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Cebrián asegura que Fraga le llamó a la salida del primer número del periódico para echarle la bronca por permitir que hubiera 'marxismo' en EL PAÍS

Nace el diario EL PAÍS editado por PRISA, en medio de disputas entre partidarios de sus dos principales ‘mecenas’: Areilza y Fraga

HECHOS

El 4.05.1976 salió el primer número del diario EL PAÍS, cinco años después de la constitución de su empresa editora: PRISA.

fraga_82_86_89 El vicepresidente y ministro de la Gobernación, D. Manuel Fraga Iribarne, logró que el Gobierno Arias Navarro concediera el permiso para la salida de EL PAÍS, diario del que él mismo era accionista. El primer director de EL PAÍS era D. Juan Luis Cebrián, tras desbancar en el puesto a D. Carlos Mendo. El Sr. Cebrián, a pesar de ser considerado inicialmente un franquista reformista (o mejor dicho ‘fraguista’) acabaría pronto en posiciones progresistas.

D. Eduardo San Martín (periodista de EL PAÍS en 1976) habla con J. F. Lamata sobre el nacimiento del periódico:

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D. Jesús Ceberio (Periodista de EL PAÍS en 1976) habla con J. F. Lamata sobre la presencia de Fraga en el accionariado del diario:

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AL LADO DE LA COLUMNA DEL DIRECTOR: UNA COLUMNA DE UN COMUNISTA EXILIADO

titular_pais2 La primera ‘tribuna libre’ de EL PAÍS estaba firmada por el propio director D. Juan Luis Cebrián Echarri hablando de los objetivos del periódico. A su lado en la sección de la colaboraciones un artículo cuya firma no podía ser más simbólica: el poeta exiliado D. Rafael Alberti, que era miembro destacado del Partido Comunista de España (PCE), por lo que la publicación de aquel artículo en el primer número de EL PAÍS no podía ser más simbólico.

RICARDO DE LA CIERVA, COLUMNISTA ESTRELLA DE EL PAÍS

titular_pais3 En su primer número el diario EL PAÍS tenía un único columnista estrella, el historiador D. Ricardo de la Cierva, considerado un defensor de la figura del General Franco, pero a la vez un partidario de la apertura democracia.

EL MALESTAR DE FRAGA

Si D. Manuel Fraga y D. José María de Areilza conde de Motrico eran los dos grupos de poder que pugnaban entre ellos por hacerse con el control del diario de PRISA. La batalla, en el momento de salida del periódico era del segundo sobre el primero, y la mejor prueba de eso era que el rostro del Sr. Areilza apareciera en la primera portada de EL PAÍS, que pasó la historia periodística. D. Juan Luis Cebrián asegura que en el primer día de existencia del periódico recibió las llamadas tanto del Sr. Areilza como del Sr. Fraga. La del primero fue para felicitarle y la del segundo para echarle la bronca, por haber permitido ‘marxismo’ en el periódico.

LA EMPRESA: UN ACCIONARIADO MUY PLURAL

Un solo vistazo al Consejo de Administración del Grupo PRISA demostraba como era un periódico plural en el que no había una clara figura que desempeñara el control absoluto de la compañía:

Consejo de Administración del Grupo PRISA en mayo de 1976:

D. José Ortega Spottorno (presidente y miembro de la Junta de Fundadores), D. Jesús Polanco (consejero-delegado), D. Darío Valcárcel (subdirector de EL PAÍS y secretario de la Junta de Fundadores), Juan José de Carlos (miembro de la Junta de Fundadores), D. Sebastián Carpi, D. Arturo Carpintero, D. Alfonso de Cossío, D. Francisco Giménez Torres, D. Ramón Jordán de Urríes (miembro de la Junta de Fundadores), D. Javier de Lorenzo, D. Julián Marías, D. Antonio Menchaca, D. Carlos Mendo (miembro de la Junta de Fundadores), D. Manuel Milián Mestre, D. Joaquín Muñoz, D. Alvaro Noguera, D. Miguel Ortega Spottorno, D. Fernando Pérez Mínguez, D. Antonio de Senillosa, D. Ramón Tamames y D. José Vergara.

