22 febrero 1999
Emilio Botín busca evitar que la imagen de 'banco controlado por una familia' torpedee la fusión con el Banco Central Hispano
Ana Patricia Botín dimite de todos sus cargos en el Banco Santander forzada por su padre tras la publicación de un reportaje en EL PAÍS en el que se presentaba como ‘heredera’
Hechos
El 22.02.1999 Dña. Ana Patricia Botín dimitió como Directora General de banca del Banco Santander Central Hispano (BSCH) tan sólo un mes después de la creación del banco.
Lecturas
Cuando el martes 23 de febrero de 1999 se conocía en la prensa la dimisión fulminante Ana Patricia Botín de todos sus cargos en el Banco Santander (que acababa de absorber al Banco Central Hispano simulando una fusión entre iguales) fue La Razón quien informó en su portada que esa dimisión era consecuencia de un reportaje de El País de elogio a Ana Patricia Botín, que fue considerado por su padre, Emilio Botín Sanz de Sautuola García de los Ríos, como una operación de su hija y de Luis Abril para presentarla ya a ella como inminente sucesora de su padre, algo que desestabilizó la paz en el consejo de administración del banco por parte de los consejeros procedentes del Central Hispano que, bajo el mando de D. Ángel Corcóstegui, veían mal la imagen de ‘Banco Santander, banco de la familia Botón’.
El en ese momento director de El País, Jesús Ceberio Galardi, rechaza que su reportaje tuviera intencionalidad alguna en interferir en la situación interna del Banco Santander, pero confirma que esa fue la interpretación que hizo de aquel reportaje Emilio Botín.
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LA ENTREVISTA DE LA DISCORDIA
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A pesar de que al aparecer en enero de 1999 como una de los ‘pesos pesados’ del nuevo Banco Santander Central Hispano, en el que ejercería como jefa de área y Directora General de Banca. El 22.02.1999 se hizo pública su dimisión de todos sus cargos en el nuevo banco.
Los analistas lo interpretaron como el resultado de sus malas relaciones con el Consejero Delegado del Banco Santander Central Hispano, D. Ángel Corcóstegui (que aspiraba a suceder a D. Emilio Botín al frente de la entidad).
El más duro de los analistas con la Sra. Botín fue D. Jesús Cacho en el diario EL MUNDO que la acusó de ‘deslealtad, falta de madurez» y de ‘infinita arrogancia’.
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21 Febrero 1999
Ana Patricia Botín, la banquera de Hierro.
Usted se acaba de cruzar con ella. Sin darse cuenta. En cualquier calle. Esa joven de melena azabache y ojos verdosos es la mujer más poderosa de nuestro país. Responsable de banca mayonsta y consejera del gigante recién nacido Banco Santander Central Hispano (BSCH); miembro de sus comités ejecutivo y de dirección. Pieza clave en su organigrama. La única mujer. No, no la conoce. No es protagonista del HOLA; no sale en televisión, no asiste a fiestas. Nunca concede entrevistas. La discreción es su regla de oro. Pero es el penúltimo eslabón de la más poderosa dinastía de banqueros de la historia de España.
Se llama Ana Patricia Botín O´Shea, tiene 38 años, casada, con tres hijos. Copartícipe de una fortuna familiar de 1,3 billones de pesetas, según la revista FORBES. La primera española que desempeña cargos de auténtica responsabilidad ejecutiva en la banca, por más que la reviente que la coloquen profesionalmente en el saco de las mujeres. “Es un profesional y quiere que se la juzgue por su trabajo, no por su sexo. Odia que la elijan mujer del año o mejor banquera del siglo. Ella compite. Con hombres y mujeres. Con uñas y dientes. Y si lo hace mejor, gana”, explica un miembro de su equipo. Es una buena descripción de Ana Botón.
Pocos la conocen. Aún menos han hablado con ella. De cerca, Ana Patricia (Ana para los íntimos, Ana P para los empleados) es directa, agresiva, educada, distante; de una belleza fría, de sonrisa un poco triste: no se permite jamás un alarde, ni siquiera en su pequeño despacho atiborrado de papeles. Es imposible discernir si su traje de chaqueta es de Armani o de Zara, si su reloj es Swatch o Audemars Piquet; tiene las manos desnudas, unas manos bellas y un poco masculinas, muy de familia; no va maquillada; no lleva joyas, sólo una mínima cruz de oro engarzada en cuero. La escueta minifalda es el resultado de muchas horas de gimnasio.
