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César Vidal acusaría a Pío Moa de causar la marcha de José María Marco por esta polémica

Polémica en LIBERTAD DIGITAL por las críticas de Pío Moa contra la homosexualidad, Jiménez Losantos le desautoriza

HECHOS

En julio de 2010 se produjo una polémica entre columnistas de LIBERTAD DIGITAL. Los Sres. Marco, Esplugas y Losantos reprocharon las críticas del Sr. Moa a la homosexualidad.

En el mes de julio del año 2010 en las páginas de LIBERTAD DIGITAL se vivió una polémica de varios columnistas contra el Sr. Pío Moa.

El origen fue un artículo del Sr. Moa sobre la homosexualidad el 8.07.2010, que fue rápidamente replicado por otro artículo de D. José María Marco, co-fundador del digital y colaborador del Sr. Jiménez Losantos desde hacía tiempo. El Sr. Moa le replicó. También otro colaborador de LIBERTAD DIGITAL, el Sr. Esplugas publicó otro artículo contra el Sr. Moa. El Sr. Moa replicó a ambos, situación que llevó a D. Federico Jiménez Losantos, el auténtico jefe de LIBERTAD DIGITAL, a replicar a Sr. Moa, que igualmente replicó a su ‘jefe’.  El 20.07.2010 D. José María Marco, anunció que abandonaba LIBERTAD DIGITAL por la polémica con el Sr. Moa.

08 Julio 2010

SOY HOMÓFOBO, NATURALMENTE

Pío Moa

Por supuesto, no odio a los homosexuales. Tengo amigos o conocidos que lo son y no se me ocurre juzgarlos a partir de su desgracia – pues sin duda lo es–, máxime teniendo en cuenta que a todos nos toca alguna o algunas desgracias en la vida. Se dirá que eso no pasa de opinión personal mía. Cierto, pero para empezar tengo tanto derecho a ella, y a exponerla, como otros a la contraria; y por otra parte es una opinión bastante fácil de argumentar, mucho más fácil que la hispanofobia o la eclesiofobia, por ejemplo, tan en boga en este degradado país y a pesar de que la segunda, el odio a la Iglesia, ha dado lugar a uno de los episodios más sangrientos y genocidas de nuestra historia no hace tantos años.

A lo que me opongo, lo que detesto, es a que las mafias rosas traten de conseguir puestos de poder para modelar la sociedad según sus torcidos enredos teóricos y prácticos, empezando por la pretensión totalitaria de que ellas representan a los homosexuales. Los representan tanto como los comunistas a los obreros o los feministas a las mujeres, es decir, nada. Y tratan de imponer sus fraudes anulando la libertad de expresión propia de las democracias, demostrando así hasta qué punto son un peligro para ellas. Acabamos de tener un ejemplo con el ministro Sebastián, supongo que miembro de una de esas mafias rosas, que carga una enorme multa sobre un órgano de expresión y opinión porque no ha guardado el debido «respeto» a la repulsiva mamarrachada del día del orgullo gay, que además nos obligan a pagar a todos. ¡Menudo orgullo! Esa gente del «orgullo», constantemente está injuriando, calumniando o burlándose de las opiniones y sentimientos de los cristianos, por ejemplo, pero no tolera que se la critique y ponga en su sitio, lo que se hace demasiado raramente. Tratan de meter miedo, y lo meten, a una sociedad sin rumbo moral ni idea clara de la democracia. Parece que aquí el que más grita y amenaza, «achanta» a los demás.

El término homofobia, torpe desde su propia construcción etimológica, no designa, pues, a quienes odian a los homosexuales, sino a quienes odian las maquinaciones de esas mafias. Ocurre que las ideologías totalitarias inventan  vocablos-policía, con los que amedrentar a los discrepantes. Así los términos «antiobrero» o «fascista», por parte de los comunistas, querían decir simplemente «opuestos al comunismo» –una oposición muy necesaria–, a quienes estigmatizaban como culpables y dignos de ser enviados al «basurero de la historia». O el término «machista», tan popularizado por los feministas, que vale para cualquier cosa y en realidad solo significa oposición a las manías feministas. Y así sucesivamente. Son maneras de sustituir el pensamiento y el argumento por el insulto conminatorio, a fin de paralizar la expresión de otras ideas que las que se pretende imponer.