Los líderes de los principales ‘sectores’ del accionariado de PRISA:

– Liberales ‘Orteguianos’:

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D. José Ortega Spottorno, D. Miguel Ortega Spottorno, D. Julián Marías y D. Alfonso de Cossío.

– Hombres de José María de Areilzca, conde de Motrico (Liberales)

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D. Dario Valcárcel (subdirector de EL PAÍS), D. Antonio de Senillosa y D. Ramón Jordán de Urríes

– Hombres de Manuel Fraga (Conservadores)

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D. Carlos Mendo y D. Manuel Milián Mestre (junto con ellos estaban los Sres. D. Francisco Giménez Torres, D. Sebastián Carpi o D. Arturo Carpintero)

– Comunistas

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D. Ramón Tamames, accionista y consejero, era miembro del Partido Comunista de España.

04 - Mayo - 1976

El país que queremos

Juan Luis Cebrián

Desde las fechas ya lejanas en que a un grupo de periodistas e intelectuales españoles se les ocurriera la idea de fundar EL PAIS, éste se ha soñado siempre a sí mismo como un periódico independiente, capaz de rechazar las presiones que el poder político y el del dinero ejercen de continuo sobre el mundo de la información. Nuestro país no tiene tradición reciente en el uso de ningún tipo de libertades, y nuestra experiencia al respecto, en el terreno de la Prensa, es absolutamente pobre. Los diarios y los periodistas españoles hemos vivido -incluso los que somos todavía jóvenes- años de una censura y un dirigismo tan férreos que sus frutos merecerían los honores de un museo celtibérico de muchas plantas si no fuera porque han constituido un daño irreparable para la cultura, el pensamiento y la política de nuestra nación. La realidad es que hasta 1966 la Prensa española no consistió sino en un aparato de propaganda del régimen y sus beneficiarios, en una actitud de desprecio total hacia el lector y sus derechos. A partir de la publicación de la actual Ley de Prensa e Imprenta los diarios pudieron soltar, tímidamente primero, más cómodos después, algunas de las amarras que les ataron durante tanto tiempo. Pero se han mantenido hábitos y vicios difíciles de borrar. La veneración al poder que el franquismo enquistó entre nosotros es todo lo contrario de lo que una Prensa libre necesita si quiere convertirse en un instrumento de participación y diálogo al servicio de los ciudadanos.Durante cuarenta años los lectores españoles han sido convenientemente amaestrados para la llamada crítica constructiva, adjetivo éste inventado por la clase dirigente a fin de evitar toda crítica a secas que perjudique o ponga en peligro sus intereses. El poder político nos está inundando desde hace algún tiempo con argumentaciones y promesas sobre la reforma democrática, pero se olvida con frecuencia que esta reforma es imposible si los mismos detentadores del poder no están sinceramente dispuestos a dejarlo.

Los niveles de libertad de Prensa en nuestro país, al margen de innegables avances obtenidos en el pasado reciente, siguen siendo muy bajos para lo que la democracia tradicional exige. La información sobre las actividades de los ministros o los directores generales copa en gran parte los espacios de “política” de los periódicos, que dedican páginas y páginas a discursos oficiales que nadie lee pero cuya publicación aplaca -teóricamente al menos- otras iras desatadas. Sería una petulancia que hoy mismo viniéramos nosotros a decir cómo es preciso hacer las cosas. No, pensamos que somos mejores que los demás, aunque aspiramos a ser distintos en algo y desde luego a que al cabo de unos meses se pueda reconocer que no lo hacemos mal del todo. Pero la actitud y el tono de la Prensa diaria tienen que cambiar si se quiere ayudar a la construcción de una democracia en nuestro país. En la medida de nuestras posibilidades, nosotros trataremos de hacerlo.

