8 diciembre 2024
El mandatario derrocado se refugia en Rusia
Cae el dictador de Siria, Bashar Háfez al-Ásad, tras trece años de una Guerra Civil que comenzó con la llamada ‘primavera árabe’
Hechos
El 8 de diciembre de 2024 fue derrocado oficialmente el Gobierno de Bashar Háfez al-Ásad en Siria.
Lecturas
Bashar Hafez al-Asad se convirtió en dictador de Siria al fallecer su padre, el anterior dictador, en el año 2000.
El poder de Bashar comenzó a ser cuestionado con la llegada a Siria de la «primavera árabe» en marzo de 2011. Pero el apoyo de Rusia permitió al dictador sirio aguantar en el poder hasta que Moscú no ha tenido más remedio que retirar su protección.
09 Diciembre 2024
La caída de Asad abre una era incierta en Oriente Próximo
LA CAÍDA de Bashar Asad abre un inquietante vacío de poder en Siria, más peligroso si cabe por ser uno de los tableros, junto a Ucrania y Gaza, donde se libra el pulso global de las autocracias contra Occidente. La interconexión de las tres crisis ha quedado de manifiesto en la rapidez del colapso del régimen, que se desmoronó en cuestión de días al fallarle las muletas que lo sostenían: Rusia e Irán. En 2015, ambos regímenes dieron un vuelco a la guerra siria para afianzar al sangriento dictador, acorralado entonces por el desafío rebelde que estalló con la Primavera de 2011. Una victoria que hoy se prueba espejismo en pleno desgaste de sus aliados, debilitados por sus propios conflictos y que ayer instaron –junto a la otra gran potencia involucrada, Turquía– al diálogo. Moscú, que mantenía bases estratégicas en territorio sirio, está enfangado en una guerra con Kiev que desangra al país de tropas y recursos. Irán se halla debilitado por la ofensiva israelí que ha descabezado a su aliado libanés, Hizbulá, forzándole a una tregua.
El cambio en Siria, donde una coalición insurgente liderada por islamistas y rebeldes proturcos tomó ayer Damasco, abre un escenario de incertidumbre que alterará los precarios equilibrios en Oriente Próximo. Más aún de cara al relevo en EEUU, donde Donald Trump regresa a la presidencia con un programa aislacionista que ayer volvió a enarbolar al advertir de que la crisis siria no es asunto de Washington. El país queda ahora en un limbo político tan peligroso como que el que siguió a la caída de los talibán en 2001, del iraquí Sadam Husein en 2003 o de Gadafi en Libia en 2011, que será aprovechado por los poderes en liza en una región convertida en polvorín geoestratégico.
Siria se adentra en territorio desconocido: los islamistas de Hayat Tahrir Al-Sham (antes vinculados a Al Qaeda) que han capitaneado la ofensiva contra Asad pugnarán por jugar un papel clave en la transición. Su líder, Abu Mohamed Al Jolani, que celebró los atentados del 7-O contra Israel y al que Occidente considera un terrorista, rompió hace años con Al Qaeda y prometió renunciar a la yihad global. Desde entonces ha tratado de cultivar una imagen más moderada desde su feudo de Idlib, donde se ha pronunciado contra las venganzas sectarias y se ha ocupado de dar servicios a los desplazados.
El fin de Asad rompe, además, el corredor territorial sobre el que se estructuraba el «eje de resistencia» de Irán contra EEUU e Israel: una constelación de milicias apadrinadas por Teherán que incluyen a Hizbulá en Líbano, los hutíes en Yemen, Hamas en Gaza y grupos armados iraquíes. El escenario más inquietante es que el régimen de los ayatolás trate de compensar esta fragilidad acelerando los preparativos para fabricar la bomba nuclear. Una deriva que colocaría a Oriente Próximo, y por extensión a Europa y a EEUU, en alerta máxima.
11 Diciembre 2024
Tras la euforia, la paz
La esperanza que ha despertado la caída de una dinastía autocrática tan brutal como la de los Asad no puede eclipsar la inestabilidad en la que aún vive Siria, con los riesgos que comporta para su futuro y para toda la región. Las distintas facciones que han desalojado a Bachar el Asad han negociado el traspaso de poder con el último primer ministro del dictador para nombrar jefe del Gobierno provisional a Mohamed el Bashir, que encabezaba el Ejecutivo insurgente de la provincia de Idlib, pero no será fácil que consigan el consenso entre todas las fuerzas de oposición, que apenas compartían un solo objetivo: derrocar al tirano.
Tras el éxito de la fulgurante ofensiva rebelde y la huida del dictador a Moscú, la euforia ha estallado en las ciudades mientras se suceden las habituales escenas de caos y asalto a los palacios presidenciales. No son estas las expresiones más preocupantes de la confusión que se instala en una transición violenta como la siria, sino la ausencia de control del territorio, inherente al mapa fragmentado de una guerra civil que ha durado 13 años y que, en cierta medida, aún no ha terminado.
