15 noviembre 2008

El agresor es condenado a 15 años de prisión

Álvaro Ussía Caballero muere de una paliza propinada por el portero de discoteca Antonio Sánchez Serrano ‘Pitoño’

Hechos

Álvaro Ussía Caballero murió asesinado el 15 de noviembre de 2008 a patadas en una discoteca de Madrid «El Balcón de Rosales».

Lecturas

D. Álvaro Ussía Caballero fallece en la madrugada del sábado 15 de noviembre de 2008 a causa de una reyerta en la antigua discoteca «El Balcón de Rosales».

Los hechos denunciados:

Álvaro Ussía, de 18 años se dirigía con un grupo de amigos y su primo, el viernes 14 de noviembre de 2008 a la discoteca conocida como Balcón de Rosales.

Según se narran los hechos, sobre las 5:30 h, Álvaro «se encontraba bailando en la pista en compañía de dos de ellos» y en un momento, Álvaro empuja bromeando a uno de sus amigos, provocando que este empujara sin querer a una chica joven que se encontraba bailando cerca de ellos, ocurriendo la primera laguna del suceso, ya que se decía que esta chica era novia de uno de los porteros y al ocurrir esto, avisa que los saquen del local , acercándose un grupo de estos entre los que estaba Antonio Sánchez Serrano, apodado ‘Pitoño’ y entre ambas partes se cruzan insultos, acabando en una fuerte pelea física en la que en un momento Sänchez Serrano tira al suelo a Ussía Caballero y se lanza con su rodilla sobre el pecho de Ussía ocasionándole la muerte.

Los juicios:

La Audiencia Provincial de Madrid condena el 31 de marzo de 2011 a Antonio Sánchez Serrano ‘Pitoño’, portero de discoteca, a la pena de 15 años de cárcel como responsable del asesinato. También juzgó a otros dos porteros de discoteca que ese día trabajaban en el mismo local acusándoles de complicidad por haber impedido que Ussía Cabellero fuera auxiliado por otras personas.

El Tribunal Superior de Justicia de Madrid ratifica el 2 de septiembre de 2011 la condena a Antonio Sánchez Serrano de 15 años de prisión, pero absuelve a los otros dos acusados por considerar acreditado que no participaron en el crimen y que las acusaciones de que impidieron que la victima fuera auxiliada no estaban demostradas.

El Tribunal Supremo condenó en firme a Sánchez Serrano y ratificó la absolución de los otros dos acusados por ser inocentes de la muerte de Ussía Caballero. .

 

17 Noviembre 2008

LA NOCHE ESCONDE UN INFIERNO

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

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El brutal asesinato de Alvaro Ussía, un joven de 18 años golpeado hasta la muerte por los porteros de una discoteca de Madrid, ha sacado a la luz una dramática realidad social que atenaza cada noche de fin de semana a cientos de miles de familias españolas. Los hijos salen de casa y hay que cruzar los dedos para que vuelvan al alba sanos y salvos después de pasar la noche en locales que no guardan las mínimas condiciones de salubridad y donde las drogas y la violencia campan por sus respetos. Los jóvenes que ayer lloraban de rabia en el entierro de Álvaro lo hacían por su amigo y porque saben que el ataúd podría haber sido el de cualquiera de ellos.

La diversión de la noche esconde un infierno que todo el mundo conoce a la perfección, pero que las autoridades prefieren ignorar. A pesar de que en los últimos años se han producido varios sucesos tan dramáticos como los que provocaron la muerte de Álvaro, las distintas administraciones que tienen competencias sobre el funcionamiento de los locales nocturnos siguen sin tomar las medidas que corresponden para evitar más muertes y más palizas. Es del dominio público que los vigilantes de las discotecas se comportan a menudo como simples matones, pero las administraciones siguen sin regular la actividad de los porteros de los locales de ocio.

En lo que se refiere al funcionamiento de las propias discotecas sucede algo parecido. El Balcón de Rosales, donde mataron a Álvaro, es todo un paradigma de la peligrosa realidad de la noche madrileña. Ayer se supo que sus porteros acumulan hasta 12 denuncias por agresiones, que la noche de autos ofrecía copas a 2 euros sin tasa ni control alguno, que carece de licencia como discoteca y que la Policía Municipal había solicitado su clausura en una de las inspecciones. Para más inri, el local es propiedad municipal, cedido a una empresa llamada Parques Reunidos para su explotación. Alguien tendrá que explicar por qué el Ayuntamiento permite este cúmulo de irregularidades.

