22 febrero 1999

Emilio Botín busca evitar que la imagen de 'banco controlado por una familia' torpedee la fusión con el Banco Central Hispano

Ana Patricia Botín dimite de todos sus cargos en el Banco Santander forzada por su padre tras la publicación de un reportaje en EL PAÍS en el que se presentaba como ‘heredera’

Hechos

El 22.02.1999 Dña. Ana Patricia Botín dimitió como Directora General de banca del Banco Santander Central Hispano (BSCH) tan sólo un mes después de la creación del banco.

Lecturas

Cuando el martes 23 de febrero de 1999 se conocía en la prensa la dimisión fulminante Ana Patricia Botín de todos sus cargos en el Banco Santander (que acababa de absorber al Banco Central Hispano simulando una fusión entre iguales) fue La Razón quien informó en su portada que esa dimisión era consecuencia de un reportaje de El País de elogio a Ana Patricia Botín, que fue considerado por su padre, Emilio Botín Sanz de Sautuola García de los Ríos, como una operación de su hija y de Luis Abril para presentarla ya a ella como inminente sucesora de su padre, algo que desestabilizó la paz en el consejo de administración del banco por parte de los consejeros procedentes del Central Hispano que, bajo el mando de D. Ángel Corcóstegui, veían mal la imagen de ‘Banco Santander, banco de la familia Botón’.

El en ese momento director de El País, Jesús Ceberio Galardi, rechaza que su reportaje tuviera intencionalidad alguna en interferir en la situación interna del Banco Santander, pero confirma que esa fue la interpretación que hizo de aquel reportaje Emilio Botín.

LA ENTREVISTA DE LA DISCORDIA

  El reportaje que publicó EL PAÍS Semanal del 21 de febrero de 1999 sobre Dña. Ana Patricia Botín con declaraciones de la propia interesado firmado por D. Jesús Rodríguez y D. Jorge Rivera y en el que se terminaba afirmando: «A partir de ahora, Ana Botín como responsable de banca mayorista, tiene el reto de conseguir una posición de liderazgo del BSCH en la prestación de servicios a las grandes empresas, de convertirlo en uno de los bancos de referencia de la zona euro. Las biblias de las finanzas – The Economist, Busness Week (que la eligió en 1996 una de los 25 mejores ejecutivos del mundo) – apuestan por ella. Y gran parte de los cuellos blancos de la banca. Emilio Botín pasará a la reserva el año 2007. Ana tendrá 46. «Y Corcóstegui [el consejero delegado del nuevo banco] es sólo un ejecutivo; sí, muy brillante, pero un ejecutivo, y no pasará de ahí. Si no, al tiempo». Con menos sutileza, en el Santander corre un viejo aforismo: «Este banco tiene muchos botones pero un solo Botín». Al tiempo. 

La delicada fusión entre el Banco Santander y el Banco Central Hispano Americano (D. José María Amusátegui y D. Ángel Corcóstegui, que ahora disputaba al Sr. Botín el liderazgo) se vio tensada por las palabras de la Sra. Botín que estuvo a punto de romper el equilibrio en el banco.

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A pesar de que al aparecer en enero de 1999 como una de los ‘pesos pesados’ del nuevo Banco Santander Central Hispano, en el que ejercería como jefa de área y Directora General de Banca. El 22.02.1999 se hizo pública su dimisión de todos sus cargos en el nuevo banco.

Los analistas lo interpretaron como el resultado de sus malas relaciones con el Consejero Delegado del Banco Santander Central Hispano, D. Ángel Corcóstegui (que aspiraba a suceder a D. Emilio Botín al frente de la entidad).

El más duro de los analistas con la Sra. Botín fue D. Jesús Cacho en el diario EL MUNDO que la acusó de ‘deslealtad, falta de madurez»  y de ‘infinita arrogancia’.

21 Febrero 1999

Ana Patricia Botín, la banquera de Hierro.

Jesús Rodríguez & Jorge Rivera

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Emilio Botín pasará a la reserva del año 2007. Ana tendrá 46. "Y Corcóstegui [el nuevo consejero delegado del nuevo banco] es sólo en ejecutivo; sí, muy brillante, pero un ejecutivo y no pasará de ahí. Si no, al tiempo", analiza un alto ejecutivo de un banco rival. Con menos sutileza, en el Santander corre un viejo aforismo: "Este banco tiene muchos botones, pero un solo Botín". Al tiempo.

Usted se acaba de cruzar con ella. Sin darse cuenta. En cualquier calle. Esa joven de melena azabache y ojos verdosos es la mujer más poderosa de nuestro país. Responsable de banca mayonsta y consejera del gigante recién nacido Banco Santander Central Hispano (BSCH); miembro de sus comités ejecutivo y de dirección. Pieza clave en su organigrama. La única mujer. No, no la conoce. No es protagonista del HOLA; no sale en televisión, no asiste a fiestas. Nunca concede entrevistas. La discreción es su regla de oro. Pero es el penúltimo eslabón de la más poderosa dinastía de banqueros de la historia de España.

