19 diciembre 2025

Los comentaristas de la televisión insisten pública insisten que el caso Suárez evidencia que el acoso sexual es algo transveral y no es algo, por tanto, que sólo afecte al PSOE

TVE airea una denuncia por agresión sexual de hace 40 años contra el expresidente fallecido Adolfo Suárez para suavizar las acusaciones contra dirigentes del PSOE

Hechos

El 19 de diciembre de 2025 el Telediario de TVE, el programa ‘360 Grados’ de TVE, el programa ‘Directo al Grano’ de TVE y el programa ‘Malas Lenguas’ de TVE, airearon una denuncia presentada por una ciudadana anónima contra el expresidente Adolfo Suárez González fallecido en 2014. Los hechos denunciaron habrían ocurrido hace 40 años, en 1981-1982.

Lecturas

Canal Red, la web de D. Pablo Iglesias Turrión, informó de la peculiar demanda el 18 de diciembre de 2025 presentando la acusación como una verdad indiscutible y considerando que el fallecido expresidente era un criminal.

El día 19 de diciembre de 2025 RTVE la aireó en todos sus programas informativos y de opinión lo que sólo cabe atribuirse a una decisión de su presidente D. José Pablo López. Dirigentes del partido político Podemos hablaron del tema también dando por hecho que el fallecido Sr. Suárez era un criminal.

18 Diciembre 2025

Una mujer denuncia agresiones sexuales continuadas de Adolfo Suárez durante los años 80 cuando ella era menor de edad

Irene Zugasti

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El testimonio de la víctima detalla una historia de violencia ejercida por el expresidente del Gobierno que se extendió durante más de tres años y que comenzó cuando la denunciante era menor de edad

El pasado 9 de diciembre se registró una denuncia en la Unidad policial especiliazada de Atención a la Familia y Mujer de Madrid contra Adolfo Suárez González, quien fuera el primer presidente de gobierno español tras la dictadura (gobernó con las siglas de UCD desde julio de 1976 hasta enero de 1981), y fallecido en el año 2014.

La denuncia es clara y explícita en lo que señala: un delito de agresión sexual continuado. El escrito detalla una serie de presuntos abusos y agresiones sexuales cometidos por el expresidente del Gobierno, Adolfo Suárez González, entre los años 1982 y 1985. Según el relato de la denunciante, los hechos comenzaron cuando ella tenía 17 años y el político 50, prolongándose durante tres años en los que se describe una situación de «intimidación ambiental y abuso de superioridad» donde el Presidente se sirvió de su evidente posición de poder para someter a la entonces menor de edad.

El contacto inicial se produjo, según la denuncia, el 23 de noviembre de 1982. La joven, admiradora del político, le envió una carta a su despacho profesional solicitando asesoramiento académico. La denunciante afirma que fue citada en el despacho de la calle Antonio Maura de Madrid, donde se produjeron los primeros encuentros. En este contexto, relata que Suárez le hizo preguntas de índole personal y sexual, cuestionando si tenía novio o si tomaba anticonceptivos, lo que generó los primeros momentos de incomodidad.

El relato describe un «escalonamiento» en la gravedad de los hechos. Tras varios encuentros de carácter aparentemente profesional o de mentoría, la denunciante sitúa el primer episodio de agresión grave el 4 de marzo de 1983. Según el texto, Suárez se abalanzó sobre ella en el sofá de su despacho: «Me robó mi primer beso en los labios […] Introdujo su mano por dentro de mi camiseta y bajo el sujetador me magreó las tetas». Acto seguido, la denuncia detalla una felación obligada bajo coacción.

La denunciante subraya que en aquel momento quedó «totalmente bloqueada» y no supo «poner nombre a lo que había pasado», como suele ocurrir en casos de agresión sexual con agravante de jerarquía y superioridad como el que detalla este escrito. Años más tarde, profesionales de la psicología le explicaron que su falta de reacción fue consecuencia de la parálisis por el trauma. «Pensaba que era un hombre con mucho poder y que si me negaba a lo que él quería podría arruinarme más la vida», explica la denuncia.