Pero no basta sólo con tomar medidas sobre este local concreto. Hace falta que las administraciones actúen de forma inmediata para evitar que las discotecas sean un espacio sin ley, muy rentable para sus dueños, pero muy peligroso para quienes entran para divertirse. Algunas de las grandes fortunas de nuestro país se han fraguado gracias al éxito de este tipo de locales en los que la droga circula libremente. Las familias españolas tienen derecho a que la Administración garantice la seguridad de sus hijos en lugares que deben ser objeto de inspecciones mucho más rigurosas.

17 Noviembre 2008

El llanto y la furia

David Gistau

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Nada más cruzar la puerta de entrada al cementerio San Justo Pastor, donde la cuesta comienza a curvarse hacia las atalayas erizadas de cipreses, los amigos de Álvaro Ussía esperan. Los padres y profesores les han dejado una distancia de respeto, como si comprendieran que se necesitan los unos a los otros, sin nadie más.

Algunos fuman como si, por primera vez, no les importara ser vistos haciéndolo, como si hoy tuvieran derecho a hábitos de hombre. Otros llevan debajo del brazo el terrible ejemplar de El Mundo que trae en portada la fotografía del amigo, alegre, con una sonrisa que ya es memoria.

Uno deshace un ramo para repartir las rosas que luego arrojarán sobre el ataúd. Van todos impecablemente trajeados, se abrazan y murmuran palabras de consuelo, se esfuerzan todos por no romper en llanto, como si en verdad hoy tocara iniciarse en las contenciones de la hombría.

Ésa es la sensación: que se están esforzando por comportarse en una ocasión que les llega demasiado pronto, la de la despedida en el cementerio de uno de los suyos. Deberían estar planeando una excursión de esquí, o compartiendo anécdotas de chicas, y, sin embargo, entierran a un amigo, el absurdo despilfarro de una vida humana por la furia de la noche.

Como diría William Munny, a Álvaro le han quitado, no ya lo que era, sino todo lo que podría haber llegado a ser. El capellán del colegio Monte Tabor, quien luego oficiará el funeral, está pendiente de ellos: «Nada se les puede decir. Basta con acompañarles».

Es la llegada del coche fúnebre, ante la visión del ataúd, cuando los chavales se rompen. Cargan con el féretro mientras lloran, y lo trasladan a una zona techada, con feas columnas de hormigón y lápidas polvorientas.

Oraciones, tiesuras, consuelos, el desgarro de una hermana o una novia cuyo llanto solapa el murmullo del Ave María. En el espacio cerrado, los sonidos se amplifican. Los del ataúd al descender son ruidos de cadalso. Los de las palas y la tierra colman el ámbito con un estremecimiento antiguo.

La madre de Álvaro aguanta con una solidez admirable, sin lágrimas, y devuelve sonrisas a los que la acarician. Ha tomado orfidal, y lleva colgando de la muñeca un rosario con las cuentas de color marfil. Dicen de ella: «Es increíble, con todo lo que le ha pasado. Lo soporta porque es muy creyente, otra explicación no hay». Nadie acierta a comprender de dónde saca un cuajo tal que incluso por la mañana, antes de salir hacia el tanatorio, tuvo ánimos para ocuparse de qué comerían después del entierro los allegados.

Los cercanos, los profesores, los amigos y los padres de amigos, hablan como si hoy hubieran averiguado que existen peligros más allá de las hogueras campamentales, de la seguridad del buen barrio y de las amistades.

Comentan otros episodios de violencia nocturna de los que traen las noticias, y una mujer convierte en palabras tanto miedo: «Pero, ¿esto qué es? ¿Dónde estamos? ¿Quiénes somos?».

El guardián Holden Caulfield quería proteger a los niños manteniéndolos en un campo de centeno donde se perpetuaba la infancia. Los amigos de Álvaro han sido expulsados del campo de centeno, y por ello recordarán este domingo como el de la pérdida de la inocencia, mientras fumaban, solemnes y mirando el suelo, como hacen los hombres cuando les alcanza la tristeza.

