11 mayo 2012
La escritora niega que copiara en su artículo y justifica las similitudes en que es admiradora de Enric González "tengo tan interiorizados algunos de sus recursos retóricos que es posible que los haya mimetizado"
Acusan a la escritora Susana Fortes de haber ‘colado’ a EL PAÍS una tribuna plagiada de otra de Enric González Torralba en JOT DOWN
Hechos
- El 21 de junio de 2012 El Defensor del Lector de EL PAÍS publicó un artículo en el que reconocía que una tribuna de EL PAÍS de Dña. Susana Fortes tenía ‘Demasiados Parecidos’ con un artículo de D. Enric González en un digital.
11 Mayo 2012
El naufragio
Da un poco de pena ver a un Gobierno tan nuevo, y con tanta mayoría en el Parlamento, pedaleando en el vacío. Pero no pasa nada. Es posible que en unos cuantos meses haya otro Gobierno, de los llamados “técnicos”, formado por representantes de la banca y tutelado desde Frankfurt. También es posible que ese otro Gobierno dure lo que vaya a durar la unión monetaria europea. En fin, no es aconsejable encariñarse ni con los gobernantes ni con el euro. Todo parece efímero en estos momentos.
Quien lo desee puede, por supuesto, creer que esta reforma del sector financiero es la buena. Hubo quien creyó a Zapatero cuando dijo, antes de las penúltimas elecciones, que la crisis era “materia opinable”, y cuando dijo después que la banca española era “la más solvente del mundo”. Hubo quien creyó al propio Rajoy cuando proclamó que no subiría impuestos y que todo se resolvería devolviendo la confianza a los mercados. Y hasta hubo quien se tragó, hace año y medio, las acciones de Bankia, ese modelo de solidez compuesto por una Cajamadrid mangoneada (por todos, no solo por Esperanza Aguirre) y unas cuantas cajas valencianas. La confianza en el prójimo es siempre una virtud. Incluso cuando nos convierte en idiotas.
La banca española, quizá con la excepción de los tres grandes (Santander, BBVA, La Caixa), no puede provisionar sus créditos fallidos. Y el Estado, por más que lo intenta, no puede regalar a la banca todo el dinero que necesita (50.000 millones de euros ahora mismo, mucho más en poco tiempo) sin cargarse sus compromisos europeos y caer en la insolvencia. Estado y banca sobreviven apoyándose el uno al otro gracias a los créditos baratos del Banco Central Europeo, que mantienen una falsa impresión de viabilidad. Sin crecimiento y sin empleo nada es viable. Y sin devaluar brutalmente el euro para subir temporalmente la inflación, cosa que no parece entusiasmar a los alemanes, no puede haber crecimiento ni empleo.
Existía un cierto consenso en torno a la creencia de que era imposible hacerlo peor que el último Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. ¿Hasta en eso estábamos equivocados? Ahora tenemos un Gobierno que anuncia nacionalizaciones bancarias con días de antelación, para que inversores y depositantes puedan entrar en pánico y actuar en consecuencia; que reforma de forma definitiva el sector financiero cada dos viernes; que impone a los bancos una cobertura del 30% en los créditos presuntamente sanos (a ver quién da una hipoteca bajo estas condiciones); que prestará dinero al 10% a los bancos en dificultades (¿de verdad creen que recuperarán esa pasta después de que la entidad quiebre?); que se está cargando las prestaciones sociales a cambio de nada.
Por favor, que la orquesta suba a cubierta. Que los pasajeros de tercera, la gran mayoría de los ciudadanos, recen lo que sepan. Y que quien pueda guarde en casa unos dólares, para cuando el corralito.
Decir esto es de muy mal gusto, pero como los medios de comunicación convencionales no pueden permitírselo (porque también están endeudados hasta las cejas), se dice aquí: el desastre ya ha empezado. Quien tenga afición por los momentos históricos ha de permanecer atento, porque disfrutará como un enano.
Pronto estaremos donde Grecia. Más tarde estaremos donde estuvo Argentina hace 12 años, cuando la dolarización se fue al garete. Entretanto sobreviviremos, porque las hemos visto peores. Y luego saldremos adelante. Tranquilos: es sólo una mala temporada.
15 Junio 2012
Salvar el Momento
Todo el mundo tiene afición a los grandes momentos históricos. ¿Se imaginan haber presenciado la toma de la Bastilla, el asalto al Palacio de Invierno, o la debacle de Little Big Horn? Sólo eso nos daría para vivir de rentas el resto de nuestra vida contándoles batallitas a los nietos. Lo malo de los momentos históricos es que a nadie le da tiempo a enterarse.
Como recordarán, Fabricio del Dongo, el protagonista de La Cartuja de Parma, está en el mismísimo campo de Waterloo el día de la batalla y se pregunta qué clase de pequeña escaramuza será esa. Waterloo, el fin del imperio napoleónico, ni más ni menos. También hay quien llega a casa cada día sin saber cómo pudieron acabar todos sus ahorros en Bankia, ese modelo de solidez compuesto por Caja Madrid y unas cuantas cajas valencianas agujereadas como unos calcetines viejos. La confianza del prójimo siempre es un misterio.
