24 agosto 2010
Muere el periodista Carlos Mendo Baos, co-fundador de EL PAÍS y director de la Agencia EFE siempre leal al político Manuel Fraga Iribarne
Hechos
El 24 de agosto de 2010 fue noticia el fallecimiento de D. Carlos Mendo Baos.
24 Agosto 2010
Carlos Mendo en la onda
La noticia de que Carlos Mendo nos ha dejado llega fuera de programa, de modo inesperado, sin datos de lugar y tiempo, sin referencias ni diagnósticos de la enfermedad que se lo ha llevado. Carlos Mendo estaba habitado por muchas y aceradas convicciones sostenidas con mucha nobleza. Venía de muchas batallas periodísticas. Se curtió en la agencia norteamericana UPI y aquella valiosa experiencia de agenciero la puso después al servicio de la agencia Efe, de la que fue director general, y para la que ideó una expansión iberoamericana que la cambiaría para siempre. Ese ambicioso proyecto lo hizo posible una singular conexión con el ministro Manuel Fraga Iribarne, que mantuvo frente a muy cambiantes avatares. Se le pudo ver en el baño de Palomares con el entonces ministro de Información y Turismo y con el embajador americano para tranquilizar al público almeriense temeroso de la contaminación, después de que cayera aquella bomba nuclear, que localizó nuestro Paco en desigual competencia con todo el despliegue de la Navy.
Carlos fue consejero de prensa de la Embajada en Londres cuando Manuel Fraga fue acreditado ante la corte de San Jaime y de regreso a Madrid fue jefe de prensa de Alianza Popular (AP). Recuerda un buen amigo periodista con cuánto detalle Mendo había preparado la conferencia de prensa en el hotel Mindanao para la presentación de AP. Estaban los siete magníficos, en el centro del estrado Fraga, a quien acompañaban Laureano López Rodó, Antonio María de Oriol, Gonzalo Fernández de la Mora, Licinio de la Fuente, Cruz Martínez Esteruelas, Enrique Thomas de Carranza. Del fondo vino la pregunta interesándose por si Fraga era en ese momento tan amigo de López Rodó como cuando el estallido del caso Matesa. La respuesta empezó según el uso del ex ministro «mi querido amigo aténgase al proverbio inglés politics makes strange bed fellows». Entonces el tecnócrata se puso blanco como la cera y la sala estalló en carcajadas. Mendo comentaba que le habían pulverizado más de un mes de trabajo. Carlos fue director del diario EL PAÍS antes de que el diario saliera a la calle, durante algunos meses, cuando no llegaba el permiso para editarlo, pero con anticipación suficiente dejó el puesto que ocuparía Juan Luis Cebrián.
También había sido subdirector del diario Abc. Fue corresponsal en Washington y vivió como enviado especial momentos muy delicados o de graves conflictos en muchos países. Tenía un dominio sorprendente del inglés hablado y una pasión permanente por angloamérica. Se mantenía informado como lector infatigable de la prensa y oyente de las emisoras propias y extranjeras, así como de los canales de televisión. Su corazón latía a la derecha. Fue nombrado consejero de RTVE a propuesta del PP en 1996 y dimitió del cargo un año después por lo que consideró intervencionismo del Gobierno en los medios. En la tertulia del programa Hora 25 de la cadena SER se comportaba en dialéctico incansable, que nunca se daba por vencido. Siempre estaba pidiendo la palabra, incluso cuando estaba en el uso de la misma. Tenía una habilidad endemoniada para derivar en enredador e intentar adentrarse en la senda que por la precisión lleva a la confusión. Apabullaba con datos que en lugar de al esclarecimiento llevaban al despiste. Era su entrañable manera de desviar la atención cuando el asunto del que se trataba en la tertulia le resultaba en especial molesto. Tenía su propio índice temático muy coloreado por las cuestiones internacionales. En caso de coincidir con él era conveniente llevar bien leído y anotado por lo menos el International Herald Tribune. En cada glóbulo rojo, su apasionada versión del escudo nacional.
24 Agosto 2010
El orgullo empieza en la entradilla
Para todos nosotros, de cualquier edad, Carlos Mendo era un veterano. Había estado en mil batallas, y si lo dejabas te las contaba una a una, con todas sus circunstancias, con su parafernalia de datos. Todo de memoria. Sus batallas fueron las del periodismo; hizo excursiones en otros ámbitos, políticos o parapolíticos, pero siempre volvía con el equipo de periodista en la cabeza. Y fue periodista siempre, mientras respiró. Y ayer dejó de respirar.
Todos tenemos nuestra historia de Mendo, desde aquel Mendo al que conocimos, con Fraga Iribarne, en la Embajada de Londres, hasta el Mendo que ahora decía en la radio lo que le daba la gana, y que escribía en EL PAÍS sus análisis de política internacional, donde estaba el Mendo en el que confluían su pasión y su historia, que era la de un hombre cargado con las contradicciones de su tiempo.