Va al grano; como buena banquera, a los resultados. “No me vengas con historias”. Jamás pierde el tiempo: es lo único que no puede comprar. Habla rápido, piensa rápido y vende bien. Es dura. Muy dura: mucho más de lo que se puede deducir a primera vista. Perfecta tiburón hembra fogueada en las mesas de renta vanable de Wall Street. En la delantera. El front office, en la jerga de los amos del universo. Los negocios a velocidad del sonido. Un móvil con auricular como compañero. Da la sensación de estar en otro sitio. Seguramente es así. La Bolsa de Tokio cierra a las siete de la mañana (hora española); la de Madrid, a las cinco de la tarde; la de Brasil, a las siete de la tarde; la de Argentina, a las nueve de la noche; la de Nueva York. A las diez de la noche, y vuelva a empezar.
Sólo el recuerdo de su abuelo, el gran Emilio Botín II, funde el acero de su armadura. Pierde la frialdad y esconde la mirada con desasosiego hacia otro lado. Es humana después de todo.
Pero es una Botín, digna hija, nieta y biznieta de banqueros. Discreta hasta el hermetismo. Alérgica a la prensa. Refractaria a los fotógrafos. No es timidez: está acostumbrada a despachar con presidentes de empresas de todo el mundo, a bregar con ministros de finanzas, a rendir cuentas ante consejos de administración, a tomar decisiones que suponen miles de millones en pérdidas o beneficios a correr riesgos. A jugársela. No es timidez, es incompatibilidad. Cuestión de piel.
Herencia de sus mayores: Emilio Botín II concedió cinco entrevistas en 90 años; a la última (la que realizó en julio de 1986 Mercedes Milá) sólo accedió ante este argumento ‘de peso’ que le formuló su hijo Jaime: “Papá, piensa lo que le costaría al banco en publicidad el equivalente a esa entrevista”. Su hijo, Emilio Botín III, de 64 años, lleva camino de pulverizar el récord paterno. Ella se ríe. Puede ser la siguiente recordwoman.
Para Ana Botín, la portaestandarte de la cuarta generación de la saga, ‘la discreción es lo más importante en un banquero, lo más sagrado es su seriedad y su buena imagen, no traicionar la confianza de los que te confían su dinero ni de tus accionistas. Todo nuestro comportamiento debe estar dirigido a proteger esa confianza. De ahí la necesidad de una discreción absoluta’. Es genético. ‘Una filosofía de vida’, según la definición de otro miembro de la familia. ‘Esa discreción tiene una razón práctico: hay que defender al cliente ante todo. Y, por tanto, no hay que revelar ni mostrar lo que no conviene a los clientes. Piensa sólo en el secreto bancario. Un buen banquero es discreto. Y hay ejemplos de otros que no lo han sido… Es la filosofía de la familia, es decir, del banco’.
Los Botín, Santander y el banco. Ana nació en la capital cántabra el 4 de octubre de 1960. Su padre, Emilio Botín III, solo era subdirector general. A sus 26 años escalada con esfuerzo la empinada escala que le conduciría, 26 años más tarde, a la presidencia que entonces ocupaba su padre. Tenía que demostrar que era el heredero. A base de tesón. De jornadas de 14 horas de lunes a domingo. Pocos apostaban por él. Se equivocaban. La señora de Botín era Paloma O´Shea, una bilbaína con 20 años en 1960: el ingrediente cultural de una pareja dorada que se había conocido en la capital vasca mientras Emilio Botín III estudiaba derecho y económicas en la universidad de los jesuitas en Deusto. Dulce, espiritual y perfeccionista, políglota y entusiasta de Brahms y Chopin, Paloma O´Shea había comenzado la carrera de piano a los cinco años y completado estudios en Francia y el Reino Unido. Un esquema que repetiría con su hija. Corregido y aumentado. El piano era y es la pasión de Paloma O´Shea. El banco era y es la pasión de Emilio Botín III.
De esa combinación nació Ana Patricia, de un cóctel de música y finanzas, de dinero y sensibilidad. De claroscuros. Una mezcla que, según sus íntimos, “es la base de su equilibrio”; Ana es muy sensible, aunque parezca imposible que esos dos mundos, el trabajo y el arte se puedan conjugar. Tiene dos personalidades que rara vez se solapan”. Es cierto. Profesionalmente, muchos han tratado con ella. Competido con ella. Y normalmente perdido. Pero pocos conocen a Ana Patricia Botín por dentro, ni sus colaboradores más directos. Esos que se enteraban de sus embarazos cuando su anatomía era un secreto a voces. Pocos saben de su vida hogareña de clase media
23 Febrero 1999
LA ESPANTADA DE LA MUJER DE HIERRO
Embajada de España en Washington. Martes, 6 de octubre del 98. El señor embajador ofrece al caer la tarde una recepción a la legión de banqueros recién llegada de la Península para asistir a la asamblea del Fondo Monetario Internacional. El pelo liso, ligeramente maquillada, Ana Patricia Botín viste un elegante traje chaqueta de esos que se pueden encontrar en las tiendas de la Vía Venetto a millón la pieza.
