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Disputa por el cargo de abad de Montserrat

HECHOS

En mayo de 2000 se realizaron muchas publicaciones por la elección del nuevo Abad de Montserrat.

Los monjes de Montserrat elegirán hoy al nuevo abad que sucederá a D. Sebastià Bardolet, quien durante 11 años ha ocupado el cargo. La comunidad benedictina seleccionó ayer en una primera criba a tres candidatos: el actual prior, D. Josep Maria Cardona; el liturgista y visitador D. Josep Maria Soler Canals, y el biblista D. Ramon Ribera. El más famoso aba de Montserrat fue D. Cassiá Maria Just durante la Transición, conocido por su apoyo a los partidos comunistas, nacionalistas e independentistas frente al franquismo.

19 Mayo 2000

Los garbanzos de Montserrat

Antoni Puigverd

Montserrat y el arzobispado de Barcelona están de moda. Se habla de dimisiones, de candidatos, de corrientes, de luchas por el poder. Como si un monasterio o un obispado pudiera compararse con un consejo de administración o con un partido político. No pretendo negar la validez de las informaciones que estos días han aparecido. Es cierto que en la iglesia catalana los aperturistas, que 20 años atrás eran tan influyentes, están perdiendo sus últimas batallas. Pero también lo es que la Iglesia catalana está tan débil que hablar de poder eclesiástico suena casi a broma.Es muy relativo el poder que implica dirigir un monasterio como el de Montserrat. Es bastante más cómodo y sugestivo (para el que opta a la vida monástica) ser monje que ser abad. La vida del monje es austera y regulada, pero es plácida, muy tranquila. Permite dedicarse a una gran pasión intelectual. No es extraño que los monjes de Montserrat sean grandes especialistas en sus materias de estudio. No es extraño que abunden los mejores biblistas y liturgistas, grandes teólogos y filólogos, rigurosísimos historiadores y exegetas, fenomenales editores y bibliotecarios, excelentes músicos y compositores y un largo etcétera de parecido fuste. El abad, en cambio, está sometido a todo tipo de obligaciones exteriores e interiores. Debe abandonar la vida pacífica y renunciar a sus empeños intelectuales. Junto al prior y al ecónomo (uno de los héroes de Monserrat es el P. Jordi Molas, que lleva sobre sus espaldas el embrollo económico de una montaña que puede ser muy santa pero muy cara de mantener), el abad debe hacer frente a un sinfín de responsabilidades, muchas de ellas arduas y complejas, hijas del magnetismo simbólico del santuario.

Ninguna de las compensaciones que lleva consigo el poder en la vida civil permiten endulzar el ajetreo y la tensión que el cargo implica. Durante siglos el abad gozó de privilegios de origen feudal, pero después del Vaticano II no tiene más compensaciones que la de intentar imponer una línea moral y espiritual (cosa que en Montserrat, en razón de las notables personalidades que alberga, no es fácil). El nuevo abad podrá intentar reconducir la línea progresista montserratina para hacerla converger con los vientos restauracionistas del Vaticano. Pero no podría, ni va a pretenderlo, restaurar el viejo boato abacial que desapareció con la imponente figura del abad Brasó (de planta y pose cardenalicias), predecesor de Cassià M. Just. No existen ya prebendas o lujos abaciales. El abad gobierna la difícil convivencia de un grupo de 80 hombres adultos en un espacio cerrado; sortea las presiones políticas y sociales que el fuerte simbolismo de la montaña incorpora; y equilibra la complejidad ideológica y estructural de un enclave religioso que es, a la vez, remanso benedictino y bullicioso santuario de poderosa atracción popular. Un obispo puede tener ambición personal: su territorio forma parte de un todo eclesiástico. El monasterio está en la iglesia a la manera de la más pequeña de las muñecas rusas y su abad, por consiguiente, carece casi por completo de posibilidades de promoción eclesiástica. El abad Brasó, precisamente, fue el último. Llegó a presidir, en Roma, la congregación de Subiaco. Es una excepción. Como la del Cardenal Anselm Alvareda (1892-1966), prestigioso director de la Biblioteca Vaticana. Los benedictinos, la orden religiosa más antigua, son celosos de su independencia. Un canciller vaticano sugirió a los profesores de las universidades pontificias que firmaran un mensaje de felicitación a Juan Pablo II por su última encíclica: sólo los benedictinos del Pontificio Ateneo S. Anselmo, se negaron a ello: «Si el autor hubiera sido un estudiante -comentaron- habría merecido apenas un notable: ¡no podemos felicitarle!».