Se llama Ana Patricia Botín O´Shea, tiene 38 años, casada, con tres hijos. Copartícipe de una fortuna familiar de 1,3 billones de pesetas, según la revista FORBES. La primera española que desempeña cargos de auténtica responsabilidad ejecutiva en la banca, por más que la reviente que la coloquen profesionalmente en el saco de las mujeres. “Es un profesional y quiere que se la juzgue por su trabajo, no por su sexo. Odia que la elijan mujer del año o mejor banquera del siglo. Ella compite. Con hombres y mujeres. Con uñas y dientes. Y si lo hace mejor, gana”, explica un miembro de su equipo. Es una buena descripción de Ana Botón.

Pocos la conocen. Aún menos han hablado con ella. De cerca, Ana Patricia (Ana para los íntimos, Ana P para los empleados) es directa, agresiva, educada, distante; de una belleza fría, de sonrisa un poco triste: no se permite jamás un alarde, ni siquiera en su pequeño despacho atiborrado de papeles. Es imposible discernir si su traje de chaqueta es de Armani o de Zara, si su reloj es Swatch o Audemars Piquet; tiene las manos desnudas, unas manos bellas y un poco masculinas, muy de familia; no va maquillada; no lleva joyas, sólo una mínima cruz de oro engarzada en cuero. La escueta minifalda es el resultado de muchas horas de gimnasio.

Va al grano; como buena banquera, a los resultados. “No me vengas con historias”. Jamás pierde el tiempo: es lo único que no puede comprar. Habla rápido, piensa rápido y vende bien. Es dura. Muy dura: mucho más de lo que se puede deducir a primera vista. Perfecta tiburón hembra fogueada en las mesas de renta vanable de Wall Street. En la delantera. El front office, en la jerga de los amos del universo. Los negocios a velocidad del sonido. Un móvil con auricular como compañero. Da la sensación de estar en otro sitio. Seguramente es así. La Bolsa de Tokio cierra a las siete de la mañana (hora española); la de Madrid, a las cinco de la tarde; la de Brasil, a las siete de la tarde; la de Argentina, a las nueve de la noche; la de Nueva York. A las diez de la noche, y vuelva a empezar.

Sólo el recuerdo de su abuelo, el gran Emilio Botín II, funde el acero de su armadura. Pierde la frialdad y esconde la mirada con desasosiego hacia otro lado. Es humana después de todo.

Pero es una Botín, digna hija, nieta y biznieta de banqueros. Discreta hasta el hermetismo. Alérgica a la prensa. Refractaria a los fotógrafos. No es timidez: está acostumbrada a despachar con presidentes de empresas de todo el mundo, a bregar con ministros de finanzas, a rendir cuentas ante consejos de administración, a tomar decisiones que suponen miles de millones en pérdidas o beneficios a correr riesgos. A jugársela. No es timidez, es incompatibilidad. Cuestión de piel.

Herencia de sus mayores: Emilio Botín II concedió cinco entrevistas en 90 años; a la última (la que realizó en julio de 1986 Mercedes Milá) sólo accedió ante este argumento ‘de peso’ que le formuló su hijo Jaime: “Papá, piensa lo que le costaría al banco en publicidad el equivalente a esa entrevista”. Su hijo, Emilio Botín III, de 64 años, lleva camino de pulverizar el récord paterno. Ella se ríe. Puede ser la siguiente recordwoman.

Para Ana Botín, la portaestandarte de la cuarta generación de la saga, ‘la discreción es lo más importante en un banquero, lo más sagrado es su seriedad y su buena imagen, no traicionar la confianza de los que te confían su dinero ni de tus accionistas. Todo nuestro comportamiento debe estar dirigido a proteger esa confianza. De ahí la necesidad de una discreción absoluta’. Es genético. ‘Una filosofía de vida’, según la definición de otro miembro de la familia. ‘Esa discreción tiene una razón práctico: hay que defender al cliente ante todo. Y, por tanto, no hay que revelar ni mostrar lo que no conviene a los clientes. Piensa sólo en el secreto bancario. Un buen banquero es discreto. Y hay ejemplos de otros que no lo han sido… Es la filosofía de la familia, es decir, del banco’.

Los Botín, Santander y el banco. Ana nació en la capital cántabra el 4 de octubre de 1960. Su padre, Emilio Botín III, solo era subdirector general. A sus 26 años escalada con esfuerzo la empinada escala que le conduciría, 26 años más tarde, a la presidencia que entonces ocupaba su padre. Tenía que demostrar que era el heredero. A base de tesón. De jornadas de 14 horas de lunes a domingo. Pocos apostaban por él. Se equivocaban. La señora de Botín era Paloma O´Shea, una bilbaína con 20 años en 1960: el ingrediente cultural de una pareja dorada que se había conocido en la capital vasca mientras Emilio Botín III estudiaba derecho y económicas en la universidad de los jesuitas en Deusto. Dulce, espiritual y perfeccionista, políglota y entusiasta de Brahms y Chopin, Paloma O´Shea había comenzado la carrera de piano a los cinco años y completado estudios en Francia y el Reino Unido. Un esquema que repetiría con su hija. Corregido y aumentado. El piano era y es la pasión de Paloma O´Shea. El banco era y es la pasión de Emilio Botín III.