Este Mendo, mucho más metido en las turbinas de la ideología, era un Mendo de escaparate; en realidad, él se consideraba un hombre de agencia, un tipo que veía las cosas y las contaba con una urgencia ilustrada, la urgencia del que sabe que una noticia no depende del periodista, sino de la realidad. Y o cuentas bien la realidad, sujeto, verbo y predicado, o estás anulado como periodista. Eres, acaso, un hombre brillante, un ideólogo, un columnista; pero no eres verdaderamente un periodista como aquellos a los que Mendo nos leía sus entradillas.
Recuerdo muy nítidamente una de esas ocasiones, cuando Mendo, desde el exterior, en este caso desde Londres, veterano ya de todas las batallas, curtido en el franquismo y en lo que ocurrió después, es decir, en la democracia en la que vivimos ahora, sintió que estaba tan feliz con el oficio, con saber hacerlo, que lo tenía que contar. Y llamó al periódico, para leer su entradilla. No envió su despacho, con la vitola del mayor de edad que envía una lección a sus alumnos de Madrid, sino que quiso escuchar cómo los otros lo escuchaban, para hacerse merecedor del elogio o del castigo. Como un becario.
Recuerdo que era una historia sobre Napoleón, algún asunto de historia arqueológica a la que era tan aficionado él porque también eran aficionados a eso los ingleses. Él había conseguido cuadrar una entradilla de la que estaba orgullosísimo. Y al otro lado del teléfono, aquel agenciero de primera magnitud, aquel periodista que a todos nos daba, en vigor informativo, lecciones de pundonor y de sabiduría, sometió a los jovenzuelos que éramos nosotros el producto de su experiencia. Una entradilla perfecta, le dijimos.
Él decía que por ahí, por la entradilla, entraban los lectores, y los periodistas debíamos entrar también por lo mejor que teníamos, si es que teníamos algo. Si no había una buena entradilla estaríamos desnudos frente al lector, avergonzados de darles gato por liebre. Luego el periodismo ha dado mil vueltas, y seguirá dándolas, pero lo que decía Mendo es una verdad inmutable: eres lo que sabes, y eres si lo sabes contar. Eres periodista si lo sabes contar.
Esa era la arquitectura, digamos, la dimensión de su tablero; pero después estaba el entusiasmo; a la gente le extrañaba que este hombre de más de setenta años siguiera yendo a las redacciones, hablando en la televisión, escribiendo en el periódico, ocupando cada noche su espacio polémico en Hora 25, primero con el también inolvidable Carlos Llamas, ahora con Àngels Barceló. En esa energía había el entusiasmo, sin el cual no es posible concebir a Mendo. Mendo era el orgullo y la pasión del periodismo; en aquella anécdota de la entradilla hay para mí más de una metáfora de su actitud; vivió con esa actitud, murió dejando atrás el ejemplo de un periodista tal como uno soñó alguna vez que sería la gente de ese oficio. Si un día alguien quiere saber una lección de periodismo y desea personificarla, dotarla de ser y de sentido, vuelvan a Carlos Mendo, a sus crónicas, a su manera de ser periodista, a sus entradillas.
25 Agosto 2010
El independiente Carlos Mendo
Carlos Mendo fue uno de los grandes periodistas de nuestra época y un gran técnico de la información. Se formó como periodista de agencia internacional y cuando desempeñó la dirección de la agencia Efe demostró su magnífica profesionalidad. En este cargo tuve ocasión de apreciar que, además de un gran profesional era capaz de entender la política y las necesidades de discreción y reflejos rápidos que imponen sus circunstancias. Me refiero a su actuación con motivo de las famosas declaraciones de don Juan Carlos de Borbón en que puso a disposición del entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, su firma y la agencia para difundir sin preguntar de dónde habían salido aquellas, entonces necesarias, palabras previas de aceptación de la Corona que eran imprescindibles para que se pusiese en marcha el proceso de la Transición desde el franquismo a la Monarquía democratizadora y de cuya oportunidad éramos responsables solamente nuestro, hoy, Rey, Fraga y yo mismo, entonces director del gabinete técnico del Ministerio.
La vinculación de Carlos Mendo a Fraga era personal, más que ideológica, ya que siempre fue un hombre políticamente independiente y no un hombre de partido. Fraga lo llevó con él a la Embajada de España en Londres, como consejero de Información, donde desarrolló una brillante gestión como profesional y como amigo, contribuyendo a mantener la imagen de Fraga como futuro promotor de iniciativas políticas y sus relaciones de colaboración y amistad con amplios sectores de la sociedad española, con la sutileza que las circunstancias de un final de régimen exigía.
