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Goytisolo, derrotado en la votación por el mismo premio, publica en EL PAÍS el artículo "Vamos a Menos".

El columnista de EL MUNDO, Francisco Umbral, gana el Premio Cervantes de las letras para ira de Juan Goytisolo

HECHOS

El 12.12.2000 se hizo público que D. Francisco Umbral ganaba el Premio Cervantes de las Letras.

¿MAL PERDER DE GOYTISOLO? 

 El escritor D. Juan Goytisolo, que también fue candidato a la concesión del Premio Cervantes de ese año, pero que fue descartado por el jurado, publicó en EL PAÍS una dura tribuna contra el Premio Cervantes al Sr. Francisco Umbral.

10 - Enero - 2001

Vamos a menos

Juan Goytisolo

La decisión del jurado del Premio Cervantes el pasado mes de diciembre prueba de modo concluyente (por si hubiera aún necesidad de ello) la putrefacción de la vida literaria española, el triunfo del amiguismo pringoso y tribal, la existencia de fratrías, compinches y alhóndigas, la apoteosis grotesca del esperpento. Sí, Spain is different, y lo es sin remedio. Las vehementes declaraciones de amor del laureado, de un amor que, a diferencia del de Wilde y Gide, sí se atreve a decir su nombre, al secretario de Estado de Cultura (‘¡Ay, mi amor, cuántas cosas te debo! Me has hecho un hombre. De verdad que estoy con vosotros. Cuenta conmigo para lo que quieras’); sus expresiones chulas e insultantes respecto a los otros candidatos, entre los que por fortuna no me hallaba yo (‘ahora sí que les hemos jodido bien’, ‘¡esto es la polla!’); sus muy rendidas gracias a quienes ‘se lo han trabajado [el premio] a muerte’ (su padrino, José Hierro y el crítico estrella de este periódico), resultarían inconcebibles en otro país que el nuestro. En la flamante España que va a más, la ignorancia, desfachatez y venalidad reinantes permiten galardonar no a Valente, sino a don José García Nieto, pues en razón de la ausencia casi general de criterios de valor, todo vale. En corto, la cultura ha sido sustituida por su simulacro mediático y nadie o muy pocos elevan la voz contra ese estado de cosas. La resignación y el conformismo con los poderes fácticos reinan en el campo literario como en los felices tiempos del franquismo.

Lo más extraordinario de este inefable festival de burlas y vanidades es la insistencia del galardonado en la índole ‘política’ de su premio y su recompensa a ‘la España progresista’ que él encarna. ¡El autoproclamado escritor de izquierdas, e incluso rojo, publicaba sin duda en Cuadernos de Ruedo Ibérico o Nuestras Ideas, y no en la La Gaceta Literaria! Para un memorialista de su pedigrí, la desmemoria que afecta a la vida española es una baza única. ¡Del patrocinio de don Juan Aparicio al de Luis Alberto de Cuenca, qué impecable trayectoria de izquierdas!

