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Propuestas al ministerio de Cultura de Manuel Clavero Arévalo a que se suprima la obligatoriedad de doblar todas las películas establecida en 1941 no llegarán a nada concreto

El Gobierno de UCD se plantea por primera vez si el Doblaje es responsable de la crisis del cine español, campaña de Diego Galán

HECHOS

El 21.11.1979 la sesión del congreso debatió sobre el doblaje cinematográfico.

Durante 1979 y 1980 el Gobierno de UCD a través del ministerio de Cultura que dirigía D. Manuel Clavero Arévalo se planteó por primera vez estudiar si el doblaje al castellano de las películas internacionales era lo que causaba el daño al cine español.

 El prestigioso crítico cinematográfico de la revista TRIUNFO primero y el diario EL PAÍS, fue uno de los primeros críticos en hacer referencia al doblaje de películas y, en su caso, como fuerte detractor de esta práctica y partidario del doblaje en versión original. Aquel pensamiento, no obstante, no logró convencer al Gobierno UCD que tenía miedo de enfurecer a un público acostumbrado a ver las películas en su idiomas y la presión de las productoras internacionales que sabían que parte de su éxito se debía a que las películas se emitieran en castellano.

 D. Diego Galán expuso en reportajes que, incluso después de acabar la dictadura, el doblaje seguía usándose para manipular y censurar contenidos de la versión original.

07 - Agosto - 1980

¡Ojo con el doblaje!

Diego Galán

La polémica en torno al doblaje es ya antigua y, como se ve, el afán de hacerlo desaparecer no ha estado exento de razón.

Es cierto que el cine español, fundamentalmente desde el famoso decreto «protector» de noviembre de 1977, está amenazado seriamente. Es cierto también, como varios grupos parlamentarios opinan, que son necesarias medidas drásticas, definitivas y generales que acaben con esa crisis y, por tanto, con la amenaza de amordazar tan importante medio de cultura. Es cierto, en fin, que no se trata de una broma ni de la protesta alegre de unos profesionales, prácticamente en paro.Sin embargo, en ocasiones se proponen medidas cuya eficacia puede ser discutible. En los últimos días, por ejemplo, se ha vuelto a plantear la posibilidad de exigir la supresión del doblaje para películas extranjeras, reservando así la comprensión de los diálogos castellanos a películas españolas o latinoamericanas. Sería esta una forma de devolver al cine español lo que era suyo antes de 1941. Fue en aquel año cuando se decidió implantar el doblaje como medio patriótico de «defensa del idioma español» a semejanza de decretos similares dictados en Italia por Mussolini. La medida no sólo afectó al cine, sino, como se sabe, a nombres de establecimientos públicos y a nombres propios que no fueran castellanos: «Entre los objetivos concretos de la gran misión hispánica reservados al cine, ninguno más trascendental, ninguno de necesidad más inmediata y apremiante que el de conservar la pureza del idioma castellano en todos los ámbitos del imperio hispano», decía la revista Primer Plano, en su edición del 5 de septiembre de 1941, según recoge el historiador Román Gubern en su excelente trabajo de Un cine para el cadalso.

Es sabido que la medida perjudicó notablemente al cine español, aunque no sólo a él. También las películas extranjeras se vieron adulteradas en su pureza original al recibir voces que no correspondían a las de los protagonistas, recibiendo como complemento un más eficaz medio de censura que está en la memoria de todos. Baste recordar el famosísimo caso de Mogambo, donde un matrimonio era convertido en pareja de hermanos para impedir el adulterio; El puente de Waterloo, donde una prostituta se traducía a actriz, o Arco de Triunfo, donde Ingrid Bergman pronunciaba un castellanísimo «sí» mientras movía negativamente la cabeza. Fueron muchos los títulos tergiversados por el doblaje, incluso hasta muy recientemente. La censura no descansó jamás y aún está por ver si el caso de El crimen de Cuenca será un hecho aislado provocado por la precipitación de funcionarios proyectores de la cultura, tal como reza el ministerio para el que trabajan, o, por el contrario, el primer paso de una cadena imparable.

La polémica en torno al doblaje es ya antigua y, como se ve, el afán de hacerlo desaparecer no ha estado exento de razón. Más bien al contrario. No obstante, una eliminación radical del doblaje situaría al público cinematográfico español en una difícil tesitura. Si desde los cuarenta es habitual en las pantallas españolas, obvio es que existe un público acostumbrado a él, un público que no ha atravesado jamás las puertas de las salas de «arte y ensayo», o como se llamen ahora, ni está seguramente dispuesto a esforzarse, de la noche a la mañana, en leer letreros inesperados.

