19 diciembre 1989
Crisis en LE MONDE por la jubilación de André Fontaine y el apoyo insuficiente a su sucesor Daniel Vernett
Hechos
Danniel Vernet candidato a la dirección de LE MONDE obtuvo el apoyo del 42% de los periodistas de la Sociedad de Redactores de LE MONDE, en lugar del 60% requerido.
Lecturas
André Fontaine quería jubilarse, pero en Le Monde ni siquiera el director puede decidir quién será su sucesor. Cuando había asumido la dirección en enero de 1985 tenía ya 63 años y había advertido que no pretendía agotar el mandato de ocho años que formalmente terminaba en 1993. Durante su etapa había conseguido sanear las cuentas, modernizar el periódico, informatizar la redacción y construir una nueva imprenta en Ivry; en septiembre de 1989 Le Monde estrenaba además rotativas offset, color y una nueva presentación. Fontaine consideró que había llegado el momento de entregar el mando.
Su candidato era Daniel Vernet, uno de los hombres que él mismo había promocionado. Periodista especializado en información internacional, antiguo corresponsal en Bonn, Moscú y Londres, Vernet había sido nombrado redactor jefe por Fontaine en 1985 y posteriormente director de la redacción. El propio Fontaine explicaría que lo consideraba el hombre más indicado por su capacidad de trabajo, rigor y conocimiento del periódico. Durante el verano de 1989 comunicó su intención a la Société des rédacteurs du Monde, propietaria entonces del 32,3 % del capital y poseedora de un derecho de veto fundamental en la elección del director.
Ahí estaba la diferencia entre Le Monde y la mayoría de los grandes periódicos europeos. Fontaine podía decir quién quería que fuese su sucesor; no podía nombrarlo. El candidato necesitaba obtener el apoyo del 60 % del censo de la Sociedad de Redactores, un umbral deliberadamente alto concebido para impedir que alguien dirigiese el periódico con una redacción profundamente dividida en su contra. Y Vernet no lo consiguió.
La votación definitiva se celebró el 18 de diciembre de 1989. Vernet obtuvo aproximadamente el 60 % de los votos efectivamente emitidos, pero sólo el 51,7 % del censo total. Le faltaban, por tanto, más de ocho puntos para alcanzar el listón estatutario. Entre las explicaciones que circularon entonces figuraba una paradoja frecuente en cualquier organización: Vernet llevaba cinco años ejerciendo responsabilidades sobre los mismos periodistas que ahora debían juzgarlo. Su experiencia era su principal argumento y, al mismo tiempo, significaba que había acumulado inevitablemente discrepancias, conflictos y adversarios. También pudo perjudicarle presentarse como candidato único y, sobre todo, como el candidato oficialmente bendecido por Fontaine.
El director saliente respondió de una manera bastante peculiar: dejó de salir. Fontaine recordó que jurídicamente había sido elegido hasta 1993 y anunció que continuaría al frente del periódico. «No hay crisis ni vacaciones del poder», aseguró. En lugar de iniciar inmediatamente otra interminable búsqueda —todavía estaba fresco el recuerdo de la frustrada sucesión Fauvet-Julien—, decidió congelar el problema. Le Monde había intentado jubilar a su director y había terminado prorrogándolo.
Pero aquello sólo aplazó la batalla. En septiembre de 1990 la Sociedad de Redactores volvió a reunirse. Esta vez ya no había candidato oficial único, sino tres periodistas: Daniel Vernet, director de la redacción; Jean-Marie Colombani, redactor jefe, y Bernard Guetta, corresponsal en Moscú. Las reglas continuaban siendo extraordinariamente exigentes: uno de ellos debía conseguir al menos el 60 % de los votos de los 275 miembros de la Sociedad de Redactores y, después, su candidatura tendría que alcanzar nada menos que el 75 % del capital de la SARL Le Monde para convertirse efectivamente en director-gerente.