Mas lo ocurrido con el cervantes -empleemos la minúscula para evitar el ultraje a la memoria de nuestro primer escritor- no puede considerarse con todo un hecho aislado: se inscribe en un cuadro genérico de premios, recompensas, medallas, galardones, ditirambos y propaganda desaforada destinados a transformar en obras de arte unos partos de mediocridad escasamente áurea cuando no atentados mortales a la inteligencia y buen gusto. La distinción fundamental entre el texto literario y el producto editorial ha sido cuidadosamente borrada y, para emplear los términos acuñados por Antonio Saura, el ‘hipo de la moda’ se confunde con ‘la moderna intensidad’. No tengo nada en contra de los buenos ‘productos’ que sirven de soporte material a la publicación de obras minoritarias y de mayor enjundia. Una gran editorial como Gallimard -a la que se tributó un merecido homenaje en la Feria del Libro de Guadalajara- ha sabido combinar unos y otras durante casi un siglo hasta componer un catálogo digno de admiración. Pero en España, en donde la cultura es escasa y superficial, víctima de nuestra trágica discontinuidad histórica -¿puede considerarse ‘normal’ un país en el que el lector no pudo acceder al disfrute de una obra como La Regentadurante más de cuarenta años?-, el empeño de algunos en sostener la obra de calidad lucha quijotescamente contra la ignorancia de los más y la demostrada incompetencia de los dómines de la cultura. Si a ello añadimos el hecho de que la educación se ha convertido en una nueva forma de calamidad pública -como señaló recientemente Juan Pablo Fusi, el nivel de conocimientos de los universitarios de hoy en las disciplinas de humanidades es tal vez inferior al de los colegios de enseñanza media de la Institución Libre de Enseñanza en tiempos de Cánovas-, obtendremos un cuadro completo de la desertificación ética y literaria de nuestra España de nuevos ricos, nuevos libres y nuevos europeos. No hay que extrañarse así de que en este clima triunfalista y deletéreo de sometimiento a lo inane, pero mediático -o por mejor decir, de mediático por lo inane-, asistamos a la reproducción clónica de premios y obras premiadas, en los que el contenido del libro viene determinado de antemano por estrategias e imperativos de su promoción. Una buena promoción suple con creces la baratija impresa y atenúa el hedor de lo manido y rancio con un buen empaquetado de regalo de Nina Ricci o Dior. Todo ello no sería posible sin la complicidad activa o pasiva de las páginas culturales de los grandes periódicos, dependientes, como nadie ignora, de intereses políticos o empresariales más o menos confesables. Cualquier crítico o escritor de escaso fuste pero de muchas campanillas puede pontificar sobre la ‘retórica hueca’ de Valente o perdonar la vida a Borges mientras proclama al inefable cervantes de las botas negras brillantes y pañuelo rosa o de bufanda blanca y pantalón rojo eléctrico, lo mismo da, el mejor escritor de todas las Españas. Cualquier avispado columnista de cartón piedra puede establecer, con ayuda o sin ayuda del ministerio, su canon literario y forjarse de ese modo, a costa de omisiones mezquinas y flagrantes desafueros, una pequeña celebridad. Los amores y desamores de los pretendientes a Bloom mas de integridad condigna de un cabecilla de taifa, reflejan fielmente lo que escribió Cernuda -a quien no se lee y se cita con desparpajo- en uno de sus ensayos: ‘Lo lamento, pero la crítica no consiste como creen ahí, en administrar un compuesto de azúcar, melaza, sacarina y jarabe a aquellos escritores admirados y palo tras palo a aquellos detestados por el crítico, sino otra cosa’. Para desdicha nuestra, esta ‘otra cosa’ sigue brillando por su ausencia. Recuerdo la reseña de una novela de difícil repercusión fuera de España en la que el crítico prodigó 16 adjetivos de elogio (cinco de ellos terminados en ante).El mismo crítico se despachó a gusto con otra -ésta sí traducida posteriormente a varias lenguas no obstante su índole minoritaria- con un número apenas inferior de frases o términos demoledores y despectivos.

Pero en un caldo de cultivo como el de nuestra villa y corte, en el que la tontería y falsedades de las que habla Cernuda pasan por valores contantes y sonantes, nada significa ya nada. Igual da Gala que martingala y Verdi que Monteverdi (‘basta quitarle el Monte’, como dijo un musicólogo de tertulia). Los opiniónomos y sabios disciernen títulos de gloria o de infamia sin tomarse la molestia de leer a quienes trituran o ensalzan. (Hace años incurrí en la ingenuidad de presentarme a una plática radiofónica sobre la novela que acababa de publicar. Al llegar con unos minutos de antelación al estudio sorprendí a los contertulios mientras leían apresuradamente la contracubierta del libro para saber de qué iba. Los ejemplares a su disposición lucían una virginidad ajena a todo manoseo zafio. A pesar de ello, al empezar la charla, tres de ellos alabaron la obra y uno la criticó con dureza. Pero se trataba de una iluminación directa del Espíritu Santo, ya que ninguno la había leído).

Es una desdicha que el Paráclito no alumbre casi nunca las mentes de nuestros reesponsables culturales. Sus intervenciones salvíficas son más bien raras. ¡Ojalá tuviésemos con nosotros a este camarero de un restaurante popular de Monterrey que me habló de unas semanas deDisciplina Clericalis y de don Sem Tob! De depender de mí, le habría nombrado inmediatamente ministro de Educación.