Fíjense que hubo quien se tragó aquello que dijo Zapatero de que la banca española era la más solvente del mundo. Por haber, hubo incluso quien creyó al propio Rajoy en las últimas elecciones cuando proclamó que no subiría los impuestos y que todo se resolvería devolviendo la seguridad a los mercados. No me extrañaría que hasta él mismo se lo llegara a creer. Los de Pontevedra son muy raros.
Da un poco de pena ver a los miembros de un Gobierno recién estrenado y con mayoría absoluta saltando de un lado para otro como conejos enloquecidos sin dar con la chistera, mientras se cargan todas las prestaciones sociales a cambio de nada. Por el amor de Dios, si el saco roto de los tóxicos de la banca son más de 200.000 millones de euros. Por más que lo intenten, no hay manera de tapar un agujero así sin que quiebre el Estado.
Quien tenga afición por los momentos históricos, esta es la suya. Que abra bien los ojos y se prepare para ser testigo de cargo. Lo que van a ver no es una escaramuza cualquiera. Es Waterloo. Nadie se atreve a decirlo en voz alta porque el que más y el que menos está con el agua al cuello. Y en esa situación lo único de lo que quiere oír hablar la gente es de botes salvavidas. El problema, como siempre, es que no habrá para todos. Pero la orquesta ya ha subido a cubierta.
¿Y qué pasará entonces? Nada. Es posible que en pocos meses tengamos un Gobierno distinto, de concentración, o más probablemente uno de esos Gobiernos llamados técnicos, tutelado directamente desde Berlín. O sea, los hombres de negro. También puede ser que la unión monetaria europea se vaya al carajo.
En fin, que no parece aconsejable encariñarse demasiado con las cosas materiales. Todo es efímero. Imagínense que ni siquiera el amor de Ingrid Bergman por Bogart en Casablanca fue para toda la vida. Pero tranquilos. Somos una generación que ha superado la separación de los Beatles. Sobreviviremos
21 Junio 2012
Demasiados Parecidos
Nuevo episodio de artículo que presenta parecidos con otro anterior de un autor distinto. Sin llegar a los porcentajes de copia que albergaba uno detectado recientemente, varios lectores se han dirigido al Defensor señalando el empleo por parte de la escritora Susana Fortes de frases idénticas a las de un artículo de Enric González. Y en Internet hay abundantes alusiones calificándolo de plagio. Jesús de Prado Plumed se pregunta: ¿Debo sorprenderme por la similitud de lenguaje y argumentos entre este artículo de EL PAÍS y este en Jotdown… por un periodista de EL PAÍS? ¿O es pura materia del Zeitgeist imperante que hasta la forma de argumentar nos iguala? Espero las aclaraciones de la redacción. De momento, las redes sociales se hacen conveniente eco del parecido. Constato, por mi parte, que en los últimos años EL PAÍS adolece de un notable desprecio por los mínimos editoriales. Por ejemplo, corregir el trabajo de sus colaboradores. Pepa Montañés, por su parte, escribe que le gustaría saber a qué se debe la gran similitud entre ambos artículos.
Fortes desarrolla con ejemplos propios la idea de que es difícil apreciar la verdadera dimensión de un acontecimiento en el momento en que se vive el mismo, pero el artículo recurre a expresiones calcadas de la pieza de González. El problema no está en las coincidencias en el análisis, que pueden darse desde los procesos intelectuales de cada uno, si no en el empleo de recursos retóricos idénticos como no es aconsejable encariñarse, la alusión a la orquesta en cubierta, todo es efímero o en la construcción de determinadas frases.
Para tener una idea de lo que estamos hablando reproduzco el artículo de Fortes donde figuran en rojo las frases o metáforas que pueden encontrarse, iguales o con un sospechoso parecido, en el artículo previo en el tiempo de González.