Conozco la austeridad de los ágapes montserratinos. Nada falta; nada sobra. Los pequeños lujos que la clase media ha conquistado (estos vinos de Rioja, el marisco o el jabugo que de vez en cuando nos permitimos) nunca aparecen en la mesa del monasterio que sirven los propios monjes, sea cual sea su rango y su prestigio. Cuando se habla de luchas por el poder no hay que olvidar los garbanzos. Los garbanzos de oro por los que pelea Villalonga, los que ha aceptado la nueva ministra Birulés y los que se disputan Duran Lleida y Artur Mas nada tienen que ver con los que deja Sebastià Bardolet a Josep M. Soler. Sebastià Bardolet regresará a su querida música. Como regresó al órgano Cassià M. Just que dialoga gozosamente con Johan Sebastian Bach cada mañana en la fantástica soledad de la basílica. Dimitidos y elegido van a comer en Montserrat los mismos garbanzos, que brillan con la opaca dignidad de un aceite muy discreto.

30 Mayo 2000

¿Qué hacemos con Montserrat?

Pilar Rahola

La Iglesia anda revuelta. Y si los que entienden de la cosa tienen razón, el revuelo vira hacia la derecha. No en balde los dos cambios más importantes de la cúpula, el del secretario general del arzobispado de Barcelona (que ha sustituido al progre Enric Puig por un seminarista de la línea dura de Burgos) y el del abad de Montserrat (el actual es más afin, dicen, a las tesis integristas de Ricard Maria Carles e incluso está bien visto por la jerarquía española), confirman una doble tesis: que la jerarquía eclesiástica no sólo no progresa sino que vuelve a planteamientos ultramontanos, y que estamos lejos de esa Iglesia de implicación social que tanto papel había tenido en su momento, lentamente dirigida hacia el compromiso metafísico, seguramente más cercano al cielo que a la pesada carga de los problemas mundanos. Carles sería así el paradigma: castigo al divorcio y a la anticoncepción, anatema a la homosexualidad y al sexo, una buena dosis de rezos diarios, que en la mortificación está el éxito. Pero, como dice un preclaro periodista, quizá la iglesia tiene que ser así, derechona, carcona e integrista, para ser auténtica.Pero el artículo, ¡válgame Dios!, no tiene la intención de analizar las conspiraciones de la curia, que si las de palacio son complejas, ¡cómo deben ser las vinculadas a la divinidad! Pero aprovechando el Pisuerga, nos permitiremos ese momento Serrat para decirnos que hoy puede ser un gran día, quizá un gran día para tocar los cimientos sagrados: esa dualidad casi teológica entre Cataluña y Montserrat, esa pareja de hecho mítica que cimenta el edificio de las esencias patrias, ¿cuándo será revisada? Reconozco que este artículo no lo habría escrito antes, quizá por aquello tan cervantino del «con la iglesia hemos topado». Pero también porque Montserat tiene una carga simbólica que nos toca de cerca y porque forma parte de la memoria colectiva de la resistencia, y eso aún es mucha memoria. Pero habrá que ponerse a la labor si queremos construir un discurso de país moderno, alejado de la frágil consistencia de las esencias memorísticas que actualmente aún lo definen. ¿La catalanidad pasa por Montserrat? Y más aún, ¿Montserrat debe ser el comodín simbólico que tanto sirve para un fregado futbolístico como para un lavado político, reivindicaciones al uso incluidas? Esa mezcla aún tan activa y, desde mi punto de vista, tan retrógrada, entre nación y religión, ¿puede conformar el lugar común del discurso nacional? ¿Y es ése un discurso moderno?