La amenaza más grave que hoy pesa sobre el escritor y el futuro mismo de la literatura es su rendición sin combate a los halagos del poder mediático y a las crudas leyes de la compraventa: el tanto vendes tanto vales que levanta hasta los cuernos de la luna a los fabricantes de best- sellers y margina a quienes escriben sin anhelo de recompensa y permanecen fieles a la ética del lenguaje. Como escribía en su bello discurso de recepción del Nobel el novelista chino Gao Xingjian, ‘si el juicio estético del escritor debiera seguir las tendencias del mercado, ello equivaldría al suicidio de la literatura’.

Para no suicidarse, el escritor tiene que aceptar en efecto la soledad creadora, mucho menos dramática por fortuna que la de quienes, como Osip Mandelstam o Bulgakov, no pudieron ver impresa su obra o perecieron a causa de su exigencia moral y estética insobornable. Evocar el destino de éstos o de algunos grandes creadores de nuestra lengua (de los que tan poco sabemos) resultaría una ayuda preciosa en el momento de afrontar la alternativa. No pienso aquí en las plumas serviles o zafias que existen tan sólo a la sombra del poder o gracias a su continua presencia mediática sino en aquellas que, dotadas de la sensibilidad innata del escritor capaz de plasmar su visión del mundo, sacrifican su precioso don al afán barato de hacer carrera.

Una prensa atenta a la educación ciudadana debería cuidar de la defensa de los valores literarios y artísticos más allá de las modas y combinaciones mercantiles. Dicha labor no es cómoda en un medio habituado a la confección y venta de productos de asimilación instantánea conforme a las normas de las sociedades configuradas por el mercado global (productos consumidos a su vez por éstas con la misma facilidad y rapidez que las hamburguesas zampadas, digeridas y evacuadas de sus hamburgueserías). Pero los críticos que aceptan sin pestañear dicho orden de cosas y ensalzan regularmente las obras plastificadas y fabricadas en serie deberían comparecer ante un tribunal de deontología. Que los órganos de prensa venales o al servicio del poder -para el que la cultura es sólo un motivo de decoración o alarde vano- participen en tal almoneda no puede sorprender a nadie. En otros casos dicha conducta resulta más difícil de encajar.

EL PAÍS es ‘algo más que un periódico’. Es también, como sabemos, la matriz o pieza clave de un poderoso grupo empresarial con ramificaciones en el ámbito editorial y en diversos medios de comunicación de España e Iberoamérica. Su credibilidad informativa le ha permitido conquistar de buena ley una audiencia internacional y alzarse al nivel de los cuatro o cinco mejores periódicos del mundo. Merced a ello podemos disfrutar de la lectura de algunas de las mejores plumas españolas y extranjeras tocante a los problemas y realidades acuciantes con las que debemos lidiar. En mis viajes a diversas zonas conflictivas a lo largo de la última década he podido comprobar igualmente la excepcional seriedad y competencia de sus corresponsales en los Balcanes, Rusia, Oriente Próximo y el Magreb. Pero advierto con creciente inquietud -y esto es la otra cara de la moneda, visible no obstante, a todo observador sin anteojeras- la incidencia de una serie de presiones internas y externas, ligadas a su dimensión empresarial y a la imbricación que conlleva, que ponen a dura prueba en una de sus secciones sus designios de imparcialidad.

Si al cabo de los años leo siempre con el mismo incentivo las páginas de Opinión y las informaciones y crónicas internacionales (las de España me interesan menos con excepción de las que tocan al País Vasco, el racismo y la inmigración), en el campo cultural verifico a menudo la fuerza de estas presiones y la existencia de un lo nuestro y lo ajeno de un nosotros y ellos que justifican un muy diferente trato a autores y obras según pertenezcan o no al grupo multimedia o, lo que es peor, sean amigos o no de quienes a la sombra pinchan y cortan.