Pío Moa

09 Julio 2010

HOMOFOBOS EN LIBERTAD

José María Marco

El término «homofobia» quiere decir «odio o aversión a los homosexuales». Tendrá su origen en una «torpe construcción etimológica», como dice Pío Moa en el post que ha colgado en su blog en estas mismas páginas de LIBERTAD DIGITAL con el título Soy homófobo, naturalmente, pero con independencia de los criterios estéticos del autor, sin duda demasiado refinados para mi natural zafiedad, ese es su significado, como el significado de la expresión «judeofobia» es «aversión u odio a los judíos.»

Moa añade que tiene «amigos o conocidos que lo son» (homosexuales, se entiende) y «no se me ocurre juzgarlos a partir de su desgracia –pues sin duda lo es». Como se ve, Pío Moa tiende a deslizarse por la pendiente de las verdades como puños, sin esforzarse por articular la más mínima justificación ni el menor razonamiento. Ser «naturalmente» homófobo, ¿quiere decir querer volver a un tiempo, bastante reciente, en el que las tendencias sexuales de una persona la condenaban casi siempre a la clandestinidad, a la marginación y al sufrimiento? Eso de que tiene amigos o conocidos (homosexuales), ¿quiere decir que Moa obvia en su relación con ellos cualquier referencia a esta parte fundamental, afectiva y amorosa, de la vida de esos mismos amigos suyos? Es cierto que la amistad no abarca necesariamente todas las facetas de quienes consideramos amigos nuestros, pero ¿qué amigos serán esos a los que Moa considera unos desgraciados?

Por otro lado, ¿por qué ser homosexual es «sin duda» una desgracia? La homosexualidad podrá ser o no una «desgracia» según las circunstancias de la vida de la persona homosexual. En cambio, lo que es una desgracia auténtica, sin paliativo alguno, es ejercer la discriminación. Más aún que una desgracia, la discriminación es una tara –muchos diríamos un pecado– para quien la ejerce. Condena moralmente, y sin remisión alguna, hasta que no se produzca un acto de arrepentimiento y compasión, a quien niega a alguien su condición de individuo por una condición general, en este caso una condición sexual de la que no es responsable.

Todo esto son opiniones, se apresura a añadir Moa, aunque esa aseveración no exime a nadie de justificar las afirmaciones que hace, sobre todo si algunas de ellas son tan graves como las que vierte en su texto. El refugiarse en el término «opinión» tampoco cubre con un manto de indulgencia cualquier afirmación: a todos nosotros se nos ocurren a cada instante «opiniones» que nos abstenemos de expresar por razones de convivencia y respeto a los demás y, sobre eso, y casi más importante, censurables por razones de pura dignidad y ética personal.

En el último párrafo de su exposición, Moa precisa que, según «su opinión», «homófobo» sólo designa «a quienes odian las maquinaciones de esas mafias» (homosexuales, se entiende). Moa matiza que esas «mafias» no representan a todos los homosexuales, probablemente ni siquiera a una parte mayoritaria de la población homosexual. Sin embargo, la presencia política y mediática de esas «mafias» o «lobbies» se debe a su militancia, claro está, pero también a la inopia o la nulidad de quienes se proclaman defensores de una sociedad tolerante y liberal sin creer en ella, de quienes siguen refiriéndose a la homosexualidad con expresiones humillantes y, en realidad, parecen echar de menos los muchos años de discriminación y represión que se han ejercido sobre personas que podrían haber vivido vidas más libres y más felices, además de haber contribuido al bienestar de todos, incluidos los muy agraciados y dichosos heterosexuales.

Un último apunte: ¿Acaso cree el «homófobo» Pío Moa –como, en otro orden de cosas, se permite decir al final de su texto– que el término «machista» no responde a una realidad social y que hoy en día las mujeres tienen las mismas oportunidades que los hombres? La ceguera ideológica no debería llegar a tanto.