Hay regiones todavía bajo control del Estado Islámico y una amplia zona al noreste del país en manos de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), apoyadas por Estados Unidos para combatir al ISIS. A la dificultad que tendrán los diversos grupos insurrectos para ponerse de acuerdo se añade la que supone un pacto entre facciones que se han combatido ferozmente durante más de una década, cada una de ellas con sus correspondientes padrinos internacionales.
La realidad siria es que tres países, dos de ellos vecinos, siguen interviniendo militarmente con el propósito de asegurar su huella en el reparto de poder que se avecina. Israel —con frentes abiertos en Gaza y Líbano— ha aprovechado la caída del régimen para ocupar una amplia franja de interposición en la frontera de facto del Golán y ha proseguido con bombardeos e incursiones en territorio sirio: más de 300 ataques desde la entrada de los rebeldes en Damasco que ayer llevaron a la ONU a pedir al Gobierno de Netanyahu que cese en su ofensiva. Mientras, Estados Unidos, con centenares de soldados aún sobre el territorio, prosigue con sus ataques aéreos al Estado Islámico. Turquía, por su parte, no ha dejado de intervenir en los 13 años de guerra en una amplia zona fronteriza para sofocar los intentos kurdos de establecer una región autónoma. La única potencia que ya ha cesado en su actividad militar, obligada por las circunstancias, es Rusia —auténtica perdedora junto a Irán del cambio de régimen—, recluida de momento en sus bases de la región de Latakia.
La incertidumbre es tal que resulta como mínimo aventurado que países como Alemania, Francia o Reino Unido congelen las solicitudes de asilo de ciudadanos sirios huidos en los últimos años. En mayo pasado, la UE empezó a cambiar el relato sobre Siria para considerarlo “país seguro”, algo que, se ha demostrado, estaba lejos de ser. La tarea inmediata es la formación de un Gobierno que —tras más de medio siglo de dictadura de la familia El Asad— trabaje por el regreso a la normalidad de la vida pública, la pluralidad, el respeto a las minorías y la protección de los derechos individuales, especialmente de las mujeres. No estará ganada la integridad de Siria si prosigue la intervención de fuerzas extranjeras. Bien al contrario, será la premisa para la fragmentación y para posteriores brotes violentos. La paz no llegará automáticamente por la caída del dictador.
El Análisis
El derrocamiento de Bashar al Asad en diciembre de 2024 marca el fin de uno de los capítulos más oscuros en la historia contemporánea de Siria, un país que ha soportado 13 años de guerra civil, desolación y muerte. Asad gobernó con mano de hierro, perpetuando un sistema corrupto y represivo heredado de su padre, que convirtió a Siria en un Estado policial mientras explotaba las divisiones étnicas y religiosas. Su caída, precipitada por la retirada del apoyo ruso, no es el triunfo de la democracia ni de la justicia, sino un recordatorio de la devastación que dejan los regímenes autoritarios al ser sostenidos artificialmente por intereses externos. Para muchos sirios, este no es un momento de celebración, sino de incertidumbre ante un país reducido a escombros y enfrentado a desafíos políticos, económicos y sociales descomunales.
La primavera árabe de 2011, que prometió ser un despertar democrático, se convierte en el telón de fondo de este desenlace. Medios como Al Yazira exaltaron aquellos levantamientos como inevitables movimientos de liberación, pero con frecuencia ignoraron las complejidades internas de las sociedades árabes. En el caso de Siria, la narrativa de las revueltas populares no contempló la fragilidad del tejido social ni los riesgos de militarizar las protestas, lo que precipitó una guerra civil de brutalidad extrema. Las potencias globales, lejos de buscar soluciones para la población, utilizaron la crisis como un tablero de ajedrez: Estados Unidos, con su política de sanciones y apoyo ambiguo a las milicias opositoras; y Rusia, sosteniendo a Asad mientras extendía su influencia en la región. La retirada rusa, aunque decisiva, obedece más a cálculos estratégicos que a consideraciones morales.
Ahora, con Asad fuera del poder, la comunidad internacional debe afrontar su fracaso colectivo en Siria. Trece años de guerra han dejado millones de muertos, desplazados y una generación traumatizada. Siria es un campo de ruinas físicas y políticas, donde las alternativas al régimen derrocado son inciertas y, en muchos casos, poco prometedoras. El colapso del régimen es una oportunidad para el cambio, pero solo si los actores internacionales abandonan sus intereses egoístas y apoyan un proceso de reconstrucción inclusivo y justo. En caso contrario, la caída de Asad será solo el preludio de un nuevo ciclo de sufrimiento y caos en un país que no ha conocido la paz desde hace más de una década.