De esa combinación nació Ana Patricia, de un cóctel de música y finanzas, de dinero y sensibilidad. De claroscuros. Una mezcla que, según sus íntimos, “es la base de su equilibrio”; Ana es muy sensible, aunque parezca imposible que esos dos mundos, el trabajo y el arte se puedan conjugar. Tiene dos personalidades que rara vez se solapan”. Es cierto. Profesionalmente, muchos han tratado con ella. Competido con ella. Y normalmente perdido. Pero pocos conocen a Ana Patricia Botín por dentro, ni sus colaboradores más directos. Esos que se enteraban de sus embarazos cuando su anatomía era un secreto a voces. Pocos saben de su vida hogareña de clase media

Sin embargo, hasta bien entrado el siglo XX, el Santander fue una entidad modesta, casi pueblerina. Cuando, en 1930, Emilio Botín II accede al Consejo de Administración, el banco ocupa el segundo puesto en el ámbito regional, tras el Mercantil, y sólo cuenta con sucursales en Burgos, Palencia y León. En 1950 Emilio Botín II conquista la presidencia. Todo va a cambiar.
El ‘viejo Botín’ (así se le conocía entre los banqueros españoles de las décadas de los setenta y los ochenta) apostó fuerte. Duro, astuto, arrogante, visionario, en tres décadas logró situar su banco entre los más grandes. Primero, la expansión en España, mediante una perfecta estrategia de compras y absorciones, entre ellas la Banca Jover y el Banco Comercial Español; más tarde, el salto: Emilio Botín II cruzaba las fronteras con su banquito. En 1965 fundaba el Banco Intercontinental Español (Bankinter) y en esa misma década se implantaba en Latinoamérica con todas als de la ley. Y creaba un estilo, el estilo Botín. Y de Botín a Botín.
Era el patriarca. Tenía carisma. Su familia le rendía culto. Una piña en torno a él. ‘En nuestra familia, como los orientales, la admiración  el respeto por los mayores es muy especial’, definía en los últimos años de vida de su suegro Paloma O´Shea. Ana Patricia, como sus otros 10 nietos, le adoraba. ‘Era muy, muy entrañable con todos nosotros’, afirma uno de ellos. Sin embargo, la leyenda cuenta que la favorita era Ana Patricia.
Y es que en el viejo Botín se daba un desdoblamiento de personalidad que le relaciona con su nieta. Emilio Botín II, el escualo implacable para los negocios, era también un hombre culto y familiar; coleccionista de arte, elegante hasta el dandismo (eran famosos sus trajes blancos de lino, sus zapatos bicolores a medida, sus abrigos con cuello de visón y sus bastones) y fascinado por la botánica y la historia (su abuelo Marcelino Sanz de Sautuola y su madre, María, entonces una niña de ocho años, habían descubierto en 1879 las pinturas de Altamira). Todo un personaje.
«Yo creo que don Emilio, el abuelo, siempre vio en Ana el futuro del banco; estaba más cerca de ella porque ella estaba más cerca del banco, es decir, más cerca de sus gustos», explica una persona cercana a la familia. Un antiguo miembro del servicio de los Botín confirma ese juicio: «Era la nieta predilecta, la mayor, la más sensata, tremendamente ordenada, y él, que tenía un olfato enorme, intuía que ella era el futuro de la familia en el banco».
Por encima de las leyendas. Ana es la perfecta heredera del abuelo. Ella misma confirma haber aprendido de Emilio Botín II «las ideas de disciplina y orden. Él era tremendo en esas cosas. Era de un equilibrio impresionante. Muy reflexivo. Estaba en contra de los excesos de cualquier tipo, incluso… de trabajo».
Ana es una digna discípula. Si de su padre, Emilio Botín III, presidente del banco desde 1986, ha adquirido una voluntad irrectible, la adición al trabajo y una vocación bancaria absoluta; de su abuelo, el estilo. Don Emilio jugaba a la Bolsa de madrugada y Ana Patricia hace negocios en casa por teléfono cuando todos duermen (con el consiguiente enojo de su cónyuge). Don Emilio era un consumado jugador de póquer capaz de desplumar a más de un virtuoso y Ana Patricia sabe esconder sin pestañear sus jugadas financieras. Don Emilio luchaba contra su flebitis a base de mortificantes caminatas por la Castellana madrileña y Ana Patricia consume jornadas bancarias no aptas para cardiacos de 7.30 a 22.00. Para don Emilio, el banco era lo primero, para Ana, el banco era lo primero.
A los 13 años, Ana deja Santander: el paraíso. Comenzaba una vida itinerante, casi nómada (común en toda la familia), que siempre la ha acompañado. Hoy es rara la semana que no cruza el Atlántico, siempre es solitario («hay que ahorrar costes y dar ejemplo»), para reunirse con los ejecutivos del banco en Latinoamérica. Mucho antes, a partir de 1973, fueron los colegios en Suiza, el Reino Unido, Austria y Estados Unidos. De esa época son también los largos viajes con su madre recorriendo escuelas de música de todo el mundo. El objetivo era ver, aprender y dar prestigio al concurso de piano que Paloma O´Shea había creado en 1972 («los hermanos siempre lo hemos visto como su trabajo; no trae dinero a casa, pero ha extendido la cultura en nuestro país»). De Salzburgo a Rusia, de Viena a Estados Unidos; la amistad con Mstislav Rostropóvich y Zubin Mehta; Juillard School of Music, North Carolina School of Arts, Yehudi Menuhin School of Arts, Yehudi Menuhin School of Music. Quizá los mejores años para ambas.