El documento también describe encuentros en el domicilio particular del expresidente en la urbanización La Florida, en agosto de 1984. La denunciante narra que, aprovechando la ausencia de la familia de Suárez por vacaciones, éste la citó en su casa. El escrito detalla una escena en el dormitorio de uno de los hijos del político, donde presuntamente «intentó penetrarme por detrás, me hacía daño y me giré, le pedí, por favor, que no lo hiciera».

La relación de presuntos abusos finalizó a finales de 1985, cuando la denunciante decidió escribir una carta para que la dejara «en paz». Ante esto, afirma haber recibido un tarjetón manuscrito de Suárez donde le decía que «no aceptaba su renuncia». Poco después, el escrito refiere que el expresidente se personó frente al portal de la vivienda de los padres de la joven, un hecho que fue presenciado por testigos, concretamente por las trabajadoras de una farmacia cercana.

La denuncia pone el foco no solo en el autor principal, ya fallecido, sino en su entorno profesional. La denunciante considera que al menos dos personas, un secretario y una secretaria, tuvieron una participación como «cómplices o encubridoras», ya que eran quienes gestionaban las citas y facilitaban los encuentros a solas en el despacho privado. No obstante, el escrito reconoce que, debido a la fecha de los hechos, es probable que los delitos de estas terceras personas «se encuentren ya prescritos». Es también detallada a la hora de explicar el impacto que esta violencia tuvo en sus relaciones personales y en su propia familia, en la que se impuso, al menos en gran parte, una “ley del silencio”.

En cuanto a las secuelas, el documento detalla un historial médico de décadas, incluyendo diagnósticos de depresión, tricotilomanía y bloqueos emocionales. La denunciante ha pasado por diversos programas de ayuda a víctimas, como el Programa Mira o el espacio de Igualdad María Tello, donde ha realizado terapia EMDR para procesar el trauma. «Llevo 43 años sufriendo una revictimización que para mí ha sido constante», afirma, mencionando el dolor que le causa el ensalzamiento público de la figura histórica de su agresor en medios y series de televisión como la recientemente estrenada “Anatomía de un Instante” que fue presentada en el Congreso de los Diputados con motivo del programa “50 años de Libertad” con el que el Gobierno de España ha conmemorado el cincuentenario de la muerte del dictador Francisco Franco.

También menciona como revictimizantes hechos como el renombramiento del Aeropuerto de Madrid-Barajas con el nombre del expresidente, una decisión adoptada por el gobierno de Mariano Rajoy en 2014 tras el fallecimiento de Suárez.

Finalmente, la denunciante solicita que se admita a trámite el escrito y se practiquen las diligencias necesarias para esclarecer los hechos, calificados como «abusos y agresiones sexuales continuadas con abuso de superioridad e intimidación». El objetivo del escrito, según se desprende del texto, es el reconocimiento de los hechos y el fin del proceso de «invisibilización» de la violencia sufrida, a pesar del tiempo transcurrido y del fallecimiento del principal señalado.

La denuncia presentada explica la tardanza en la formalización de los hechos por la «trascendencia social» y la «posición de poder del autor principal». La denunciante expone que, aunque no se denunció judicialmente en su momento, los hechos fueron «verbalizados en fechas cercanas a cuando sucedieron» ante testigos de su entorno personal y profesionales de la salud. Se acompaña también de documentación como la carta que la denunciante escribió a Adolfo Suárez en 2003, enviada a su residencia personal, en la que le incrimina la violencia cometida veinte años atrás. “Aunque ha pasado mucho tiempo, rato ha sido el día que he vivido ignorando que un 23 de noviembre de 1982 nos conocimos, yo sólo tenía diecisiete años y tú cincuenta, me ha sido imposible olvidarte y olvidarlo, de cuajo cortaste las ilusiones de una adolescente. He sufrido mucho en silencio, he necesitado ayuda psicológica, como he podido he ido sobreviviendo”, exponía entonces. “La relación de poder y superioridad era impresionante, me vi envuelta en una situación de la que no sabía cómo salir, tampoco sabía cómo explicar a mi familia que no te quería ver, que no podía oir hablar de ti, que dejasen de idolatrarte. Por suerte, aunque ya han pasado más de veinte años, he podido reencontrarme a mi misma, llenarme de fortaleza y saber lo que quiero en la vida.”