José María Marco

17 Julio 2010

HOMOSEXUALISMO Y OTRAS PALABRAS-POLICÍA EN LIBERTAD DIGITAL

Federico Jiménez Losantos

He seguido con perplejidad y creciente asombro la polémica suscitada por Pío Moa tras establecer la «normalidad» y las «desgracias» en materia sexual; las segundas, claro está, consecuencia de la primera. En su último artículo, después del muy desabrido y muy poco argumentado contra José María Marco, temo que Moa va más allá de la cortesía para replicar a Albert Esplugas, aunque tenga la a veces aterradora virtud de la claridad.

Probablemente la clave sea el concepto que con tanto ardor combate Pío: las «palabras policía» que suelen usar los progres para impedir la libertad de los que piensan y se expresan de forma distinta a lo «políticamente correcto». Pues bien, seguramente no hay palabra más «policial» a lo largo de la Historia que «normal». En nombre de la «normalidad» musulmana se ahorca a los homosexuales en Irán. Como «anormales» se han quemado herejes y sodomitas (no confundir con violadores de niños o niñas, que hay «normalizadores» que confunden, consciente o inconscientemente, todo). Por «normalidad» inseparable de la obligación, se ha fusilado a izquierda y derecha, se ha encarcelado, torturado y asesinado a quien se apartaba de lo que se definía como «normal», y que no debe de ser muy normal cuando cambia tanto con los tiempos. Lo «normal» se convierte muy a menudo en «anormal».

La brutalidad y la estupidez cambian menos. La semana pasada se publicó una encuesta según la cual más del 40% de los alumnos españoles de secundaria cambiaría de pupitre si su compañero es homosexual. No sé si Moa considerará «normal» esa aversión, mezcla de inseguridad sexual y burricie genérica. No me resulta sorprendente. Lo que me avergonzaría es que alguien pensara que LIBERTAD DIGITAL es una instancia que legitima tratar la homosexualidad como enfermedad y al homosexual como desgraciado. Me niego a aceptar el prejuicio y el odio como norma de estricto cumplimiento. No acepto que en España se tenga que ser progre para ser considerado intelectual. No acepto que los marxistas sean los únicos defensores de los obreros. No acepto que el nacionalismo catalán sea indiscutible. Y tampoco acepto que Zerolo sea el símbolo de la homosexualidad, ni que, para negar la estúpida «normalidad» de Zerolo y puesto que Zerolo se proclama reina, se funde entre nosotros una república de nuevos mulás, nuevos inquisidores o nuevos sacerdotes de la «normalidad» que se parecen mucho, demasiado, a los que condenaban y condenan, encarcelaban y encarcelan, proscribían y proscriben, excluían y excluyen a los homosexuales de la «normalidad» ciudadana; empezando en la familia, la escuela o la iglesia y terminando en el Código Penal. El despotismo, el desprecio a la libertad individual no son «normales» o, al menos, no deben serlo desde un punto de vista liberal. Es cierto que religiosos o no, hay otros puntos de vista respetables. Cuando merecen respeto, claro. Y en todo caso combatibles.

Lamento que Pío Moa, obsesionado con los zerolos, no sólo pierda ciertas normas de urbanidad en la discusión intelectual, sino que caiga en zafios argumentos como éste:

Un homosexual puede ser tan bueno o mejor que la mayoría como arquitecto, nadador o matemático, pero su homosexualidad no será «tan buena» como la normal: seguirá siendo una desgracia, que puede afrontar mejor o peor. Por hacer una comparación trivial, un cojo puede ser un gran empresario o científico, pero no logrará convencernos de que andar cojeando es tan bueno como andar normalmente.