Y ocurrió algo que demuestra hasta qué punto aquellas elecciones no funcionaban como un simple plebiscito sobre personas. Daniel Vernet, rechazado nueve meses antes, ganó esta vez. Después de una intensa competición interna logró superar el 60 % y se convirtió formalmente en el candidato de la redacción. El hombre que en diciembre de 1989 no había alcanzado la confianza necesaria de los periodistas la había conquistado en otoño de 1990.
Entonces apareció el siguiente contrapeso del sistema. Vernet propuso una dirección colegiada en forma de trigerencia, en la que él asumiría la dirección-gerencia acompañado por otros responsables de la gestión y de la redacción. Pero esa arquitectura no convenció a las restantes sociedades accionistas. El candidato que ya disponía del mandato democrático de la redacción no consiguió reunir el consenso societario necesario para dirigir la empresa. Tras semanas de negociaciones y rivalidades internas terminó retirándose.
Le Monde había llegado así a una situación extraordinaria. En 1989 Vernet no podía ser director porque los periodistas no le habían dado suficientes votos; en 1990 tampoco podía serlo después de que los periodistas sí le hubieran dado suficientes votos, porque ahora eran otros accionistas quienes no aceptaban su fórmula. Fontaine, que había querido marcharse en 1989, continuaba mientras tanto en el despacho.
La salida consistió finalmente en romper otra tradición. Después de varios meses de discusiones, los socios acordaron por unanimidad recurrir a Jacques Lesourne, economista, profesor, antiguo director de Le Monde de l’éducation en su consejo y vicepresidente de la Société des lecteurs, pero no periodista de la redacción. El 1 de febrero de 1991 sustituyó finalmente a Fontaine. Por primera vez desde que Beuve-Méry había fundado el periódico en 1944, Le Monde quedaba dirigido por alguien llegado desde fuera de su cuerpo periodístico.
Fontaine había intentado organizar una sencilla jubilación y produjo, involuntariamente, casi año y medio de elecciones, vetos, candidaturas y negociaciones. Pero el episodio también demostró que las complicadas estructuras creadas para proteger la independencia del periódico funcionaban exactamente como habían sido concebidas: nadie podía apropiarse por sí solo de la dirección de Le Monde. Ni siquiera el director de Le Monde.
08 Diciembre 1980
Sus estatutos, enemigos de «Le Monde»
EL más prestigioso periódico francés -y, quizá de toda la Europa continental, Le Monde, acaba de fracasar por segunda vez en su intento de encontrar sucesor a André Fontaine en la dirección del diario. El complejísimo sistema de votación entre personas y grupos de «amigos» del diario está llevando a éste a la parálisis. El pasado lunes (ver EL MUNDO del 4 de diciembre), la sociedad editora dio el 44% de sus votos al actual director de la Redacción, Daniel Vernet, elegido por Fontaine como sucesor «in péctore». Necesitaba el 75%. Hace un año, la Sociedad de Redactores ya había rechazado a Vernet al no concederle el 60% de sus votos en un paso previo imprescindible para el voto del conjunto de la sociedad editora. En septiembre pasado, Vernet sobrepasó al fin esa cota. Un candidato avalado por la Sociedad de Redactores solía ser automáticamente aceptado por la sociedad editora; esta vez, no. Algunos reprochan a Vernet su proyecto de «troika», en el que debía estar acompañado de un director de la Redacción, Bruno Frappat, y de un director gerente llegado de fuera de la casa, Jacques Guiu. El razonamiento, que a otros les parece endeble, es que «en tiempos difícilés tiene que haber un solo responsable». Y son difíciles: 800 millones de pesetas de déficit en 1990, con el patrimonio ya vendido en la anterior crisis. Pero, en una reciente conversación con EL MUNDO, Fontaine señalaba el problema de fondo: es «más que difícil» gestionar hoy una empresa con un accionariado tan peculiar y dividido como el de Le Monde: el gerente, Fontaine, tiene el 6,9% de los votos; la sociedad de lectoresque preside el antiVerne Alain Minc, un 11,3%; la sociedad de empresas amigas, un 8%; la sociedad de los mandos intermedios de la casa, un 8%; la sociedad de empleados, un 4%; la sociedad de redactores, un 32,3%, exactamente igual que la asociación Hubert BeuveMéry de fundadores, de trece miembros, en su mayoría viudas octogenarias de los fundadores del diario en 1944… Todos se han comprometido a encontrar solución antes de fin de año. Y Fontaine, el miércoles, pedía una «pronta reforma» de este alambicado estatuto.
