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El programa no se emitirá hasta febrero de 2019 por decisión de la productora del espacio

Arcadi Espada expulsado por Risto Mejide del plató de ‘Viajando con Chester’ tras una encerrona-show

HECHOS

El 16 de diciembre de 2018 adelantó que había abandonado el plató del programa ‘Viajando con Chester’ de Mediaset España antes de que el programa terminara.

16 Diciembre 2018

Allí quedó, en su sofá

Arcadi Espada

Mi liberada:

Hace unas semanas me llamaron de un programa Chester. Mi idea de él se limitaba al sofá donde se tenían las conversaciones. También había leído alguna declaración de su presentador, Risto Mejide, sobre los nacionalismos, que para ser catalán no estaba mal. Luego llamó una chica. Necesitaban documentarse. Amablemente me informó de que a punto estuvo de ser alumna mía en la Pompeu, pero que al final eligió el grupo de Lengua Catalana. La consolé como pude y empecé a contestar a sus preguntas misceláneas. Habrían pasado dos minutos cuando pronunció por primera vez la palabra provocador. Yo pulsé el atajo de teclado correspondiente y vine a decirle que me sentía como una chica en minifalda cuando me llamaban así. Otro día escribió un chico, también amable, para que le mandara fotos de infancia y de papás y mamás. Esto es, ahora, lo único que me molesta: pensar que pusieron sus manos sobre esos recuerdos. Pero es justo castigo a la vanidad.

Este miércoles al mediodía me senté en el Chester. El programa no era en directo. De la hora y pico que hablaríamos editarían unos cuarenta minutos, me dijeron. Tras las primeras naderías y después de que Mejide manifestara con un punto de ansiedad su interés en comprenderme entramos en materia. Parecía atraído por la sospecha de que yo era un polemista profesional. Y como no se decidió a llamarme tramposo, me llamó trampero: un tipo especial de cazador. Al poco aparecieron en una gigantesca pantalla pellejos de mis intervenciones donde Ana Rosa. Un patchwork burdo, que circula desde hace años por las fosas digitales, seccionado de todo contexto y destinado puramente al entretenimiento de las fierecillas aun más ociosas que odiosas. Cuando el ciclorama se detuvo, el sicofante me miró con un punto de interrogancia satisfecha, como esperando la contrición. Vi enseguida por dónde iban sus infinitas ansias de comprender. Le disgustó que no lo hiciera. Pero es que a pesar de la zafiedad del zurcido no había de qué. Aún le gustó menos que le animara a exhibir la filmina sobre La Manada, que seguramente guardaba con avaricia en aras del crescendo. Nada en ella ofendía a la víctima. Como otras veces en la tertulia, aquella mañana había criticado el modo en que habían hecho la información. Y, concretamente, uno de los métodos clásicos de la desinformación criminal, que es el de la falacia retrospectiva. Al objeto de rebañar el cuello de los sentenciados –en un momento en que la sentencia no era firme (sigue sin serlo) y había un impecable voto particular que pedía la absolución– pasaron unos vídeos antiguos, sucios y gamberros de los manados. Lo más delictivo era el culo que enseñaban. Cuando me tocó hablar pregunté si habrían mostrado algún vídeo sexual que pudiera existir de la víctima. Pasada por la trituradora la pregunta se convirtió, por ejemplo, en este tuit: «Arcadi Espada defiende a La Manada y pide un vídeo de la vida sexual de la víctima». Aunque la clave del torcimiento, de este y de tantos otros, venía en la frase siguiente: «Mujeres, que sepáis que si tenéis pensado votar a Ciudadanos votaréis pensamientos como este».

No hay crítica posible de lo real si no incluye el modo ficticio en que los medios lo representan. Esto es incómodo hacerlo en los propios medios, pero no hay lugar más indicado. Lo más interesante del sketch adolescente y ruin que una hizo hace días en La Sexta sobre el voto a Vox en Marinaleda fue que ninguno de los ostensibles y adultos periodistas que participaban en la tertulia lo criticara. Como es lógico, yo no me iba a abstener de ese tipo de crítica, viendo el rumbo que empezaba a darle a la entrevista el sicofante. Ahí estaba ya en el plató la venerable Lidia Falcón, dispuesta a pronunciar un mitin contra las filminas. Me enterneció verla, después de tantos años. Antes de que desembocara le pregunté si aún defendía que la mujer era una clase social. Y sí, en ello seguía, santo cielo: qué feliz ha pasado usted, le dije, de la dictadura del proletariado a la del matriarcado. Notaba cada vez más incómodo al sicofante. Yo también lo estaba. Nadie me había advertido de que se trataba de un debate. Hay una línea sutil, pero definitiva, entre una entrevista y un debate, y es que yo cobro por debatir. Cuando Falcón se fue, no sin antes acusarme con todo confort de ser portavoz de los maltratadores, empezó el sicofante a preguntarme por la ética periodística. Quería casos concretos. No dudé en darle el caso del periódico que dedicó 169 portadas en tres años a un hombre que se había comprado cuatro trajes en la afamada tienda Milano. Se proyectó entonces en pantalla la portada de Un buen tío y yo resoplé satisfecho, como el de la Michelin: «Uf, vaut le voyage». Pero él no parecía tan contento.