Me permitiré la osadía de algunas opiniones incorrectas. Primero, mi respeto por Montserrat pero también mi convicción: en un país que aspira a la normalidad la religión tiene su ámbito, y ese ámbito tiene que ver con la privacidad y no con el simbolismo colectivo. Si una nación necesita elevar sus abadías a la categoría de mítica nacional, ello sólo puede significar dos cosas: o que vive bajo una dictadura donde todo vale, o, si vive en democracia, que no ha superado aún su etapa adolescente. Cataluña adolece de ello: parece a menudo un gran cuerpo maduro con granos adolescentes en la cara. Y la adolescencia, en la madurez, tiende a ser patética. Creo sinceramente que tenemos que superar de una vez por todas el legado Torras y Bages y distanciarnos de esa mezcla de religión y esencia que impide formalizar un discurso moderno, ecléctico y heterodoxo de la Cataluña actual. En todo caso me parece prediluviano visualizar en pleno final de siglo ese permanente uso y abuso de Montserrat como si fuera un fast-food válido para todos los ágapes: un poco de partido político, otro poco de consejos comarcales, un poco más de selección nacional, un mucho de president con primera dama, un tanto de Copa de fútbol, y qué se yo, Montserrat arriba y abajo con la esperanza de que el gran símbolo, si no garantiza la ayuda divina, nos garantice como mínimo la simpatía terrena. Una especie de gran Lebowsky, sin tanta marcha y menos bolos. Y al margen de preguntarnos qué deben pensar los militantes musulmanes o judíos, o directamente asépticos, que también deben converger en la gran convergencia y que convergen seguro en el país real, nos preguntamos sobre todo por qué. ¿Por qué abusamos aún de Montserrat?

Creo que abusamos porque al discurso oficial de Cataluña ya le va bien mezclar esencias, símbolos y religiones, en una estrategia calculada para situar el debate del país en el estómago y no en el cerebro. Apelados así los sentimientos más irredentos y menos racionales, uno no se pregunta adónde puñetas van a parar los presupuestos de sanidad, o los planes de educación, entretenido como está en el barrizal de sus emociones. La Generalitat pasa a ser una teología y no una Administración, y sus gobernantes se revisten de metafísica, alejándose de los errores mundanos. Mientras tengamos eso, más religión que ideología, más esencia que necesidad, más símbolos que realidades, más garantías tendrán que cabalgar largo tiempo los jinetes que gobiernan desde casi siempre. Creo que la Cataluña real es sólida, pero creo también que ese mito extraño, hecho de gramática nacional-católica, que se yuxtapone a la Cataluña real, la fragiliza extraordinariamente. Le quita empuje y, sobre todo, le impide navegar a velocidad de crucero.

Dejemos la memoria histórica para la memoria, y la resistencia para lo que haya que resistir, pero sobre todo revisemos las bases de nuestro discurso actual: religión y nación son un buen paquete esencial, pero son una mala ideología. No sólo conforman una imagen antigua del país, sino que desenfocan notablemente la imagen del presente. En todo caso, si me permiten el anatema patriótico, dejemos descansar al mito, dejemos que Montserrat se dedique a lo suyo, y preocupémosnos por la única verdad teológica de nuestras vidas: que Pujol se dedica a lo nuestro. Y que, de eso no nos salva ni Dios por mucho que subamos a Montserrat a besar a la Virgen. Cataluña y Montserrat son cosas distintas. Habrá que empezar a decirlo a pesar del riesgo de ser excomulgados.

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