La comparación no es trivial, es tramposa hasta la obscenidad. ¿Qué tiene que ver la cojera con la capacidad científica? No se trata de si es bueno cojear o no cojear. Se trata de que un cojo no sea discriminado por el hecho de serlo, ni sea objeto de burlas en la escuela, ni deje de jugar al fútbol si le dejan, o cree una liga de fútbol de cojos, como hay olimpíadas de discapacitados y matrimonios de ciegos, tullidos y enanos que los partidarios de la eutanasia liquidarían por contrarios al desarrollo «normal» de la raza. Hitler mandó a los campos de concentración a los homosexuales «desviados» de su «norma». Si la «normalidad» significa lo mayoritario, habitual o productivo para la sociedad, vale como palabra descriptiva. Si «normalidad» significa imposición de una «norma» sobre la voluntad y el derecho del individuo, estamos normalizando la tiranía.

Tan mala es esa tiranía que a Moa le destroza la lógica y la gramática, en él habitualmente impecables: «su homosexualidad no será «tan buena» como la normal» dice nuestro admirado historiador. ¿Habrá descubierto la «homosexualidad normal»? No sería de extrañar cuando ataca la fiebre normalizadora. Pero eso será un error fruto del fervor normalizante; lo que no es un error sino un horror es la frase siguiente: «seguirá siendo una desgracia que puede afrontar mejor o peor.» Hace treinta años que no oía hablar en ese tono de una supuesta «desgracia» y era a propósito de la «normalización» lingüística en Cataluña. La suscribían los nacionalistas y la acataban los que entonces llamé «charnegos agradecidos», hoy montillas «normalizados» y «normalizadores». A mí me parecían y me parecen repugnantes los que proclaman «desgracia» objetiva lo que subjetivamente les molesta, para así machacar a los «desgraciados». No sé si es el caso de Pío, espero que no, pero lo parece. Por ejemplo, cuando dice que «tampoco lograrán convencernos –ni convencerse– de que el único problema consiste en la actitud de la gente con respecto a esas desgracias o a cualesquiera otras, o de que solo hay desgracia si uno se siente desgraciado. Se trata de la idea de que la realidad no existe, que sólo existen constructos o invenciones mentales, y que basta cambiar el punto de vista sobre la realidad para que esta se transforme en otra cosa».

No entiendo que los «homosexualistas», en el fondo, sean «heterosexualistas» o «normosexualistas», es decir, que los atacados por Moa piensan como Moa, sólo que no lo reconocen. Me parece una infatuación contradictoria. En cuanto a la realidad, no es lo que se dice fácilmente aprehensible. De hecho, llevan dos mil años discutiéndola los filósofos y los que no lo son. Más pedestremente, creo que si pensamos por nuestra cuenta vemos de forma muy distinta esa realidad según los años. En lo que al sexo se refiere, sucede que en la vida se cambia de opinión y a veces hasta de opción sexual. Por poner un ejemplo muy de nuestra generación: «Muerte en Venecia» es la historia de un descubrimiento fatal, pero podría haber sido una aventura, ensoñación o paréntesis matrimonial, sin pintarrajear al «anormal» antes de matarlo, como se mataba a las adúlteras en el cine de anteayer. En la realidad, los homosexuales pueden recibir, si la desean, una comprensión que podría llamarse compasión o caridad si se practicara en silencio. La legalidad es otra cosa: desde el punto de vista liberal, es decir, defensor de los derechos individuales, debe proteger al que, en uso de su libertad y sin atropellar la de otros, es homosexual, heterosexual, ambidextro, polimorfo, eunuco, virgen o casto. La Ley está hecha para todos. Lo contrario supone «bibianizar» por género el Derecho.

Figura condescendiente hasta lo risible es la del homosexual «razonable» y «discreto»:

El homosexual razonable no hace de su condición sexual el centro de su personalidad y de su vida, acepta su realidad si cree que no puede cambiarla, y la lleva con discreción, ya que se trata de un asunto íntimo, como debieran hacer también los heterosexuales, aunque hoy se procura ya desde la escuela destruir los sentimientos de pudor y otros parecidos.

