Search

Caso George Floyd: La muerte de un ciudadano negro a manos de policías blancos desata ir de activistas negros y antisistema en nombre de la ira contra el supremacismo blanco

HECHOS

George Floyd murió asfixiado por un policía el 25 de mayo de 2020.

Pese a que este condenó la muerte del Sr. Floyd, toda la izquierda occidental responsabilizó al Presidente de Estados Unidos de América de fomentar el racismo supremacista blanco.

06 Junio 2021

Ni ley ni orden

EL PAÍS (Directora: Soledad Gallego Díaz)

Son los manifestantes y no Trump quienes representan lo mejor de EE U

Donald Trump se aferrará ahora a la recuperación de cifras de desempleo registradas en el mes de mayo: 2,5 millones de puestos de trabajo creados desde que empezó el desconfinamiento. El desempleo está todavía en el 13,3%, una cifra por encima de las registradas durante la Gran Recesión de 2008 y solo por debajo de la de 1929. Y lo peor: sigue incrementándose precisamente entre los ciudadanos afroamericanos, perjudicados en todo, desde el impacto de la pandemia hasta la tasa de encarcelamiento, pasando por la violencia policial.

Trump se verá tentado de nuevo por el ensueño de una economía disparada que lo impulse en la elección presidencial. Pero estos 10 días de manifestaciones, cada vez más amplias y pacíficas, dirigidas directamente contra su incendiaria campaña de ley y orden, están cambiando el paisaje político. Sus cuatro antecesores vivos, Jimmy Carter, Bill Clinton, George W. Bush y Barack Obama, han marcado la enorme distancia política y moral que los separa del actual presidente. Una nutrida representación de antiguos mandos militares, entre los que se incluye un exsecretario de Defensa, Jim Mattis, e incluso el actual titular, Mark Esper, han mostrado su disconformidad con la pretensión de aplicar una antigua Ley de Insurrección de 1807 para movilizar al ejército contra los manifestantes.

El descontento alcanza ya a las bases republicanas, según han empezado a captar los sondeos, y su prestigio se erosiona entre los electores evangelistas, donde tiene su base más fiel de votantes. Trump se ha enfrentado a los militares, a los gobernadores y a la alcaldesa de la ciudad de Washington, el distrito de Columbia donde se halla la Casa Blanca. Allí consiguió desplegar al ejército, como quería hacer en todo el país, y limitar inconstitucionalmente el derecho de manifestación. Despechado y humillado por la hora entera en que los servicios secretos le mantuvieron refugiado en el búnker presidencial, tuvo la alocada ocurrencia de ordenar la disolución de los manifestantes pacíficos con gases lacrimógenos y el uso intimidante de un helicóptero artillado para cruzar la plaza frente a la Casa Blanca y posar con la Biblia en la mano ante una iglesia frecuentada por los presidentes, donde exhibió la consigna de ley y orden con la que pretende vencer en la campaña presidencial de noviembre.

Gracias a Trump, la crisis sanitaria y la recesión económica ya se han convertido en una crisis de Estado. Afecta a su Gobierno, que cuenta con un jefe del Pentágono en abierta disidencia. Afecta a la vigencia de la Constitución, vulnerada diariamente por unos cuerpos policiales que detienen a los que protestan por el mero hecho de manifestarse pacíficamente. Trump se halla cada vez más aislado, aconsejado por su familia y al albur de las peores ocurrencias de tan malos asesores. Su actuación irresponsable, animando a las extralimitaciones de la policía, han invertido su consigna: por más que Trump se esfuerce en convertir las manifestaciones en una conspiración extremista, cada vez está más claro el carácter cívico e incluso patriótico de quienes salen a la calle.

Con Trump no hay ley ni orden, sino vulneración de derechos e inseguridad para todos. Son los manifestantes pacíficos y no este presidente desatado quienes defienden y representan los mejores valores constitucionales de Estados Unidos.

02 Junio 2020

La mejor idea del mundo

Salvador Sostres

Los disturbios americanos tienen que ser reprimidos como cualquier otro acto vandálico. Severamente reprimidos tal como los policías que mataron a George Floyd han sido arrestados y tienen que ser juzgados y asumir la responsabilidad de lo que hicieron. De fondo, es un linchamiento el trato que cierta servidumbre mediática da al presidente Trump, un linchamiento que Twitter fomenta y una vez más la izquierda trata de negar la dignidad de los que discrepan.

