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"Quiero dejar constancia de que la Guardia Civil tiene un límite de su resistencia"

Destituido el General Prieto después de un potente discurso en el homenaje a un compañero asesinado

HECHOS

El 16 de diciembre de 1977 el General D. Manuel Prieto López fue cesado como responsable de la VI Zona de la Guardia Civil tras su discurso en memoria de un guardia asesinado.

El General D. Manuel Prieto López, jefe de la VI Zona, pronunció en diciembre de 1977 un discurso en el acto de entrega de un donativo a la viuda del Guardia Civil D. Antonio Tejero Verdugo, asesinado por terroristas en Segovia. El discurso causó que el Gobierno Suárez, con el General Gutiérrez Mellado de ministro de Defensa, decidiera su destitución.

Discurso del General Prieto ante la viuda del Guardia Civil asesinado:

Distinguidas autoridades, queridos guardias civiles, familiares de este guardia, uno más que amplia la lista de los numerosos muertos, en diversas ocasiones y circunstancias, de la Guardia Civil.

Le pudiera parecer extraño a alguien que el acto que vamos a celebrar seguidamente, materialista en sí, haya tenido la presencia, por invitación nuestra, la cual agradezco profundamente de las autoridades de Salamanca y de estos guardias que hoy componen casi la totalidad de los que están francos de servicio. Vamos a proceder a entregar a la viuda del guardia Tejero un cheque con una cantidad con que la sociedad compensa la muerte de un guardia, la muerte de su marido.

Con una brevedad imperiosa, pues si no debiera extenderme mucho para poder llegar a todos y cada uno de los guardias con la exposición de lo que piensa el mando de la situación actual y de la respuesta que están dando la Guardia Civil y el resto de las fuerzas de orden público, exposición que dejó para una ocasión más íntima, no por no molestar la atención benévola de las autoridades, ya que con su presencia dan patente muestra de su afecto, unión e identificación con nosotros.

Yo no pretendo hacer, bien lo sabe Dios, crítica ni acusación para persona, organización ni estamento alguno. Líbreme mi intención de hacer semejante cosa. Pero de lo que sí quiero dejar constancia es de que la Guardia Civil, como todo ser humano, tiene un límite en su resistencia. No nos podemos conformar con que se pague con dinero una muerte. Debemos tomar, todos, medidas para impedir que estas muertes ocurran, tanto en cuanto a que nosotros seamos las víctimas, como en cuanto a que las provoquemos.

Aquí está la autoridad gubernativa, representante del Gobierno en esta provincia. Sobre su responsabilidad cae -lo hace perfectamente, como el resto de los gobernadores de toda España- la utilización de la Guardia Civil. Yo sé que afortunadamente ellos meditan profundamente antes de ordenar una intervención nuestra. Pero por mucho que mediten, no se pasarán; se quedarán, lo más, en lo justo.

La Guardia Civil es una organización formada en la dura carencia del elogio. Al guardia civil sólo se le exige, y yo, que soy de los que exigen, lo puedo saber mejor que nadie, porque hoy, mi empleo es facilísimo. Yo siempre podría ser juez. Podía no tener ninguna preocupación, porque mi responsabilidad podía quedar limitada a exigirla para algunos de mis inferiores, pero sería indigno conmigo mismo si no pusiera de mi parte todo lo posible para que no tuviera nadie responsabilidad, porque todo el mundo actuase de acuerdo con unas directrices emanadas de la alta superioridad, que al propio tiempo sean compatibles con el espíritu que el duque de Ahumada le quiso dar a la Guardia Civil. Que nosotros como hombres, hombres sencillos hombres del campo, hombres del pueblo, queremos al pueblo por encima de todo. Pero lo que no podemos consentir es que alguien, en nombre de ese pueblo, nos ataque, nos exija, incluso nos mate.

Creo que todos tienen que reconocer, autoridades presentes, personal del cuerpo que me oye, familiares, cualquiera ajeno a nosotros mismos, creo que tiene que reconocer que estas palabras tienen un profundo sentido de justicia. Nosotros no queremos el mal de nadie, pero tendrán que reconocer los demás que tampoco queremos el nuestro. Que no se nos emplee en lo que no debamos, porque la Guardia Civil, por desgracia a lo mejor, o por constitución desde la creación, no tenemos un medio para defendernos sino el uso, de las armas de fuego, puesto que los procedimientos intermedios que tenemos no son definitivos en su eficacia, ni están acordes con la seriedad que tiene que imprimir la sola presencia de nuestro tricornio, que ya el duque de Ahumada buscó esta prenda de cabeza para que impusiera respeto, y no le puso distintivo para que lo mismo se respetase al guardia más moderno que al general más antiguo, nosotros, nuestra actuación, nuestra intervención, tiene que ser muy meditada y únicamente en circunstancias especiales.Yo no pretendo (hablo a título personal y me supongo que interpreto el sentir del guardia más sencillo), yo no pretendo hacer mal a nadie, pero que nadie piense que si me veo atacado y no tengo más remedio que defenderme, voy a morir como un mártir sin tratar de impedirlo por el procedimiento que esté a mi alcance, y tendrá que reconocer la sociedad, las autoridades y las personas sensatas, que afortunadamente las hay, que eso es lo que tiene que hacer la Guardia Civil. No ofender, por descontado, pero tampoco dejarse matar.