No descubro el Mediterráneo si señalo que algunas informaciones sobre el número de premios acumulados y ejemplares vendidos de un autor de la casa, reiterados con machaconería, corresponden más bien a las funciones de un buen agente literario que a las de un periódico serio cuya fiabilidad nadie debería poner en duda. Tampoco descubro el Atlántico si apunto al hecho de que el nombre de ciertos autores es escamoteado por causas que los interesados ignoran y que ese ninguneo llega a tales extremos que se puede informar sobre la presentación de un libro y omitir el nombre del presentador (esto acaeció la pasada primavera con la del bello poemario póstumo de Carlos Fuentes Lemus; su presentador, Julián Ríos, desapareció de la reseña del acto). Se me dirá que esto puede ocurrir en todos los diarios. Mas la índole sistemática de las promociones y ninguneos no debería sobrepasar ciertos límites so pena de afectar la confianza que deposita en ellos el lector.

Algunas omisiones, por minúsculas que sean, pueden acarrear consecuencias dañinas y citaré un ejemplo que me atañe. Cuando el imam Jomeini decretó su célebre fatwua contra Salman Rushdie, recibí en Marraquech una llamada telefónica de Londres para solicitar mi firma en una carta cuyo texto fue publicado el día siguiente en The Times. Por más señas, fui el único firmante español y el único que suscribió la protesta contra el desafuero en un país musulmán. Poco después, la misma carta, con sus signatarios, apareció en este periódico. Sólo faltaba mi firma: detalle insignificante y al que no presté mayor atención. Pero he aquí que al cabo de unos años un colega me reprochó, de buena fe sin duda, haber negado mi apoyo moral al escritor perseguido. Entonces comprobé, con retraso, las secuelas de ciertas omisiones para mí tan misteriosas como las que existían en tiempos de la censura franquista, y lamenté no haber indicado públicamente el escamoteo de mi nombre en la lista reproducida en EL PAÍS en forma de comunicado o anuncio.

Más allá de estas anécdotas de escaso interés para el lector, percibo en las páginas de Cultura los corolarios de una endogamia que, por acentuarse de año en año, corre el riesgo de convertirse en autismo. La existencia de unos intelectuales orgánicos, no ya al servicio de un partido político o grupo social, sino de la empresa, tiene a la corta o a la larga efectos negativos si no se toma conciencia de ello y no se adoptan medidas para circunscribir el mal. Todos conocemos a estos escritores (buenos o mediocres, igual da) que están siempre en la brecha, allí donde deben estar y que si critican lo divino y lo humano se guardan muy mucho de emitir el menor reparo al funcionamiento del sector cultural y a unos favoritismos de los que son los primeros beneficiarios. Tal vez eso sea inevitable y difícil de erradicar. Pero si desaparecen las voces críticas o son ahogadas por un discurso satisfecho y eufórico -como sucedía en otra escala, mucho más nociva, en las antiguas Uniones de Escritores de los países del ‘socialismo real’- se corre el riesgo de hablar y aplaudir a quien habla de forma ‘autorizada’; en otras palabras, de confundir la voz propia con la voz de la sociedad.

Junto a la figura del Defensor del Lector a secas, habría que crear la de un Defensor del Lector Literario, con el encargo expreso de señalar los usos y abusos de nuestro peculiar Parnaso con la ironía de un Larra o un Clarín; el elogio en el que no cree ni el que lo da ni el que lo lee ni a veces, si conserva una pizca de lucidez, el que lo recibe; los compadreos, aborrecimientos y exclusiones ajenos a toda ética y sentido común; la censura comercial mucho más solapada y mortífera que la antigua censura religiosa, ideológica o política. Hoy, como hace cuarenta años, lo que entiendo por crítica literaria -extraño quizás a la mentalidad española,según creía Cernuda- se refugia de ordinario en unas pocas revistas independientes de toda subvención estatal y autonómica, como es el caso heroico de Quimera o Archipiélago, o recurre al libelo provocador pero saludable del samizdat. Quién sabe si los foros espontáneos de internautas serán en el futuro la única alternativa viable a la tiranía de la trivialidad.

