Yo me siento satisfecha de haber compartido con él (José María Borrego) siete años de noviazgo y 17 de matrimonio. Quizá en otra época, otra mujer que no fuera yo, independiente económicamente como era mi caso, a lo mejor se hubiera separado antes de él. Yo no lo hice. Tenía dos motivos: mis hijas y que no quería hacerle daño. Pero llega un momento en la vida en que las cosas se plantean en el sentido de «tú o yo». Yo creía que ya había dado suficiente y que tenía derecho a vivir la vida, mi vida (…).
Yo ya estaba asentada en Madrid y veía a José María cada vez que iba a Málaga. Nunca le pude decir que me quería separar legalmente, porque eso no era posible. Así que, bueno, vivíamos una situación de hecho, que no de derecho.
Llevaba tres años y medio en Madrid cuando una noche, después de hacer en la radio Apueste por una, me fui a cenar y llegué tarde a casa. En ese momento sonó el teléfono. Era mi compañera Ángeles Macua. Me dijo que llamara enseguida a mi casa, a Málaga, ya que me tenían que decir una cosa. A mí me dio un ataque de nervios, porque mis hijas estaban allí y pensé que habían sufrido un accidente. Empecé a gritar y a preguntar a voces: «¿Qué ha pasado, qué ha pasado?».
-¡Dime lo que pasa! -le rogué angustiada a Ángeles.
Y me lo dijo:
-Tu marido se ha pegado un tiro.
Yo estaba sola en casa y me fui, literalmente, dando golpes por el pasillo contra las paredes. Sólo acertaba a decir una cosa: «¡Lo ha hecho, lo ha hecho!», porque yo había vivido a su lado esa amenaza constante. La amenaza que en un momento determinado pensé que no era justo que paralizara mi vida, que tenía derecho como cualquiera a rehacer mi historia personal después de no haber sido feliz en los 24 años que estuvimos juntos.
Aquella fue una noche terrorífica en mi vida. Se fueron a casa, a acompañarme, varias amigas, entre ellas Pilar del Río, Pilar Falagán, Paz Fernández… y mi querido hermano Paco. Estuvimos toda la madrugada en blanco, porque yo no tenía billete de avión hasta las ocho de la mañana. En esas interminables horas te haces muchas preguntas: por qué te pasa eso a ti, qué has hecho de malo para que te ocurra una cosa tan dramática. Y empecé a recordar lo que había sido mi vida y mi matrimonio, lo que había hecho, cómo había sido con él… Y recordé que hasta los 40 años le había sido absolutamente fiel. Todo eso me dio mucha tranquilidad en medio de tanto dolor, porque, aparte del horror de lo sucedido, de lo que tuvieron que sentir mis pobres hijas, no le guardo ningún rencor.
Creo que era un enfermo y para mí es como si se hubiera muerto de un infarto. Intenté que mis hijas comprendieran eso. Pero claro, ellas, sobre todo Terelu, no lo podían entender. Terelu siempre se preguntó por qué su padre había hecho una cosa así, se preguntaba si ella no le importaba nada a él. Yo trataba de convencerla de que su padre estaba enfermo y de que, desde luego, por encima de toda duda, las adoraba.
Precisamente hizo eso porque no pudo pensar en ellas. Mi hija Carmen se iba a ir ese día con él a Marbella. Le llamó por teléfono.
-Papá, que me voy contigo mañana.
-No te precipites -le contestó él-. Mañana tengo que ir a Ronda.
Nunca fue. No le dijo nada. Y creo que una persona que tiene ese problema y está decidida a hacer lo que él hizo, no puede concederse ni un minuto de sentimentalismo. Por eso no comentó nada a sus hijas. Siempre les he dicho que no es que no las quisiera, sino que si en aquel momento hubiera bajado la guardia y le hubiese confesado a Carmen que la quería mucho, a lo mejor no hubiera podido dar un paso tan trágico. Y él estaba decidido a hacerlo, porque era su mente la que había tomado la decisión de suicidarse. No quiero hablar más de esto.