Me parece muy natural que sintamos la muerte de un compañero nuestro, en este caso concreto, y también sentimos la muerte de cualquier persona ajena a nuestro cuerpo. Sentimos profundamente que en, Málaga, no hace mucho, se haya matado, haya muerto (todavía está por ver quién disparó la bala que le causó la muerte) un joven perteneciente a una organización, a un partido hoy día legalizado.

Y la prueba está de que la sociedad y la Guardia Civil lo comprende, y las instituciones lo sienten, que un aparente contrasentido hace que en el cementerio de San Miguel, de Málaga (qué prueba de afecto, de unión y de compasión ante la muerte), el obispo de la diócesis le diga una misa de corpore insepulto.

Y estoy plenamente convencido que si hoy el señor obispo no está aquí entre nosotros, correspondiendo a la invitación que le he hecho, ha sido por algunas circunstancias que es seguro que existen, porque es indudable que para la Iglesia todos somos iguales: los que defienden el orden y los que lo atacan, pero ahí se demuestra la magnanimidad de la Iglesia, su universalidad extraordinaria.

Y yo quiero, en nombre de todos los guardias, rendir un tributo de admiración y respeto al obispo de la diócesis de Málaga que dijo la misa de corpore insepulto, y expresar nuestra devoción cristiana al pastor evangélico de Salamanca.

20 Diciembre 1977

Ejército y sociedad

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián Echarri)

UNA DE las notas características de un país moderno, de una sociedad industrial y de una comunidad política democrática es que las relaciones entre los militares y los ciudadanos no se hallan sometidas a especiales tensiones ni dan lugar a roces y conflictos. Las Fuerzas Armadas ocupan un lugar dentro del orden constitucional y sus miembros aceptan los deberes y los derechos que las normas establecen. A su vez, los ciudadanos reconocen las importantes funciones que tiene asignada la Administración Militar y respetan a los hombres que dentro de la división social del trabajo asumen esas tareas. La complementaniedad y armonía entre ambas esferas queda reforzada por el hecho de que los militares son, a la vez, ciudadanos que votan de acuerdo con sus ideas políticas, aunque sean inelegibles, mientras permanecen en el servicio activo, para cargos políticos. Este planteamiento excluye dos peligros siempre presentes en los países subdesarrollados: el militarismo, entendido como la indebida extensión a la vida civil, económica y política de las pautas de organización castrense, y el espíritu antimilitar, que, por lectores, sume a los ciudadanos en la incomprensión sobre la verdadera naturaleza de las Fuerzas Armadas, institución básica en toda convivencia. En España, el tema de las relaciones entre el Ejército y la sociedad debe plantearse sin temores, con claridad, huyendo a un tiempo de la demagogia y de la adulación. Estamos saliendo de un largo período durante el cual las Fuerzas Armadas asumieron, por espíritu de disciplina y muchas veces en detrimento propio, funciones y tareas que, sin duda, no deseaban sus propios miembros. Nadie con buena fe y conocimiento de causa puede afirmar que la gran masa de la oficialidad española resultó beneficia da por el franquismo; los niveles de remuneración y el grado de tecnificación de nuestras Fuerzas Armadas se hallaron por debajo de lo quecorrespondía a nuestra potencia industrial. Sin embargo, la transferencia al Ejército del enjuiciamiento de los delitos políticos durante una larga etapa y la utilización, con objetivos extramilitares, de imágenes y valores asociados con la milicia hicieron creer erróneamente a muchos ciudadanos, durante ese período, que las Fuerzas Armadas, como tal institución, ocupaban el poder en España.Por eso es muy importante para todos los españoles -y en primer lugar para los propios militares- que las relaciones entre la sociedad y el Ejército, en la nueva etapa que comenzó el 15 de junio, sean despojadas de ambigüedad y recuperen su transparencia. En esa dirección camina, sin duda alguna, la política del vicepresidente primero del Gobierno y ministro de la Defensa, teniente general Gutiérrez Mellado. Una política militar inteligentemente planificada para servir al Estado, a la sociedad y al propio Ejército, y que -precisamente por lo ambicioso de su planteamiento- ha despertado suspicacias y contestaciones en sectores minoritarios; curiosa mente, desde los ámbitos de los políticos catastrofistas que suscriben esas pintadas que rezan: «El Ejército, al poder.»

Nadie, sin embargo, ha podido tildar la política del teniente general Gutiérrez Mellado de mediocre o de deshonesta. No pocos de los militares que sirvieron a sus órdenes apodaron a este militar como «el cerebrazo». El mote no es precisamente una tilde, sino un elogio en toda regla hecho por los, más jóvenes militares cuando aún Gutiérrez Mellado era un desconocido para la sociedad civil.

Reconocer en Gutiérrez Mellado a un soldado capaz y a un político prudente (en el más alto sentido del adjetivo), a un hombre desprendido de ambiciones personales, es obligado no ya para reconstruir su biografía personal, sino para relatar los pasos que este país ha dado con él hacia la democracia y hasta para suponer los que habría dejado de dar sin su presencia en el Gobierno.

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