Las cosas no han cambiado mucho desde el día en el que el último cervantes llegó al café Gijón. En mi novela Don Julián -prohibida por los servicios del entonces padrino de aquél-, hablaba de ‘esas estatuas todavía sin pedestal, pero ya con la mímica y el desplante taurómacos’ de los escaladores del ‘laurífico escalafón, que vierten a raudales su simpático don de gentes: si me citas te cito, si me alabas te alabo, si me lees te leo: ¡original y castizo sistema crítico fundado en la tribal, primitiva economía de trueque! ¡Poetas, narradores, dramaturgos, al acecho de planetario premio, de alcaponesca beca!: trenzándose, entretanto, unos a otros, floridas guirnaldas, prodigándose henchidos elogios, redactando sonoros panegíricos: fuera de tono, inauténticos siempre excepto cuando airada, recíprocamente se combaten’, etcétera.

Cualquier parecido con el Parnaso de hoy sería desde luego simple coincidencia. En este campo, si tenemos en cuenta los estragos de la seudocultura mediática y la ignorancia general de nuestro pasado, incluso el más próximo, no cabe sino concluir que vamos a menos.

Juan Goytisolo

23 - Junio - 2001

La España que se ve desde Juan Goytisolo

Benjamín Prado

El autor rebate la opinión de Juan Goytisolo sobre la cultura española actual. Le da la razón en algunas cosas, pero afirma que entre el 'España va bien' y el 'Vamos a menos' hay otras valoraciones

Siempre he seguido con interés a Juan Goytisolo y no soy, además, de los que saltaron en marcha de su obra después de leer libros tan sobresalientes como Señas de identidad, Paisajes después de la batalla, Para vivir aquí, Makbara o Reivindicación del conde don Julián, sino que le he sido fiel a lo largo de los años y no me parecen nada desdeñables textos suyos como Las virtudes del pájaro solitario -una hermosa recreación de la vida y la obra de San Juan de la Cruz- o La cuarentena.Y lo respeto, también, por el valor y la perseverancia con los que ha emprendido algunas de sus cruzadas personales en defensa de la cultura árabe o de las minorías musulmanas de Bosnia. Hace algunos años, de hecho, cuando publicó, precisamente, Las virtudes del pájaro solitario, le hice una entrevista que apareció en Diario 16 y, fuera de España, no recuerdo si en la revista mexicana Vuelta, entonces aún dirigida por nuestro amigo común Octavio Paz, o en el periódico La Jornada.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, Goytisolo se ha convertido en el príncipe de los agoreros, en el altavoz de los agraviados, y cada uno de sus artículos o entrevistas se parecen a un sermón en el desierto; son una arenga hecha de avisos, profecías, lamentos, denuncias, admoniciones y críticas ácidas según las cuales la sociedad cultural española es el reino de los cobardes, los tramposos, los débiles, los inútiles, los adocenados, los mediocres, los sinvergüenzas, los vendidos, los farsantes… Pongo puntos suspensivos para que ustedes puedan añadir su propia leña al fuego o su propia nieve al alud: piensen en una palabra con la que se pueda descalificar a un intelectual orgánico y Goytisolo la habrá dicho o la habrá sugerido. Bueno, quizá exagero un poco, pero es para que se den cuenta de lo enfadado que está el autor de ¿Duelo en el paraíso?Estoy casi seguro de que, para muchos, abrir un periódico en el que salga Goytisolo debe de ser como meter la mano en un barreño lleno de cangrejos.

No es que no esté de acuerdo, como tantos, con algunas de las denuncias que hizo el escritor en su artículo -o proclama- Vamos a menos, publicado por EL PAÍS: por supuesto que aquí y ahora hay una jauría de mentirosos y de oportunistas, cuando no de desalmados; hay autores de tercera jaleados por medios de comunicación afines, especialistas en pescar lo que no se merecen en el río revuelto de la prensa española; hay escritores que tienen mucho éxito y ningún talento y otros que se pegan al poder como moluscos a una piedra. Hay hasta quien cobra cuatro sueldos del Estado y además quiere ser la conciencia moral del país y representar la pureza literaria absoluta. Hay un premio Nobel y un director de la Biblioteca Nacional acusados de plagio. Hay un impostor en cada esquina y un genio local agarrado a cada bandera. A mí, toda esa canalla, los comisarios políticos disfrazados de francotiradores o evangelistas, los que pontifican con la mano izquierda mientras meten la derecha en la caja del dinero y los demás, me da tanto asco como a Goytisolo.