Destrozando su aura, Ana Patricia Botín, confiesa que nunca tuvo una idea clara de cuál iba a ser su futuro profesional. Nunca vio el banco como su destino inevitable. Incluso a mediados de los setenta pensó en dedicarse al periodismo. Siempre le gustó escribir. Un miembro de la familia se encargó de echarle un jarro de agua fría: «Los periodistas se mueren de hambre». Ante el aviso, Ana decidió seguir los pasos de los hombres de la familia: ganar dinero. Estudiar economía. «Quería ser independiente».
En 1979, con 19 años, Ana Patricia Botín aterriza en el corazón de Pensilvania (EEUU), en un pueblecito de la América profunda llamado Bryn Mawr. Allí, en la universidad de estilo gótico del mismo nombre, pasaría dos años. Bryn Mawr es un atípico y muy prestigioso college femenino fundado por los cuáqueros en 1885. Uno de los primeros que extendió el estudio del griego, las matemáticas y la filosofía entre las mujeres americanas. Una antigua alumna lo describe como ‘superexclusivo, superprestigioso; puede rivalizar con los mejores de Estados Unidos. Tiene una filosofía de formar mujeres para conquistar el poder, promueve la ambición. Hilary Clinton no estudió allí, pero hubiese sido la alumna ideal».
El último año de carrera, Ana toma la dirección de Cambridge, en las afueras de Boston, para matricularse en una de las universidades más famosas del mundo: Harvard. Allí concluye sus estudios y se sumerge en el verdadero caldo de cultivo de los amos del universo. «Su formación y su estilo profesional es muy anglosajón», describe su jefe de gabinete. «Es muy pragmática, está muy volcada en los resultados, no admite cuentos, no le gusta la burocracia; sería la última persona que podría ver trabajando en un ministerio. Pero también tiene mucho sentido del humor: en mitad de una reunión puede soltar una y dejar descolocado a todo el mundo». Hoy, el idioma de Ana Botín es el inglés. «Para trabajar con ella no se requiere el español», bromea un colaborador.
A finales de 1981, Ana busca trabajo. Se entrevista con varios bancos. Pretendientes no le faltan. Tiene formación y apellido. Desparpajo. Y toda la ambición. Quiere ganar dinero. Rápido. Está acostumbrada a lo mejor, pero desea independencia. Se incorpora al departamento de crédito y análisis en Madrid de la J. P. Morgan, uno de los gigantes de las finanzas estadounidenses y, por extensión, mundiales.
Dos años más tarde, su vida vuelve a cambiar. Es destinada a la central de la Banca Morgan en Nueva York, donde aprenderá los secretos de los mercados financieros en la capital del capitalismo. En su banco de pruebas. Aprende la agresividad imprescindible para hacerse rica. El estilo despiadado de las finanzas en estado puro. Y el jueves 15 de septiembre se casa por su novio de siempre, Guillermo ‘Willy’ Morenés Mariátegui, hijo menor de los marqueses de Borghetto, en la mítica finca de Emilio Botín II en Puente San Miguel, a 27 kilómetros de Santander: 10 hectáreas de históricos jardines que han sido el escenario de los momentos más felices del clan Botín. Como oficiante, el sacerdote, musicólogo y ex director del Museo del Prado Federico Sopeña; entre los 500 invitados, Carlos March, Carlos Ferrer Salat y Mariano Rubio. No hubo fotos del enlace. La prensa no se enteró.
Guillermo Morenés en su contrapeso. El otro platillo de la balanza de una mujer con índices bursátiles por víseras. El lado humano de la pareja. Jerezano, elegante, educado en los jesuitas, ingeniero, de 41 años, Morenés pertece a una familia de terratenientes andaluces ligada al coto de Doñana. Con un perfil más bajo en su carrera (es subdirector general de banca privada del Santander y ha estado a las órdenes de su mujer), es, según los que le conocen ‘elegante, abierto, divertido, amable; un buen relaciones públicas’. Su labor ha sido importante es la principal finca familiar de los Botín, El Castaño, cuyo crecimiento ha supervisado en su condición de ingeniero agrónomo.
Y es que El Castaño es la salida natural para la discreta Ana Botín. Su paraíso. Su refugio. Lejos del mundo. Allí tienen casa propia. Pasea, caza, lee historia y monta a caballo. «Su vida es banco, banco, banco, y el fin de semana, El Castaño», explica una persona de su confianza. A ella se traslada en el AVE o en el reactor de don Emilio (la finca cuenta con un aeropuerto privado a nombre de Agropecuaria El Castaño S. A.), un Falcon 900 similar al que usa para sus desplazamientos de Estado el príncipe Felipe. Depende del origen: Madrid, Tokio, Nueva York…
