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Telefónica anuncia su despido y el Partido Popular lo expulsa de la formación

Operación Erial: Encarcelado Eduardo Zaplana, ex ministro de Aznar y ex presidente de la Comunidad Valenciana con el PP

HECHOS

  • El 23 de mayo de 2018 se hizo pública la detención de D. Eduardo Zaplana y de otras personas dentro de una investigación policial denominada ‘Operación Erial’ sobre cobro de comisiones a cambio de adjudicaciones durante su etapa como presidente de la Generalitat de la Comunidad Valenciana (1995-2002).

23 - Mayo - 2018

El eslabón Zaplana

EL PAÍS (Director: Antonio Caño)

El político representa la época aznarista del enriquecimiento rápido

La detención de Eduardo Zaplana, años después de abandonar la política, retrotrae a aquellos años del aznarismo del enriquecimiento rápido y la avaricia de políticos sin escrúpulos; la mayoría de ellos, del partido gobernante. A Zaplana se le atribuyó —erróneamente porque lo dijo en realidad otro político del mismo partido— el principio de estar en la política para forrarse, pero su avidez por el dinero, su afición a impulsar megaproyectos millonarios que supusieron importantes pérdidas de fondos públicos y su estrecha relación con políticos y empresarios involucrados en asuntos de corrupción han mantenido extendida sobre él la sombra de la sospecha. La investigación de la Guardia Civil impulsada por la Fiscalía Anticorrupción apunta la posibilidad de que tales sospechas estuvieran fundamentadas. Solo el PP parece haberse visto “sorprendido”.

En los años de Zaplana en Benidorm y en la Generalitat, España crecía a buen ritmo, era alumno aventajado en Europa, liberalizaba la economía, privatizaba las grandes empresas y abundaba el dinero; sobre todo en Valencia y en Madrid, comunidades gobernadas por el PP y en las que se han producido los casos más lacerantes de corrupción política. El megalómano proyecto de Terra Mítica costó 300 millones de euros a las arcas públicas, pero se vendió por 65. Zaplana llevó a Valencia a Francisco Correa, según su sucesor al frente de la Generalitat Francisco Camps, y se sirvió de la Caja Mediterráneo (CAM), que con el tiempo fue intervenida por el Banco de España tras años de nefasta gestión y dietas millonarias de su consejo de administración.

Aunque con notable retraso, el cerco judicial se ha cerrado en torno a una presunta red corrupta de políticos y empresarios que rodearon a Zaplana, cuyo nombre ha asomado en los escándalos de corrupción más importantes que acosan al Partido Popular: del caso Lezo a la Gürtel o la Operación Púnica. Muchos de sus colaboradores y/o correligionarios cayeron antes que él mientras que Zaplana —aparente eslabón de la cadena corrupta— quedaba libre de toda culpa.

Investigado ahora por presunto blanqueo de capitales y delito fiscal, el caso Zaplana, destacado militante del PP hasta ayer por la tarde, vuelve como un bumerán contra el partido de Mariano Rajoy. El PP es uno de los máximos responsables del enorme expolio que han sufrido diversas Administraciones públicas en manos de sus gestores corruptos. El partido protegía a los suyos lamentando ser víctima de una trama contra el PP mientras se financiaba ilegalmente, como las diversas piezas del caso Gürtel están demostrando. Ha sido una vergonzosa manera de hacer política que el electorado no parece dispuesto a perdonarle de nuevo.

A este partido se le debe también fundamentalmente el desprestigio de la política y la escasa confianza de los ciudadanos en sus instituciones democráticas. La justicia es lenta, el PP solo reacciona cuando aquella actúa y lo hace siempre con irritante retraso. Son circunstancias que aumentan la desconfianza y hacen temer que los desmanes no sean solo cosa del pasado.

23 - Mayo - 2018

Zaplana: de icono a lastre

EL MUNDO (Director: Francisco Rosell)

Podríamos decir que la detención de Eduardo Zaplana clausura un turbio ciclo de la política española si no fuera porque nadie se atreve a asegurar qué político recién caído será el último. A Zaplana se le había vinculado a la trama Púnica, se le citaba en las grabaciones de Ignacio González en el marco de la operación Lezoy fue responsabilizado por Francisco Camps de la introducción en Valencia de las empresas de la Gürtel. Pero hasta ahora había salido indemne de toda investigación y él mismo presumía de limpieza. El Juzgado de Instrucción número 8 de Valencia ordenó ayer su detención a la Guardia Civil por un presunto delito de blanqueo de capitales y otro de cohecho. La investigación le acusa de cobrar comisiones -hasta 10,5 millones habría acumulado en Luxemburgo- siendo presidente autonómico, hace dos décadas. Aunque esos pagos estarían prescritos, no sería el caso de las recientes operaciones que Zaplana habría llevado a cabo con dinero oculto en paraísos fiscales procedente de los supuestos sobornos y que habría estado repatriando a España en los últimos años.