He escrito, para estar de acuerdo con Juan Goytisolo, dos palabras sin duda preocupantes, aquí y ahora. Pero hay un par de preguntas que me gustaría hacer con respecto a esas dos palabras. La primera es ésta: ¿la suma de esos casos turbios, por desagradables que sean, lo ocupa todo, lo resume y anega todo? La segunda es: ¿nos encontramos ante un fenómeno nuevo, ante una corrupción de nuestra cultura como nunca antes se había visto? Yo respondería a esas dos preguntas con la misma palabra: no. La existencia de escritores de poco mérito y mucha fama no es de hoy. A mediados del siglo XIX, ¿a quién se leía más: a Bécquer o a Campoamor? A finales de ese mismo siglo, Juan Ramón Jiménez era infinitamente menos famoso y menos leído que Francisco Villaespesa. De acuerdo, se me podrá decir que ojalá todo lo que no fuese Bécquer o Juan Ramón, fuese Campoamor o Villaespesa, y yo estaré de acuerdo. Pongamos, entonces, otro ejemplo más claro: ¿quién leía, en los años veinte, las novelas de Francisco Ayala o Rosa Chacel, dos miembros de la Generación del 27 hoy unánimemente respetados? Nadie, no las leía casi nadie, porque lo que arrasaba por aquella época en el mercado eran las novelas de El Caballero Audaz o las de Alberto Insúa, devorados hoy por las arenas movedizas del Tiempo. Y en ese mismo grupo, si pasamos a los poetas, veremos que el 27 no fueron sólo Lorca, Cernuda, Alberti y compañía, sino que también hubo otros muchos autores, hoy día menos valorados o casi desaparecidos, según los casos: Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, Juan Chabás, Ernestina de Champourcin, Juan José Domenchina, Concha Méndez, Juan Rejano, Mauricio Bacarisse…

Pero, en la literatura española actual, todo le parece peor que eso a Juan Goytisolo. Según una entrevista publicada por este mismo periódico, en la narrativa española actual no hay nada más que Bacarisses, Domenchinas y cosas aún peores; de hecho, cuando le preguntan por escritores importantes, menciona a Ángel Vázquez, Manuel Espinosa y Andrés Bosch, y cuando le piden que dé un nombre actual contesta lacónicamente: José Jiménez Lozano. ¿No hay nada más que eso? ¿No es un buen novelista, entonces, Juan Marsé? ¿No lo es Eduardo Mendoza o lo son determinadas obras de Rafael Sánchez Ferlosio, Ana María Matute o -recordemos que aún vive- Carmen Laforet? ¿No hay ni un solo autor recomendable en la generación de Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Almudena Grandes, Justo Navarro, Juan José Millás, Luis Landero o Enrique Vila-Matas? ¿Y entre los más jóvenes? Quizá es que estamos todos equivocados, pero no sólo en España, sino también en el resto del mundo, puesto que la mayor parte de estos autores han sido traducidos a numerosas lenguas y en muchos casos han recibido críticas generosas en otros países distintos de la negra España que ve Juan Goytisolo desde su domicilio de Marruecos. Podemos poner como ejemplo al propio Javier Marías, premiado y alabado con entusiasmo en media Europa.

El autor de Campos de Níjar acusa a la cultura española de endogamia y amiguismo. Sin duda, en muchos casos vuelve a tener razón. Sin embargo, hablar bien de los amigos no tiene por qué ser un delito, si los amigos lo merecen. De hecho, ¿hay tres amigos que se quieran más que Carlos Fuentes, Julián Ríos y el propio Goytisolo? Yo leo todos los años un par de artículos o entrevistas de mi amigo Carlos Fuentes donde dice que Goytisolo es ‘el mejor novelista de la lengua castellana’; y otro donde Ríos califica a Goytisolo de genio o algo similar; y un tercero donde Goytisolo alaba, a su vez, a Fuentes o a Ríos, o a los dos de un solo golpe. Y cuando leo esos artículos o entrevistas, me alegro y me emociono; me digo: se lo merecen y, por Dios santo, qué ejemplo tan magnífico, cuánto se admiran y qué bien se llevan estos hombres.