18 Noviembre 2008

Muerte en la discoteca

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

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No se puede admitir que la brutalidad homicida se instale en las puertas de los locales de ocio

Un pequeño tropiezo dio lugar a una brutal paliza que reventó el corazón y mató a un joven de 18 años, Álvaro Ussía Caballero, en la madrugada del sábado en una céntrica discoteca de moda en Madrid. Los tres guardias de seguridad que cometieron la agresión han sido detenidos y puestos a disposición judicial. Uno de los amigos de la víctima empujó a una chica en la pista de baile, que resultó ser la novia de uno de los porteros, y éstos decidieron expulsar a los que causaron el contratiempo. Hubo discusión, golpes y, finalmente, un muerto.

Lo que resulta dramático es que no sea nada nuevo. La única diferencia, frente a los dos magrebíes que han muerto este año a manos de los responsables de seguridad de distintos locales de ocio -uno en Alcorcón y el otro en Fuenlabrada, en la Comunidad de Madrid-, es que ocurre en un local de la capital y que esta vez la víctima no es un inmigrante. Como lo fue también el ecuatoriano que murió en Barcelona en 2002, tras ser apaleado y arrojado al mar por los porteros de un local nocturno. La pregunta sigue desde entonces abierta: ¿cómo es posible que los que, supuestamente, tienen que velar por la seguridad sean los responsables de semejantes abusos?

Es tarea del Estado, tal como establece la Constitución, proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades del individuo y garantizar, al mismo tiempo, la seguridad ciudadana. La extrema dificultad de garantizar esa seguridad en grandes locales, donde miles de personas se reúnen los fines de semana para divertirse, debería obligar a las autoridades competentes a regular la letra pequeña de una actividad, la de los porteros de discoteca, que resulta imprescindible para salvaguardar el derecho de cualquier ciudadano a pasarlo bien sin que lo muelan a palos.

Establecer la formación que resulte necesaria y reivindicar la licencia que acredite su competencia, sentar de manera transparente sus funciones, fijar con claridad sus responsabilidades y las de las empresas que los contratan, regular su relación con las fuerzas de seguridad y todo un sinfín de normas de actuación son aspectos que reclaman con urgencia una reglamentación. Las instituciones del Estado tienden cada vez más a actuar bajo el brillo de los focos y a golpe de grandes escándalos. Con un reglamento riguroso y un control eficaz de su cumplimiento, es muy posible que no se hubiera tenido que lamentar ahora el comportamiento de los porteros que causaron la muerte a un joven de 18 años.

18 Noviembre 2008

Álvaro Ussía

Alfonso Ussía

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Los Ussía formamos una familia corta e independiente. Todos somos parientes y nuestro árbol es común, pero las ramas nacen y crecen cada una a su aire. Álvaro es un nombre habitual entre nosotros. Tengo un hermano Álvaro, un sobrino Álvaro y un primo hermano Álvaro. Pero no conocía a quien desde ahora es también nuestro Álvaro, como todos los jóvenes, era ejercer su derecho a estar con sus amigos y divertirse.

El suceso ha sido estremecedor de una crueldad, una chulería y una brutalidad insuperables. Poco después de haber matado a Álvaro, dos de sus homicidas – probablemente calificados por el juez de asesinos – se jactaban de haber puesto en su sitio a ‘uno de esos’ que entre otras cosas son sus clientes. Sin ‘esos’ y sin lo que consumen ‘esos’ no serían contratados por los propietarios de las discotecas, que también son responsables de la salvaje agresividad de sus empleados. Y como en todas las historias reales, tristes y de un final desgarrador, se vislumbra una luz, que en este caso, ilumina a todo un tronco familiar. La reacción de la fmailia de Álvaro Ussía, que no siente deseos de venganza sino de justicia y la entereza de todos los suyos, que han cumplido con la norma de llorar su inmenso dolor en silencio y con una dignidad insuperable. «Nuestra familia tiene fuertes convicciones cristianas, y sólo queremos que se haga justicia para que otros padres no tengan que experimentar nuestra tragedia». Me he sentido orgulloso de compartir el mismo apellido y el tronco de nuestro árbol común.
Por sus amigos, que eran legión, y sus declaraciones, se intuye que Álvaro Ussía Caballero era un tipo estupendo, simpático, alegre, deportista y lleno de buenas esperanas. Además, guapo y ligón, según algunas de sus amigas. Demasiado para tres orangutanes de la selva de cemento. Y anda por ahí, ignoro si feliz con las consecuencias de su acción o apesadumbrada por los hechos, la mujer que encendió la chispa de la bestialidad. Allá ella con su conciencia, que de tenerla se me antoja negra y nubosa para toda su vida.

