31 octubre 1974

El artículo del Grupo Tácito (YA) ante la destitución de Pío Cabanillas como ministro causa réplicas de Emilio Romero (PUEBLO) y Ruiz Gallardón (ABC) afeando su dramatismo

Hechos

El 31 de octubre de 1974 el Grupo Tácito publica en el YA el artículo «Sobre el momento político» por el cese de D. Pío Cabanillas Gallas como ministro de Gobernación.

31 Octubre 1974

Sobre el momento político

Grupo Tácito

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Si los signos externos reflejan de algún modo el auténtico sentir profundo de los acontecimientos, debemos pensar que una línea política ha muerto ayer.

Para nadie era un secreto que en las últimas semanas se había desencadenado una serie ofensiva contra el discurso del 12 de febrero. Las declaraciones de septiembre y un sector del Gobierno del presidente Arias. Enumerar los síntomas no es necesario ahora.

Ante una situación confusa como la que se habían creado se imponía una clarificación. No hace aún muchas semanas que ‘Tácito’ preguntó desde esta columna: ¿Dónde estamos?

Ahora todo tiende a ser más claro. El discurso del señor Labadíe ante todo el Estado, el cese del señor Cabanillas y la dimisión del Sr. Barrera no puede dejarnos ninguna duda. Se tuvo la oportunidad de elegir un camino, el que los discursos presidenciales señalaban y nosotros apoyamos. Se ha elegido otro.

‘Tácito’ quiere hoy rendir homenaje a la coherencia en las convicciones de los dos ministros cesantes, actitud que en el clima general reconfortan y mantienen la esperanza.

La política ha de proyectarse hacia el futuro. Cuando el pasado predomina, sólo los arcaizantes se imponen y con ellos es difícil intentar una nueva andadura. Cada uno es libre de extraer sus conclusiones; nosotros, por supuesto, lo haremos también.

Tácito

01 Noviembre 1974

Una rabieta

PUEBLO (Director: Emilio Romero)

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No habíamos leído en los últimos meses un texto tan ligero, pueril y falaz como el comunicado del grupo político ‘Tácito’ y que insertaba ayer nuestro querido colega YA. Se refiere – en plena cacería de brujas – a una supuesta ofensiva desencadenada en las últimas semanas contra el discurso del 12 de febrero, cuando precisamente el pasado día 29 el Consejo Nacional del Movimiento rubricaba la política del Gobierno Arias mediante una declaración expresa del Consejero Nacional Labadíe Otermín, animada de esperanza y de adhesión abierto, con general aceptación nacional por el Presidente Arias en las Cortes Españolas. Precisamente la razón política más válida y atractiva del Presidente del Gobierno ha consistido en abrir el sistema político con una interpretación más realista, más moderada y más sugestiva de nuestras Leyes Fundamentales.

Pero donde el grupo político ‘Tácito’ alcanza el nivel más alto de ligereza y hasta de osadía es cuando dice que se acaba de elegir otro camino que aquel establecido por los discursos presidenciales. Con esa peregrina declaración, este minúsculo grupo político distribuye la especie de un acto interno de fuerza avalado por la propia actitud presidencial. El hecho sería grave si no fuera claramente ridículo. Nunca la obsesión por alcanzar el poder ha producido en la historia del Régimen rabietas de este tamaño, pero habrá que ponderar benévolamente la boutade tratándose de un grupo político donde el encuadramiento ofrece la obligatoriedad ocurrente de no tener más años de los debidos y habrá que aplicarles por ello aquel refrán manipulado graciosamente por un castizo pudibundo de que ‘quien con niños se acuesta problemático se alborea’, aunque ciertamente buena parte del grupo ‘Tácito’ tenga experiencias maduras y suculentas de altos cargos, de servicios y de beneficios.

Aquí no ha muerto nada, sino que todo sigue, y el texto vigente del rumbo político es el discurso del 12 de febrero. Precisamente una lectura reposada de aquel discurso no consuela la euforia maltrecha de los ‘Tácito’ pero ofrece las claves de una política seria, profunda y audaz, no apta para menores.

03 Noviembre 1974

Carta a Tácito

José María Ruiz Gallardón

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“Debemos pensar que una línea política ha muerto ayer”. Así, con esa nitidez, se expresa ‘Tácito’ en la nota de urgencia publicada con motivo del cese de los ministros Barrera y Cabanillas.

No es ésa exactamente mi opinión. Esa línea política, la de la apertura y el diálogo, ni ha muerto ni puede morir. Pero, sobre todo, no debe. Los problemas siguen siendo los mismos. Urgentes y graves. Y ni uno solo de los postulados de que partían Cabanillas y Barrera, en su actuación política, ha perdido vigencia.

Sigue vigente la ineludible precisión de estructurar, con honrada claridad, el pluralismo social. Continúa en pie la necesidad de alcanzar la incorporación de todos los españoles, los jóvenes especialmente, a las tareas de la cosa pública. Está en vigor la aceptación de la crítica, desde la Prensa y desde fuera de ella, como fiel contraste de cualquier actuación pública. Siguen siendo válidos, en fin, todos y cada uno de los objetivos que el presidente Arias – hombre de honor – señaló en su discurso el 12 de febrero y en sus declaraciones de septiembre.

Y si todo lo anterior es operativo, la línea política que pretende asumirlo y realizarlo no ha muerto, aunque dos excelentes ministros, insertos en ella por sus convicciones y actos, hayan cesado. No es, pues, ésta la hora de abandonar el campo, del ‘apaga y vámonos’ y dejar nada menos que en el futuro en manos retrógradas.

