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Muere José Pedro Pérez Llorca, ex ministro en los Gobiernos de UCD con Suárez y Calvo-Sotelo y uno de los 7 padres de la Constitución

HECHOS

El 6 de marzo de 2019 se hizo el público el fallecimiento de D. José Pedro Pérez Llorca.

06 Marzo 2019

Pérez-Llorca, clave para una Constitución democrática

Bonifacio de la Cuadra

La muerte de José Pedro Pérez-Llorca (nacido en Cádiz hace 78 años y presidente del Patronato del Museo del Prado desde 2012, tras ocupar numerosos cargos públicos) deja a la ponencia constitucional con solo dos miembros vivos (Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón y Miquel Roca Junyent) del total de siete que, desde julio de 1977, formaron la ponencia que se encargó de elaborar el proyecto de Constitución que después fue sometido a las Cámaras parlamentarias y el 6 de diciembre de 1978 a referéndum de los españoles. Pérez-Llorca, que en 1968 había obtenido por oposición la plaza de letrado de las Cortes orgánicas, fue acaso el ponente con mayor experiencia parlamentaria y más útil para participar en la tarea de elaborar una Constitución democrática con el máximo consenso posible.

En la reunión que tuvieron los tres ponentes centristas en el Ministerio de Justicia —del que era titular Landelino Lavilla—  el 20 de agosto de 1977 se planteó incluir en el artículo primero de la Ley Fundamental que la forma del Estado era “la monarquía parlamentaria” y para el caso de que existieran resistencias insalvables con el ponente socialista, Gregorio Peces Barba, —que esgrimía la enmienda republicana— Pérez-Llorca tenía preparado otro texto menos incómodo para el PSOE: “La monarquía española es un Estado social y democrático de derecho”. No fue necesario el texto alternativo.

Perez-Llorca tuvo un papel muy activo estableciendo pactos alternativos. Ante las imprevisibles reacciones de sus compañeros de UCD sobre los textos de la ponencia, propuso crear “canales de comunicación interna”. El mismo día que Suárez recibía a Pujol y Roca en La Moncloa, Pérez-Llorca —en este caso acompañado de Miguel Herrero— comía en el Nuevo Club con Jordi Solé Tura, el ponente comunista, para ganárselo frente al PSOE. La actitud habilidosa de Pérez-Llorca —la oposición le llamaba El Zorro Plateado— hizo que el vicepresidente Fernando Abril Martorell le reclutara para liderar el grupo centrista en el Parlamento, en lugar de Miguel Herrero.

En el capítulo territorial, al abordar el polémico término “nacionalidades”, pactado por Suárez con Jordi Pujol y Miquel Roca el 16 de marzo de 1978, Pérez-Llorca defendió que la controvertida expresión solo se empleara una vez en la Constitución. Finalmente trató de neutralizarse su efecto mediante el término “patria”.

También realizó tareas de asesor jurídico-político en la primera cena del consenso, el 22 de mayo de 1978, en el restaurante José Luis —muy próximo al estadio Santiago Bernabéu— entre Abril Martorell y Alfonso Guerra, cuando se sacaron adelante 25 artículos del proyecto de Constitución, que estaban estancados en la Comisión Constitucional del Congreso. El despacho de abogado de Pérez-Llorca, en Castellana 8, también fue utilizado, entre otras reuniones, para negociar con la minoría vasca.

Como portavoz parlamentario centrista intervino en el pleno del Congreso el 21 de junio, tras el atentado con el que ETA mató a un general y a un teniente coronel. Pérez-Llorca señaló que, a pesar de la ofensiva etarra contra los militares, estos no iban a caer en fáciles tentaciones ni provocaciones “contrarias a su sentido de la lealtad, la disciplina y la entrega”. Adolfo Suárez completó el argumento: “De ninguna manera los terroristas van a impedir que el pueblo español ejerza plena y definitivamente su soberanía”. Al lado del presidente estaba el teniente general Gutiérrez-Mellado, ese día vestido con uniforme militar.

La eficacia política y parlamentaria de Pérez-Llorca traspasó su actividad en el Congreso de los Diputados. En pleno debate en el Senado, la insistencia del sector católico-opusdeista por modificar el contenido del artículo 27 relativo a la educación —tan trabajosamente elaborado en el Congreso— hizo necesario recurrir urgentemente a Pérez-Llorca, que disfrutaba de unas merecidas vacaciones en su Cádiz natal. Pérez-Llorca solucionó el problema.