Siempre he sentido una especial atracción por esta mujer menuda, llamada a las más altas responsabilidades gerenciales por mor del apellido. Escoltada, casi asediada por el economista José Juan Ruiz a modo de policía encargado de su vigilancia, Ana Patricia reparte sonrisas y concede charletas tan breves como intrascendentes a periodistas y banqueros. Aprovechando un breve despiste de su guardián, me acerco a ella. Siguiendo una rara costumbre aprendida tiempo atrás, observo con detenimiento sus manos y la miro directamente a los ojos, los dos elementos definitorios de la personalidad de cualquier ser humano.
Me impresionaron aquellas manos como sarmientos, ligeramente hinchadas, nada femeninas, las venas corriendo como ríos desbocados bajo la epidermis, manos hechas a golpe de sacrificio y renuncia, como talladas en mármol por el cincel de un Miguel Angel, manos duras, atormentadas, sufridoras, víctimas de una tensión insoportable, retrato de una mujer incapaz de relajarse, que no puede bajar la guardia, que no es feliz, obligada en cada momento a mantener el tipo, a batirse el cobre con banqueros de medio mundo, cuando no a soportar los discursos de ejecutivos barbilampiños de medio mundo llegados a pie de avioneta privada.
La miro a los ojos y advierto, por el contrario, un fondo de humanidad, un rasgo de ternura reñido con la leyenda que retroalimenta su papel de banquera inasequible al desaliento, ojos de niña gitana, reflejo de mujer tierna que reclama un destino radicalmente distinto al que tan férreamente se ve atada por el apellido.
Hacía mucho tiempo que la heredera del apellido Botín, como una moderna Dolores, la flor de Calatayud, estaba en coplas entre la comunidad financiera madrileña, a cuenta de los estropicios causados en el Santander de Negocios, primero, y en el área latinoamericana, después. Como en una moderna reedición del viejo mito de Aquiles, la mujer/niña parecía inmersa en una carrera sin fin en pos de unos resultados que cada día parecían un poquito más lejos, después de haber quemado en el intento a un ejército de ejecutivos que, pagados a precio de oro, iban quedando en el camino como mojones, testigos mudos del paso de un fenómeno natural: hasta aquí llegó el ciclón Ana Patricia Botín.
Dicen que su señor padre, don Emilio, no se dio cuenta hasta el mes de noviembre del desastre que se cernía sobre el banco a consecuencia de las pifias latinoamericanas y otras yerbas de no menor tamaño, como la realidad de un negocio doméstico que no tira, o la ausencia de un equipo gestor. A ello ha contribuido en gran medida la labor de Francisco Paco Luzón, un hombre que, lealmente crítico, se ha mostrado muy duro con la gestión de Ana Patricia, gesto al que la niña ha respondido con la misma simpatía: «Todavía no me explico por qué mi padre ha fichado a este tío…»
Lo que parece una evidencia es que Botín ha reaccionado tarde ante los problemas del Santander, y esa tardanza ha marcado las líneas maestras de una fusión en la que el BCH -casi la mitad de tamaño que el grupo Santander-, ha conseguido unos términos muy igualitarios, además de quedarse con la gestión.
Botín reacciona tarde, y cuando lo hace diseña su respuesta a espaldas de su hija, que se topa con los hechos consumados de una operación en la que no participa y de la que se entera, como tantos otros consejeros, casi la tarde anterior, mientras agasajaba a una serie de ilustres invitados/cazadores en su finca de El Castaño. Y de pronto, la reina de El Promontorio que todo lo mandaba, la mujer de hierro que solo despachaba con papá y con Dios, más con Dios que con papá, se ve obligada a hacerlo con un plebeyo apellidado Corcóstegui desde su nueva condición de simple jefa de área, una de las muchas del nuevo gigante.