–Yo le hubiera puesto Un buen tipo.

–¿Ah, sí?

–Sí, como publicista te digo que hubiera sido mejor título.

–Ya, pero es que yo no soy publicista.

Ahí se rompió algo, y no era mío. En la siguiente filmina apareció el titular de El País que Lluís Bassets encargó sobre el célebre lupanar de Arganzuela. Me preguntó entonces con rostro de por fin te pillé pillín si acaso yo, paladín de la verdad, no había mentido enviando allí a Javier Cercas.

–Oh, sí, pero es que días antes él me había autorizado a hacerlo.

Según me dijeron, Cercas aguardaba turno para ser entrevistado, y no comprendo cómo desaprovecharon la ocasión de que lo confirmara. Ya que hablábamos de Cercas y de otros con los que he discutido quise citar a Mario Bunge y su consejo de exprimir todo el zumo del odio sobre las ideas para que ni una gota salpique a sus vectores. Lo conseguí a duras penas, imponiéndome a su histérica urgencia de hacer pasar al padre de un niño Down. Para introducirlo proyectó el dislocado, premeditado, torticero, alevoso y nocturno cortaypega de un artículo mío que boga por las alcantarillas de donde los chesterfields sacan su documentación fáctica. La sórdida manipulación incluía errores en el corte y en la confección que hacían la frase incomprensible. Dije lo que decía el artículo original y que ahora repito: la que sabiéndolo decide alumbrar un ser gravemente discapacitado está en su derecho: pero es justo que pague con dinero propio su decisión eugenésica inversa. Cuando acabé, el sicofante profirió, en mero alarde teatrero, que yo había dicho animaladas. Habría sido incapaz de detallarlas. Lo más extraordinario es que a mí se me ocurrió reprochárselo. ¡A esas alturas de la farsa! Salió el padre. Se le escuchó. Al acabar le dije al sicofante que ahora iba a hablar yo y que no me interrumpiera. Se atrevió:

–Sí, pero con respeto.

Con respeto estaba diciendo el tipo. Ese tipo. Con respeto. Le contesté que mejor acabáramos la entrevista. Rumió. Y convino en que sí, que por primera vez iba a acabar, bla, bla. Me levanté y lo dejé en su sofá. Caminé hasta la esquina del plató y desde allí, señalándole, lo encaré:

–Y que lo sepas: el tramposo eres tú.

En aquel momento me pareció lo adecuado y lo que merecía. Pero conviene no engañarse: también yo estaba entonces colmado por el espectáculo.

Desde hace años mantengo con mis prójimos una conversación recurrente sobre la disyuntiva de ir o no a la tele. Es un lugar difícil. La televisión obliga a ideas consensuadas. En uno u otro flanco sociopolítico, pero consensuadas y disponibles, por tanto, para mil titulares rápidos e irrevocables. Cuando uno tiene que fabricárselos a mano el trabajo es ímprobo. Y lo peor: siempre mal pagado. La soberanía sobre el discurso propio es limitada en la televisión. Lo que uno dice está filtrado por muchas decisiones ajenas: el contraplano de un adversario dialéctico riendo deja en un rumor trasero la frase más veraz y brillante. Y no digamos ya en qué limbo quedan las matizaciones o réplicas al guion informativo dominante. Pasada por la turba asocial, la televisión produce espectáculos pavorosos. Entre otras razones, porque como Chester, utiliza, ¡sin empacho!, el bolo de la animalia rumiante para hacérselo tragar de nuevo al espectador.

Los discursos que pretenden vaciar la televisión de cualquier rastro de vida inteligente me recuerdan la posibilidad de que a las elecciones solo concurran los partidos populistas. Pero, a pesar de todo, y aunque algo menos que la minería, el trabajo puede ser desagradable. Menos mal que, a veces, surgen oportunidades impagables, como esta del Chester, para verlo todo con el pleonasmo estupefacto de los propios ojos y reanimarse con la obligatoria necesidad de contarlo.

Sigue ciega tu camino.

A.

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