El presidente de los Estados Unidos acierta cuando dice que tras el pillaje llegan los disparos. Y no es una incitación al odio sino una realidad. La realidad del mundo libre y de las sociedades avanzadas en que la Ley y el Orden prevalecen y con ellos la libertad. El mayor enemigo de la libertad no es ni siquiera la tiranía, sino el caos.

Que Twitter tenga la poca vergüenza de acusar a alguien de odio, cuando esta red social ha inventado el linchamiento moderno y las más abyectss formas de mentira y de hostigamiento con que hoy se puede acosar a un hombre inocente; que Twitter pretenda situarse en un plano moral distinto al nuestro, distinto y superior, es una burla, un escarnio, porque en realidad es la más siniestra cloaca de nuestra era, y en la que habitan los más despreciables seres propagando su miseria como matones de barrio.

Es muy de la izquierda ser los mayores asesinos de la Historia y dar lecciones de pacifismo. También acierta el líder del mundo libre cuando da trato de terroristas a los Antifa. El supuesto antifascismo es una forma de fascismo, tal vez la forma de fascismo más violenta y estúpida que hoy conocemos. Twitter y los Antifa se parecen. El pillaje y Twitter son lo mismo. Poner a cada cual ante las responsabilidades de sus actos es lo que hacen los países libres. Si Twitter quiere dar lecciones tiene que estar preparado para cuando vayamos a reclamárselas. Si alguien se toma la justicia por su mano ha de encontrarse de frente al Estado. El pillaje no tiene nada que ver con un conflicto racial y es fascista -o antifascista, que es exactamente lo mismo- justificar a quienes lo llevan a cabo. Es reírse de los negros tomar sus problemas, sin ningún afán por resolverlos, para atacar a al presidente Trump. Los que lo hacen son unos racistas que usan el dolor ajeno como carnaza, porque al final todo mundo sabe que cuando mayores sean los disturbios mayor será el castigo que recibirán sus protagonistas. Es mezquino y bajo azuzar a los desgraciados para que se provoquen aún más desgracia.

El presidente Trump es un empresario y como todos los empresarios tiene una motivación personal. La tiene en Twitter, la tiene con los Antifa y la tiene en su concepción ordenada del mundo. Pero como también sucede con todos los empresarios de éxito, sus intereses personales coinciden con los intereses de la Humanidad, y la riqueza y puestos de trabajo que con sus empresas ha creado son una metáfora de lo que para la democracia y la libertad resulta que la cloaca de Twitter tenga que asumir la responsabilidad de sus ratas y que los Antifas y demás vándalos sean puestos ante el espejo -y la Ley- de su violencia atroz y sanguinaria.

El presidente Trump vive como todos una vida de contradicciones e imperfección y aunque sus modales son peculiares, queda muy poco de la grotesca imagen que la izquierda proyecta de él cuando se aísla la verdad del montón de basura mentirosa. Ningún presidente ha sido tan valiente en la defensa de sus intereses, que son los nuestros. Los Estados Unidos son una idea y continúan siendo la mejor idea que ha tenido el mundo.

03 Junio 2020

Daño incalculable

EL PAÍS (Director: Soledad Gallego Díaz)

Trump atiza la tensión racial y sigue socavando las instituciones de EE UU

Estados Unidos se enfrenta a una de las crisis más graves de las últimas décadas con un sistema político bajo tensión, una sociedad quebrada y el peor presidente imaginable en la Casa Blanca. La gestión de más de 100.000 muertos por la covid-19, de 40 millones de desempleados y de la mayor recesión desde la Gran Depresión supondría una dificultad sin precedentes incluso para el mandatario más decente y experimentado. Con Donald Trump, la situación se vuelve explosiva, como lo ha demostrado esta semana al avivar la tensión, en vez de calmarla, durante las protestas mayoritariamente pacíficas por la muerte en Minneapolis, el 25 de mayo, de un hombre negro a manos de un policía blanco. Todo esto sucede en un año electoral, cuando los ciudadanos de la primera economía del mundo y primera potencia militar se preparan para decidir el 3 de noviembre si el republicano Trump continúa cuatro años más o lo sustituyen por el demócrata Joe Biden.

Al jurar el cargo el 20 de enero de 2017, Trump anunció que pondría fin a lo que hiperbólicamente llamó “la carnicería americana” para referirse a la supuesta herencia de declive que le dejaba su antecesor, Barack Obama. El paisaje, tres años y medio después, sí es desolador: imágenes de edificios en llamas y de militares desplegados en núcleos urbanos, saqueadores en los comercios del centro de Nueva York y otras grandes ciudades, toques de queda y un presidente que, en uno de los momentos más complicados de la historia reciente de un país internamente sometido a una polarización extrema y en el exterior desafiado en su hegemonía mundial, echa gasolina al fuego y confía en sacar réditos electorales presentándose como el candidato de la ley y el orden. A la catástrofe sanitaria y económica, compartida con otros países golpeados por la pandemia, se añade otra que el propio presidente no ha tenido empacho en usar desde que se lanzó a la política: el racismo, trauma fundacional de Estados Unidos.