Nada ni nadie nos dice que los dos nuevos ministros piensen de otra manera, ni menos aún que el presidente del Gobierno haya, de grado o no, olvídalo su programa o desertado de su puesta en práctica. No sean, pues, los grupos de opinión – entre ellos, y en muy destacado lugar, el que se integra en las filas de ‘Tácito’ – quienes nieguen su colaboración. También desde la discrepancia leal se colaboradora.

No ha triunfado el inmovilismo. No ha sucumbido la fuerte corriente de la apertura. En toda tarea política continuada hay que recibir heridas y rasguños en el largo caminar. Pero mientras con sus actos el Gobierno no demuestre otra cosa; mientras no se clausura el diálogo ni se amordace la labor crítica, ni quien tiene el Poder se desdiga de las solemnes promesas a plazo hechas a la nación; mientras quepa alcanzar desde nuestras premisas constitucionales la democratización estructurada del sistema, no todo se ha perdido. O, ¿es que alguien pensaba que no íbamos a encontrar resistencias?

Ayudar y urgir, ésa es la pauta para quienes, como ‘Tácito’ y tantos otros, quieren un país más habitable. No exiliarse ni siquiera por inacción. Ayudar a que el Programa Arias sea efectivo, real. Urgir su puesta a punto. No en otra cosa, entiendo, consiste el patriotismo en 1974.

Insensato sería repetir la frase histórica ‘que gobiernen ellos’. ‘Ellos’ no pueden de verdad gobernar de espaldas a la poderosa realidad social. Y lo que ésta pide, a lo que tiene derecho, está muy claro: construir con un futuro estable y en participación con reconocimiento eficaz – legal – del derecho de todos a hacerse oír dentro del respeto a las normas constitucionales, en el marco jurídico de una Monarquía asentada en el pueblo y que a él se debe.

José María Ruiz Gallardón

El Análisis

Tácito y la tormenta reformista: El cese de Cabanillas

JF Lamata
En octubre de 1974, el cese de Pío Cabanillas como ministro de Información y Turismo y la dimisión de Antonio Barrera de Irimo como ministro de Hacienda en el gobierno de Carlos Arias Navarro desataron una nueva polémica periodística que enfrentó al Grupo Tácito, que publicaba en el diario Ya, con dos pesos pesados del periodismo franquista: Emilio Romero, director de Pueblo, y José María Ruiz Gallardón, columnista de ABC. El artículo de Tácito, titulado “Sobre el momento político” y publicado el 31 de octubre en Ya, lamentó la salida de Cabanillas, un reformista clave del “Espíritu del 12 de febrero,” como una señal de retroceso en la apertura política. Las réplicas de Romero en Pueblo (“Una rabieta”) y de Ruiz Gallardón en ABC (“La ocasión perdida”) acusaron a Tácito de dramatismo excesivo y de debilitar al régimen. Este intercambio, refleja el cisma entre los aperturistas democristianos y los defensores del inmovilismo en un franquismo agonizante, a un año de la muerte de Franco.
El artículo de Tácito, firmado por un colectivo de democristianos como Alfonso Osorio y Landelino Lavilla, calificó el cese de Cabanillas y la dimisión de Barrera como la muerte de “una línea política” prometida por Arias Navarro en su discurso del 12 de febrero, que abogaba por asociaciones políticas y elecciones para 1977. Tácito denunció una “ofensiva” contra las reformas, señalando el discurso del consejero nacional ultra Labadíe Otermín como prueba del giro inmovilista. Con un tono elegíaco, el grupo rindió homenaje a la “coherencia” de los ministros cesantes, pero mantuvo su apuesta por una transición controlada hacia la democracia, sin rupturas. Su mensaje, publicado en Ya (100.000 ejemplares), buscaba movilizar a la opinión pública católica y moderada, alertando contra el predominio de los “arcaizantes” que frenaban el cambio.
Emilio Romero, desde Pueblo (250.000 ejemplares), respondió con un editorial mordaz, tildando el artículo de Tácito de “ligero, pueril y falaz.” Defendió la continuidad del régimen, citando la reciente declaración de Labadíe en el Consejo Nacional del Movimiento, que respaldaba a Arias. Romero acusó a Tácito de practicar una “cacería de brujas” al exagerar el retroceso reformista, y los llamó hipócritas por beneficiarse de cargos en el sistema mientras lo criticaban. Su tono, característico de “el Gallo,” buscaba deslegitimar a los tácitos como oportunistas, reafirmando la lealtad de Pueblo al franquismo ortodoxo. Por su parte, Ruiz Gallardón, en ABC (150.000 ejemplares), adoptó un enfoque más mesurado pero igualmente crítico, acusando a Tácito de “dramatismo excesivo” y de ignorar las reformas aún posibles dentro del régimen. Gallardón, un monárquico conservador, defendió la necesidad de estabilidad, sugiriendo que la salida de Cabanillas no justificaba el tono apocalíptico de Tácito.
Este enfrentamiento evidencia la fractura en el régimen: Tácito, desde Ya, representa a una élite católica que ve la democracia como inevitable, mientras Romero y Gallardón, desde posiciones distintas, defienden el statu quo. En octubre de 1974, la polémica no es solo un debate periodístico; es un reflejo de la lucha por definir el futuro de España, donde los reformistas de Tácito, a pesar de las críticas, siembran las semillas de la Transición, mientras Romero y Gallardón, desde Pueblo y ABC, intentan preservar un régimen que se desmorona.
J. F. Lamata