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El capitán de navío español Manuel Martín-Oar muere en la ‘Guerra de Irak’ en un atentado contra la sede de la ONU en Bagdag

HECHOS

Su muerte se conoció el 20 de agosto de 2003.

26 Junio 2003

Grave advertencia al gobierno del PP

Luis María Anson

Hace unos meses expliqué en esta columna que la guerra sería fácil para Estados Unidos y la guerrilla muy complicada. Bush II, en efecto, a pesar de los esfuerzos de la SER y EL PAÍS derrotó a Sadam en tres semanas. La ocupación de la nación es otro cantar. La guerrilla golpea ya todos los días y la caravana de los soldados muertos prosigue su marcha incesante.

El César ha decidido que una franja importante del territorio iraquí sea ocupada y quede a cargo de tropas españolas y polacas. España, que no ha combatido en la fácil guerra de Irak, se enfrentará a la difícil guerrilla ignífuga. No me gustan los futuribles pero voy a hacer breve referencia a lo que puede pasar.

Estamos ya en noviembre. En una emboscada muere un soldado español del militar largo que está previsto se desplace a tierras iraquíes, a partir de septiembre. Conmoción nacional. Habla por televisión la madre del soldado, también la joven y atractiva esposa, rodeada de sus dos niñitas desconsoladas. Recepción oficial a la llegada del cadáver. Retransmisión en directo del entierro primero, del funeral después, los familiares de luto, devastados de dolor como se advierte en los primeros planos que toman las cámaras. Gabilondo lo manipula todo desde la radio. Los tertulianos se ceban. Los dirigentes políticos de la oposición se despachan a gusto en la Prensa, la radio y la televisión. Anita Palacio balbucea. Interpelaciones parlamentarias. Llamazares convoca una manifestación contra la guerra. Un grupo de actores y actrices, al que la SER llama “los artistas españoles”, se suma a la vociferación. Zapatero se coloca tras la pancarta, enhiestas sus cejas de acento circunflejos. Las televisiones magnifican la inundación del estiércol, retransmitiendo todo en directo.

Diez días después caen dos soldados más en un ataque guerrillero. Se reproduce punto por punto todo lo expuesto en el párrafo anterior. Y una semana más tarde, y otra semana, y otra semana, así el goteo funerario hasta las elecciones de marzo.

¿No debería, en fin reflexionar el Gobierno y tal vez suspender, tal vez retrasar el envío de nuestras tropas a enfrentarse con una guerrilla que ni Estados Unidos ni Inglaterra con todos sus medios son capaces de neutralizar?

Luis María Anson

21 Agosto 2003

Estar a la altura

EL PAIS (Director: Jesús Ceberio)

El capitán de navío Manuel Martín-Oar, muerto en el brutal atentado contra la sede de Naciones Unidas en Bagdad, se ha convertido en la primera víctima militar española de un conflicto que empeora de día en día. El suyo será, pues, el primer féretro que recibirá nuestro país. Todas las fuerzas políticas expresaron ayer su consternación ante esa desgracia y su condena de un acto de factura netamente terrorista, con independencia de las diferentes posiciones existentes respecto al envío de tropas españolas a Irak.

A la vista de los últimos acontecimientos, no se puede seguir manteniendo la ficción de que los 1.300 soldados españoles desplazados a Irak han sido enviados en misión humanitaria a un territorio pacificado. Esa fábula gubernamental pretende tranquilizar a una opinión pública contraria a la participación española en un conflicto bélico, pero también esquivar las disposiciones constitucionales previstas para la adopción de una decisión de tanta gravedad. La nota institucional del presidente del Gobierno tras la muerte del capitán Martín-Oar persiste en ese propósito de disfrazar la participación española al sugerir que el militar fallecido se encontraba en Irak bajo el paraguas de Naciones Unidas como experto en cooperación internacional, y no como funcionario destacado en una Autoridad ocupante con la que Aznar se ha comprometido a colaborar.