Estamos naturalmente hartos de la colonización cultural extranjera. Tenemos razón cuando protestamos por la muerte de nuestro cine y la consiguiente de libertad de importación de títulos foráneos. Estamos cansados de conocer tanto y tanto detalle sobre las características de cualquier habitante de cualquier escondido rincón de Estados Unidos e ignorar, como contrapartida, las vicisitudes de nuestros paisanos. Pero ello no tiene tanto que ver con el doblaje. Creo que hay que buscar soluciones a la provocada impotencia del cine español por caminos distintos. El público, en definitiva, tiene derechos adquiridos, y cualquier medida que le impida acceder, como hasta ahora, al conocimiento del cine extranjero (que también nos imperto, claro está, aunque no en la proporción en que lo consumimos) puede acarrear su dimisión de las salas cinematográficas, con lo que, en definitiva, también el cine español se vería perjudicado.

En otros países de civilización democrática más antigua y quizá más real existe la posibilidad de elegir la misma película en versión original o doblada (lo que en España, por mor de las licencias de importación, no es aún posible). Gradualmente, por tanto, quizá pudiera llegarse a la adulta situación de que los propios espectadores eligieran o no los subtítulos. Pero no por decretos-leyes, no por decisiones unilaterales, que son precisamente los que desde hace años han impedido la existencia de un cine español continuado, maduro y rentable. Desgraciadamente es más que probable que quienes tienen capacidad resolutiva sobre el cine español encuentren antes soluciones brillantes, pero artificiosas, que las que realmente importan; es decir, las que afecten a la infraestructura económica de nuestro cine, a los posibles intereses creados y a una organización definitivamente sólida, no sujeta ya a caprichos y vaivenes tanto de funcionarios como de quienes creen ver continuamente amenazados sus importantes intereses en nuestro país; soluciones estas que precisan de mayor rigor y no pueden orientarse, por tanto, en un atentado contra el público. Parece peligroso destruir de sopetón las características culturales del cine que vemos en España, por mucho que el origen de las mismas se encuentre en disposiciones dictadas por una ideología trasnochada y grotesca.

11 - Octubre - 1982

Continúan la censura y manipulaciones en el doblaje cinematográfico

Diego Galán

Las recientes reposiciones de películas en locales comerciales y televisión han puesto de relieve, una vez más, las censuras y manipulaciones a que han estado sometidas las películas dobladas, que han llegado a formar un lenguaje específico. Los clásicos ejemplos de Mogambo, El puente de Waterloo o Las lluvias de Ranchipur son una mínima parte de los pequeños y continuos cambios que sufren las versiones originales al pasar por el doblaje, desde los años cuarenta.

Todo empezó en 1941, cuando se dispuso que sólo podía hablarse y oírse el castellano. Ninguna otra lengua, extranjera o española, sería aplicable al cine, como tampoco lo era a nombres de establecimientos o personas: «Entre los objetivos concretos de la gran misión hispánica reservados al cine, ninguno más trascendental, ninguno de necesidad más inmediata y apremiante que el de conservar la pureza del idioma castellano en todos los ámbitos del imperio hispánico», decía la revista Primer Plano, portavoz indiscutible de la política oficial cinematográfica de los años cuarenta.El doblaje, pues, impidió que los españoles conocieran las voces originales de los actores y, lo que es aún peor, se enteraran realmente del contenido de muchas películas. Aunque es bien cierto que los subtítulos son también capaces de deformar la realidad de cada texto, la trampa del doblaje es aún más eficaz.

La censura, por tanto, no dudó en utilizarlo: si el caso de Mogambo, donde los componentes de un matrimonio se transforman en hermanos para impedir el pecado de adulterio, fue uno de los más populares, escandalizando y divirtiendo a la vez a los espectadores españoles del momento, otros muchos casos, más ignorados pero igualmente grotescos, salpicaron hasta muy recientemente la exhibición en España de películas extranjeras: no ya sólo el de la transformación profesional que sufrió Vivian Leigh en El puente de Waterloo, pasando de prostituta a actriz, o el obligado matrimonio de Ingrid Bergman en Arco de triunfo, que mientras movía negativamente la cabeza pronunciaba un castellanísimo sí, o la falsa muerte de Michael Rennie en Las lluvias de Ranchipur,que la censura española consideró más justa que la simple herida que recibía en la versión original, para permitir así que su adúltera esposa, Lana Turner, pecara menos.