Al margen del tonillo normativo, los homosexuales que yo conozco no suelen hacer de su condición sexual el centro de su personalidad y de su vida. No más, en todo caso, que los heterosexuales que se pasan la vida hablando de «tías» y presumiendo de lo que en ellas y con ellas hacen o quisieran hacer. Hay tantos «heterosexualistas» como «homosexualistas», si no más, pero ayer como hoy suelen ser los primeros los que agreden a los segundos, en el aula o en la calle. También agreden ahora los zerolos, cierto, pero contra esa agresión insidiosa y liberticida luchamos, aquí, en INTERECONOMÍA y en todas partes. Claro que la homosexualidad «con discreción» nos evitaría todos los problemas. La máxima discreción, el pudor absoluto sería ocultar no sólo la homosexualidad sino nuestra orientación sexual. Así no habría problemas, ni aquí ni en Irán, pero ¿en qué quedaría entonces la libertad? Ya sabemos que la libertad en materia de sexo es para cierta derecha y cierta izquierda, para el franquismo y el castrismo, para los mulás de todas las religiones, es sólo «libertinaje», «desviación» de lo «normal» o de la «norma». Para mí es sólo libertad. Y también para defenderla se fundó LIBERTAD DIGITAL.

Federico Jiménez Losantos

18 Julio 1981

DE NORMALIDADES, DESGRACIAS, COJOS Y HOMOSEXUALES

Pío Moa

Es curioso cómo el asunto de la homosexualidad levanta unas pasiones que en cambio no despiertan otros temas de importancia más general y de más enjundia. Ello revela que el asunto encierra una problemática muy amplia y digna de consideración, en la que los emocionalismos suelen jugar un papel excesivo. Yo creía haberme expresado con claridad al respecto, pero al parecer no ha sido así, a juzgar por las réplicas de Marco, Esplugas y ahora Federico. La cuestión la veo de este modo: los homosexuales tienen derechos (como ciudadanos, no como homosexuales), pero entre ellos no entran los manejos e imposiciones para asentar en la sociedad una concepción de la vida homosexualista. Del mismo modo, los marxistas tienen derechos –no como marxistas sino como ciudadanos, en una democracia liberal– siempre que no intenten por una u otra vía imponer a la sociedad sus concepciones. Y digo por una u otra vía porque no es peligroso solamente el que lo intenten por la violencia. Si llegaran a convencer a la mayoría de modo básicamente pacífico y legal (los nacionalsocialistas lo consiguieron), el derecho consistiría entonces en rebelarse contra ellos, incluso por la violencia. La razón es esta: el marxismo conduce a la liquidación de una sociedad donde los demás ciudadanos tienen derechos. Ahora bien para que no llegue la sangre a río es indispensable que sus esfuerzos por convencer a la gente sean contrarrestados por otros esfuerzos, en el mismo plano legal y pacífico, que pongan de relieve la verdadera naturaleza del marxismo bajo sus pretensiones de representar a «los trabajadores», a los «de abajo», de acabar «con la explotación del hombre por el hombre», de traer una libertad «más auténtica», y similares. Si este esfuerzo no se hace debidamente, el conflicto terminará pasando a otro plano mucho más desagradable. Sostengo que lo mismo ocurre con el homosexualismo y otras ideologías en boga, y por eso es tan peligrosa la creciente restricción de los cauces de expresión en España.

Coincido con Federico casi siempre, pero se ve que no en este punto (también me pasa con César en cuanto al papel histórico del protestantismo). Él condena el «normalismo», y parece creer que yo lo defiendo. El término, efectivamente, puede convertirse en una palabra policía, como tantas otras que las ideologías emplean contra la libertad de expresión (y al final de mucho más que la expresión) de los discrepantes. Se han realizado persecuciones brutales en nombre de casi cualquier cosa: de la religión, del progreso, de mil formas de «liberación» prometidas… Hasta ahora no he visto persecuciones por razones de «normalidad» (aunque la idea puede ir implícita) sino de ideas más complejas. El único genocidio propiamente ocurrido en España, y que debiera servirnos de referencia, fue el del clero y otros católicos en la guerra civil, por ser religiosos, no por ser «anormales». No ha habido nada remotamente parecido a un genocidio de homosexuales, aunque el victimismo homosexualista trata de crear esa impresión.