Los porteros que asesinaron a Álvaro – el resultado de la autopsia es devastador – sumaban ya doce denuncias por agresión. A pesar de ello los propietarios del local los mantenían en sus puestos y la empresa de seguridad a la que pertenecían no los había puesto de patitas en la calle. Se reúnen en la muerte de Álvaro muchos responsables que algo tendrán que decir o justificiar ante la Justicia. Lo que nadie duda es que hay que cambiar las normas que permiten que matones sin escrúpulos ni dominio de si mismos, sean los que hagan guardia en las puertas de las discotecas, que son lugares de diversión y esparcimiento. Los jóvenes van a esos sitios a hablar con sus amigos, a ligar, a beber y a divertirse. No a someterse al riesgo de la muerte por un empujón involuntario a una histérica.

Nuestra familia es peculiar y distante. Cristina. Nos han enseñado a perdonar y a no concederle valor alguno al rencor y la venganza. Otra cosa es la Justicia. No nos conocemos entre todos a pesar de nuestra proximidad, y ahora lo lamentamos. A la madre y hermanos de Álvaro, a sus familiares más cercanos a sus muchos amigos les mando el mayor de mis abrazos les mando el mayor de mis abrazos y los míos. El roble de las ramas independientes sigue en pie, y hoy nos pide estas palabras que dejo junto a su tronco en forma de elegía.

22 Noviembre 2008

La madre de Álvaro

Lucía Méndez

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Beatriz se dio cuenta enseguida de que el niño sería un trasto. Ya desde la cuna, Álvaro Jesús no paraba quieto ni un minuto, le tiraba del pelo a su prima y la hacía llorar. La madre de Álvaro es una mujer muy religiosa y ha rezado mucho en su vida por este hijo, el mediano. Beatriz le dio una vida muy cómoda, propia de una familia con recursos económicos. Al niño nunca le faltó de nada, si acaso le sobró de todo. Las ingeniosas ocurrencias y las gamberradas de Álvaro eran un continuo dolor de cabeza. Ella quería que su hijo fuera un hombre de prove-cho, como el padre, pero Álvaro estaba más interesado en la juerga que en el estudio. Los enfados, sin embargo, no le duraban mucho. Le era imposible resistirse a la luminosa sonrisa de Álvaro y a sus abrazos cuando venía a pedir perdón por haberse portado mal. El niño era irresistible, tan guapo, tan simpático, tan cariñoso… con un corazón de oro.

La madre de Álvaro Jesus le cambió muchas veces de colegio y en todos le castigaban. Incluso le metió interno una temporada. La adolescencia le llegó en el peor momento, cuando su padre enfermó y murió. La madre de Álvaro se refugió en su religión y el tío del muchacho tomó el relevo de discutir con él. El hijo perdió un curso. Pero ahora, a sus 18 años, Álvaro, sin dejar de divertirse a tope y de gastar bromas locas a sus amigos y a sus primos, estaba enderezando sus estudios. Estas Navidades quería regalarle a su madre la primera evaluación aprobada de Segundo de Bachillerato, un curso difícil. Las oraciones de Beatriz empezaban a dar resultado.

La madre de Álvaro nunca entendió que la única forma de divertirse para los chavales fuera salir de casa a la una de la mañana y volver a las siete. Pero lo aceptó resignadamente, qué remedio. Igual que supo también que su hijo se emborrachaba de vez en cuando. La vida moderna era así. Se había acostumbrado ya a un duermevela permanente los fines de semana, cuando Álvaro salía toda la noche a las discotecas más pijas del circuito madrileño. El Balcón era una de ellas.

La madre de Álvaro Jesús lleva flores a la tumba de su hijo desde hace una semana, cuando murió pateado en plena calle. Sabe que hay un hombre detenido por la muerte de su hijo, aunque no sabe quién contrató a este portero y para qué. Si Beatriz quisiera buscar a los dueños de la discoteca se encontraría con un fondo de inversión británico sin cara ni ojos. Y si indagara sobre la empresa que contrató al hombre que mató a su hijo, Fortesa, se toparía con un agujero negro. Detrás del detenido, sólo hay dinero fácil ganado a costa de los chicos. Millonarios sin escrúpulos.