Este periódico ha sido posible porque hay muchos miles -yo diría que cientos de miles- de españoles que piensan efectivamente esto que decimos. No son de derechas ni de izquierdas o mejor dicho, y precisamente, son de derechas y de izquierdas, pero ninguno opta por expender patentes de patriotismo, ni piensa que la mejor manera de convivir sea la que desgraciadamente se nos ha querido enseñar en el pasado: la supresión del adversario. Porque nacemos con talante y concepción liberales de la vida -en lo que de actual y permanente tiene la palabra y en lo que significa elrespeto a la libertad de los hombres- la tribuna libre de EL PAIS estará abierta a cuantas gentes e ideologías quieran expresarse en ella, con la sola condición de que sus propuestas, por dicutibles que sean, sean también respetuosas con el contrario y propugnen solucciones deconvivencia entre los españoles.

Por lo demás sería injusto e inelegante terminar este breve saludó de cuatro de mayo sin recordar también que otras cosas, además de los deseos de libertad y democracia, han hecho posible que comenzara la aventura de EL PAIS: la constante paciencia de medio millar de accionistas que durante tres años soportaron sin deserciones las negativas del Gobierno a conceder el permiso de publicación, y el entusiasmo de doscientas personas, que robándole horas al sueño y trabajando contra reloj desde hace sólo tres meses pueden presumir sin reparos de haber puesto hoy un periódico en la calle. Estas cosas tienen que ser humilde y públicamente agradecidas. En catorce años de periodismo activo no había visto nunca un grupo humano tan entusiasmado con sacar adelante su tarea. Y no seremos nosotros, pero alguien sí debería escribir el relato de los protagonistas anónimos de la historia que hoy comienza y que quiere ser no una historia particular y concreta, sino símbolo real de algo más definitivo e importante: el,advenimiento de un régimen de libertad y unas formas de convivencia, modernas y civilizadas entre los españoles.

04 - Mayo - 1976

Un arco y una clave

Ricardo de la Cierva

En ocasión primordial como la que hoy nos pide la palabra no puede el cronista perderse en el pequeño análisis nuestro de cada día. Hay que escribir sin ignorar que hoy abrimos protocolo para registrar, esto es, para ayudar a construir el siglo definitivo de nuestra convivencia pacífica e inédita.Adentremos, pues, la mirada sin eludir la circunstancia. Marchamos, aunque no francamente, hacia la democracia; que no es sola mente un régimen o un cambio si no por encima de todo. una actitud nacional sentida y pactada hacia la convivencia en libertad y sin exclusiones. Actitud sentida, que ya tenemos: porque el pueblo es pañol, que hace cuarenta años quería la guerra civil como salida, exige ahora la convivencia democrática como futuro inmediato. Objetivo pactado: eso es lo que nos falta. Se habla mucho de pactos; pero para el sometimiento, si los dicta el Poder; para la rendición incondicional, si los sueña el sector más decidido de la oposición. Mientras el pueblo y los pueblos de España, en medio de la doble intransigencia, que es coraza de impotencia, persisten, según frase de Pío Cabanillas, en «el milagro continuado de la espera».

Ni el conmovedor retorno -conmovedor, movedor de la comunidad- de esos providenciales senadores de nuestra experiencia suicida, don Claudio, don Salvador, don Rodolfo, parece sacudir la inercia enfrentada de nuestros políticos” Recae la culpa principaíl en quienes detentan -sólo detentan- el Poder. Que son, en esencia, los mismos de siempre; un siempre que viene de muchos más años que los reiterados cuarenta, que enlaza con los tres siglos absolutos del antiguo régimen a través de conservadores y moderados. Porque casi toda la intransigencia de los otros se debe, esperemos, a su secular marginación, a lo corto y entrecortado de su experiencia en el mando, al súbito, sangriento y desproporcionado castigo histórico que se abatió, durante dos siglos, sobre sus innegables errores de simplificación.

Por eso debemos hoy concentrar nuestra exigencia de responsabilidades políticas hacia el futuro, y no principalmente -escaldados estamos- hacia el pasado; hacia el Poder, que chirría y vacila más que hacia una oposición que recaba, razonablemente, el derecho a sus primerizas, inevitables costaladas.

El Poder, de acuerdo con el lamentable y lamentado discurso del señor presidente, no parece muy de acuerdo con la opinión pública expresada por la Prensa predemocrática. Hay cosas que, por supuestas, ni se dicen y conviene apuntar hoy.