En la etapa prefundacional de este periódico, EL PAÍS, Fraga pensó en él como director y, de hecho, fue lo que en términos marineros llamamos el «capitán de quilla» cuando el barco aún está en gradas. Finalmente, no prosperó su candidatura, sin duda por cambios en la orientación política del diario, en cuyo nacimiento puso Fraga todo su empeño y del que fue accionista desde el primer momento. Mendo quedó, de todas maneras, enrolado, desde su independencia en la aventura periodística de EL PAÍS.
Era un hombre de carácter abierto, gran amigo de sus amigos y de una entrega leal a los intereses de España. Un gran patriota, a la manera que lo han sido todas las personas que colaboraron en una Transición pacífica y abierta hacia el futuro, tal y como viene desarrollándose y consolidándose a través de 35 años. Con él coincidí en sus últimos años en su refugio de Soto del Real, desde donde comentaba la actualidad política con agudeza y un gran sentido del humor. Su gran naturalidad y sencillez de trato no podían ocultar que se trataba de un fuera de serie del periodismo, capaz de protagonizar el cambio del periodismo literario, localista y pinturero de una España cerrada y comenzar el camino del periodismo internacional de una España abierta al mundo. Lo vamos a echar mucho de menos. La imagen de España necesita hoy de muchos Carlos Mendo y menos periodismo partidista.
27 Septiembre 2010
CARLOS MENDO Y EL NACIMIENTO DE “EL PAÍS”
Carlos Mendo, muerto el 23 de agosto, fue uno de los grandes periodistas de los años 1960-2010. Conviví con él en ABC en los años 1970. Los dos queríamos a este periódico carnalmente. Mendo fue repescado por Guillermo Luca de Tena tras ser destituido como director de Efe, la agencia estatal de noticias. Salió literalmente por las orejas del caballo. Manuel Fraga había sido cesado como ministro de Información por una especie de carga de profundidad. Nadie explicó aquella extraña crisis de 1969: lo único evidente es que el Opus Dei ocupó 11 ministerios. Franco estaba ya en la cuesta abajo, camino de la senilidad. Alfredo Sánchez Bella, duro oportunista, sustituyó a Fraga.
Mendo aceptó sin dudar la oferta de Luca de Tena. Mendo y yo comenzamos a hablar casi todas las tardes, de ocho a diez, y muchas noches, hasta la madrugada. No sabría decir cuál de los dos imaginó primero un nuevo periódico. Franco moriría pronto, el momentumestaba ahí.
Yo era amigo de Miguel Ortega, gran médico, hijo mayor de don José Ortega. Miguel nos reunió un día con su hermano José, editor de Revista de Occidente. A José le rondaba desde hacía años la idea de un diario liberal, pero no acertaba a avanzar. Sus amigos profesores no conocían los mecanismos para sacar adelante un proyecto así. Cuando al cabo de unos meses empezamos a trazar el diseño de El País, yo fui a hablar de inmediato con Guillermo Luca de Tena. Ya entonces, a pesar de la jerarquía, habíamos fijado las bases de una amistad. Expliqué el proyecto: Luca de Tena lo entendió —era un hombre silencioso pero muy inteligente— y lo aprobó. Si consigue salir, dijo, mejorará la calidad de la prensa en España. Así fue.
Antonio Fontán escribiría más adelante: en el largo plazo, sobre todo pesarán en España ABC, El País y La Vanguardia. Mendo y yo pasamos un año discutiendo cada día la calidad de la prensa anglosajona, con el New York Timesde dos días atrás en la mano. Cuando José Ortega Spottorno empezó a hablar con nosotros, encontró a dos profesionales que sabían lo que querían. Ortega tenía un discreto apoyo de Alfonso Escámez, presidente del Banco Central. Pocos meses después, los tres habíamos diseñado y constituido una sociedad. Nos acompañaron dos socios más, un abogado de Ortega, Juan José de Carlos, y un gran amigo, Ramón Jordán de Urríes, culto, rico e interesado en el mundo de los periódicos. A partir de entonces, avanzamos, Mendo y yo, en una doble lista de accionistas.
Con ella, 118 socios procedentes de mí y medio centenar de Mendo, volvimos a hablar con Ortega. Los accionistas buscados por mí representaban en torno a un tercio del capital. El editor de la Revista de Occidenteañadió una lista de 20 editores y 110 profesores, escritores, intelectuales, próximos a la revista fundada por Ortega y Gasset. Entre los editores, dos destacaban por su empuje, Pablo García Arenal y Jesús Polanco. García Arenal era un extraordinario tipo, culto, medidor de sus palabras. Polanco era perspicaz y frío, salvo cuando se calentaba. A lo largo de diez años le vi al rojo vivo en tres ocasiones.