En esa última misiva, la denunciante pide al expresidente del gobierno, ya entonces retirado, que rinda cuentas por su actuación. “Me gustaría que me dieses una explicación de porqué me tocó ser un juguete, como te decía en mi carta del 31 de octubre de 1982, yo sólo quería ser política y ayudar a mi país y a mi gente, te admiraba y confíe en ti, equivocándome plenamente. Aunque suene fuerte, el primer beso en los labios sabes que me lo diste tú, después de haberte rechazado, los primeros tocamientos fueron los tuyos, el primer pene que vi fue el tuyo, la primera eyaculación fue la tuya…, muy fuerte, muy muy fuerte”. Nunca obtuvo una respuesta, si bien días después de enviar la carta recibió una breve llamada sin voz al otro lado del teléfono, apenas unos segundos de silencio antes de colgar.

La jurista y experta en violencia sexual y derechos humanos María Naredo ha tenido acceso a la denuncia y la documentación que la acompaña. Preguntada sobre el recorrido judicial de la misma, teniendo en cuenta que el principal autor ha fallecido, Naredo explica que “los hechos han prescrito, tanto para el presunto agresor como para otros posibles responsables o encubridores, como son las figuras de los dos secretarios que aparecen en el testimonio de la denunciante. Pero aunque penalmente no haya un recorrido -aclara- sí existe una derivada una vez la Policía remite el documento a un Juzgado de Violencia contra la Mujer, que desde la proclamación de la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual (Ley “sólo sí es sí”) son los que tienen competencia sobre casos de agresiones como éste”.

Sin embargo, Naredo subraya que “prescribe el delito pero no la responsabilidad civil, aunque lo más importante no está en el plano jurídico, sino en el recorrido que este testimonio tiene en términos de verdad y reparación y la función social de romper el silencio”.

Naredo explica que junto con la denuncia se acompañan varios documentos que acreditan el testimonio, como la carta que dirigió sin respuesta a Suárez en 2003 o la acreditación como víctima de violencia de género de la denunciante, que sufrió en su matrimonio posterior como consecuencia del trauma arrastrado durante décadas tras la violencia sexual sufrida. De hecho, como explica esta jurista, el trauma, silenciado durante años afloró a través del trabajo con psicólogas al tratar esta violencia de género en diferentes recursos, incluídos los de la red pública de atención a mujeres en Madrid, recursos que hoy peligran bajo la gestión del Partido Popular.

“La denunciante reclama su derecho a la reparación en términos sociales o simbólicos, frente al prestigio intacto de Suárez que representan el nombre del aeropuerto de la capital o los productos audiovisuales como la serie biográfica de Netflix”. Naredo habla de la “sociedad del silencio» en la que hemos vivido, y que supuso otra nueva violencia para la víctima,» un silencio que se ha atrevido a romper 44 años después como parte de un proceso de sanación. Como explica al final de su denuncia, “Adolfo Suárez ha fallecido, pero yo estoy viva».

19 Diciembre 2025

Adolfo Suarez y Ariadna

Antonio Quiros Casado

artedeprudencia.com

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Estupefacto me despierto hoy leyendo en la prensa e incluso oyendo en la radio las declaraciones del affaire entre Adolfo Suarez y Ariadna, el seudónimo con el que se presenta una señora que le acusa de haberla agredido sexualmente hace más de cuarenta años. No puedo por menos que hacer algunas reflexiones a este respecto a más de remitir este escrito a cuantos medios de prensa se han hecho eco de tamaño desafuero.

Hace ya unos cuantos años, al llegar a la oficina por la mañana, uno de mis colaboradores, hijo de un gran amigo mío, fue inmediatamente al despacho para decirme que no había podido localizar a su padre desde el día anterior. Intenté tranquilizarlo, pero obviamente le insté a que siguiera buscando por hospitales y cualquier otra posible ubicación donde pensara que pudiera estar. El misterio se resolvió pronto. Su padre había sido detenido la noche anterior cuando se dirigió a una comisaría a preguntar por la que entonces era su pareja y la hija de aquella, que llevaban varias horas desaparecidas. El policía no solo no atendió el requerimiento de mi amigo sino que lo detuvo de inmediato ya que la interfecta había cursado una denuncia contra él por una enorme retahíla de delitos sexuales cometidos.