También en la Comisión mixta Congreso-Senado —compuesta por 11 parlamentarios— Pérez-Llorca fue imprescindible. La personalidad política de Pérez-Llorca, jurista experto y hombre tranquilo, que veía a largo plazo, le convirtió en el gran moderador que no miraba el efecto inmediato ni desbordaba de simpatía. Era más bien serio, magnífico jurista y esencial para el consenso democrático necesario que exigía la elaboración de nuestra Constitución, tres años después de la muerte del dictador.

07 Marzo 2019

Fallece Pérez-Llorca, padre de la Constitución y del sí de la OTAN

Joaquín Bardavío

Hace dos o tres años, en el Museo del Prado cuyo Patronato presidía, me comentó jocosamente que tenía más nostalgia de su pelo que de la política. Le comente que Alicia Iturrioz, la viuda del gran retratista Ricardo Macarrón, conservaba una colección de fotografías suyas, de cuando el pintor lo retrató para alguna de las galerías de los tres ministerios que había ocupado. Alicia le regaló como una docena de magníficas fotos en las que lucía la espléndida cabellera que inspiró que en las primeras Cortes democráticas le apodaran como el zorro plateado, por su pelo prematuramente canoso.

José Pedro Pérez-Llorca, fallecido ayer en Madrid a los 78 años, tras sufrir una afección pulmonar, era gaditano aunque como su familia se trasladó a Madrid por la profesión del padre, catedrático de Oftalmología y médico de la Armada. Por ello finalizó en la capital de España sus estudios de educación secundaria y después se licenció en Derecho por la Universidad Complutense con premio extraordinario de fin de carrera poco antes de cumplir 22 años. Inmediatamente amplió estudios en las alemanas universidades de Friburgo y Munich y en la London School of Economics and Political Science.

Por sus brillantes estudios de Derecho y su desenvoltura en lenguas, no le fue difícil ingresar en 1964 en la Escuela diplomática y, tras dos años de estudio, fue destinado a la Subsecretaría de Política Exterior del Ministerio de Asuntos Exteriores y se desempeñó también como consejero de España en las XXI y XXII Asambleas Generales de la ONU.

Tras ganar en 1968, por oposición, plaza como letrado de las Cortes Españolas, dos años después deja el servicio activo en la diplomacia. Estuvo cerca del Partido Socialista Popular de Enrique Tierno Galván, quien se dedicaba a preparar las oposiciones a futuros diplomáticos y tuvo influencia ideológica en algunos de ellos. En cualquier caso, aquella no era la orientación que buscaba el joven Pérez-Llorca quien, tras la muerte de Franco, buscó inscribirse en el Partido Popular, un pequeño grupo capitaneado por José María de Areilza y Pío Cabanillas que en enero de 1978 se integró en la Unión de Centro Democrático (UCD). Tal era el relieve de Pérez-Llorca que, en octubre de ese mismo año, presidiría el Congreso de la formación de Adolfo Suárez, tan solo diez meses de haber comenzado su militancia en ella.

Su carrera política había comenzado en 1977 cuando fue elegido diputado en las primeras elecciones democráticas –el Partido Popular fue en coalición con UCD, unos meses antes de su integración en ella–. Sería designado por esa coalición como uno de los siete ponentes, a los que después se les llamaría «padres de la patria», encargados de redactar la Constitución aprobada en 1978. En las consecuentes elecciones de marzo de 1979 volvió a ganar escaño por Madrid y en abril, en el cambio de Gobierno, el presidente Suárez le nombró ministro de la Presidencia.

Desde el primer momento de las primeras Cortes democráticas, la figura de Pérez-Llorca destacó por su dedicación y combatividad, que no pasó inadvertido para los telespectadores que veían sus numerosas intervenciones muy decididas, incluso con coraje dentro de unas formas de respeto al rival. Era un diputado que descollaba, perteneciente a la minoría de los más relevantes y activo. Muy ágil en la polémica y con rigor en la preparación de los debates.

El 3 de mayo de 1980 pasó a ministro de Administración Territorial. Apenas estaría cuatro meses en ese puesto. Suárez le designó ministro de Asuntos Exteriores el 9 de septiembre, y en ese cargo culminaría su fama de batallador y daría por terminada su carrera política.

