2 marzo 2026

Estados Unidos liquida al Líder Supremo de Irán, el ayatolá Alí Jameneí, en una operación conjunta con Israel

Hechos

El 28 de febrero de 2026 Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque de misiles a Irán en el que, entre otros, falleció el Líder Supremo de la República Islámica de Irán, Ali Jamenei.

02 Marzo 2026

Irán sin Jameneí

EL PAÍS (Director: Jan Martínez Ahrens)

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Quienes han decidido intervenir militarmente deben responsabilizarse de que, si cae el régimen, el país no se convierta en otro Estado fallido

Del mismo modo que el ataque militar contra Irán por parte de Estados Unidos e Israel sin mandato legal alguno es criticable por lo que supone de violación del derecho internacional, también lo es la muerte del líder iraní, Alí Jameneí. El ayatolá, fallecido en un bombardeo cuya autoría se ha atribuido la fuerza aérea israelí, era el máximo responsable de un régimen que, desde hace décadas, viola los derechos humanos de su población. Su figura, como su Gobierno, ocupará un lugar destacado en la historia universal de la ignominia, pero su destino no debiera haber sido acabar aplastado bajo los escombros de su cuartel general, sino ante un tribunal. Ya no será así porque, de nuevo, Trump y Netanyahu han optado por tomar el peligroso atajo que consiste en aplicar una pretendida justicia sumarísima en vez de respetar los procedimientos de la legalidad internacional. Otro fracaso del orden mundial basado en reglas construido con gran esfuerzo mediante instituciones transnacionales —también de justicia— tras la Segunda Guerra Mundial.

El descabezamiento del régimen iraní —además de Jameneí, el número de responsables gubernamentales y militares muertos aumenta a medida que pasan las horas y ya se cifran en más de 40— abre un periodo de incertidumbre sobre el futuro de un país cuya oposición interna ha sido cruelmente represaliada durante años pero cuya cúpula teocrática llevaba meses preparándose para la sucesión de Jameneí por razones de edad (tenía 86 años) y, además, ha tenido tiempo para prever contingencias como la que acaba de vivir.

El que la dictadura islámica no tardara en nombrar al frente del país a un comité interino —en el que están el presidente, Masud Pezeshkian, el líder de poder judicial, Mohseni Ejehei, y el ayatolá Alireza Arafi, que como religioso es el sucesor provisional de Jameneí como líder supremo— es una muestra de que el régimen tenía al menos un plan de contingencia ante un golpe devastador como el que ha sufrido. Está por ver si su voluntad de negociar con EE UU —adelantada ayer por Trump—busca asegurarse la supervivencia en el poder bajo nuevas fórmulas a la venezolana o, como sería deseable, abrir el camino a una transición democrática creíble.

Mientras, el hecho de que ayer continuaran los contraataques iraníes sobre los diversos países del Golfo en los que Estados Unidos tiene instalaciones militares, un misil balístico cayera sobre Jerusalén y varios proyectiles trataran de alcanzar Chipre, es una prueba de que la cadena de mando sigue operativa. Y de que el peligro de que la guerra se extienda sigue siendo real.

Las consecuencias de la intervención ordenada por Trump tienen una repercusión global —habrá que comprobar cómo afecta hoy lunes al mercado del petróleo y al precio de la energía— pero, sobre todo, una repercusión directa sobre la población civil iraní. Cabe preguntarse legítimamente si quienes han decidido cambiar el Gobierno de Teherán por la vía militar tienen también alguna previsión viable y realista para un futuro estable que cuente con la oposición democrática, es decir, un plan para que, en el caso de que el régimen de los ayatolás se derrumbe tras más de cuatro largas décadas, Irán no pase a engrosar la lista de Estados fallidos en la región.

02 Marzo 2026

Órdago de Trump en Irán

EL MUNDO (Director: Joaquín Manso)

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DONALD Trump ha lanzado el órdago más arriesgado de su mandato al ordenar un ataque a Irán que, si bien se dirige contra una sangrienta teocracia nuclear convertida en amenaza para la estabilidad mundial, también abre un escenario de gran volatilidad en Oriente Próximo. El régimen de los ayatolás constituye un factor de violencia regional que trabaja para exportar conflicto mientras reprime a su propia población, a la que ha castigado ferozmente en las protestas que en otoño se saldaron con una masacre. Pero tratar de derribarlo sin un plan claro para la transición entraña un alto riesgo.

La muerte del Líder Supremo, Ali Jamenei, inflige el golpe más duro a la República Islámica desde 1979. El ayatolá ha sido durante décadas artífice de una política de Estado cuyos pilares eran el antiamericanismo y la promesa de erradicar a Israel. También fue el arquitecto del llamado Eje de resistencia, una constelación de milicias aliadas a través de las que ha extendido la destructiva influencia iraní en Oriente Próximo. Un riesgo que no ha disminuido ni siquiera tras el reciente y letal ataque de Washington a su infraestructura nuclear, que no impidió que Teherán acelerara su programa de misiles para contrarrestar su debilidad interna y exterior.

El día después de la operación vuelve a ser, sin embargo, su talón de Aquiles. Irán es un país de más de 90 millones de habitantes, multiétnico y dividido. La fragmentación de la oposición entre el exilio, las minorías étnicas y los reformistas silenciados no desaparecerá solo con las bombas, a falta de un consenso político que articule una alternativa real al régimen basada en consenso sobre cuestiones espinosas como la integridad territorial, la forma del Estado o la distribución del poder.

La experiencia de la caída de Sadam Hussein en Irak, que desembocó en una guerra sectaria y el surgimiento del IS, ofrece lecciones sobre las transiciones forzadas por una intervención militar: la ausencia de una hoja de ruta institucional, económica y de seguridad puede instigar la anarquía, la lucha entre facciones y las tensiones secesionistas. Por otro lado una población iraní exhausta por la represión y el colapso económico puede no estar en condiciones de responder al llamamiento de Washington a la rebelión.

Teherán ha demostrado, además, capacidad para elevar el coste político de una operación para la que Trump ni ha pedido la aprobación del Congreso ni ha contado con el apoyo de una coalición como la que sostuvo a Bush en Irak, en otra demostración de su desprecio por el multilateralismo y el derecho internacional. Tres soldados estadounidenses murieron ayer en bombardeos del régimen iraní contra intereses norteamericanos, unas bajas que ahondarán el malestar de un movimiento MAGA que coronó al presidente bajo la premisa del America First y el rechazo a intervenir en guerras internacionales. Otra baza iraní es el cierre del Estrecho de Ormuz, ruta energética clave por donde transita un 20% del comercio de crudo.

Nadie puede lamentar la caída de un régimen sanguinario como el iraní, pero Trump no puede intentar derribarlo pasando por encima de las leyes internacionales y sin informar a sus socios y a su propio Congreso porque las consecuencias de su operación serán globales y pondrán en riesgo tanto la seguridad como la economía mundiales.