En la etapa previa y en la inicial —las únicas de las que puedo hablar, luego fui expulsado— quizá Jesús Polanco sospechara que él era el llamado a prevalecer sobre Ortega y, desde luego, sobre Mendo y sobre mí. Ahora que ninguno de los tres vive, debo decir que Polanco se comportó siempre conmigo sin sombra de deslealtad. Mendo fue verdadero amigo mío hasta el final. Cuando Ortega comprendió que Mendo no dirigiría El País, quiso nombrar a Miguel Delibes. Se lo quitamos de la cabeza. Me autorizó entonces a hacer una gestión con Juan Luis Cebrián. Se constituyó el Consejo de Administración. Desde entonces yo me sentí respaldado por dos consejeros, Joaquín Muñoz, y un catedrático de Derecho Civil entonces venerable para mí, don Alfonso Cossío.
Los accionistas de peso aportados por Ortega Spottorno eran, lo hemos dicho, editores. La lista que yo propuse estaba compuesta por empresarios, profesores de universidad y miembros del recién disuelto Consejo Privado de Don Juan de Borbón. Busqué a otros representantes del socialismo, la socialdemocracia y del partido comunista. Hablé con un abogado sevillano, Isidoro, en el parque de María Luisa. La capilaridad empezó a funcionar. Antonio Menchaca me ayudó a conectar con el nacionalismo vasco. Vi en el País Vasco francés y español a Manuel de Irujo y a Juan Ajuriaguerra. Joaquín Muñoz me puso en contacto con políticos catalanes: Jordi Pujol, ya libre de la cárcel, dirigía la clandestina Convergència Democràtica de Catalunya. También enlazamos con un grupo de empresarios gallegos, que encabezaría Valentín Paz Andrade, y valencianos, presidido por Joaquín Maldonado, democristiano antifranquista. Muñoz Peirats estableció un centro geográfico que mantenía unidos a nuestros accionistas: no a Ortega sino a nosotros. Algunos destacaron por su generosidad: Ramón Areces y José María Areilza se jugaron cada uno seis millones de pesetas, cifra no menor en 1973, que habrían de duplicar en nuevas ampliaciones. Arturo Fierro hizo lo necesario para que los fundadores aportáramos cantidades parecidas: Fierro, al que movilizó el Conde de Barcelona, se comportó con desinterés y generosidad. Mendo acudió a amigos de Fraga, desde Fernando Castiella a Robles Piquer. Aquellos 300 millones iniciales fueron los mejor empleados por un accionariado heteróclito, unido en un gran proyecto.
El grupo encargado de decidir —redacción, contenidos del periódico, edificio, maquinaria, distribución— estaba presidido por José Ortega y formado por Polanco, por Mendo y por mí. Más adelante se incorporaría Cebrián. Un día pedimos hora a Carlos Arias Navarro, teórico presidente del Gobierno. ¿Pero qué utilidad veis a esto?, preguntaba Ortega. No entiendes, José, replicaba Mendo: se trata de poner a Arias en un aprieto. Nos recibió un mes después. Dio buenas y venenosas palabras. La tarde siguiente recapitulamos en la diaria reunión. Ortega se sentía desmoralizado. Habló de devolver el dinero a los accionistas. Uno de nosotros le amenazó de inmediato: este es un viaje sin billete de vuelta; si alguien quisiera tirar la toalla habría que llamar a los sicarios de Valencia. Mendo terció: no, yo conozco a unos chilenos que manejan de maravilla sus bates de béisbol, rompen las rodillas, te quedas para siempre en una silla de ruedas. Ortega empalidecía: nos creía capaces. Una creciente vibración indicaba cómo Polanco reía para sus adentros. No se volvió a hablar de devolución alguna. Para Polanco, aquella tarde volvió a nacer el periódico.
Carlos Mendo era uno de los hombres más generosos, extrovertidos y aficionados a saber, que conocí. Conocía a fondo una de las culturas del mundo, la que hicieron Shakespeare y Poe, Churchill y Roosevelt. Desde sus primeros años de reportero estudió sin cesar las instituciones: británicas en primer lugar; luego, el largo proceso comenzado en Filadelfia y en el Tea Party de 1773. Contaba la jornada del 6 de junio de 1944 como si él hubiera desembarcado en las playas de Normandía. Inolvidables noches, tras el cierre, oyéndole explicar el emplazamiento de cada búnker y cada nido de ametralladoras en la Pointe du Hoc. Los Rangers de Tejas disparando aquellos extraños trabucos con anclas y cuerdas, escalando la roca vertical, de 40 metros, bajo fuego alemán.
«Aquello ocurrió gracias a las instituciones», insistía en la madrugada, machaconamente, lúcido y dispuesto al desembarco…. Su contagioso entusiasmo era emocionante. Fue una suerte trabajar con él.