Yo me quedé de piedra porque conocía a mi amigo desde casi la niñez y sabía de la absoluta imposibilidad de que los delitos de los que se le acusaban se hubieran cometido. Pero daba igual, él permaneció las 48 horas de rigor en el calabozo y salió imputado por violencia de género.

Ahí comenzó para él un calvario que rompió su vida para siempre. La que hoy se presenta como Ariadna, y obtiene la credibilidad de los medios, lo llevó a la ruina económica, ya que contactó con clientes y proveedores de su empresa para darles cuenta de lo que su deteriorada cabeza había pergeñado como acciones de mi amigo. Pero no solo la ruina económica sino que, además, contactó con todos los amigos comunes para relatar la misma situación. Obviamente, en un contexto como en el que no nos movemos respecto a la sensibilidad que generan los delitos de género, mi amigo quedó arrinconado, marcado y procesado.

Tuvieron que pasar algunos años para que en su defensa judicial, la psicóloga forense que el juez puso a investigar el caso, determinara con todo rigor que la denunciante estaba más chalada que las maracas de Machín y que todo lo que había argumentado contra mi amigo era más falso que una moneda de siete euros. Pero, claro, el mal estaba hecho. La empresa de mi amigo prácticamente arruinada y su honor mancillado.

Bues bien, Ariadna es la misma persona que hoy anda despotricando contra Adolfo Suarez. Y ¿por qué lo sé? Pues muy sencillo, porque por más que ella aduzca hoy en los medios que tras cuarenta años se ha atrevido a denunciar, en la documentación del juicio de mi amigo puede verse con nitidez como era un dato que ya aportaba la denunciante hace más de diez años.

Y, bueno, ¿porqué cuento todo esto si al fin y al cabo la insania mental de esta sujeta y la honorabilidad de mi amigo ya quedaron demostradas judicialmente? Pues solo para lamentarme de que hoy decenas de medios de prensa saquen esto a la luz sin haber hecho ni el más mínimo contraste del dato que publican. Sí, señores, este es el puto mundo que vivimos. La prensa, llega cualquiera a contar cualquier milonga, y si encaja con los asuntos que en ese momento pueden resultar beneficiosos, pues lo publican sin más. ¿Dónde está esa prensa que antes de sacar una noticia tenía que indagar realmente la veracidad de los hechos? Ya quedará para siempre en el mundo de internet el nombre de Adolfo Suarez asociado a las acusaciones de esta mujer.

Como anécdota puedo contar también que hace muchos, muchos años, en uno de mis trabajos de juventud, había un celador que todas las mañanas cuando llegábamos a trabajar me decía, «joder, Antonio, como lo pasamos ayer, Suarez me dejó conducir su mercedes y andamos por la M-30 a 200 y no veas qué maravilla». Claro, yo le decía aquello de «tío qué suerte tienes de ser amigo del presidente y que te deje conducir su coche». Luego nos tomábamos un café y el tío hacía su trabajo como el que más, sin perturbación alguna. Su locura mañanera no perjudicaba a nadie, pero a él le molaba pensar que conducía el Mercedes del presidente. Pero al bueno de X, no se le ocurría, como a Ariadna, ir a la prensa a montar estos espectáculos.

En fin, Ariadna, ya tiene su minuto de gloria, pero espero que la familia de Adolfo Suarez la demande y que los medios que han reproducido todo este desafuero tengan que retractarse y avergonzarse públicamente de una forma de trabajo que debería estar fuera de los usos de una prensa seria.

20 Diciembre 2025

Sacan a Suárez para empatar el partido

David Mejía

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La acusación se refiere a hechos que supuestamente ocurrieron a principios de la década de 1980, cuando Adolfo Suárez ya no estaba en el Gobierno. Que el ex presidente no pueda defenderse no merma el derecho de la víctima a compartir su testimonio. Sin embargo, es importante distinguir entre el sano propósito de conocer la verdad y el dudoso objetivo de fabricar equivalencias. Sospecho que si Paco Salazar hubiera sido acusado de hurto ya habría alguien diciendo que Gutiérrez Mellado robaba los bolis del Palacio de la Moncloa.