Situada a 60 kilómetros de Ciudad Real, las 8.000 hectáreas de El Castaño discurren por los términos de Luciana, Piedrabuena y Puebla de D. Rodrigo. Por las laderas de los Montes de Toledo. Es una auténtica reserva cinegética. Pero El Castaño no es sólo esparcimiento, es negocio: algunos de los más poderosos del planeta han participado en las cacerías de ciervos y jabalíes allí celebradas. Como el golf en Pedreña o en Puerta de Hierro, que entre hoyo y hoyo sirve para cerrar contratos. Y Ana Botín tampoco perdona el golf.
En Nueva York, Ana Patricia comienza a conocer los secretos de la tesorería, la consultoría, el arbitraje y el manejo de posiciones de cambio para clientes multinacionales. Empieza a codearse con los primeros ejecutivos mundiales (entre ellos, Ángel Corcóstegui, un ingeniero de Caminos formado en la Wharton Business School al que conoce en 1981 y que hoy es el primer ejecutivo del BSCH) y a apreciar de cerca el glamour de las grandes operaciones financieras. Una actividad que requiere preparación, habilidad, intuición y frialdad. Ana Botín niega, sin embargo, que se deje llevar por su olfato. «La intuición es producto del conocimiento. Con toda la información, tomas las decisiones; nunca antes. Y esas decisiones son la suma de los datos. Tengo intuición, pero toda la información». Según una persona de su entorno, «Ana no considera intuitivo a su padre, le considera valiente. Emilio Botín sabe tomar decisiones, pero después de realizar un análisis enorme de cada situación. Ese es su secreto. Así se gana en finanzas».
Año 1986. La Moran aúpa a Ana Botín a su vicepresidencia responsable del área de América Latina. Un nombramiento proverbial: toda su carrera a partir de ese momento quedará ligada a esa región. Hoy es una de las ejecutivas mundiales con un conocimiento más profundo de Latinoamérica. Una zona donde el BSCH es el primer banco internacional.
En 1989, Ana vuelve al redil: el Santander. En Madrid perderá el anonimato del que había disfrutado seis años en la Gran Manzana. El regreso a España supone, entre otras cosas, volver a adaptar su vida al control de una sólida escolta (que se refieren a ella en clave como Pineda). Es la hija del hombre más rico de España. En los primeros tiempos se desembarazará con ligereza de sus guardaespaldas. Un aviso de Interior le pondrá los pelos de punta. Hoy, en la defensa paroxística de su intimidad hay un componente de miedo a un secuestro de ETA.
Por fin, en febrero de 1989, Ana Botín accede al Consejo de Administración del Banco Santander, que ya preside su padre, Emilio Botín III. En diciembre accede a la comisión ejecutiva, el cerebro de la organización (nombramientos que le suponen ingresos superiores a los 40 millones de pesetas brutos al año). Es también el año de la consagración de su padre, Emilio Botín III: en septiembre lanza la supercuenta, un envite revolucionario que consistía en ofrecer a los clientes remuneraciones en torno al 11% si el saldo de la cuenta era superior a las 500.000 pesetas. El resto de las entidades apenas ofrecía un 0,1%. Una auténtica bomba que le dio réditos importantes. Y su espaldarazo de puertas afuera y adentro. El Santander descolocó a sus adversarios. Una vez más.
Ambición. La mayor del os Botín quema etapas: en 1991 es ascendida a directora general del Banco Santander de Negocios (BSN), el banco de negocios del grupo. Cuatro años más tarde se convierte en consejera delegada del BSN y en consejera directora del Santander.
Nace el mito de la mujer de hierro. Jornadas de 14 horas. Reuniones de planificación los domingos por la tarde, reuniones de presidencia los lunes a las 7.30, despachos continuos con el presidente, viajes, cada vez más concentrada, más inaccesible, más exigente. Quema colaboradores. Ficha a los mejores del mundo, cuesten lo que cuesten, de los mejores bancos de inversiones ingleses y americanos. Le duran dos años. Como mucho. Para un miembro de su equipo, ‘la rotación en banca de inversión es muy grande; es un sector muy competitivo, muy centrado en los resultados; la movilidad es innata. Poco duramos más de tres años, pero por la propia dinámica. Y eso lo sabes cuando llegas: no te vas a jubilar aquí». Para uno de sus antiguos hombres de confianza, «Ana ficha, exprime y corta la cabeza. es una cultura exacerbada en el Santander, se enamoran de los mejores hasta que dejan de serlo». Y es que Ana Botín levanta filias y fobias. Hay quien resalta su falta de cintura y una ambición desmedida. «¿Ambición? Yo no estoy aquí por dinero o poder. Estoy por un proyecto en Europa», se defiende.
Inopinadamente, Ana Botín tiene tiempo para sus hijos. Cada cuarto de hora que roba al banco es para ellos. Su madre, Paloma O´Shea, la describe como ‘una madraza, no sé cómo lo hace, pero lo consigue’; su tía, al periodista Covadonga O´Shea, la define como ‘muy mujer, volcada en la familia». El matrimonio tiene tres hijos: Felipe, de 13 años; Javier de 10, y Pablo, de ocho. El mayor estudia en el Reino Unido; el segundo es buen pianista, y el tercero, que nació en Inglaterra, es el rey.