La operación Erial, aún abierta, se ha saldado con media docena de detenciones y numerosos registros. Entre ellos el de la Consejería de Economía, donde los agentes buscaban los expedientes de adjudicaciones presuntamente amañadas, en concreto las del Plan Eólico Valenciano -otorgadas a dos empresarios de la familia Cotino, también detenidos- y las concesiones de ITV.

En cuanto se conoció el arresto, Telefónica anunció la rescisión de su relación laboral con Zaplana, que era asesor, y el PP le suspendió de militancia por la «gravedad de los hechos». La rápida reacción de Génova en esta ocasión contrasta con su tibieza de antaño, pero la caída de Eduardo Zaplana trasciende las meras consecuencias penales para abundar en las políticas. Alcalde de Benidorm, presidente de la Comunidad Valenciana, portavoz parlamentario y ministro de Trabajo, Zaplana fue una figura fundamental del PP y su caída solo admite parangón con la de Rodrigo Rato. Uno de esos iconos de buena gestión que el PP ofrecía como ejemplo y que hoy solo encarnan la alargada sombra de la corrupción que corroe las expectativas electorales de un partido incapaz de regenerarse a tiempo y por propia voluntad.

Cada caso de corrupción imputado al partido del Gobierno ha caído como un lastre sobre su iniciativa política, lo que sumado a su minoría parlamentaria ha deparado una legislatura más bien estéril. La estrategia marianista de separar Génova de Moncloa -desatendiendo los problemas de la primera- no ha surtido efecto, pues los escándalos que afectan al partido han acabado siempre por repercutir en el Ejecutivo, minando su credibilidad y erosionando su capacidad de acuerdo cuando no paralizando su acción política. Por eso es importante la regeneración. Resulta difícil no advertir, en la imagen de un Zaplana transportado en el coche policial, el epítome de una época cleptocrática que explica lo mismo el populismo de Podemos que la explosión de Ciudadanos.

26 - Mayo - 2018

Zaplana, penúltimo reducto de la aznaridad

Graciano Palomo

Todo esto sucedió bajo las faldas de Aznar; se ponga como quiera. Incluidas las andanzas de Correa y demás "gürteles"

La pasada semana reprochaba yo amablemente a Javier Zarzalejos que no hubiera aprovechado la ocasión para explicar por qué su jefe, José María Aznar, nombró ministro a Jaume Matas, vicepresidente a Rato, presidente de Bankia a Miguel Blesa, alcalde de Pozuelo a Jesús Sepúlveda, presidente de Telefónica a Juan Villalonga, jefazo a Luis Bárcenas y factótum en el PP a Francisco Correa. Obvié el nombre de Eduardo Zaplana, el gran amigo de la “famiglia”, por mor de la enfermedad y porque hasta el pasado martes ningún juez había firmado la autorización para su detención e investigación.

Abierta la espita judicial, y aunque no soy muy dado a propinar lanzadas, es la hora de explicitar algunas cosas que todo el mundo intuyó siempre, pero que siempre quedaba en nebulosa. No hacía falta un caso más, pero la caída de Zaplana es la última gota que coloca a la aznaridad en el epicentro de la obscenidad moral.

Todo el círculo interior de Aznar —como presidente del PP y posteriormente como primer ministro— adoraba al detenido. Es más, llegó a ser uno de sus iconos. No sé si entre los papeles incautados al ex ministro (que consiguió incluso que Aznar nombrara ministro a Jaume Matas) aparecen nombres como el de Alejandro Agag, Miguel Ángel Cortés, Carlos Aragonés, todos ellos formaban parte del “clan” aznarista del que presumía el “capo” y, desde luego, protegió hasta el final, hasta el punto que impuso a Rajoy que Zaplana fuera el portavoz parlamentario durante los primeros cuatro años de oposición tras el fiasco del 2004. Que aparezcan, en sí mismo no significa penalmente nada; otra cosa sea lo “políticamente ético”. El que sí aparece es Alejandro de Pedro, el socio de Abel Linares (ex Telefónica) en Eico Online. De Pedro recibió mucho dinero por parte de administraciones controladas por amigos suyos del PP; incluso, se permitía el lujo de calificar groseramente —vía chat—, junto con una damisela “fantástica” (que también le pedía se limpiara su imagen en la red)— a periodistas que denunciaban los trapicheos de sus clientes.