El razonamiento es simple: si en nuestro bando hay acosadores, debe haberlos en el vuestro. Lo intentaron con Juanma Moreno y Núñez Feijóo, pero no cuajó. Ahora prueban con Suárez, cuyo señalamiento aspira a un doble trofeo: empatar el partido del acoso y erosionar la imagen de una figura clave de la Transición. En este caso, el pasado no se recupera para hacer justicia u honrar a las víctimas, sino para cambiar de tema y ajustar cuentas históricas. Sabemos bien que no todo recuerdo del pasado es un acto de justicia. A veces busca reparar; otras, munición política para el presente. En estos casos, el pasado no se revisa: se explota.

Los objetivos espurios de quienes difunden la noticia no deberían mermar el derecho de la víctima. Aunque en mi opinión, desde el punto de vista moral, las acusaciones requieren una justificación proporcional al daño que causan. Por eso es obligado preguntarse qué puede traer su testimonio. Con la responsabilidad penal extinguida, la responsabilidad civil prescrita, sin pruebas y desde el anonimato, el único desenlace judicial factible es que la víctima sea condenada por perjuicio al honor.

La mujer, hoy sexagenaria, dice perseguir la reparación personal. Esta pasaría por desmitificar la figura de Adolfo Suárez y desproveerle de todos los honores, empezando por la retirada de su nombre del aeropuerto de Madrid. Lo más llamativo del testimonio de la víctima es que le reprocha a Suárez sus fracasos. Según ella, nunca pudo obtener puestos de responsabilidad que seguro habría alcanzado de no haber sido agredida. Conviene recordar que una persona traumatizada merece nuestra compasión, pero sus afirmaciones no tienen automáticamente autoridad moral. El trauma, aunque les pese a nuestros populistas, no confiere infalibilidad epistémica.

Pero supongamos que la acusación es cierta. ¿Por qué reconocer su derecho a la reparación moral requiere moralmente la destrucción simbólica de una figura histórica? Una cosa es el derecho a expresarse y otra a exigir sanciones públicas. La acusadora merece empatía, pero carece de autoridad para remodelar la memoria y las instituciones públicas unilateralmente.

Seguramente Suárez no era un modelo de ética personal, como tampoco lo fueron el Rey Juan Carlos o Carrillo, pero todos contribuyeron a la llegada de la democracia. Reconocer esta ambivalencia no es ser hipócrita, es ser adulto. ¿Cuál es la alternativa? ¿Anular los logros políticos de Suárez? ¿Convertir la Transición en un hito ilegítimo? Esa es la apuesta de Podemos. El objetivo del Gobierno, abrazando la causa, es su propia redención: «Ignoramos a las víctimas del mes pasado, cuando el acusado era de los nuestros, pero mirad cómo cerramos filas con las víctimas de hace cuarenta años y cuando el acusado está muerto». Lo preocupante no es la imperfección moral de una figura histórica, sino la frivolidad con la que hoy se usa el sufrimiento ajeno para ganar batallas políticas.

21 Diciembre 2025

Aeropuerto Madrid Barajas Ione Belarra

Juan Soto Ivars

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La sentencia es esta: esa señora anónima que cuenta estas cosas no puede estar inventándoselo, ni haber recompuesto sus recuerdos, ni fantasear

La catedral de Ávila es un lugar demasiado silencioso para el escándalo que acogen esos muros desde 2014. Allí está Adolfo Suárez. La iglesia, como siempre, encubriendo los abusos sexuales. Hay que exhumar al expresidente y llevarlo a declarar al juzgado; luego, considerando que se acogerá a su derecho a no declarar como todos los agresores, y en particular los que no están vivos, hay que mandarlo a prisión.

Tenemos la obligación social de reescribir los libros de historia porque una señora ha dicho una cosa. En España hay que tomar esta clase de decisiones drásticas si una mujer dice que cuando era joven, hace cuarenta y cinco años, el político que campeó el paso de la dictadura a la democracia abusó de ella. La señora ha dicho además que tuvo que estar de terapia psiquiátrica el resto de su vida y que le escribió una carta a Adolfo Suárez que éste no contestó. Hasta ahí las pruebas.