Goytisolo se queja también de que su artículo no ha tenido el eco ni la respuesta que él esperaba. De hecho, últimamente, su voz se oye a la vez en mil sitios, quejándose de esa falta de eco. ‘Se ha contestado a la mezquina y ruin manera de España’, dice, pero, claro, eso no es lo que él quería. ¿Qué es, entonces, lo que él quería? El Premio Cervantes, no, puesto que dice que jamás lo aceptaría, quizá porque este país no se merece a Goytisolo y, en consecuencia, no tiene derecho a premiarle. ‘Yo no soy un bien nacional y jamás aceptaría un bien nacional’, dice. ¿Quiere eso decir que ganadores del Cervantes como Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti o Mario Vargas Llosa sí lo son? Si es así, me alegro. Pero repito la pregunta: ¿qué quería Goytisolo? No creo que escribiese el artículo a causa de una rabieta, porque es demasiado inteligente para eso y, además, ¿por qué iba a estar rabioso un autor tan célebre y respetado como Juan Goytisolo? No creo que lo hiciese por vanidad, puesto que jura que no es vanidoso, aunque luego compare el desdén de algunos críticos hacia su obra con el que otros expresaron por Marcel Proust y Clarín. ¿Lo habrá hecho porque tenga un cierto ímpetu sacerdotal o hasta papal, una necesidad íntima de reconvenirnos, señalar nuestros pecados y el camino de nuestra salvación? Eso, sin duda, explicaría por qué Juan Benet lo llamaba cariñosamente Wojtysolo, en referencia al papa Wojtyla (lo hizo en el último artículo que publicó en su vida, en noviembre de l992, en EL PAÍS).

No, dice que no lo ha hecho por ninguna de esas razones, sino para provocar un debate en la literatura española, para mover un poco las aguas de nuestra cultura, adormecidas por las circunstancias políticas y sociales de nuestro país. Yo me permito entrar en ese debate para decirle que, en mi opinión -que espero que él no considere ‘mezquina y ruin’, sino sólo contraria a la suya-, las cosas no son tan trágicas como él las ve. Para recordarle que en España hay buenos escritores, novelistas de calidad que, además, han conectado con el gran público y poetas serios que van haciendo su obra con paciencia y con eficacia. Para recordarle, también, que este país no es ya tan paleto ni está tan encerrado como él asegura. ‘En España, nunca he encontrado curiosidad por lo que sucede fuera’, dice. Pero ¿de dónde a dónde llega ese nunca? ¿No salió gran parte de Antonio Machado del simbolismo francés? ¿No salió nuestra poesía vanguardista de los años veinte del surrealismo francés? ¿No están sólidamente vinculados algunos poetas de los años cincuenta, como Gil de Biedma o Valente, con Auden y Paul Celan, por ejemplo y de forma respectiva? ¿No le debemos muchos novelistas españoles de ahora mismo muchas cosas a la literatura del llamado boom latinoamericano? Podría poner ejemplos hasta aburrir al lector, a Goytisolo y a mí mismo, pero no creo que sean necesarios.

Sin duda, a este país no le sobrarán los genios, pero sí los pesimistas y las aves de mal agüero. Personalmente, yo estoy harto de ellos y del prestigio que parece darles a algunos el criticarlo todo, el degradarlo todo, el tirarlo todo por los suelos, el negar que, poco a poco, hemos ido conquistando cosas, cambiando otras y mejorando algunas. Bastante tengo con odiar a los caraduras, a los rencorosos que tanto sufren con el éxito ajeno y a los telepredicadores de diferente ralea. Lo único que faltaba es que ahora sólo pudiésemos elegir entre el España va bien de José María Aznar y el Vamos a menos de Juan Goytisolo.

Benjamín Prado

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