La madre de Álvaro quiere que su muerte no haya sido en vano y ese deseo sí se cumplirá. Los amigos de su hijo se han movilizado en el Tuenti por Ussía, las autoridades han tomado cartas en el asunto y los porteros-matones y los dueños de las discotecas sienten el aliento de la ley en la nuca. Ya era hora. Pero qué pena. Para ello ha tenido que morir el niño de la sonrisa luminosa. Ussía, para sus amigos. Álvaro Jesús para su madre, siempre.

02 Marzo 2011

Una muerte que marcó un antes y un después en la noche de Madrid

Francisco Granados Lerena

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La trágica y desgraciada muerte de Álvaro Ussía a las puertas de una discoteca en noviembre del año 2008 conmocionó a toda la sociedad madrileña y provocó que, desde todos los ámbitos, se replanteara la seguridad en el mundo de la noche. Fue en ese momento cuando el clamor social llegó a las instituciones y la Comunidad de Madrid puso en marcha el proyecto para regular al personal del control de acceso, una iniciativa que fue seguida por otras comunidades autónomas.

De esta manera, se establecieron unos requisitos mínimos para poder realizar este trabajo e intentar que personas violentas quedaran descartadas para ejercer esta función. En la Comunidad de Madrid, hoy, hay 3.600 porteros acreditados, con conocimientos para ejercer esta función, sin antecedentes penales y con su situación regularizada. Se han realizado tres exámenes y el próximo mes de mayo se llevará a cabo una cuarta convocatoria, con el fin de continuar formando a las personas que quieran desarrollar esta función.

Hoy podemos decir que hubo un antes y un después de la muerte de Álvaro Ussía en el mundo de la noche, al instaurarse un filtro para que nunca más tuviesen cabida personas como las que, presuntamente, sesgaron de la manera más brutal una vida que acababa de comenzar. Ahora que comienza el juicio por esta triste y a todas luces injustísima muerte, es el momento para enviar un fuerte abrazo a su familia y desearles que su intenso dolor pueda ir haciéndose más llevadero con el tiempo.

Francisco Granados Lerena es consejero de Presidencia, Justicia e Interior de la Comunidad de Madrid

03 Marzo 2011

«Le tocó el culo y la llamó puta»

Quico Alsedo / Pablo Herraiz

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La primera parte de la mañana transcurrió con las alegaciones de todas las partes. Una suerte de conclusiones previas para anunciar por dónde va a ir su discurso durante estos días. La fiscal, primera en hablar, arengó al jurado sobre los pasos que llevará el juicio, e insistió en que ella representa al interés general, porque para eso es el Ministerio Público.

También dijo que ella no ve dolo directo, es decir, intención clara de matar, en el golpe que Antonio Sánchez, Pitoño, dio a Álvaro Ussía esa noche de 2008. Ella ve «dolo indirecto o eventual», o sea, una acción tan violenta que claramente («se tiró sobre Álvaro con toda su humanidad») podía desembocar en muerte, aunque Pitoño no lo hubiera planeado. Y recomendó al jurado cautela al oír a los acusados, «porque tienen derecho a no decir la verdad, según la ley en este país». También pidió al jurado que se centre «en lo que pasó en el exterior» de la discoteca, y no «en el incidente del interior que provocó lo que pasó en la calle».

La acusación particular, que representa a la familia Ussía, añadió a eso que los acusados omitieron el deber de socorro a la víctima. La acusación popular la sostiene la Asociación Sandra Palo para la Defensa de las Libertades. Su letrado dijo que se han personado en el juicio por el interés que tiene «para toda la sociedad».

Y ahí llegó la defensa de Pitoño, que atacó a la Fiscalía diciendo que lo que pasó en el interior sí tiene importancia: «Si tocó el culo a una chica y la llamó puta, habrá que ver si eso tuvo importancia en lo que pasó luego», dijo la letrada.

Además, la abogada del principal acusado se quejó de los «dos años y medio de sufrimiento» que llevan ella y su defendido «por las trabas, el juicio paralelo, la prensa, la mancha del buen nombre de Antonio y su familia».