En la cumbre teórica del Poder está la Corona. Hay un acuerdo general en que la Corona es, en la zona del Poder, el motor para la democracia; fórmula feliz del señor Areilza. Esto, junto a la innegable aceptación popular de la Corona, de los Reyes, es un enorme capital político respetado, con loable patriotismo y paciencia, por la propia oposición al régimen sistema.

El timón de la reforma democrática es doble: la Presidencia del Gobierno -evidentemente empujada desde el grupo reformista del Gobierno- y la Presidencia de las Cortes. Dos timones y quizá dos derroteros; uno y otro lastrados pesadamente por dimensiones personales. Uno y otro timonel han exteriorizado, en historia reciente más ratificada que desmentida hoy, actitudes no democráticas. Su actual orientación democrática puede estar dictada por explicables razones, desde la lealtad a la oportunidad. Pero no es una actitud vivencial, ni excesivamente creíble. Ni, lo que parece peor, coordinada.

Después, el Gobierno. Que congrega a una serie inconexa de personalidades muy conservadoras; que en cuanto Gobierno es solamente conservador. Que fuera de tal coincidencia genérica no es un Gobierno. Su hoy desmedrado sector reformista sólo podría cumplir los fines de su presencia si representase inequívocamente a las exigencias reformistas de la opinión y si consiguiese, en tan alta instancia, el poder que ahora no posee. Minado el camino de los fines nacionales, los reformistas del Gobierno parecen refugiarse hoy en los fines políticos personales. Pésimo remiendo.

Las instituciones y las regiones completarían el marco de la incertidumbre. Las instituciones del antiguo régimen perviven y cierran cada vez más el cuadro no por su fortaleza sino por la presión de sus fantasmas, sobre la indesión y la incoherencia del Poder. Las instituciones medulares, en cambio, están a favor del futuro. La Iglesia ha efectuado a tiempo su reconversión democrática. El Ejército no ha anulado aún sus recelos; pero vive políticamente mucho más cerca del pueblo que de los fantasmas. Las regiones son una realidad absoluta, creciente; el encono de sus problemas depende mucho más del vacío de imaginación y decisión en el Poder que del propio horizonte interno. Necesitan, antes del diálogo, un reconocimiento más que verbal, más que cultural; y después una política que intente la dificilísima tarea de convertir el desvío de los recelos en torneo de comprensiones.

En resumen de cuatro meses:- la -Monarquía, empeñada enjugar sin riesgo, no ha logrado bazas decisivas; pero conserva casi todos los triunfos, ha cuajado la transición cronológica en su seno -ahí es nada- y ha conseguido impedir el juego contrario por farol. Tiene ahora que convertir en partícipes a muchos mirones y repartir, cuanto antes, cartas” nuevas. No es metáfora. Como se hartó de repetir, durante su última estancia, el profesor Linz, tenemos entre manos todo el futuro de España; pero además un arco y una clave para el futuro de Occidente. Y Europa, por primera vez desde 1808, está, en el fondo,. con nosotros.

Quizá porque adivina, mejor que nosotros, que la alternativa a la democracia occidental no es aquí la democracia popular todavía, sino una forma nueva y pelígrosísima de dictadura.

04 - Mayo - 1976

A León Felipe, en su homenaje

Rafael Alberti

Solamente tres veces en mi vida he visto llegar a León Felipe. Y siempre. venía desde muy lejos, porque aquel grande justiciero poeta, al igual que el grito que él amó, parecía venir desde un mundo lejano. O de la profundidad que ni él, quizá, conociera, pero que lo disparaba veloz hacia nosotros, como una arrebatada, una candente flecha silbadora.La primera vez fue en Madrid. Aquella confiada España de los primeros años de la República. Allí lo saludamos. Allí lo quisimos. Allí, puede decirse, lo conocimos. Y allí, también, una noche le dijimos adiós. Porque el poeta caminante, siguiendo ese destino suyo que creyérase siempre fue el éxodo, se alejaba nuevamente.

