en los que Ortega insistió- aparece una y otra vez entre las ocupaciones de Marías.
El segundo de los ámbitos protagonistas del pensamiento de Marías es el catolicismo. Julián Marías ha podido ser presentado como filósofo católico. No filósofo y católico, sino pensador que hace del catolicismo la base de su pensamiento. Agriamente atacado por el catolicismo tridentino de la dictadura, Marías ha sido siempre fiel a ese otro catolicismo que identifica su pensamiento.Ya en 1949 participó en París en la Semana de los intelectuales católicos. Y, mucho más recientemente, en 1982, integró el Consejo Internacional Pontificio para la Cultura instituido por el papa Juan Pablo II ese mismo año. Su colaboración con el Consejo ha sido continuada y activa, lo que da la medida de una militancia que no sólo se percibe en los textos sino que tiene rango institucional.
Son instituciones periféricas por lo que atañe a la actividad de Julián Marías, aunque importantes por otros motivos, las que han acogido al pensador. La Universidad, con ejemplar perseverancia y culpable inercia, siempre le cerró sus puertas. Cuando, con la dictadura languideciente, o tras la dictadura, llegó el tiempo de los homenajes, otras fueron las puertas que cedieron.
Desde 1964, por ejemplo, forma parte Julián Marías de la Real Academia de la Lengua Española. Y en los primeros años de la transición hacia la democracia, entre 1977 y 1979, fue senador por designación real. Es, en efecto, un tardío reconocimiento a una prolongada trayectoria al servicio de la cultura, trayectoria en años oscuros, en años de desierto. En 1996 se le concedió a Marías el premio más importante que España dedica a la filosofía o las ciencias humanas: el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.
En Julián Marías, en su escritura sosegada y en su prosa accesible, se reconoce al profesor que nunca pudo ser. Se reconoce en los circunloquios y en las perífrasis, en los ejemplos. Una preocupación sostenida por la pedagogía y por la didáctica, incluso por la popularización del pensamiento filosófico. No hay en Marías actitud fundacional, o vocación sistemática, no trata de establecer una filosofía, una «concepción del mundo» plenamente articulada y justificada. Lo que se observa es el intento, reiterado y frecuentemente desesperado, de enlazar con la tradición antecedente, de tender puentes con una generación anterior y con una generación exterior: tanto con los maestros que le formaron como con esa filosofía del exilio que se formó en sus años de aprendizaje.
El destino funesto de la filosofía española tiene en Marías a uno de sus mejores representantes: formado con buenos maestros, no encontró discípulos; precoz en la escritura, vio pronto como la incipiente tradición se truncaba, cómo era imposible transmitir una herencia, cómo se le excluía de las instituciones docentes. A lo largo de mucho tiempo, de demasiado tiempo, ha sido Julián Marías el testigo, seguramente triste, melancólico, de una imposibilidad: la filosofía en España.
Escribió sobre La España real y La devolución de España; escribió un Breve tratado de la ilusión y sobre La justicia social y otras justicias. Tal vez con esas palabras, con esos títulos, se pueda hacer algo: pensar en la España real , en las ilusiones largamente sostenidas e indefectiblemente frustradas. Pensar en muchas justicias todavía pendientes, siempre pendientes.
Acaso para reflejar un espacio turbio y un tiempo opaco, para ejercer como voz de testigo queda la obra, la paciente obra de Julián Marías.
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Julián Marías, filósofo, nació en Valladolid el 17 de junio de 1914 y falleció en Madrid el 15 de diciembre de 2005.
16 Diciembre 2005
Ortega se queda sin su último discípulo
A Julián Marías le gustaba decir con ironía que «los filósofos somos cuatro gatos sin ninguna importancia social», mientras lamentaba el abandono de esta disciplina desde las instancias oficiales. Sin embargo, este discípulo predilecto de Ortega y Gasset, que ayer murió en Madrid a los 91 años de edad, ha dejado una importante huella en el campo del pensamiento, materializada en más de 60 libros, un sinfín de cursos y conferencias y también un largo número de premios y reconocimientos.
La noticia de la muerte de Julián Marías en su domicilio madrileño llegó ayer por sorpresa, seguramente porque el filósofo nunca pensó, ni al final de su vida, en abandonar los trabajos de investigación.«Mientras viva, voy a seguir escribiendo y trabajando», decía.
Los restos del académico y escritor fueron trasladados al mediodía de ayer al Tanatorio de La Paz, en las proximidades de Madrid, y sus restos serán enterrados hoy en el cementerio de La Almudena.
Era un sabio con fama de gruñón, un pensador incansable e independiente, un apasionado del cine y un hombre pendiente de la actualidad.Julián Marías solía decir que la cultura oficial no le había admitido nunca: «Yo siempre he sido muy independiente, no he escrito una línea que no piense: esté de moda o no esté».
En una biografía de 2001, editada por la Diputación de Valladolid, el catedrático Helio Carpintero narró la peripecia vital del filósofo, donde el autor de España inteligible se expresaba de esta manera cuando le tocó defender su españolidad: «No se puede hablar de los intelectuales en general. Algunos siguen preocupándose por la nación y otros, no. Yo tengo interés por las naciones, pero por todas: el nacionalismo me parece una estupidez. Los ismos me fastidian. Soy de una raza, claro, pero no sé cuál, no soy racista. Pertenezco a una nación, pero no soy nacionalista.El nacionalismo es una corrupción de la idea de nación».