Tras el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, Leopoldo Calvo-Sotelo es elegido presidente y confirma en el Ministerio de Exteriores a Pérez-Llorca quien tiene como cuestión estrella el rápido ingreso de España en la OTAN. En principio el empeño parecía sencillo, puesto que se suponía que los países miembros lo aprobaban, pero surgían problemas domésticos que…

Estados Unidos, como la gran potencia militar de la Organización, no tenía problemas, como tampoco Alemania, la principal financiadora europea. Francia, sin embargo, único miembro peculiar que se encontraba dentro de la OTAN pero fuera de su estructura militar, no tenía ganas de plantear la cuestión española para no remover su especial estatus nuevamente. A Italia, con su a menudo liosa situación política, tampoco le apetecía plantear asuntos de defensa atlántica en su Parlamento, como tampoco a Grecia, que amenazaba con dejar la Organización por sus choques con Turquía, también miembro de la misma. Y, en fin, Noruega, Holanda o Dinamarca, con crecientes corrientes pacifistas, se sentían incómodas al tener que poner sobre sus tapetes parlamentarios cualquier asunto relacionado con la OTAN. Como me dijo en una ocasión Pérez-Llorca: «Yo iba allí, país por país, a molestar con nuestras prisas». Aunque si había que importunar, se importunaba. Y así, con enorme tenacidad y trabajo, el ministro logró en un tiempo récord que los entonces 15 miembros admitieran a España uno a uno hasta completar el pleno. Y así, el 30 de mayo de 1982, España se incorporó a la OTAN como miembro de pleno derecho.

Pérez- Llorca también participó activamente en el ingreso de España en la Comunidad Europea, que se produciría ya con el PSOE en el Gobierno. Y tras el desastre de UCD en las elecciones de octubre de 1982, se retiró de la política. Fue consejero de algunas empresas relevantes, al tiempo que desarrollaba su propio bufete de abogados que ha llegado a tener alrededor de un centenar de letrados bajo su presidencia y la dirección de su hijo Pedro en los últimos tiempos.

Presidente del Patronato del Museo del Prado, seguía atendiendo asuntos jurídicos relacionados preferentemente con el arbitraje. Y luchador hasta el final.

06 Marzo 2019

Como el mejor de los cónsules

Miguel Herrero Rodríguez de Miñón

Un moderado pesimismo revestido de modestia parecía subvalorar la importancia de su contribución al broche de oro de la Transición que fue la Constitución

Cuando muere un amigo con el que te has peleado cien veces, reconciliado quinientas y colaborado otras mil más en empresas de calado histórico, muere un poco de tu propia vida. Cuando el amigo es una personalidad más que notable en la vida política social y cultural del país, se tiende a paliar la natural tristeza con el sincero elogio. Pero José Pedro Pérez Llorca, gaditano de nacimiento, trasplantado con éxito a Madrid, donde nunca perdió el cariño por su tierra, ni muchas de sus admirables características, fue ante todo un político y como político lo conocí, traté y aprecié antes y después de la Transición.

Por eso yo, al rendirle este muy sentido homenaje, no me referiré a su refinada cultura, a la agudeza de sus juicios, ni a nuestra constante y sincera amistad y me limitaré a destacar tres extremos fundamentales de su trayectoria política, paradigmas del buen hacer: su tarea como constituyente, su aportación decisiva a la integración española en la Alianza Atlántica y su ejemplar retirada de la vida pública.

Como constituyente supo mantener una relación de fecunda confianza con el presidente Suárez y una cordialidad con los restantes miembros de la ponencia, incluso con los de su propio partido, la UCD, de lo que es testimonio una amistad viva 40 años después. Ello sirvió para que la contribución de Pérez Llorca a la factura de la Constitución fuera decisiva en las formas y fundamental en el fondo. Un moderado pesimismo revestido de modestia parecía subvalorar la importancia de su contribución al broche de oro de la Transición que fue la Constitución. Pero celebrar el 40º aniversario de esta, al calor de la opinión pública, muestra la solidez y fecundidad de su obra.

Tres años después, en 1981, como ministro de Asuntos Exteriores en el Gobierno de Calvo Sotelo, dio pasos decisivos en la transición exterior. Quienes coincidimos con él en tan importante empresa, fuimos testigos de su habilidad y entereza en aquella operación que supuso una opción irreversible en pro de la democracia sin calificativos, de la que hoy gozamos en España, y que entonces era la democracia propia de Occidente.

Por último, cuando UCD, partido al que siempre fue fiel, perdió las elecciones, Pérez Llorca, diplomático de profesión y abogado de vocación, se retiró a la vida privada, cosechando en ella nuevos y rotundos éxitos. Pérez Llorca tuvo una política, y la sirvió, pero ni se sirvió de ella, ni la política le mantuvo. Como el mejor de los cónsules de la Roma mejor.