Así que en aquella noche junto a él, estaban todos los poetas de España, y con ellos Pablo Neruda. ¿Recuerdas, León, a García Lorca? ¿Recuerdas, León, a Miguel Hernández? Y, aunque en presencia no, también se hallaba con nosotros esa noche don Antonio Machado.

La segunda vez, yo, vi Regar esta segunda vez a León Felipe a otro Madrid muy diferente. Aquel Madrid ya de los aires desoladores por las calles. Al Madrid desventurado de las noches sin fin bombardeadas y las grandes albas heroicas, serenas, impasibles.

Venía también León desde muy lejos. Con un sencillo «goodbye, Panamá», el poeta se había despedido de la cátedra de literatura, en uno de los breves descansos de su vida, que en la Universidad de aquel país desempeñaba.

Y entonces fue cuando, de pronto, sintió un estirón de las raíces que nunca se habían desgajado. Pisó León otra vez tierra de España. ¡Y Federico ya no estaba! Había, no se sabe en qué sitio, quizá un pobre nido, una piedra perdida, un tallo matinal, manchado con su sangre.

Verdadera uña y carne, llegó León a Madrid para poner también su vida de español al tablero, para empapaprse y confundirse con el corazón dérraniado de sus hermanos y sentir arrancársele por primera vez, desde las cuevas de sus entrañas, ese tremendo grito justiciero, ese clamor por la justicia que desde aquellos días lo empujó y lo acosó y lo desasosegó, llevándolo de un lado para otro como un león rugiente. Como un león que fuera conciencia de los olvidadizos, de los agazapados, de los tibios, de los enfriados, de todos aquellos que no creen, como él pensaba, en la redención del hombre por las lágrimas.

Era el poeta acusador porque para algo él vio, él tocó la España muerta, con sus ojos, porque para algo se pasó aquel otoño en el paseo del Prado, contando muertos. Contando muertos por las plazas y parques, contando niños muertos en los hospitales, contando muertos en los carros de las ambulancias, en los hoteles, en los tranvías, en él Metro. En las mañanas lívidas, en las noches negras, sin alumbrado y sin estrellas.

La tercera vez encontré a León Felipe en Buenos Aires, y al cabo de unos años de no verlo, pero de oírlo, sin embargo. Y no era únicamente Federico, sino Antonio y Miguel, los que no estaban. Cuando los españoles del éxodo nos encontramos, y más cuando uno de ellos se llama León Felipe, es como si chocaran, si se unieran pedazos de tierra vagabundos, trozos vivientes de una entraña lanzados a lo alto, dispersos por una mala tromba.

Allí me tropezaba con España. Allí chocaba. Allí me daba contra alguien muy vivo, muy sangrante, muy desesperado, muy animoso.

Venía ganándose la luz mientras ya otros se habían ganado definitivamente la sombra. Nos afirmó entonces León cómo el cielo le hizo que él fuera Jonás, tal vez fuera Job, nadie, o el viento.

No sé. Pero yo, que le conocí bien, os digo aquí:

¡Era un ángel, un niño, un hombre! Uno de los hombres más puros. Uno de los poetas más buenos de España.

09 - Mayo - 1976

En este país

Julián Marías

Hace ciento cuarenta y tres años, el 30 de abril de 1833 -cuando Fernando VII, ya muy enfermo, apenas gobernaba, cuando se presentía la nueva epoca que iba a empezar cinco meses después-, publicó Larra en laRevista Española un artículo con este mismo título: En este país. Podría reimprimirse hoy; no ha perdido valor ni actualidad; si se sustituyeran los nombres propios, se transpusieran las referencias concretas, podría publicarse con cualquier firma actual, o como un editorial, y nadie sospecharía su lejana fecha.¿No es melancólico? ¿No justifica la frase famosa -y con frecuencia, mal entendida- de Larra, «Escribir en Madrid es llorar»? Porque hay que pensar más que en la inquisición (en las varias inquisiciones), en la censura, en las persecuciones, en las amenazas- en la infinita capacidad de no enterarse, en la impermeabilidad, en la propensión al olvido. Larra intentó pinchar un lugar común, un comodín para la pereza; al cabo de siglo y medio, ese tópico tiene más fuerza que nunca. En esta época de estadísticas, debería hacerse una de las frases habladas y escritas que en España comienzan con esas palabras: «En este país».