Ya sabemos que lo normal varía según las circunstancias. En una dictadura soviética es «normal» que las expresiones contrarias sean condenadas y aplastadas por «antiobreras», incluso «antidemocráticas» (de la democracia popular). En una democracia liberal lo normal es que se expresen las opiniones e ideas más distintas y contrarias. Por eso me ha parecido excelente que Marco o Esplugas, o ahora Federico, expongan sus opiniones sobre este asunto tan opinable. Ello no supone un relativismo en el sentido de que «todas las opiniones valen lo mismo». Por el contrario, la discusión o lucha de ideas puede ser un buen método para avanzar hacia la verdad –que nunca se ofrece fácilmente ni por completo, y tiene tan estrecha relación con la libertad– e ir descartando ideas falsas. Así, no se me ocurriría pedir la censura contra los escritos de Preston, Juliá, Casanova o Tusell, pongamos por caso, como algunos de ellos sí han pedido o presionado contra los míos; y no se me ocurre censurarlos pese a haber demostrado ampliamente que mienten en muchos aspectos cruciales. Estas contiendas y debates son necesarios y ayudan a clarificar una atmósfera intelectual y políticamente tan enturbiada como la actual de España.

Vamos ahora con la cuestión de la desgracia, que Federico también niega en el caso de la homosexualidad. ¿Es o no es una desgracia? La cosa es discutible. A mi juicio lo es, y niego que considerarlo así tenga consecuencias liberticidas. Como es notorio, soy calvo, lo cual es una desgracia, menor en principio, pues, como casi todo el mundo, yo preferiría tener pelo abundante y gastar, en vez de sufrir, los chistes y bromas de calvos, más o menos graciosos u ofensivos. Pero tal desgracia es insignificante para mí, porque la he asumido y apenas le presto atención (ojalá fuera la desgracia mayor que padezco. Con muchas desgracias se nace, otras se las fabrica uno mismo). Pero muchos calvos se sienten muy afectados, hacen mil ridiculeces para disimular su mal, se han dado casos de depresión y hasta de suicidio por esa causa, sin contar que en algunas profesiones la calvicie puede ser una contrariedad muy seria. También recuerdo el caso de un empresario italiano que, al quedarse calvo, introducía en las bebidas de sus empleados sustancias que les hacían perder el pelo. Es decir, ante una desgracia objetiva se puede reaccionar de muchas formas, y la desgracia en sí no convierte a nadie en un desgraciado, como es obvio.

También he hablado de la cojera en relación con este asunto. Otro comentarista escribe: «La evolución mantiene un porcentaje de homosexuales en la población porque es conveniente para la especie que exista ese porcentaje. No es un desgracia como ser cojo (por accidente o por una malformación congénita, pero no hay genéticamente un porcentaje de cojos en la población)». ¡Hasta la evolución entra en el asunto! La evolución sirve hoy para todo. Pero nadie nace del todo normal, y si se tratan de imponer «normas» al respecto, todos estaríamos perdidos. Nace una proporción de subnormales psíquicos, mentales y físicos muy variados, y también de superdotados en tal o cual aspecto. Pese a ello, el concepto de normalidad subsiste, sea como medias estadísticas o como adecuación a determinados fines. La misma división natural del ser humano en mujeres y varones, la misma forma y funciones de los órganos sexuales, las inclinaciones psíquicas muy mayoritarias y la dependencia de ellas para el mantenimiento y reproducción de la especie, nos indican con plena evidencia lo que es «normal» al respecto. Lo podemos decir de otro modo: uno aceptaría que un hijo le saliera homosexual y no le perdería el cariño o lo desheredaría por ello –según fuera su comportamiento general–, pero muy pocos lo verían como un motivo de especial orgullo. Aquí no hay nada que imponer, viene impuesto por la naturaleza; ni se deduce de ello que haya que eliminar a nadie. Decir que la homosexualidad es, en ese sentido, una desgracia, ni es una blasfemia ni supone que los homosexuales deban ser colgados de las grúas. En cambio pretender que todas las formas de sexualidad son iguales o valen lo mismo sí es un disparate, como pretender que los ojos bizcos son tan buenos como los «normales», y que ya trataré más ampliamente.