Todo esto sucedió bajo las faldas de Aznar; se ponga como quiera. Incluidas las andanzas de Correa y demás “gürteles”. Dejó a Rajoy una herencia carcomida y putrefacta…El gallego no quiso escenificar la ruptura y, ahora, en el pecado lleva esa penitencia.

Después de todo esto, don José María Aznar López, ¿seguirá oficiando de evangelista e introductor palaciego de Albert Rivera? Porque salvo que ponga cátedra en cinismo y cobardía es difícil verle la gracia.

29 - Mayo - 2018

Zaplana, el príncipe descubierto

Julián Quirós

El zaplanismo lo acaparó todo bajo su férreo control. Empresas, personalidades, patronales, colectivos, medios de comunicación

Cuando leí la penetrante biografía de Chaves Nogales sobre Juan Belmonte ya había tenido dos largos encuentros con Zaplana, un Zaplana ya (supuestamente) retirado de la política que volvía a pasear por la calle Caballeros gracias a la caída a los infiernos de Paco Camps y el posterior indulto de Alberto Fabra. Había en el libro un juramento belmontiano a modo de destello, propio de un torerillo desesperado y muerto de hambre; una declaración de principios predestinada a que un muchacho de Cartagena la hiciera suya muchas décadas después: «me haré torero en Valencia o me matará un toro». Ambos se arrojaron al coso con el coraje de la juventud y aquí triunfaron como primeras figuras. Valencia los hizo toreros. Y se acabaron los parecidos. Punto. A Belmonte, la fama y el dinero le dieron posibilidad de vivir como lo que era, un individuo sensitivo, raro, de profunda espiritualidad, icono de la intelectualidad. Puro misterio.

Eduardo Zaplana en cambio era un libro abierto y estas aspiraciones debían producirle hilaridad o indiferencia; sus ansias fueron entonces profundamente terrenales, tangibles y concretas. Esto es de dominio público. Si algo define al expresidente de la Generalitat es su constante voluntad de poder, de llegar y permanecer; una ambición notable sujeta a un estricto autocontrol. En realidad, son condiciones muy aptas para ejercer la política. Sabe calibrar las oportunidades y los límites propios y calcular las debilidades y deseos ajenos; por eso usaba teclas diferentes según las pulsiones de cada interlocutor. A gente distinta, táctica distinta. Zaplana tuvo su oportunidad en Benidorm y la aprovechó como catapulta, tomó la alternativa en Valencia con éxito pero no se conformó con ser una estrella. Quiso ser un príncipe, amado y temido, sobre todo temido, el príncipe de su propia república aprovechando el presupuesto desmedido que en aquellos años malgastaban los jerarcas autonómicos. Podría haberse eternizado en el cargo de presidente de la Generalitat, pero esa voluntad suya de avanzar, de ascender por la escalera social, lo empujó a renunciar al terreno conquistado para instalarse en Madrid, la capital del poder. Seguramente buscaba la presidencia del gobierno, pero pronto se dio cuenta de que le era inaccesible («yo llegué tarde a la sucesión de Aznar; sabía que no tenía opciones, eso estaba entre Rato y Rajoy»). Tampoco le importó, Madrid es muy grande, bastaba con formar parte de la mesa camilla donde se tomaban las decisiones y anclarse a ella. Cambió de registro, comprendió que moverse en Madrid con las ínfulas que usó en Valencia lo hubiera hecho parecer un patán con pretensiones. Refinó su estilo político de una manera extraordinaria y encontró su sitio en los despachos y salones de la corte. Madrid también es la capital del dolor o rompeolas machadiano donde casi todos fracasan. Pero él logró anclarse a la mesa del poder hasta este mismo martes, cuando fue detenido en su vivienda de Pascual y Genís. El príncipe ha quedado al descubierto y nada volverá a ser igual, aunque escape del trance judicial. Apostaría a que Zaplana lleva tiempo psicológicamente preparado para esta eventualidad, o no sería Zaplana.