Se trata, sobre todo, de la cantidad de pequeñas pero trascendentes manipulaciones sufridas en casi todas las películas, dobladas de forma que se haya llegado incluso a la creación de un lenguaje típicamente cinematográfico que nada tiene que ver con la realidad de los españoles que se expresan en castellano.

Auténticos artistas

La experiencia de los años convirtió a los censores en auténticos artistas, sobre cuya creatividad habrá que hablar elogiosamente en algún momento: despreciaron olímpicamente la lógica de los guionistas, la fuerza de unos diálogos laboriosamente trabajados, la importancia de secuencias y acontecimientos que daban a las películas todo su sentido.

Los censores, con una técnica depuradísima, hicieron de cualquier película extranjera una apología del sistema político español y de sus más que conocidos valores morales. Por su parte, los actores de doblaje, auspiciados por este sistema y partícipes, por tanto, de tan sabrosa industria, continuaron la inventiva, de los censores en un sistema de trabajo (aún vigente) que les hace prestar sus voces a unos personajes que ignoran.

Todo este mecanismo ha diferenciado, una vez más, a España de los demás países europeos donde también se utiliza el doblaje. Es frecuente en esos -pocos- países donde el doblaje impera que los distribuidores ofrezcan a la vez una copia subtitulada para que cada espectador elija la versión que corresponde a sus gustos.

Aquí, en cambio, no. Incluso, como ya se ha comentado, la picaresca de muchos distribuidores hace que aquellas viejas películas dobladas bajo el imperio de la censura vuelvan ahora a las pantallas españolas sin la necesaria puesta al día. Mogambo, sí: fue corregida hace unos años y repuesta cada verano con su adulterio original incluido. Pero es más frecuente, sin embargo, que la comodidad, la inercia o el simple ahorro de un nuevo doblaje resucite la vieja censura, aunque los precios de taquilla respondan a épocas democráticas.

Ocurre otro tanto con las películas que se emiten en televisión, que no tienen muchas veces el detalle de corregir los errores pasados, aunque fuera sólo en subtitular las canciones de películas musicales cuya letra es básica para la comprensión de la historia. El astuto ahorro que en su día hicieron los distribuidores, considerando que al público no le interesaba la película por la que había pagado su entrada, se prolonga ahora ante una audiencia considerable que no tiene más opción que la de consumir el producto tal y como se le ofrece.

La censura del doblaje, pues, no ha muerto. Irrecuperables son ya las películas españolas tergiversadas por las versiones impuestas por los censores; pero no puede decirse lo mismo de esas películas extranjeras que nos siguen llegando hoy con las mismas limitaciones, con el mismo espíritu represivo que hizo de este país el más castigado de Europa occidental. Donde antes había siempre prohibición, ahora hay pereza, oportunismo o falta de imaginación: el resultado, para el espectador cinematográfico, es el mismo.

El Análisis

La adulteración antipática, pero necesaria

JF Lamata

Nunca he visto ningún problema en el debate sobre ‘Doblaje sí’ o ‘Doblaje no’. Entre otras cosas porque parece difícilmente discutible que un doblaje es siempre una adulteración de la interpretación original. Aunque una parte de los actores del doblaje se enfurezcan siempre que se plantea el debate (básicamente los del sector ‘divo’ o los del sector ‘adulador’ que quieren ganar puntos ante los anteriores) la inmensa mayoría comprende que lo es, dado que todos ellos son actores y saben lo difícil que es currarse la actuación original.

La pregunta es… ¿Por qué se criticaba a los ‘traductores’ de interpretación internacional [que es lo que son los actores de doblaje] y no se criticaba a los traductores de libros, cuyas traducciones también son una adulteración de la obra original?

Se encuentran varias diferencias: los traductores de libros cobran menos y no se dedican a atribuirse a ellos mismos parte del éxito de las obras que traducen. (Al menos no imagino al traductor de un libro de Danielle Steele diciendo “el éxito del libro un 50% es de la obra original y un 50% de mi traducción”, como sí se ha escuchado decir a profesionales del doblaje, lo que no ayuda a percibirla como una profesión ‘simpática’.

En todo caso, a pesar de detractores y divo, el doblaje prevalece por algo más simple e importante: porque el público así lo quiere.

Federico García Jiménez

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