¿Es la homosexualidad una enfermedad? Bastantes homosexuales así lo creen y tratan de curarse; César Vidal parece creerlo también, y en todo caso la considera una opción inmoral. Quizá tengan razón en unos casos, pero, como decía José María Marco, en muchos otros el homosexual no es responsable de serlo. Yo opino que se trata de un asunto puramente privado. En cuanto al homosexualismo, me he equivocado al no explicar lo de las mafias rosas: no me refiero con ello a Zerolo, que tiene perfecto derecho a exponer sus creencias (y los demás a contradecirle), sino a los grupos de presión, muy fuertes en el PSOE y en muchos otros partidos, y compuestos, quizá mayoritariamente, por no homosexuales. Ciertamente no hay problema en que los cojos formen ligas de fútbol, como dice Federico (aunque sería digno de verse), siempre que no intenten imponernos la idea de que la cojera es tan buena como andar normalmente, prohibir los chistes de rencos, obligar a las empresas o a los gobiernos a introducir una cuota de cojos, y cosas por el estilo. Lo mismo con los homosexuales. El problema surge cuando los homosexualistas, que dicen –mintiendo–representar a los homosexuales, pretenden imponer a la sociedad, incluso por ley, incluso con castigos o censura contra las opiniones contrarias, incluso en la educación de los niños, guste o no a los padres, que la sexualidad normal no existe o, peor aún, es «reaccionaria», que la sexualidad no tiene otro objeto que divertirse sin importar la forma, etc. Porque esta es, precisamente, la receta del homosexualismo, como explicaré también.

****Por cierto, hoy es 18 de julio, aniversario del levantamiento legítimo contra un gobierno-régimen ilegítimo, según creo haber demostrado. De aquel levantamiento procede la época de paz más prolongada que haya vivido España desde tiempos lejanos, también de mayor prosperidad, de abandono de viejos odios y, en fin, la democracia… hoy muy atacada precisamente por quienes se obstinan en condenar aquel alzamiento o en «mirar al futuro» para no ver lo que pasa en el presente.

Pío Moa

El Análisis

NUEVO MANDAMIENTO SAGRADO: NO BLASFEMAR CONTRA EL SANTO MATRIMONIO HOMOSEXUAL

JF Lamata

No deja de llamar la atención que un medio que se llama liberal y que decía consideraba legítima cualquier tipo de opinión por más despectiva de sea, aunque eso incluyera suponer que al presidente de Gobierno o alcalde de Madrid ‘le daban igual los muertos’ por el terrorismo, reaccionara con escándalo porque uno de los suyos hiciera un artículo considerado despectivo contra el colectivo homosexual. Daba igual que el Sr. Moa u otros columnistas de LIBERTAD DIGITAL dijeran que la izquierda era criminal, asesino o anti-demócrata y que esos comentarios pudieran ofender a los izquierdistas. No, sólo era preocupante un artículo contra los gays. Claro, en LIBERTAD DIGITAL no había izquierdistas, pero si gay, que igual eso podía influir. En todo caso la polémica con el Sr. Moa – que acabaría causando su salida de aquel medio –  disipaba laba idea de quienes habían creído que LIBERTAD DIGITAL era un foro de libre albedrio. Libertad para opinar… siempre que opines dentro de las líneas marcadas por los jefes.

Teniendo en cuenta además que a LIBERTAD DIGITAL el único argumento que le quedaba para huir de la etiqueta ‘derecha’ – de la que los medios de comunicación huyen como sea – es distanciarse todo lo posible de lo clerical (algo un tanto difícil de quién ha trabajado tantos años en la radio de los curas) y la mejor forma de eso era respetar el mandamiento sagrado de la sociedad moderna: no blasfemar contra los homosexuales. Si alguien osa hacerlo, hay que señalarle con el dedo de una mano y agitar la otra al grito de ‘¡Uy lo que ha dicho!’

J. F. Lamata

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