Sólo hay un sentido en, que, esta frase sea lícita: la afirmación de que lo que se dice acontece efectivamente en España, sin que el que habla se atreva a generalizar más allá de lo que conoce bien. Pero no es así como se emplea: casi siempre implica o subdice: «sólo» en este país, en este país «y no en los demás». Y entonces, suele ser una falsedad, por lo menos un aserto injustificado, que el que enuncia no está en condiciones de probar..

Las razones que han llevado al uso de esa expresión son opuestas y, por tanto, muy parecidas. Se trata de la suposición gratuíta de que España es un país excepcional y fuera de serie. Tal vez lo sea; si no hay dos hombres iguales, ¿cómo va a haber dos países equivalentes? Y entre los grandes y creadores, la unicidad es evidente, la imposibilidad de confundirlos o intercambiarlos. Pero entonces no hay que engolar la voz, y, sobre todo, hay que mostrar en qué es excepcional el país que lo sea. Los provincianos, que creen, como decía Ortega, que su provincia es el mundo, se creen dispensados de conocer las demás provincias, cierran los ojos y se extasían nominalmente ante la suya; y digo nominalmente, porque no suelen conocerla, y casi siempre desconocen todo lo que tenga de admirable.

A fuerza de hipérboles y elogios en hueco, de desconocimiento de las limitaciones, los defectos o los males, se produce un asco a todo eso que lleva por lo general, no a su análisis y crítica, a su corrección concreta y en vista de las cosas, sino a su inversión automática, al desdén, al escarnio de la totalidad del país, pasado, presente y futuro, sin, atenuantes ni esperanza. Así ocurría en tiempo de Larra, el mayor crítico de la época, y así vuelve a ocurrir hoy, como si Larra no hubiera existido, no hubiera escrito, no hubiera dado relieve y énfasis asus palabras con el signo de admiración de un pistoletazo. Escribir para que al cabo, de siglo y medio, haya que volver a escribir lo mismo, ¿no da gana de llorar? Sí, pero antes de escribir la frase de Fígaro yo me detendría a comprobar si esto pasa solamente en Madrid.

La tesis de Keyserling, escrita hace exactamente medio siglo, de que «en lo ético España se encuentra a la cabeza de la actual humanidad europea», mal entendida y peor utilizada, ha sido desastrosa. Ha llevado a decir que España era el modelo del mundo,” que todos nos envidiaban (y odiaban), y otras inepcias semejantes le ha exaltado en hueco y abstractamente el valor de España, a la vez que se atacaban -o destruían- sañudamente sus valores concretos; y, sobre todo, se identificaba el nombre de España con una pequeña fracción de ella (a la cual ciertamente no voy a negar, como ella suele hacer con los demás, la condición espanola, pero sí la pretensión de agotarla). Ya sabemos lo que ha querido decir, en los discursos y artículos de los últimos de Genios, «amigo de España» o «enemigo de España». Esto ha engendrado, en los que se han considerado -tal vez sin demasiado fundamento- la «oposición», un infinito desprecio por España y todo lo que ha sido y hecho. En una revista cuyaÍ inspiración ha de buscarse en una de las cimas de lo que fue el llamado «triunfalismo» se ventiló hace no mucho tiempo la peregrina cuestión. «¿Existe una cultura española?», y el conjunto de las respuesta era abrumadoramente negativo; algunos expresaban su confianza en que esa cultura no había existido nunca, ni existía en el presente, ni existiría en el porvenir; y después de leerlos a todos, casi se inclinaba uno a pensar lo mismo, hasta que se doblaba la última página y se levantaban los ojos a la realidad.

Hoy se da un fenómeno curioso: se niega el valor de la cultura española, pero resulta que es maravillosa si se la considera a trozos: no se habla más que de la «cultura catalana», la «cultura asturiana», la «cultura vasca», la «cultura gallega», la «cultura valenciana», la «cultura extremefla», la-«cultura andaluza», incluso se empieza a hablar tímidamente de la «cultura castellano-leonesa». Por lo visto, el todo es mucho menor que la suma de sus partes.