Ana Botín, que afirma que nunca se sintió desplazada en su niñez por las ausencias de sus padres, se ha organizado una vida que corre paralela a la de sus hijos, su otra pasión: los viernes lucha por salir pronto del banco (es decir, no antes de las ocho de la tarde) y sus fines de semana son sagrados. Tener tiempo para los niños supone trabajar de noche, en los aviones, en el coche; en mitad de una cena en casa en la que oficia de anfitriona puede salir disparada ante una llamada de su padre y dejar a los comensales con la boca abierta. Estilo Botín.
No es una familia típica. La relación con su padre mantiene una curiosa dicotomia paternal-profesional. Por un lado, don Emilio está contento: es una digna Botín,  él – «un padre enormemente protector», en boca de un familiar –  no puede menos que sentirse orgulloso. Pero en el banco, él es el presidente. «Tienen buena química, pero en las reuniones es una ejecutiva más. Y a cada paso debe demostrar que vale. Y en muchas ocasiones la exige más y debe dar más de sí para tener un aprobado. Por ejemplo, cuando ha defendido las inversiones en Latinoamérica», relata un alto ejecutivo del banco. Una persona de su círculo más íntimo comparte esa descripción. «Su padre la trata mucho peor que al os otros ejecutivos; al principio la ayudó, la dejó hacer cosas grandes, operaciones que no hace cualquiera cuando empieza, y siempre con hilo directo. Pero ahora está en desventaja. Ser hija de Emilio Botín es hoy una desventaja para ella».
En los últimos dos años, Ana Botín ha sido la pieza maestra en las inversiones del Santander en América. La bisagra. Ha gestionado una decena de bancos con 38.000 empleados en todo el continente. Ha sido también su ocasión para aprender banca comercial, lejos del charme de las grandes operaciones; de quitarse el sambenito de ejecutiva volcada en la banca corporativa y que desprecia la banca al por menor. «Ha sido apasionante: gestionar, organizar, conocer la red, reclutar a los mejores de cada país, mover gente desde España». Por sus manos ha pasado una parte importante del medio billón de pesetas que el Santander ha invertido en Argentina, Chile, Perú, Brasil, Venezuela o México con el objetivo de retomar un liderazgo que su abuelo dio por perdido tras la crisis de 1982.
El mercado latinoamericano es su pasión. Su cuarto hijo. También varón. Se lo conoce como la palma de su mano. Teoriza en cuanto puede sobre las enormes posibilidades de negocio de un continente subbancarizado. Sin embargo, los expertos consultados opinan que los resultados han sido discutibles. La expansión ha sido perfecta; la rentabilidad, con el telón de fondo de la crisis financiera internacional, no todo lo buena que esperaba. Aunque 50.299 millones de los 142.163 que logró de beneficios el banco en 1998 provienen de la actividad americana, el banco perdió 8.947 millones de pesetas en México y 4.230 en Perú. Y eso para un Botín es pecado.
Hasta el 15 de enero, el mañana estaba claro para Ana Botín. La princesa herdera. Su abuelo accedió a la presidencia con 47 años; su padre, con 52. Con 38 años, Ana estaba madurando. Calentando motores. Todo atado y bien atado en el Santander. Pero tras el 15 de enero, tras la fusión del banco de los Botín con el Central Hispano, el futuro es incierto. El nuevo banco, del que los Botín poseen aproximadamente un 5% de las acciones, ha dejado de ser un banco familiar. Ese ha sido el sacrificio de los Botín, aunque Ana cree que esa cultura no se debe perder totalmente.
«Ana sabía mucho más de la fusión de lo que han escrito los periodistas y menos de los que le hubieran gustado; pero, en cualquier caso, ha estado y está en primera línea para la sucesión», explica un íntimo. Es cierto que no estuvo presente en aquellos 10 días de infarto en el secreto del edificio Windsor de Madrid. Pero es un Botín. Y eso cuenta mucho. «El banco es una monarquía», afirman los que conocen la casa.
A partir de ahora, Ana Botín, como responsable de banca mayorista, tiene el reto de conseguir una posición de liderazgo del BSCH en la prestación de servicios a las grandes empresas, de convertirlo en uno de los bancos de referencia de la zona euro. Las biblias de las finanzas – The Economist, Bustness Week (que la eligió en 1996 una de los 25 mejores ejecutivos del mundo) – apuestan por ella. Y gran parte de los cuellos blancos de la banca. Emilio Botín pasará a la reserva del año 2007. Ana tendrá 46. «Y Corcóstegui [el nuevo consejero delegado del nuevo banco] es sólo en ejecutivo; sí, muy brillante, pero un ejecutivo y no pasará de ahí. Si no, al tiempo», analiza un alto ejecutivo de un banco rival. Con menos sutileza, en el Santander corre un viejo aforismo: «Este banco tiene muchos botones, pero un solo Botín». Al tiempo.