Una afrenta que su infinita arrogancia no puede tolerar. Ayer se especulaba con los efectos que un almibarado reportaje aparecido el domingo en un dominical podía haber surtido sobre la decisión de dimitir de la bella. Es evidente que la historia -preparada a finales del pasado octubre- no habrá gustado en el BCH, pero cuesta imaginar a Amusátegui, y mucho más a un corredor de fondo como Angel Corcóstegui, especie de Rey Prudente revestido de toda la paciencia del mundo, dando un puñetazo sobre la mesa de Botín en la mañana del lunes. La tesis contraria abundaría en la explicación más simple del suceso: Botín -travestido de Saturno que devora a sus hijos- estaría tan necesitado de esta fusión que se habría visto obligado a defenderla al precio de acabar con la carrera de su hija y heredera.
En el Santander, la decisión de Ana Patricia era juzgada ayer como un acto de suprema deslealtad para con su padre, el portazo de una mujer que, ofendida en su altivez, no puede soportar perder poder y verse relegada por el avance arrollador de un hombre al que ella quiso fichar para el BSN tiempo atrás. Deslealtad y falta de madurez, pataleta de niña aficionada a hacer de su capa un sayo, acostumbrada a actuar en la tradición del banco familiar lejos de los parámetros de la moderna corporación profesional. Emilio Botín queda en una soledad escandalosa. Y el apellido en definitiva retirada. C’ est la vie.
Jesús Cacho
23 Febrero 1999
SACRIFICIO DE DAMA
Todos los grandes proyectos humanos son completos y, con frecuencia, necesitan de la generosidad de sus protagonistas. Una fusión bancaria como la del Santander con el Central Hispano es uno de esos grandes proyectos que, además, están muy por encima de quiénes participan directamente, para colocarse en la órbita del interés nacional, aunque también estén en juego intereses particulares. España, en el nuevo mundo del euro, en el límite difuso entre dos milenios, necesita bancos grandes, poderosos y competitivos en los mercados de todo el mundo. La banca española también forma parte de las señas de identidad de un país y de un pueblo que tienen su lugar en la historia presente y futura, un horizonte en el que las grandes institucionales financieras son tan decisivas como la diplomacia.
La fusión entre los bancos Santander y Central Hispano, personalizada en sus presidentes, Emilio Botín III (como acertadamente le llamaba ayer EL PAÍS) y José María Amusátegui, es probablemente uno de los proyectos económicos de mayor envergadura de la historia de España. Por eso, no puede permitirse dudas , ni tampoco vacilaciones o traspiés. En un banco, que es una organización formada por personas, con sus apetencias, virtudes y debilidades, pueden producirse a veces malentendidos y confusiones. Cuando se trata de dos entidades financieras que se unen, cada una con sus peculiaridades, la compenetración de los equipos requiere tiempo, flexibilidad y, sobre todo, generosidad. Sobre todo cuando coinciden dos culturas empresariales y bancarias con hábitos y modos diferentes aunque sean coincidentes.
El Banco Santander era un banco semifamiliar controlado y gobernado por los Botín durante generaciones. El Central Hispano, fruto también de otra fusión era una entidad con una cúpula formada por ejecutivos. En nuevo BSCH debe ser una entidad financiera profesional, solvente y puntera, en la que primen los méritos y la eficacia.
En ese escenario, la aparición de un amplio reportaje sobre Ana Patricia Botín, consejera y director general del nuevo BSCH podía inducir a una concepción dinástica del banco. Nada más lejos de la realidad. Ha sido un incidente desgraciado que, sin embargo, hay que reparar por si acaso. Ana Patricia Botín, hija de Emilio Botín ha elegido, sin dudar, lo que parece mejor para el futuro Banco Santander Central Hispano (BSCH), aún a riesgo de asumir sacrificios personales y profesionales importantes. Con rapidez, ha renunciado a todos sus cargos ejecutivos en la entidad aunque mantiene su puesto en el Consejo de Administración. Parecía imprescindible demostrar que el BSCH nace sobre unos cimientos sólidos de profesionalidad y equilibrio. Ana Patricia Botín es una auténtica profesional de la banca, como ha demostrado desde hace años, tanto en el Santander como en otro banco en los que inició su carrera, lejos del paraguas, ha sido a ella a quién le ha correspondido el papel más ingrato. También para ella será la gloria de haber asumido un sacrificio que no todos hubieran estado dispuestos a asumir.
Ana Botín, con su gesto, no ha salvado la fusión Santander – Central Hispano, porque era un proyecto sólido y profesional. Sin embargo, sí ha puesto su grano de arena para que siga adelante con más efectividad y rapidez. El BSCH ya es, y desde luego será, uno de los grandes bancos españoles y europeos, una empresa colectiva de un país, que bien merece algún sofocón y también algún sacrificio. Al menos por ahora.