«Todo el mundo tiene afición a los grandes momentos históricos. ¿Se imaginan haber presenciado la toma de la Bastilla, el asalto al Palacio de Invierno, o la debacle de Little Big Horn? Sólo eso nos daría para vivir de rentas el resto de nuestra vida contándoles batallitas a los nietos. Lo malo de los momentos históricos es que a nadie le da tiempo a enterarse. Como recordarán, Fabricio del Dongo, el protagonista de La Cartuja de Parma, está en el mismísimo campo de Waterloo el día de la batalla y se pregunta qué clase de pequeña escaramuza será esa. Waterloo, el fin del imperio napoleónico, ni más ni menos. También hay quien llega a casa cada día sin saber cómo pudieron acabar todos sus ahorros en Bankia, ese modelo de solidez compuesto por Caja Madrid y unas cuantas cajas valencianas agujereadas como unos calcetines viejos. La confianza del prójimo siempre es un misterio. Fíjense que hubo quien se tragó aquello que dijo Zapatero de que la banca española era la más solvente del mundo. Por haber, hubo incluso quien creyó al propio Rajoy en las últimas elecciones cuando proclamó que no subiría los impuestos y que todo se resolvería devolviendo la seguridad a los mercados. No me extrañaría que hasta él mismo se lo llegara a creer. Los de Pontevedra son muy raros. Da un poco de pena ver a los miembros de un Gobierno recién estrenado y con mayoría absoluta saltando de un lado para otro como conejos enloquecidos sin dar con la chistera, mientras se cargan todas las prestaciones sociales a cambio de nada. Por el amor de Dios, si el saco roto de los tóxicos de la banca son más de 200.000 millones de euros. Por más que lo intenten, no hay manera de tapar un agujero así sin que quiebre el Estado. Quien tenga afición por los momentos históricos, esta es la suya. Que abra bien los ojos y se prepare para ser testigo de cargo. Lo que van a ver no es una escaramuza cualquiera. Es Waterloo. Nadie se atreve a decirlo en voz alta porque el que más y el que menos está con el agua al cuello. Y en esa situación lo único de lo que quiere oír hablar la gente es de botes salvavidas. El problema, como siempre, es que no habrá para todos. Pero la orquesta ya ha subido a cubierta. ¿Y qué pasará entonces? Nada. Es posible que en pocos meses tengamos un Gobierno distinto, de concentración, o más probablemente uno de esos Gobiernos llamados técnicos, tutelado directamente desde Berlín. O sea, los hombres de negro. También puede ser que la unión monetaria europea se vaya al carajo. En fin, que no parece aconsejable encariñarse demasiado con las cosas materiales. Todo es efímero. Imagínense que ni siquiera el amor de Ingrid Bergman por Bogart en Casablanca fue para toda la vida. Pero tranquilos. Somos una generación que ha superado la separación de los Beatles. Sobreviviremos».
La escritora, premio Fernando Lara de Novela en 2009 y finalista del Planeta en 2003, me ha remitido un escrito en el que afirma: Enric González es uno de mis periodistas de cabecera y soy de las lectoras que echa enormemente en falta sus antiguas columnas en el periódico. Hace unos años, en el 2009, fui presidenta del jurado que le concedió el Premio Cuco Cerecedo, otorgado por la Asociación de Periodistas. Con lo cual queda claro que soy una lectora asidua y entusiasta de sus artículos. Me gusta su estilo, la elegancia que pone en los matices, una saludable dosis de escepticismo, cierta ternura de fondo que tienen todas sus crónicas y una tenacidad muy suya para cuestionar las verdades establecidas. Es muy posible que en mi columna Salvar el momento se refleje esa admiración de fondo. Reconozco las semejanzas y entiendo que a muchos lectores les hayan parecido más que casuales las coincidencias. No he tenido el texto de Enric delante a la hora de escribir, pero tengo tan interiorizados algunos de sus recursos retóricos que es posible que los haya mimetizado. En los últimos tiempos la cubierta del Titanic está efectivamente demasiado concurrida. Aunque creo que las referencias al naufragio, Bankia, los hombres de negro, los gobiernos técnicos y otros descalabros fueron casi un lugar común en toda la prensa durante la semana del rescate. Las afinidades electivas existen desde mucho antes que Goethe. Todos estamos en una misma línea de perplejidad o fatalidad y a veces quizá no tengamos el ingenio suficiente para crear imágenes verdaderamente nuevas y acabemos repitiendo expresiones o ideas que flotan en la atmósfera. De modo que resulta difícil decir qué es original y qué no. Si esto es una cura de humildad para cualquier periodista, imagínense la desazón que debió de sentir Thomas Mann cuando estaba escribiendo Doktor Faustus y recibió El juego de los abalarios, de Herman Hesse, al darse cuenta de lo muchísimo que tenían en común. El periodismo es también, como la literatura, una tradición y una herencia. Está lleno de préstamos e intercambios. En este oficio ocurre a menudo que uno cree tener una idea original y no es consciente de que en realidad la oyó la noche anterior en el telediario, o en una tertulia o se la escuchó a un amigo o la leyó en Facebook. Nadie está libre de ese influjo. Baste decir que hasta el Espíritu Santo tomó prestada la crónica del Diluvio Universal de la gesta de Gilgamesh, y eso que entonces no existía internet. Hoy el inconsciente individual y colectivo está en las redes sociales. No sé si eso es bueno o malo, aunque en ocasiones resulta abrumador. Pero para un gremio como el nuestro -al que le cuesta admitir la idea de deber algo a sus antecesores, no digamos ya a sus contemporáneos- no viene mal que, de cuando en cuando, alguien nos recuerde que no somos únicos, ni originales, ni irrepetibles, ni estamos solos en el mundo.
Fortes me ha manifestado de forma reiterada que no tuvo delante el artículo de González cuando escribió el suyo. La similitud de determinadas construcciones e imágenes literarias conduce entonces a un insólito episodio de intertextualidad (añejo concepto elaborado por Kristeva), entendida como absorción y transformación de otro texto que, cuando no se da a través de citas debidamente acreditadas, levanta razonables sospechas de copia en sus lectores. Incluso ateniéndonos a la afirmación de la escritora de que se trata de un resultado involuntario, la comparación revela una seria merma en la originalidad que debe tener un texto de autor. Demasiados parecidos.