23 Febrero 1999

LA ESPANTADA DE LA MUJER DE HIERRO

Jesús Cacho

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Embajada de España en Washington. Martes, 6 de octubre del 98. El señor embajador ofrece al caer la tarde una recepción a la legión de banqueros recién llegada de la Península para asistir a la asamblea del Fondo Monetario Internacional. El pelo liso, ligeramente maquillada, Ana Patricia Botín viste un elegante traje chaqueta de esos que se pueden encontrar en las tiendas de la Vía Venetto a millón la pieza.

Siempre he sentido una especial atracción por esta mujer menuda, llamada a las más altas responsabilidades gerenciales por mor del apellido. Escoltada, casi asediada por el economista José Juan Ruiz a modo de policía encargado de su vigilancia, Ana Patricia reparte sonrisas y concede charletas tan breves como intrascendentes a periodistas y banqueros. Aprovechando un breve despiste de su guardián, me acerco a ella. Siguiendo una rara costumbre aprendida tiempo atrás, observo con detenimiento sus manos y la miro directamente a los ojos, los dos elementos definitorios de la personalidad de cualquier ser humano.

Me impresionaron aquellas manos como sarmientos, ligeramente hinchadas, nada femeninas, las venas corriendo como ríos desbocados bajo la epidermis, manos hechas a golpe de sacrificio y renuncia, como talladas en mármol por el cincel de un Miguel Angel, manos duras, atormentadas, sufridoras, víctimas de una tensión insoportable, retrato de una mujer incapaz de relajarse, que no puede bajar la guardia, que no es feliz, obligada en cada momento a mantener el tipo, a batirse el cobre con banqueros de medio mundo, cuando no a soportar los discursos de ejecutivos barbilampiños de medio mundo llegados a pie de avioneta privada.

La miro a los ojos y advierto, por el contrario, un fondo de humanidad, un rasgo de ternura reñido con la leyenda que retroalimenta su papel de banquera inasequible al desaliento, ojos de niña gitana, reflejo de mujer tierna que reclama un destino radicalmente distinto al que tan férreamente se ve atada por el apellido.

Hacía mucho tiempo que la heredera del apellido Botín, como una moderna Dolores, la flor de Calatayud, estaba en coplas entre la comunidad financiera madrileña, a cuenta de los estropicios causados en el Santander de Negocios, primero, y en el área latinoamericana, después. Como en una moderna reedición del viejo mito de Aquiles, la mujer/niña parecía inmersa en una carrera sin fin en pos de unos resultados que cada día parecían un poquito más lejos, después de haber quemado en el intento a un ejército de ejecutivos que, pagados a precio de oro, iban quedando en el camino como mojones, testigos mudos del paso de un fenómeno natural: hasta aquí llegó el ciclón Ana Patricia Botín.

Dicen que su señor padre, don Emilio, no se dio cuenta hasta el mes de noviembre del desastre que se cernía sobre el banco a consecuencia de las pifias latinoamericanas y otras yerbas de no menor tamaño, como la realidad de un negocio doméstico que no tira, o la ausencia de un equipo gestor. A ello ha contribuido en gran medida la labor de Francisco Paco Luzón, un hombre que, lealmente crítico, se ha mostrado muy duro con la gestión de Ana Patricia, gesto al que la niña ha respondido con la misma simpatía: «Todavía no me explico por qué mi padre ha fichado a este tío…»

Lo que parece una evidencia es que Botín ha reaccionado tarde ante los problemas del Santander, y esa tardanza ha marcado las líneas maestras de una fusión en la que el BCH -casi la mitad de tamaño que el grupo Santander-, ha conseguido unos términos muy igualitarios, además de quedarse con la gestión.

Botín reacciona tarde, y cuando lo hace diseña su respuesta a espaldas de su hija, que se topa con los hechos consumados de una operación en la que no participa y de la que se entera, como tantos otros consejeros, casi la tarde anterior, mientras agasajaba a una serie de ilustres invitados/cazadores en su finca de El Castaño. Y de pronto, la reina de El Promontorio que todo lo mandaba, la mujer de hierro que solo despachaba con papá y con Dios, más con Dios que con papá, se ve obligada a hacerlo con un plebeyo apellidado Corcóstegui desde su nueva condición de simple jefa de área, una de las muchas del nuevo gigante.

