12 abril 1992
Cierra el canal de televisión francés LA CINQ, consumándose el fracaso televisivo de Lagardere y de Berlusconi en el terreno televisivo en Francia
Hechos
El 12 de abril de 1992 finaliza sus emisiones el canal LA CINQ en Francia.
El Análisis
El 12 de abril de 1992, cuando La Cinq apaga definitivamente su señal, no fracasa sólo una cadena: fracasa uno de los proyectos más ambiciosos de la nueva televisión privada europea. Había nacido como candidatura a primera televisión privada en 1986 de la mano de Silvio Berlusconi, aprovechando la apertura audiovisual impulsada por el Gobierno socialista que de asoció al francés Robert Hersant, propietario de Le Figaro, para lograr la adjudicación por parte del Gobierno galo, derrotando entre otros aspirantes a Hachette, el grupo de Jean-Luc Lagardère. Y cuando Hersant comprendió en 1990 que aquel agujero podía terminar poniendo en peligro su imperio periodístico, apareció el antiguo derrotado: Lagardère tomó el control con Hachette convencido de que un grupo propietario de revistas, editoriales y distribución necesitaba también una gran televisión para convertirse en auténtico gigante multimedia. El resultado ha sido todavía peor. Hachette relanzó La Cinq con nueva imagen, nuevos programas y enormes inversiones, pero la audiencia apenas reaccionó; la Guerra del Golfo encareció extraordinariamente la información mientras se contraía la publicidad y sólo en 1991 la cadena perdió alrededor de 1.200 millones de francos. Las pérdidas acumuladas desde su nacimiento alcanzaron aproximadamente 3.500 millones y el pasivo se aproximaba ya a los 4.000 millones.
La historia puede resumirse cruelmente: Berlusconi, Hersant y Lagardère tuvieron sucesivamente La Cinq en sus manos y ninguno consiguió darle una identidad rentable. Berlusconi había querido inicialmente una televisión descaradamente comercial —concursos, entretenimiento, series norteamericanas, programación popular y costes controlados—; Hersant intentó convertirla en una gran generalista con rostros conocidos y después con una información extraordinariamente ambiciosa; Lagardère volvió a transformarla buscando una televisión familiar capaz de competir frontalmente con TF1. Cada relevo significó nuevos gastos y otra personalidad para una cadena que nunca consiguió que el público supiera exactamente qué era. En 1991, incluso volcada espectacularmente en la Guerra del Golfo, La Cinq no consiguió superar aproximadamente el 11% de audiencia, mientras TF1 y Antenne 2 superaban cada una el 20%. Berlusconi puede alegar por eso que el muerto lleva su número, pero no su modelo: primero Hersant y después Lagardère rechazaron dejarle aplicar íntegramente la fórmula que había triunfado con sus cadenas italianas. Cuando en marzo intenta regresar para salvar La Cinq, ya necesita alrededor de 1.500 millones de francos de capital nuevo y no encuentra socios dispuestos a ponerlos; termina retirando su oferta y el Tribunal de Comercio decreta la liquidación. La experiencia francesa explica además una precaución que Berlusconi ha tomado en Telecinco: puede compartir el accionariado con socios españoles poderosos, incluida la ONCE, pero no quiere compartir con ellos la definición del producto televisivo. Si Fininvest sabe hacer televisión comercial, pretende que sea Fininvest quien decida qué televisión comercial debe hacerse.
Y ahí aparece la comparación inevitable con TF1. La cadena privatizada en 1987 tampoco nació sin riesgos, pero Bouygues recibió algo que La Cinq nunca tuvo: una marca nacional histórica, cobertura consolidada, audiencia heredada y hábitos de consumo ya establecidos. Sobre esa base construyó una televisión comercial coherente y concentró el mando empresarial: cinco años después de su privatización, TF1 dominaba claramente el mercado y sus beneficios crecían. La Cinq tuvo que fabricar desde cero su identidad mientras combatía simultáneamente contra TF1, Antenne 2, FR3, Canal+ y M6 por una tarta publicitaria que resultó insuficiente para sostener tantos canales generalistas; además, cada propietario quiso reinventarla antes de que el anterior modelo hubiera terminado de asentarse. El fracaso, por tanto, no pertenece exclusivamente a Hersant, Lagardère ni siquiera a Berlusconi: La Cinq fue una televisión que tuvo demasiado dinero, demasiados propietarios, demasiadas ideas y demasiado poco tiempo para convertirse en una costumbre para los franceses. Hachette sabía vender millones de revistas y libros; Hersant sabía fabricar periódicos; Berlusconi aseguraba saber fabricar televisión. Al final ninguno consiguió fabricar La Cinq. Y a medianoche del 12 de abril, cuando aparece en pantalla el mensaje «La Cinq vous prie de l’excuser pour cette interruption définitive de l’image et du son», Francia contempla algo bastante insólito: una frecuencia puede concederse por decisión política y alimentarse con miles de millones, pero ninguna autoridad ni ningún magnate puede decretar que el público la vea.
JF