Las tensiones actuales no han empezado con Trump. La historia de la discriminación contra la población procedente de África podría remontarse hasta 1619, cuando llegaron los primeros barcos con esclavos a las colonias británicas en América del Norte. La esclavitud desencadenó en 1861 una guerra civil que terminó cuatro años después con su abolición, aunque dio paso a un siglo de segregación legal en los Estados del Sur. El fin de la segregación en los años sesenta no terminó con la discriminación. En la educación, en la vivienda o en el trabajo, los descendientes de los esclavos siguieron sufriendo desventajas. Y ante la ley y el orden. Los negros de EE UU representan un 33% de la población carcelaria y un 23% de las víctimas mortales de la policía, mientras que suponen un 13% de la población total, según datos del Pew Research Center y de la web Mapping Police Violence. Obama, el primer presidente afroamericano, no pudo remediarlo.

Trump, en vez de intentar buscar alguna solución, agrava la crisis. En vez de unificar una nación, la separa. En vez de curar las heridas, las reabre con sus palabras incendiarias y ofensas a las minorías. En vez de buscar la cooperación con los Estados o de la oposición para gestionar una crisis compleja —sanitaria, económica, racial—, ha instalado la improvisación en el centro del poder planetario. En vez de defender el interés nacional, sus instituciones y los valores que este país representa, los socava desde el mismísimo Despacho Oval, y permite a la autoritaria China mostrarse como potencia ejemplar y como factor de orden frente al caos de la democracia estadounidense, potencia en retirada. Nada de esto es nuevo, nada debería sorprender, pues ha sido el método del presidente de Estados Unidos desde que llegó al poder. Y en otro contexto, con crecimiento económico y estabilidad internacional, quizá los daños serían limitados. Ahora, con la pandemia aún activa, una gran recesión en marcha y la perspectiva de un cambio de liderazgo mundial, el daño es incalculable.

05 Junio 2020

‘Spain lives matters’

Federico Jiménez Losantos

EL CARÁCTER simiesco de la política internacional, con movilizaciones que parecen series de Netflix y series de Netflix que parecen movilizaciones, está alcanzando un nivel grotesco en la campaña Black lives matters, que denuncia el racismo norteamericano tras la muerte de un negro por un policía blanco. Matan mucho más negros a negros y negros a blancos, pero los abajofirmantes y pancartaportantes de Hollywood deben exhibir su buena conciencia y su mueca indignada.

Sin embargo, empieza a producirse en jóvenes negros un movimiento de rechazo a los antifas que dicen que los negros no son libres en los USA, y que, para probarlo, les privan de la libertad de llevarles la contraria. Es el tipo de violencia neocomunista que debuta en Seattle, sedicente inspiración de la tesis doctoral de Pablo Iglesias, y que aprovecha cualquier oportunidad para atacar la propiedad, la libertad y el Estado de derecho. Como están contra la globalización, protestan en Gerona contra la muerte de Floyd en Chicago… y roban un supermercado. Como son antirracistas, haitianos de Miami arrasan tiendas de hispanos y chinos. Presumen de lo que denuncian y denuncian aquello de lo que presumen.

Nestride Yumga es una joven negra que se enfrentó en Washington DC a los manifestantes por la muerte de Floyd, atacando con argumentos difícilmente rebatibles al movimiento dizque antirracista: «En Chicago matan todos los días a un niño negro. ¿Dónde está Black lives matters en Chicago? Cuando personas negras matan a negros no hacen este ridículo». «¡Nadie va a negarme a mí ser una norteamericana libre!». El blanco Georges Cloony, progre y, por tanto, legítimamente negro, podrá denunciar a la negra Yumga por su racismo blanco. El antirracista Carlos Bardem llama «tío Tom» a un diputado negro de Vox: ¡Sólo faltaría: un negro de derechas diciéndole a un Bardem qué es discriminación racial!