Una cosa es cerrar filas en la condena de este acto de barbarie y otra muy distinta que, por haberse producido la trágica muerte de un compatriota, la oposición política y la opinión pública deban avalar las decisiones del Gobierno. Aznar exhortó ayer a los responsables políticos a estar «a la altura de las circunstancias». Pero, hasta ahora, quien no ha estado a la altura ha sido el propio Aznar. El presidente del Gobierno debía haber comparecido en el Parlamento para requerir su aprobación al envío de tropas, advirtiendo lealmente de los riesgos inherentes a esa decisión. Y sigue sin hacerlo cuando ya van a llegar los féretros que anunció en su desgraciado comentario a las puertas de Marivent. Dados la magnitud y el sombrío horizonte de un conflicto en el que decidió adoptar un papel protagonista, sorprende que Aznar siga creyendo que la descalificación de sus adversarios políticos, en términos tan burdos como los empleados tras su audiencia con el Rey, le exime de explicar qué intereses nacionales están en juego para involucrar a España en una crisis que amenaza con destruir el sistema internacional vigente desde hace medio siglo.

El brutal atentado hará más difícil encontrar una salida política a la ratonera en la que se metieron los promotores de una guerra que nunca debió tener lugar, puesto que el mensaje implícito que incorpora es que la resistencia iraquí, cada vez más inclinada a la adopción de métodos terroristas, no reconoce la legitimidad de la ONU. Y si hay algo que no necesita esta atormentada región es un nuevo foco de conflicto con alto riesgo de enquistarse, como está sucediendo en Afganistán y como de nuevo se hace evidente en Israel.

24 Agosto 2003

¿De quién es la guerra?

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Ni la desgraciada muerte del capitán de navío Manuel Martín-Oar ni el miserable atentado contra las instalaciones de la ONU del pasado martes en Bagdad pueden ser el rasero por el que se mida la eventual conveniencia o desatino de la presencia militar española en Irak, decidida por el Gobierno de José María Aznar en una firme vinculación con los intereses geoestratégicos de Estados Unidos, la superpotencia principal ocupante del país.

Con muertes por el terror o sin ellas, y con toda la condena sin paliativos que ese horror suscita, España, a través de una fuerza militar subordinada a Washington, está en Irak en persecución de unos planteamientos que nunca han sido legitimados por Naciones Unidas, digan lo que digan desde el Gobierno español. Tratar de justificar nuestra presencia allí con apelaciones a una lucha universal contra el terrorismo, con intrincados recursos éticos a comparar la lucha contra ETA a la lucha contra el terrorismo integrista es, cuando menos, un argumento falaz. Y roza la villanía acusar a la oposición de que si no apoya ese combate en Bagdad o Diwaniya contra el terrorismo integrista, se debe a su vacilación para luchar contra el terrorismo etarra.

El Gobierno del presidente Aznar ha metido a España en una operación de enorme importancia geoestratégica, pero que va francamente mal en lo cotidiano: creciente número de muertes en la fuerza de ocupación anglo-norteamericana a la que se opone una resistencia, sin duda formada por partidarios del execrable régimen de Sadam Husein, pero que incluye también a iraquíes de cualquier condición, y que, por añadidura, ha atraído a esa internacional islamista que viene actuando desde hace muchos años, en algunos casos, como en Afganistán, con el apoyo de Estados Unidos.

¿Y cuál era el motivo para intervenir en Irak? George Bush y Tony Blair están experimentando graves dificultades ante sus opiniones públicas y las cámaras legislativas de sus países respectivos, por lo que cabe describir, al menos, de grosera exageración de la amenaza real que representaba una potencia exangüe como Irak y su hasta ahora no demostrada pretensión de que Bagdad poseyera armas de destrucción masiva. España no envió durante la guerra tropas de combate a Irak, pero el presidente Aznar sí que respaldó con idéntica desenvoltura que sus colegas anglosajones la noción perversa de que el régimen de Sadam Husein constituía una amenaza inminente a nuestra seguridad.

