26 abril 1992

Apodado 'el canguro gris', su vida política quedó marcado por ser el ministro de Interior cuando asesinaron a Aldo Moro

Crisis institucional en Italia: dimiten el Jefe de Estado, Francesco Cossiga, y el primer ministro Giuliu Andreotti

Crisis institucional en Italia: dimiten el Jefe de Estado, Francesco Cossiga, y el primer ministro Giuliu Andreotti

Hechos

El 25.04.1992 dimitió al presidente de la República de Italia, Francesco Cossiga.

Lecturas

De canguro gris a pico de oro.

«Soy un profeta desarmado», declaró en una ocasión Francesco Cossiga, que pasará sin duda a la historia como uno de los presidentes más polémicos y discutidos de la historia del a república italiana, y no solo en el plano político sino también en el personal porque, hasta el último minuto de su mandato, ha persistido la duda de si ha recurrido a un comportamiento indiscutiblemente excéntrico (de ‘locos’, decían sin pudor periodistas y políticos) para amplificar y dar fuerza a su cruzada a favor de la reforma de las instituciones, o si por el contrario, esta última le ha brindado una excelente coartada para dar riendas suelta a su carácter.

Nacido hace casi 64 años en la localidad de Sassari y emparentado con otro sardo ilustre, Enrico Berlinguer, ha militado siempre en la Democracia Cristiana – a la que ahora llama su ex partido – y su experiencia política se vio dramáticamente marcada por el secuestro y asesinato de su correligionario y amigo Aldo Moro en 1978. Se vio obligado a dimitir como ministro del Interior y abandonó su cargo con los cabellos grises. Hasta el verano de 1990 la prensa le reprochaba su mutismo y su falta de protagonismo, y un humorista lo bautizó como ‘el canguro gris’. Desde hace casi dos años dio un giro de 180 grados y se convirtió en el gran ‘picconatore’, el hombre que quiso demoler los viejos vicios de la política con los golpes de pico de sus numerosísimas intervenciones.

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GIULIU ANDREOTTI

andreotti_pp El primer ministro de Italia, Giuliu Andreotti anunció la crisis de Gobierno, pero era difícil suponer que al día siguiente también dimitiría el Jefe del Estado, Cossiga. Dándose la circunstancia de que Andreotti es uno de los que aspira a suceder a Cossiga con el cargo de Presidente de Italia.

El Análisis

Ingorgo istituzionale

JF Lamata

La dimisión de Francesco Cossiga no es simplemente el adelanto de dos meses de una jubilación anunciada, sino su último desafío a una clase política contra la que llevaba años disparando sus célebres picconate. El caso Gladio, la petición del PDS para someterlo a acusación constitucional y sus continuos enfrentamientos con los partidos habían convertido al antiguo democristiano discreto de 1985 en un presidente hiperactivo que reclamaba profundas reformas institucionales e incluso una República más presidencialista. Las elecciones del 5 de abril, con el retroceso histórico de la Democracia Cristiana, la irrupción de la Liga Norte y la fragmentación del antiguo sistema, le parecieron confirmar que la vieja partitocracia estaba agotada; cuando comprobó que DC, PSI, PSDI y PLI parecían dispuestos a reconstruir prácticamente la misma mayoría, decidió marcharse alegando que Italia necesitaba un presidente nuevo y «fuerte» capaz de formar un Gobierno igualmente fuerte. Comienza así una batalla formidable entre los grandes electores —diputados, senadores y delegados regionales— en la que ningún partido dispone por sí solo de los votos necesarios. Dentro de la DC, el secretario Arnaldo Forlani aspira al Quirinal, pero detrás se mueve Giulio Andreotti, presidente saliente y senador vitalicio, que contempla la Presidencia de la República como posible culminación de medio siglo de poder y cuya corriente puede impedir que Forlani reúna todos los votos democristianos; el reciente asesinato de su gran hombre en Sicilia, Salvo Lima, tampoco ayuda al andreottismo. En el PSI, Bettino Craxi conserva capacidad para decidir quién será presidente, aunque parece mucho más interesado en regresar él mismo al Palazzo Chigi que en encerrarse siete años en el Quirinal; el PDS, heredero mayoritario del PCI, difícilmente aceptará a Craxi y tampoco contempla con entusiasmo a Andreotti, mientras republicanos, liberales, socialdemócratas, la nueva Liga Norte y los restantes grupos pueden convertirse en árbitros de cada escrutinio. Cossiga, por su parte, deja entre sus posibles herederos una opción institucional y democristiana como Oscar Luigi Scalfaro, presidente de la Cámara recién elegido y representante de una DC católica bastante distinta del andreottismo, aunque sería excesivo afirmar a estas alturas que Cossiga controla una operación destinada a imponerlo. Italia entra, pues, en una de esas elecciones presidenciales que parecen menos una votación que una partida de ajedrez: Forlani necesita que todos los democristianos obedezcan; Andreotti necesita que algunos desobedezcan; Craxi pretende influir en el Quirinal sin renunciar a volver al Gobierno; Cossiga quiere dejar colocado a Scalfaro; y la izquierda intenta impedir que la vieja mayoría se reparta nuevamente las dos cumbres del Estado. Italia se queda casi simultáneamente sin Gobierno y sin presidente precisamente cuando sus elecciones acaban de advertir que quizá sea todo el viejo sistema de partidos el que empieza a quedarse sin país.

J. F.