En la tele, de espaldas, ha dicho: «Mi único objetivo es que el aeropuerto de Madrid deje de llevar el nombre de un agresor sexual». Yo he oído eso y qué queréis que os diga. Me ha parecido curioso.

No hay ningún modo de saber si lo que dice es cierto o no. Sencillamente no hay ninguna forma humana de comprobarlo. Creerla o no creerla depende de las ganas que uno tenga. Hay gente muy inclinada a creerse cualquier cosa: me refiero a la gente que compra en el blackfriday y la que no discutió nada del MeToo. En fin: podría ser cierto, pero da igual, porque no podemos averiguarlo. Es imposible.

Pero esa señora ha ido a la policía a denunciar a un muerto por un delito que, de ser cierto, de todas formas habría prescrito. No sé qué más necesitáis para agarrar vuestros libros de historia y empezar a escupir sobre las páginas.

En Canal Red y Televisión Española, que hoy por hoy son prácticamente lo mismo, solo que una la pagan algunos tontos y la otra la pagamos todos los tontos, han dictado sentencia con una celeridad que ya hubieran querido para sus casos las mujeres que denunciaron a Juan Carlos Monedero o Paco Salazar.

La sentencia es esta: esa señora anónima que cuenta estas cosas no puede estar inventándoselo, ni haber recompuesto sus recuerdos, ni fantasear, ni nada. Que el otro no pueda dar su versión no importa nunca: ni estando vivo ni estando muerto. Desde el momento en que cualquier mujer señala a un hombre es una víctima y, como no existen las víctimas perfectas, cualquier duda que se arroje sobre la pureza prístina del asunto es continuar con la agresión.

No hay más que hablar. De hecho, es muy conveniente, porque la señora ha puesto una denuncia por abuso sexual justo cuando se amontonaban las del PSOE. A veces caen del cielo las denuncias a personajes históricos fallecidos.

La conclusión de todo este asunto estrambótico está forjada a fuego y lo ha expresado Barbijaputa muy claro: “La España de hoy, y su Constitución, es el proyecto de unos cuantos. Algunos eran fascistas, otros eran violadores, otros como Adolfo Suárez eran las dos cosas… pero, al final, somos eso: un proyecto de un puñado de hombres hecho a la medida de los hombres”.

Precisamente por ser la España democrática el producto de la perversidad de fascistas y violadores necesitamos a gente como Pedro Sánchez, Irene Montero, Ione Belarra, Miguel Ángel Gallardo, Javier Ruiz, Sarah Santaolalla o Pablo Iglesias. Para arreglar esto tenemos ministerio de igualdad en esta España fascista y violadora. En un país que no estuviera construido por gente de esa calaña, no habría sufrido esa señora tantos lustros de democracia revictimizadora.

En fin, yo creo que nuestra izquierda, piedra a piedra, construye un puente llamado “proceso constituyente” o “procés” en catalán para ver si cuela entre las masas lobotomizadas, para huir de sus propios demonios. Mientras tanto, propuesta en corto: podemos ir limpiando España de referencias a Adolfo Suárez.

La serie esa de Anatomía.de.un.instante que la quiten, que le duele mucho a las víctimas, y la novela de Javier Cercas que la conviertan en pulpa de papel. Sigamos por el aeropuerto a propuesta de la señora, porque no es de recibo que millones de turistas entren en nuestro país por la bragueta de un violador sádico y protegido por las élites. Y luego vayamos calle a calle, avenida por avenida, y hagamos con las placas de Suárez lo que hicimos con las del movimiento nacional.

Para que nuestro país vuelva a la normalidad tras este infarto histórico, tal vez convenga que, una vez exhumado el cuerpo del delincuente y puesto a disposición de un tribunal, la catedral de Ávila sea desacralizada y sometida a un proceso de purificación con charlas sobre el consentimiento y la memoria democrática.

Y dado que ya se llama “Almudena Grandes” la estación de Atocha, que al aeropuerto le pongan Ione Belarra o Juana Rivas. Quién no querría aterrizar en un sitio como ése.

Juan Soto Ivars