Una afrenta que su infinita arrogancia no puede tolerar. Ayer se especulaba con los efectos que un almibarado reportaje aparecido el domingo en un dominical podía haber surtido sobre la decisión de dimitir de la bella. Es evidente que la historia -preparada a finales del pasado octubre- no habrá gustado en el BCH, pero cuesta imaginar a Amusátegui, y mucho más a un corredor de fondo como Angel Corcóstegui, especie de Rey Prudente revestido de toda la paciencia del mundo, dando un puñetazo sobre la mesa de Botín en la mañana del lunes. La tesis contraria abundaría en la explicación más simple del suceso: Botín -travestido de Saturno que devora a sus hijos- estaría tan necesitado de esta fusión que se habría visto obligado a defenderla al precio de acabar con la carrera de su hija y heredera.

En el Santander, la decisión de Ana Patricia era juzgada ayer como un acto de suprema deslealtad para con su padre, el portazo de una mujer que, ofendida en su altivez, no puede soportar perder poder y verse relegada por el avance arrollador de un hombre al que ella quiso fichar para el BSN tiempo atrás. Deslealtad y falta de madurez, pataleta de niña aficionada a hacer de su capa un sayo, acostumbrada a actuar en la tradición del banco familiar lejos de los parámetros de la moderna corporación profesional. Emilio Botín queda en una soledad escandalosa. Y el apellido en definitiva retirada. C’ est la vie.

Jesús Cacho

23 Febrero 1999

SACRIFICIO DE DAMA

LA RAZÓN (Director: Joaquín Vila)

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Todos los grandes proyectos humanos son completos y, con frecuencia, necesitan de la generosidad de sus protagonistas. Una fusión bancaria como la del Santander con el Central Hispano es uno de esos grandes proyectos que, además, están muy por encima de quiénes participan directamente, para colocarse en la órbita del interés nacional, aunque también estén en juego intereses particulares. España, en el nuevo mundo del euro, en el límite difuso entre dos milenios, necesita bancos grandes, poderosos y competitivos en los mercados de todo el mundo. La banca española también forma parte de las señas de identidad de un país y de un pueblo que tienen su lugar en la historia presente y futura, un horizonte en el que las grandes institucionales financieras son tan decisivas como la diplomacia.

La fusión entre los bancos Santander y Central Hispano, personalizada en sus presidentes, Emilio Botín III (como acertadamente le llamaba ayer EL PAÍS) y José María Amusátegui, es probablemente uno de los proyectos económicos de mayor envergadura de la historia de España. Por eso, no puede permitirse dudas , ni tampoco vacilaciones o traspiés. En un banco, que es una organización formada por personas, con sus apetencias, virtudes y debilidades, pueden producirse a veces malentendidos y confusiones. Cuando se trata de dos entidades financieras que se unen, cada una con sus peculiaridades, la compenetración de los equipos requiere tiempo, flexibilidad y, sobre todo, generosidad. Sobre todo cuando coinciden dos culturas empresariales y bancarias con hábitos y modos diferentes aunque sean coincidentes.

El Banco Santander era un banco semifamiliar controlado y gobernado por los Botín durante generaciones. El Central Hispano, fruto también de otra fusión era una entidad con una cúpula formada por ejecutivos. En nuevo BSCH debe ser una entidad financiera profesional, solvente y puntera, en la que primen los méritos y la eficacia.

En ese escenario, la aparición de un amplio reportaje sobre Ana Patricia Botín, consejera y director general del nuevo BSCH podía inducir a una concepción dinástica del banco. Nada más lejos de la realidad. Ha sido un incidente desgraciado que, sin embargo, hay que reparar por si acaso. Ana Patricia Botín, hija de Emilio Botín ha elegido, sin dudar, lo que parece mejor para el futuro Banco Santander Central Hispano (BSCH), aún a riesgo de asumir sacrificios personales y profesionales importantes. Con rapidez, ha renunciado a todos sus cargos ejecutivos en la entidad aunque mantiene su puesto en el Consejo de Administración. Parecía imprescindible demostrar que el BSCH nace sobre unos cimientos sólidos de profesionalidad y equilibrio. Ana Patricia Botín es una auténtica profesional de la banca, como ha demostrado desde hace años, tanto en el Santander como en otro banco en los que inició su carrera, lejos del paraguas, ha sido a ella a quién le ha correspondido el papel más ingrato. También para ella será la gloria de haber asumido un sacrificio que no todos hubieran estado dispuestos a asumir.

Ana Botín, con su gesto, no ha salvado la fusión Santander – Central Hispano, porque era un proyecto sólido y profesional. Sin embargo, sí ha puesto su grano de arena para que siga adelante con más efectividad y rapidez. El BSCH ya es, y desde luego será, uno de los grandes bancos españoles y europeos, una empresa colectiva de un país, que bien merece algún sofocón y también algún sacrificio. Al menos por ahora.