Dos grupos opuestos proclaman a diario que «nada ha cambiado». Poco importa que la transformación de la sociedad española -y de la realidad física de España- sea de las más rápidas y profundas de Europa, que la distancia entre la España de hace un cuarto de siglo y la de hoy sea mayor que la que en ese tiempo separa el presente del pasado en la mayoría de los países. En una pequeña ciudad de la España republicana advertían a uno en 1939: «¡Que llegan los fascistas». Respondió desdeñosamente: «¿Qué importa? ¡Con no verlos … » Me asombran los que en estos meses declaran con la mayor seriedad que nada ha cambiado, cuando con su propia presencia, conducta y palabras demuestran hasta qué punto han mudado las cosas.

Frente a los que están convencidos de antemano de que en España no son posibles las formas. políticas que parecen normales y civilizadas en el resto de Occidente, y se negarán a reconocer que se vive en ellas hasta en el día que tengan plena vigencia, están los que, fingiendo entusiasmo por España, creen tan poco en su consistencia que están persuadidos de que se va a volatilizar el día que nos comportemos política y socialmente como nuestros semejantes de Europa y América; y que somos tan poco originales que no vamos a dar un acento personal a las normas aceptadas en todos los países en que los hombres son libres para decidir por sí mismos cómo quieren vivir.

Como en España, durante los últimos: cuarenta años, se ha podido hablar muy poco de ella, al menos en concreto y en detalle, y -hay que decirlo- se ha hecho mucho menos de lo que se podía, una porción anormal de la información ha estado destinada al extranjero. Se podría pensar que eso ha abierto a los españoles amplios horizontes, los ha hecho estar enterados de otras formas de vida; pero como esa información ha solido ser tendenciosa, ha bizqueado hacia las cuestiones interiores, ha presentado casi siempre los otros países como si apenas tuvieran que ver con España -para bien o para mal, tanto da-, todo ello ha contribuido a crear la impresión de que nuestro país es único, especial, teratológico. Los lectores españoles no acaban de tomar en serio lo que leen. de otros países, como si no fuera algo real, sino una forma de ficción. ¿Quién imaginaba que lo que contaban los periódicos estos últimos años de los Estados Unidos podría ocurrir en Madrid o Barcelona? Las noticias de Portugal, ¿se toman como algo efectivo, que ha sucedido o está sucediendo más cerca de Madrid que muchas ciudades españolas? ¿No se ha introducido en la mente de los españolel una extraña «distancia» de todo lo demás, que se parece mucho a la que establece el tiempo pasado? ¿No miran al mundo -a todo el mundo- como quien lo hace a través del túnel del tiempo? Sólo esto, explica que sientan horror a tantas, cosas excelentes, o inofensivas, que miren con impavidez o con beatitud y derretimiento formas de vida que les producirían espanto si las imaginaran. Pero es que sienten que, en reafidad, nóvan con ellos.

Sería esencial que, definitivamente, se relegara al olvido el tópico que denunció Larra. España está viva, bien viva, y es un viejo país que hasta llegado hasta hoy, -1976- y va a seguir en el futuro, Dio! sabe hasta cuándo. En este PAÍS, al menos, yo quisiera que nadie renunciara a entender las cosas, y a hacerlas, repitiendo: «En este país … »

El Análisis

ACIERTO ABSOLUTO DEL MOMENTO

JF Lamata

El destino jugó a favor del diario EL PAÍS incluso en el momento de su aparición. El diario de PRISA llevaba solicitando su aparición en los quioscos desde 1974, pero el Gobierno Arias Navarro le negó entonces la autorización y, en el fondo, le hizo un gran favor. Si EL PAÍS hubiera surgido entonces hubiera tenido que convivir con la dictadura varios meses e incluso publicar algún que otro elogio al dictador.

Naciendo en 1976, no había nada que pudiera vincular a la cabecera ‘EL PAÍS’ con el régimen anterior. El periódico conseguía lo que habían intentado sin éxito periódicos como NUEVO DIARIO: ser el referente de la nueva etapa en España.

J. F. Lamata

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