19 Diciembre 1989
Una larga trayectoria
Daniel Vernet, que en mayo cumplirá 45 años, no lleva como André Fontaine 42 años en el diario, ya que se incorporó a él en 1973. Vernet nació en Cimalieres (Puy de Dome), la ciudad de la que es alcalde Valery Giscard D´Estaing. Diplomado del Instituto de Estudios de París, comenzó su carrera en 1969 en el diario LA MONTAGNE, de Clermont-Ferrand, capital de su región y en la Compagnie Francaise d´Edition, de revistas especializadas. Al ingresar en LE MONDE fue destinado a la redacción internacional y en 1977 fue nombrado corresponsal en Bonn hasta 1981. Estuvo después en Moscú dos años y otros dos en Londres, de donde volvió a la redacción de París, en 1983, como adjunto del servicio extranjero. Dos años más tarde, al acceder Andre Fontaine a la dirección, le fue confiado el cargo de jefe de redacción.
Al contrario que Fontaine, alto y estilizado, Vernet es bajo y fornido. Es un gran trabajador que pasa en la redacción casi doce horas diarias, desde las siete de la mañana las siete de la tarde. Sus colaboradores dicen entenderse muy bien con él, porque sabe escuchar y conserva la calma y la serenidad en las ocasiones difíciles. Por su mesa pasan todas las informaciones internacioales o nacionales, así como las colaboraciones. A todas les presta igual atención aunque se sienta inclinado por aquellas que se refieren a las distintas partes del globo.
El Análisis
Una crisis como ésta resulta difícilmente imaginable en la gran prensa española de 1989. En El País existe PRISA y la autoridad empresarial de Jesús Polanco; en ABC, la familia Luca de Tena y Prensa Española; en La Vanguardia, Javier Godó y el grupo familiar; en El Periódico de Catalunya, Antonio Asensio y Grupo Zeta. Los editores pueden escuchar a sus redacciones, negociar, valorar sensibilidades internas y naturalmente equivocarse al elegir, pero al final existe una pregunta muy sencilla —¿quién es el propietario?— y de ella deriva otra respuesta igualmente sencilla: el propietario nombra al director. En Le Monde la pregunta es mucho más difícil porque su independencia fue construida precisamente para que nadie pudiera contestar «yo». La Société des rédacteurs poseía en 1990 el 32,3 % del capital y podía bloquear decisiones fundamentales; el candidato a director necesitaba primero el 60 % de los votos de los periodistas y después reunir el 75 % del capital social. Desde una concepción democrática del periodismo, el sistema resulta admirable: quien vaya a mandar sobre una redacción debe disponer de la confianza de quienes tendrán que trabajar bajo sus órdenes, y ningún Polanco, Luca de Tena, Godó o Asensio puede despertarse una mañana, cambiar al director y considerar terminada la conversación. Pero una empresa no es un parlamento, y aquí aparece el precio de esa independencia. Fontaine quiere irse y no puede; propone a Vernet y los redactores lo rechazan; nueve meses después los redactores eligen a Vernet y los demás socios bloquean su proyecto; finalmente hay que buscar fuera a Jacques Lesourne. El modelo español concentra poder y proporciona estabilidad; el de Le Monde dispersa poder y proporciona contrapesos, pero puede convertir una sucesión empresarial en una crisis constitucional. No parece sensato afirmar que uno sea simplemente superior al otro: un periódico cuyo director sólo responde ante el propietario corre el riesgo de convertirse en periódico del propietario; uno cuyo director necesita contentar a todos antes de ocupar el despacho corre el riesgo de descubrir que nadie puede ocuparlo. La independencia tiene un precio, y en Le Monde acaban de comprobar que a veces ese precio consiste en que resulte extraordinariamente difícil averiguar quién manda.
JF