El mediodía del jueves estuvo declarando en la Ciudad de la Justicia, pero en su agenda figuraba un almuerzo con Las Provincias. Hacía año y medio que no hablábamos a fondo. Desde que aparecieron sus grabaciones con Ignacio González en el caso Lezo había desaparecido, ni siquiera llamaba para protestar o matizar las alusiones que le afectaban. Todo aquello tenía algo muy intrigante: ¿cómo una persona que ha superado los sesenta años y ha pasado por experiencias vitales traumáticas como perder un hijo o someterse a un trasplante de médula, una persona enferma que ha logrado sortear las sospechas de corrupción mientras todos sus sucesores quedaban cautivos de la telaraña judicial, cómo esa persona seguía especulando sobre poner o quitar jueces y fiscales o presionar a la ministra de Defensa? Pese a disfrutar de un estatus fabuloso como directivo de la primera compañía del país. La mayoría de la gente en su situación habría echado el freno, se habría retirado, pero eso demuestra que Zaplana está hecho de otra pasta y le domina una voluntad indesmayable. Lo fue todo en el PP, pero fue mucho más. Ha mantenido su acceso privilegiado a todos los estamentos. Puestazo en Telefónica, presidencia del principal foro de opinión del país (Club Siglo XXI), contactos con las grandes empresas, interlocución con el establishment catalán, componedor de fichajes diversos, fuente de los periodistas nacionales más influyentes, estrechos vínculos con Rubalcaba(al que le hizo un favor personal de los que no se olvidan), Blanco, Javier de Paz o José Bono (al que curiosamente ningún fiscal ha tenido la curiosidad de investigar), reclutador de cuadros para Albert Rivera y susurrador de consejos y experiencias a los inquilinos palaciegos de turno.

Por supuesto el Zaplana previo, el más conocido en Valencia, cuando ostentaba la condición de Molt Honorable y todos sus resortes, no era tan fácil de sobrellevar. No debió ser cómodo hacer periodismo en Valencia durante su mandato. Hace una década, la primera vez que asistí al acto oficial del 9 de Octubre, lo tuve claro con una escena que dejaba boquiabierto al neófito. Al entrar Paco Camps en el salón de autoridades, todo el público se puso en pie y empezó a aplaudirlo con fervor, simplemente por hacer acto de presencia, en un gesto de adhesión y servilismo a un cargo público que no disfrutaban ni los reyes de España. El presidente de la Generalitat homenajeado por encima del Día de la Comunitat, de los premiados, entrando en escena bajo una especie de palio metafórico. Aquella costumbre medievalista, que afortunadamente acabó con el pobre Fabra, venía heredada de Zaplana y retrataba una época y unos modos jerárquicos peligrosos.

La famosa sociedad civil apenas fue nada con el zaplanismo, que lo acaparó todo bajo su férreo control. Empresas, personalidades, patronales, colectivos, medios de comunicación. Todo. La propiedad de este periódico tuvo que dar un golpe de timón en la dirección para liberarse de las maniobras de uno de los principales colaboradores del President. Los tentáculos del poder no dejaban nada suelto. Hasta llegar a fabricar nuevos operadores en todos los ámbitos con el dinero de los presupuestos; Valencia fue tierra de promisión para muchos agentes llegados de todas partes. También esto lo sabe todo el mundo. La leyenda quizá sea exagerada, pero hay preguntas que retratan las reglas de juego: «¿qué puedo hacer por ti?»… «¿qué necesitas?»

En definitiva, el Zaplana de su época valenciana mandó mucho e intensamente. Y también dio frutos indudables, aunque ahora pretendan ocultarse. Sacó esta tierra del ostracismo, de la tristeza, de los complejos. Inventó un relato ganador que supuso un impulso considerable a la autoestima y el bienestar colectivo. Zaplana fundó la Valencia moderna, admirada en toda España, y sus sucesores mantuvieron ese relato tal cual, estirándolo más allá de lo razonable hasta que se fracturó de golpe con la crisis de 2007. El PP no tuvo más modelo que el que Zaplana puso en marcha y tanta ventaja electoral le otorgó durante veinte años. Si aquel proyecto llevó aparejado corrupciones, sobornos y fuga de capitales es algo que siempre estuvo presente en el imaginario colectivo, pero nunca hubo pruebas ni denuncias. Sólo ahora la policía, los fiscales y los jueces se han puesto a investigarlo. Sorprende que todo ese tinglado haya podido permanecer tanto tiempo oculto, hasta que casualmente aparecen cuatro folios manuscritos en el falso techo de una vivienda. Si te lo ponen en una película, no te lo crees.

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