Pero a los que roban televisores y queman tiendas porque dicen que «las vidas negras importan», está claro que las vidas españolas no les importan absolutamente nada. Asistimos al siniestro espectáculo del borrado contable, por parte del Gobierno, de los muertos diarios por coronavirus, sean blancos o negros, viejos o jóvenes, hombres o mujeres, adultos o niños. Ni un solo manifestante. Será que aún no han traducido la pancarta Spain lives matters; o que los Bardem aún no han tocado el pito.

08 Junio 2020

Rodilla al suelo

Rodilla al suelo

Es la contraimagen del policía desaforado que usa su rótula para asfixiar durante 8 largos minutos y 46 segundos a George Floyd. Es la parábola invertida que evoca lo contrario de la muerte

Los manifestantes, los policías, los bomberos, rodilla al suelo. La imagen sorprende, emociona, turba. Sorprende porque es nueva, usada en modo tan masivo. Emociona por su dignidad y firmeza. Turba porque trastoca el significado de un símbolo clásico, la genuflexión en señal de sumisión.

Ya cuando el campeón del fútbol americano Colin Kaepernick la inauguró en 2016 para contraprogramar el himno nacional en protesta por el racismo, dotaba al gesto de un contenido, de un mensaje rupturista. En ese deporte, take a knee —doblar la rodilla al recibir la bola y parar el juego— es un signo de respeto al jugador, compañero o rival, que acaba de herirse.

La rodilla al suelo reclama tiempo y aire. Es la contraimagen del policía desaforado que usa su rótula para asfixiar durante 8 largos minutos y 46 segundos a George Floyd. Es la parábola invertida que evoca lo contrario de la muerte.

La genuflexión era gesto de inclinación ante la autoridad de Dios, su templo, o su delegado, el monarca de origen divino: reconocía su poder absoluto sobre todo, y sobre quien lo esbozaba. Era la autohumillación total, aun durando un instante.

Conquistadores y generales victoriosos la emplearon al ocupar la nueva tierra o la vida de los vencidos: combinaba el agradecimiento al dios que al parecer les concedía el triunfo con la contundencia de su espada tocando el suelo —derecho de conquista de la terra nullius, de nadie considerado humano, ahora reapropiada— y/o la bandera del propio bando izada al cielo.

Si la genuflexión era de ambas rodillas, añadía al reconocimiento rendido ante la autoridad divina, la impetración de favores celestiales; ante un poder humano, la petición de gracia o indulto; ante la propia pareja, la solicitud de perdón u olvido por la infidelidad cometida.

El gesto de Kaepernick volteó la ceremonia: era largo, no implicaba doblar la espalda, mantenía la cabeza enhiesta, colocaba firmes los brazos sobre las piernas o levantaba una mano hasta la boca. Era un cántico a la minoría negra, una protesta que rompía el ritual de incorporarse al vencer. Rebeldía respetuosa y digna: no contrariaba la ley, sino una costumbre.

Ahora son miles, millones, los Kaepernicks. Nos turban si llevan uniforme o se encaran con él; si son blancos o negros; jóvenes o viejos; si levantan el puño o abren la mano; si portan mascarilla, si se cubren la cabeza, si se la descubren, si se dejan el casco en la mano… Y sentimos una emoción cómplice.

20 Junio 2020

Hincar la rodilla

Federico Jiménez Losantos

ANTIGUAMENTE, la rodilla sólo se hincaba ante Dios. Ante los hombres se hacía el gesto, magníficamente recogido por Velázquez en La rendición de Breda, sabiendo que el otro se apresuraría a interrumpirlo. Bastaba el gesto porque la razón era bien sabida: unos reconocían su derrota y otros les reconocían el honor. Es mucho más que lo que hoy suele llamarse juego limpio: normas de civilización que hasta la guerra más salvaje debería observar.

El gesto en Velázquez es noble por discreto, como la caridad es secreta, para no presumir ni ofender. El Zweig que evoca El mundo de ayer sabía de sus cosas malas, pero veía en muchos el afán de mejorarlas. Y eso crea un aura de belleza, modesto o grandioso, que nos ilumina por dentro. Con Lenin y Mussolini, Hitler y Stalin, se impuso el espectáculo totalitario.

En ello estamos. No hace falta el paso de la oca para desfilar. Toca la trompeta la televisión, suenan los atambores de las redes y todos al teatro. Ahora hay miles de manifas y millones de antifas hincando la rodilla en la escena giratoria de lo políticamente correcto. Dicen que homenajean a las víctimas de ese horrible país al que todos quieren emigrar, en el que un hombre negro, uno, ha muerto a manos de un policía blanco, uno. Mueren muchos más negros, policías incluidos, a manos de negros que de blancos: el 0,7 frente al 52%. Chitón.