06 Marzo 2019

Gracias, José Pedro

Miquel Roca Junyent

Fue un hombre leal que practicó esta lealtad aceptando todo lo que ello pudiera suponer de restricción o limitación a sus propias consideraciones

En la madrugada de este miércoles día 6, recibía una llamada que me informaba del fallecimiento de José Pedro Pérez-Llorca. Hacía días que su salud era motivo de preocupación para toda su familia y amigos. Sabíamos de sus dificultades, pero queríamos mantenerlas bajo un cierto secreto construido con cariño, solidaridad y respeto. Ya en los últimos actos de conmemoración del 40º Aniversario de la Constitución compartí con él su propia debilidad que, en modo alguno, afectó a la brillantez de sus intervenciones y reflexiones. Cabeza brillante, cuerpo débil; pero siempre aquella sonrisa que te aproximaba a su mundo, desde la ironía y el comentario crítico junto a la ilusión por estar, por vivir, por debatir, por participar.

El papel de José Pedro en todo el proceso de la Transición democrática fue de extraordinaria relevancia. Su capacidad negociadora, su manera de comprender y practicar la acción política, su disposición a situarse en el terreno de los demás para comprenderles en la defensa de sus respectivas posiciones y así acercar las suyas a propuestas conciliadoras, fue de extraordinaria importancia. Especialmente cuando en muchas ocasiones toda esta capacidad negociadora la puso al servicio incluso de propuestas que no compartía plenamente pero que su fidelidad al proyecto que servía le obligaba a defender. Fue un hombre leal al Gobierno de Suárez y fue un hombre que practicó esta lealtad aceptando todo lo que ello pudiera suponer de restricción o limitación a sus propias consideraciones. Hombre de Estado, en el que sus orígenes gaditanos ya auguraban su deseo de enlazar lo que fue la Constitución de Cádiz de 1812 con la nueva realidad de la España democrática de 1978.

No debería olvidarse en modo alguno el importantísimo papel que José Pedro Pérez-Llorca jugó en la europeización de España desde su paso por el Ministerio de Asuntos Exteriores, siguiendo los caminos abiertos por Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo-Sotelo. En este campo también su labor fue fundamental, estableciendo relaciones sólidas con sus homólogos europeos, abriendo caminos de colaboración diplomática que se proyectaron mucho más allá en el tiempo de su paso por el Ministerio. Esta era también su forma de actuar: trabajar para España más que para un Gobierno en concreto y así los que le sucedieron pudieron aprovecharse de los caminos que él había abierto.

Pérez-Llorca vivía ahora con preocupación los avatares de la política española y con ocasión del 40º Aniversario de la Constitución puso de manifiesto algunas de sus reflexiones críticas, especialmente en una brillante intervención en un acto en el Tribunal Constitucional. Me decía al terminar el acto: “Es que ahora me duele lo que está pasando y me interrogo sobre saber si tenemos alguna responsabilidad de todo ello”. Deberíamos tranquilizarle: su labor no está en el origen de ninguna situación conflictiva actual, sino todo lo contrario. Él puso las bases y las previsiones para que la evolución fuera distinta y si las cosas a veces no han salido como él hubiera deseado, muy lejos de su responsabilidad están.

España le debe mucho a José Pedro Pérez-Llorca. No únicamente por su trayectoria política sino también por sus aportaciones al campo de los servicios jurídicos profesionales. Cuando abandonó la política constituyó un despacho profesional que honra a la abogacía por su gran calidad y riguroso sentido de la ética profesional. Ese no es un tema menor en su trayectoria vital, por cuanto en el fondo él era un hombre de derecho con un arraigado espíritu de justicia y muy buen conocedor de la historia del derecho español. Esta era otra forma de servir para él los intereses del país, dando a su actividad profesional el valor de una aportación para su modernidad y su proyección internacional.

Y es más, no contento con todo cuanto queda dicho, al asumir la Presidencia del Museo del Prado, atendió a otra de sus grandes vocaciones que era la del servicio a la Cultura. A esta tarea dedicó mucha parte de su tiempo más reciente dando al Museo un nuevo impulso que benefició al patrimonio artístico español.

A todo ello y mucho más sirvió José Pedro Pérez-Llorca. Con su estilo, con su proximidad, con su amabilidad, con su señorío. Serán muchos los que le echarán de menos y será ahora el momento de preguntarnos todos cómo podríamos aprovechar su ejemplo para recuperar los mejores valores de la convivencia y la libertad. Si José Pedro sabía que la base de la democracia está en el respeto a las ideas de los demás, él lo practicó; si conocía de los riesgos de repetir la Historia, él intentó evitarlo; si sabía de la necesidad de construir desde el pacto, él lo hizo siempre posible.

La Constitución fue el resultado de un gran esfuerzo colectivo; de toda la ciudadanía. Pero José Pedro, como el que más, supo interpretarla y traducirla en norma. Desde la discreción, desde la serenidad y desde el sacrificio. Esta era su manera de entender la política. Esta era la manera de entender cómo practicarla.

Un orgullo para todos y muy especialmente para Carmen, para Pedro y para Carmen.

Gracias, José Pedro.

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