Y más adelante, puntualizaba: «Pienso las cosas bastante. He escrito muchos miles de páginas y he tenido pocos errores. Tampoco me he callado, he dicho mucho contra lo admitido». El también autor de La perspectiva cristiana afirmaba que la sociedad moderna vive de espaldas a la muerte y que éste es uno de los motivos de nuestra desorientación, a la que también contribuyen, decía, «la televisión omnipresente, los medios de comunicación sobresaturados y el fútbol televisado». En su opinión, «la muerte es muy inquietante y dolorosa, tanto la ajena como la propia, en la medida en que uno la anticipa. Es un error no contar con ella. La muerte es parte natural de la vida, y permite una articulación. Cuando uno rehúye la muerte, vive menos».
En este sentido, aseguraba que es función fundamental de la filosofía reconciliarse con ella. El mismo se sinceró de esta manera: «Yo creo que hay otra vida después de morir, por supuesto. Lo creo con un fondo de inseguridad, de angustia, pero me parece mucho más inverosímil la idea de la desaparición». Y continuaba: «La idea de la muerte me produce tristeza, porque la vida siempre vale la pena, siempre se puede hacer más. Ser persona es poder ser más».
Su hijo Javier recordó ayer con cierta amargura la difícil España que vivió su padre: «Este país ha sido cicatero y tacaño con él, ni siquiera le concedieron el Premio Nacional de Ensayo y no digamos otros de mayor renombre, como el de las Letras o el Cervantes». Y agregó, a Europa Press: «Esto sucede a menudo en nuestro país: a personas de gran valía se les hace poco caso desde las instituciones», dijo.
Además del Rey, que llamó por teléfono a Javier Marías para expresarle, en su nombre y en el de toda la Familia Real, el pésame por la muerte de su padre, el mundo cultural lamentaba ayer la desaparición del pensador vallisoletano. La ministra de Cultura, Carmen Calvo, dijo que «España ha perdido a uno de sus grandes intelectuales» y destacó su faceta como «gran analista en su época». También se mostró receptiva a «cualquier iniciativa que se proponga para hacerle un homenaje o preservar su legado y su memoria».
El director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha, afirmó que la muerte de Marías es «una pérdida muy importante para la libertad de pensamiento». También destacó que fue «un maestro excepcional en todo el mundo hispánico» y lamentó que en España no recibiera una cátedra. Por ello, consideró que el tiempo le trató «injustamente», especialmente «el primer franquismo».
El filósofo Manuel Cruz señaló a Efe que Julián Marías soportó varías adversidades en su vida. «Por un lado, las del franquismo por ser liberal y, por otro, las de signo contrario, que le identificaban con una posición liberal conservadora. El tiempo concluye que fue injustamente tratado», dijo.
El director de la Fundación Príncipe de Asturias, Graciano García, dijo que «se ha apagado un gran faro de la más honrada intelectualidad».
17 Diciembre 2005
Marías, sin esnobismo
Pudiendo haberse levantado con la bandera de la filosofía española, Julián Marías prefirió desde muy pronto incardinarse en la aventura intelectual de Ortega. En los años 20 y 30 Ortega era una referencia fascinante para las mocedades españolas, que sólo secundaban a Ortega en lo que éste tenía de europeo, de alemán -fuentes de Nuremberg-. Alistarse contra Ortega era un grave error o un penoso pecado, y uno tiene escrito aquí que todo genio supone el desmoronamiento de una generación. A los novelistas galdosianos los anula don Benito y a los pensadores orteguianos los abole Ortega. Por eso no tuvimos pensamiento ni invención hasta la Generación del 98.
Julián Marías conocía suficientemente la Historia de España como para comprender que fuera de Ortega sólo palpitaban tres o cuatro pensadores orteguianos que luchaban crepuscularmente por liberarse de Ortega o inmiscuirse en él de una vez por todas. Marías es el que lo vio más claro en toda aquella generación, y arrancó heroicamente con un gran volumen orteguiano que se acercaba al maestro si no ya con las arrobas, al menos con el volumen.
A Ortega no sólo le sorprendió Introducción a la Filosofía, sino que le enriqueció el contar con un discípulo tan fiel y tan infiel al mismo tiempo. El escritor no es nadie sin un asesino a su espalda, y si no surge ese asesino, tendrá que inventárselo él mismo, como Heidegger se inventa a Sartre, para luego llamarle despectivamente «pe- riodista», como Sartre se inventa a Camus para luego llamarle futbolista.
Pues bien, nuestro Marías, que conocía y frecuentaba estos peligros, no dudó en ser el eterno discípulo de Ortega, pero dentro de su orteguismo filosófico e incluso literario, Marías había cultivado su propia electricidad. Le conocí en León, en los años 50, y allí estableció la inevitable tensión política e ideológica que le acompañaba ya por todo el mundo. Esta tensión es la que le ha mantenido vivo y laborioso hasta los 91 años.
Y no sólo eso, sino que Marías hace de noble monedero falso introduciendo dentro del orteguismo un laicismo nada frívolo, introduciendo en el republicanismo de Ortega una cierta frivolidad que se burlaba de Azaña, «no es esto, no es esto». Hay que atreverse a decir que el mundanismo de Ortega lo endereza Marías con una ausencia absoluta de esnobismo. Que la deportividad de un Ortega a la moda la supera Marías con una religiosidad quizá más estratégica que religiosa, que gana para Ortega enormes masas de público que inevitablemente, en España, seguía siendo católico, apostólico, quietista.
El pensamiento español del siglo XX pretende redimirse mediante una derecha enriquecida y pretende aggior- narse mediante un catolicismo actualizado, liberalizado, amortizado y estatal.Marías se responsabiliza audazmente de todo eso y, hoy que muere, podemos decir que a él se debe, casi tanto como a la globalización, la nueva temperatura del siglo. Sus últimos artículos en la prensa nacional nos iban despidiendo de un filósofo que fue austeramente progresista y contemporáneamente humanista. Aunque ahora sus hijos digan con cariño que lo que es de cine no sabía un maldita palabra.