Esta letrada se ganó alguna reprimenda de la magistrada presidenta de la Sección 23 de la Audiencia Provincial, porque se desvió de lo que son las alegaciones de comienzo del juicio para adelantar el contenido de varias de sus pruebas.

Así, opinó que el Samur fue el responsable de la rotura del ventrículo de Ussía, según ella, «porque no habría podido sobrevivir desde las 5.30 hasta las 7.00 con un ventrículo roto», en caso de que se lo hubiera partido Pitoño, como dicen las acusaciones.

También habló del altísimo contenido de alcohol en sangre que llevaba Ussía («1,66 gramos por litro de sangre»), según la autopsia, y empezó a deliberar acerca de una prueba de toxicología que al final no se practicó como había solicitado cuando la juez la cortó y, sin más, dio paso a las demás defensas.

Los abogados de los dos acusados como cooperadores necesarios en el homicidio, David Sancio Gutiérrez y David Alonso de Aubarede, presentaron su línea de defensa y siguieron más tarde una estrategia que está siendo común: cada defensa sólo pregunta a su cliente, no a los otros acusados. El abogado de Sancio, por cierto, fue la única defensa que lamentó la muerte de Álvaro Ussía en El Balcón de Rosales.

11 Marzo 2011

Aplastamiento sí, paliza no

Quico Alsedo

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El corazón de Álvaro Ussía reventó por un aplastamiento rápido: algo, previsiblemente Antonio Sánchez Pitoño, le cayó encima al chaval. El esternón se contrajo hasta que su flexibilidad lo permitió, el músculo quedó tronchado entre el hueso y la espalda, y se terminó rompiendo por el reverso del ventrículo izquierdo.

Sucedió en apenas segundos. El resto del cuerpo apenas sufrió daños. La paliza que los amigos de Ussía denunciaron y los medios amplificaron se redujo a tres hematomas apenas visibles en cada costado. La cabeza no sufrió ningún daño. Pero al chaval le habían partido el corazón, con consecuencias fatales.

Por el roto, pequeño e irregular, comenzó a manar sangre que se fue alojando en la bolsa que envuelve el corazón, el pericardio. En hora y media el corazón, que al principio latía a medias -como un avión al que se le para un motor-, no pudo seguir latiendo por estar el pericardio completamente anegado de sangre. Y Ussía murió.

Es la tesis descrita ayer, con la meticulosidad y el esmero de una lección magistral, por el forense Enrique Rodríguez. Con dos matices importantes: la posibilidad de que el Samur matara a Ussía con el masaje cardiaco se considera prácticamente imposible -se han descrito casos, no en España, pero «siempre había una patología cardiaca anterior»- y, en cualquier caso, la muerte de Ussía es una cierta rara avis científica: «En mis 27 años de experiencia, no he visto una rotura parecida», concedió el doctor Rodríguez, verbalizando lo singular del suceso.

Los puntos clave para establecer la tesis ayer descrita en la Audiencia Provincial, en la séptima sesión de este maratoniano juicio, son dos: el boquete en el corazón, que probablemente se fue agrandando por acción de la presión sanguínea -porque no hay excesiva concordancia con el lento fallecimiento de hora y media y el tamaño del roto-, y una contusión localizada en el tórax, justo en el centro. La huella dejada, presuntamente, por el homicida. Sin hematoma porque «creemos que el peso no cayó apoyado en una rodilla, sino quizás en toda la espinilla», dijo el galeno.

El teorema del globo

El aplastamiento mortal fue, pues, rápido. «Lento no pudo ser, porque es como pisar un globo: si lo hacemos lentamente, no estalla. Rápido, sí», explicó didácticamente Rodríguez ayer.

Simplemente eso, un peso concentrado sobre el pecho, fue lo que mató a Ussía. De linchamiento y paliza, nada. «Yo acababa de hacer la autopsia, me fui a una cafetería y en la televisión decían unas barbaridades… Yo me decía: ‘¡Pero si yo no he visto nada de esto que dicen!’», contó el médico. El juicio ha servido pues para dos cosas básicamente: aclarar las circunstancias de la triste muerte de Álvaro Ussía, y dejar patente la exageración mediática.

«¿Pero es posible que el corazón quede dañado sin que se rompa el esternón?», preguntó con su virulencia habitual Miriam Vergara, la abogada de Pitoño: «No es que sea posible, es que en este caso ha sido posible», se le escapó el forense, que luego rectificó en la forma para despejar la posibilidad de prejuicio.