La propaganda abrumadora nos convence, con el señuelo de la buena conciencia televisualmente compartida y la indignación sabiamente dosificada, de que debemos hacer lo que hacen todos. Si no, es que algo en ti va mal y habrá que tratarte. Hoy es el racismo en los USA, único país que hizo una terrible guerra civil para ilegalizarlo por completo. Pero como no hay racismo ni abusos policiales en ningún otro, en todos se manifiestan las masas e hincan la rodilla. Ayer, era la emergencia climática. Anteayer, el «no a la guerra». El 8-M, el feminismo, la discriminación sexual legalizada y el coronavirus, oé.

Aquí han muerto 44.000 personas y no se les reconoce ni el número, pero las manifestaciones contra nuestro Gobierno son viles y golpistas; en cambio, contra Trump y los USA son de lo más democrático y prueban una conciencia crítica y un compromiso ante las injusticias del mundo tan original como emotivo. Recibo un vídeo con antifas y policías en los USA bailando juntos la Macarena. Creo que ya lo he visto todo.

09 Junio 2020

Nuestra rodilla, nuestros negros

David Trueba

El mal ajeno vuelve a ser una oportunidad de oro para estudiar los brotes locales de racismo

El crimen televisado de un policía de Minnesota contra George Floyd ha desencadenado las protestas raciales en Estados Unidos. La violencia institucional comprende una variante que se ejecuta por las fuerzas de seguridad cuando no se someten a las mismas leyes que el resto de la población. La división de poderes no puede nunca asumir que alguno de ellos campe sin supervisión y mecanismos de control. Por repetitiva, la violencia policial contra los negros norteamericanos no deja de ser una inquietante muestra de que muchas cosas cambian demasiado lentamente. Desde los tiempos de las protestas por los derechos civiles los avances han sido mayúsculos, pero la distancia con la verdadera igualdad está bien lejos. Estados Unidos ha perdido en los últimos años prestigio democrático a zancadas asombrosas. Tanto es así, que otra superpotencia como China, las petrodictaduras árabes o la Rusia de un eternizado caudillo como Putin carecen de presión internacional para frenar sus desmanes contra la libertad individual. Tan solo Europa se alza como un referente de los derechos y las garantías, pese a la mala prensa que arrastra. Quizá su gestión económica tras la crisis sanitaria le ayude a recobrar la autoestima.

Estados Unidos vive en un permanente malentendido. Fantasea con construir un muro que detenga la llegada de la pobreza a sus ciudades mientras ignora que el Tercer Mundo está dentro de sus fronteras, que no puede desvincularse de él, pues lo representan millones de nacionales que viven en la pobreza, el desarraigo y la marginación. Pero sería demasiado indulgente asomarse a la desigualdad racial en Estados Unidos sin reparar en la que nos concierne a nosotros. Marginados hasta el ocultamiento casi absoluto, permanece en nuestra sociedad un estrato invisible y abandonado. También nosotros conocemos esa suburbial indigencia, pero la asociamos de manera automática a los problemas migratorios. Resulta ventajoso para nuestra conciencia manejarlo así. Lo ha vuelto a hacer esa línea perezosa de pensamiento que señala a los inmigrantes como los grandes beneficiarios de la renta mínima recién aprobada. Es un hábito señalar con medias verdades y tópicos interesados la repercusión de la población migrante en los agujeros del sistema sanitario, el sistema educativo y las políticas de inclusión.

La realidad es que tras batir el récord de menor número de nacimientos en nuestra historia, algunos siguen pensando en cómo lograr hacer retroceder el tiempo para convertir a nuestras mujeres en sus abuelas abnegadas. Que tengan suerte, si ese es su empeño. La realidad, como ha demostrado la ausencia de temporeros, braceros y mano de obra, es que el proceso migratorio, bien conducido, puede ser una fuente de riqueza y estabilidad. Para ello, claro, sería imprescindible que levantáramos nuestra rodilla del cuello de nuestros negros. También los tenemos y mientras son jóvenes, sanos e ilegales los utilizamos para potenciar nuestra cuenta de resultados. La ausencia de compromiso cívico con ellos nos condena a raptos puntuales de dignidad, tan inconsistentes como la condena sistemática de su inclusión racional en nuestra idea de futuro. El mal ajeno vuelve a ser una oportunidad de oro para estudiar los brotes locales de racismo y no precipitarnos hacia un error demasiado similar, al que ya no podremos mirar desde nuestra feliz superioridad.

by BeHappy Co.