Comparecieron también los de Toxicología, que explicaron que no hallaron drogas en el cuerpo de Ussía más allá de 1,66 gramos de alcohol por litro de sangre. En cambio, en el análisis capilar de Pitoño encontraron consumo repetido de cocaína en los cuatro meses anteriores.

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APOYO

La ecografía errónea y el pericardio anegado

Con sus habituales formas de perro de presa, la abogada de ‘Pitoño’, Miriam Vergara, estuvo a punto de poner en pie ayer en la Audiencia una eficaz tesis para explicar la muerte de Álvaro Ussía en noviembre de 2008. La sinopsis sería la siguiente: el corazón de Ussía se rompe, se para y el Samur le empieza a hacer masaje cardiaco. En el traslado al hospital le hacen una ecografía. La doctora consigna después que el corazón es «grande», y no observa, como señaló hace días en el juicio, que hubiera «ningún sangrado en el corazón». Ayer, los forenses desvelaron la verdad: el corazón de Ussía es pequeño, 279 gramos. O sea, que lo que la doctora probablemente estaba viendo era el pericardio lleno de sangre. «Si el Samur lo hubiera visto, le habrían podido hacer una periocentesis, que es pinchar el corazón para sacar la sangre y poder seguir haciendo masaje», aventuró Vergara. Pero el forense la paró en seco: «Ni aun estando en un quirófano creo que pudiera salvarse con esa técnica», zanjó Enrique Rodríguez. Como viene sucediendo, Vergara tuvo un par de altercados con la magistrada, uno de los cuales provocó un receso por emperrarse la letrada en obtener un original, y no copia, de un informe del Samur. El lunes, más.

02 Septiembre 2011

Dos porteros, absueltos

Luis F. Durán

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Los dos porteros condenados como cómplices del crimen de Álvaro Ussía en la discoteca El Balcón de Rosales, en noviembre de 2008, han sido ahora absueltos por el Tribunal Superior de Justicia de Madrid. David Sancio Gutiérrez y David Alonso de Aubarede), ambos en la cárcel, fueron sentenciados a cinco años de prisión. Ahora, el tribunal estima los recursos interpuestos por los abogados y considera que no pueden ser declarados cómplices «de una muerte que solo puede imputarse al comportamiento individual de otra persona».

Al mismo tiempo, el TSJM ratifica la pena de 15 años de prisión decretada contra Antonio Sánchez, alias Pitoño, considerado el autor material de la muerte del joven al romperle el corazón tirándose encima de él.

Ahora, la Sala argumenta que no parece que «exista base suficiente para imputar a los dos porteros recurrentes la aceptación voluntaria de colaborar en un acto homicida cuando la muerte se produjo como consecuencia de una actuación guiada por un impulso de dolo eventual», ya que ni el autor tenía «el ánimo directo de matar».

Los magistrados recalcan que «no existen razones sólidas para exigir a ninguno de los dos actuales recurrentes responsabilidad criminal como cómplices por una muerte que no han decidido ni aceptado y cuya producción, realizada en un periodo de tiempo muy breve, sólo puede imputarse al comportamiento individual de otra persona cuya autoría no cabe sin más extender». «Ni el veredicto del Jurado Popular que les declaró culpables ni la sentencia explican o motivan de qué hechos o de qué actitudes se desprende la responsabilidad de la conducta desplegada por el principal acusado», añade el fallo.

El TSJM dice ahora que «no comparte» el razonamiento del jurado, que concluyó que Sancio y Alonso siguieron a Pitoño al exterior del local con el propósito «de colaborar al logro de la muerte de Álvaro» y para impedir, «no se expresa cómo, que otras personas pudieran auxiliar al después fallecido». Agrega que existen explicaciones alternativas a su conducta, como la de que salieran de la sala con la intención de «asistir a Antonio ante el temor de que pudiera surgir una pelea entre él y Álvaro o, simplemente, la de replicar o responder, incluso con el uso de la fuerza física, a los insultos recién recibidos de quien luego murió».

El TSJM sí avala, en cambio, la conclusión alcanzada por el jurado de que Pitoño causó la muerte de Ussía al propinarle un rodillazo en el pecho y poner sobre él todo el peso de su cuerpo, «que era bastante por ser una persona corpulenta».