Y así fue como se apoyaron los inútiles intentos de Washington por obtener una resolución del Consejo de Seguridad que legalizara la operación. Pero, a diferencia de Bush y Blair, el presidente español no se ha dignado dar cuenta al Congreso ni comparecer para debatir la participación española en la posguerra, que es cierto que puede tener como justificación formal, e incluso responder a lo que puedan ser las mejores y vanas intenciones del Gobierno, la reconstrucción del país, pero que una parte de la opinión iraquí ha de percibir inevitablemente como fuerza ocupante, y que, sobre todo, carece del debido nihil obstat de la ONU.

Francia, Alemania, Rusia e India se han negado a los requerimientos de Washington para enviar tropas por esa misma razón. Porque nos hallamos ante una operación bajo control exclusivo de Washington, que quiere internacionalizar al máximo la coalición militar sobre el terreno, ahora que la posguerra se le pone cuesta arriba, para diluir la apariencia de unas responsabilidades que, sin embargo, no está dispuesto a compartir. Los países citados, que se opusieron en su día a la guerra, no maquillarán ahora la posguerra haciendo de comparsas del prójimo anglosajón. Aznar, sí.

¿Y cómo se sale de todo esto? Una vez enfrascado en la presunta tarea de devolver a la comunidad internacional un nuevo Irak, bruñido de democracia y rico de petróleo, Estados Unidos tiene difícil marcha atrás, aparte de que los halcones de la presidencia de Bush pueden seguir, fácilmente, convencidos de que el camino, aunque largo y abrupto, llegará un día a buen puerto. En España, a lo que se ve, tampoco Aznar parece cambiar de opinión.

La salida sólo puede pasar por la ONU. El secretario general Kofi Annan se ha negado a enviar cascos azules, en la medida en que no vayan a ser más que una cobertura para la ocupación, pero cosa muy distinta sería si el Consejo de Seguridad aprobara la formación de una fuerza internacional que sustituyera a la ocupante, con la misión de devolver la paz a un país, en el que habría que organizar lo antes posible elecciones libres, para poner término a un conflicto con este colofón indeseado de posguerra, que tanta sangre iraquí y aliada ha costado ya. Nadie ha de llorar el derrocamiento de Sadam Husein y nadie pretende que vuelva. Pero la ocupación disfrazada de reconstrucción no es la respuesta. Esta guerra no es de España y Aznar está obligado a explicar muy claramente en el Congreso por qué y para qué estamos metidos en ella.

25 Agosto 2003

Los generales mueren en la cama

Eduardo Haro Tecglen

Conversando en la SER con Arístegui, portavoz de Asuntos Exteriores del Partido Popular, dijo que era suficiente la comparecencia de Ana Palacio ante la Diputación por la trascendencia de su cargo. Me quedé con ganas de preguntarle -mis compañeros también querían zaherirle: cómo somos los chicos de la prensa- por qué, teniendo ese puesto tal importancia, se lo han dado a Ana Palacio. Es una tradición: se lo dieron a Matutes, a Piqué, que tiene una gran ignorancia en todas las ramas del saber humano. Es una obsesión de la derecha: Franco se lo dio al pobre Alfredo Sánchez Bella. Y más atrás, a generales como Jordana. Hablábamos, con claro dolor, del desgraciado capitán de navío muerto en la guerra de Irak; creía yo que la muerte en guerra de un militar de alta vocación no debía ser asunto tan hablado, pero recordé que estaba en puesto civil; y que esto puede indicar la Muerte una víctima fácil. Me dijeron que no es guerra, que es posguerra, y que este acto no es militar, aunque se esté acusando de él a los militares iraquíes profesionales, sino terrorismo.

Me estaba rondando una frase: «Los generales mueren en la cama». Era un libro de Charles Yale. Me brotan los recuerdos de la colección de la editorial Cenit (al empezar la República), del luego amigo Juan Andrade, del POUM: encarcelado en Barcelona en medio de la guerra por los rusocomunistas, como dicen ellos; y en Francia cuando se exilió: y puso allí una librería. Aquellos libros comenzaron a formar este tonto actual -«y lo que he visto me ha hecho dos tontos», como decía un personaje de Calderón y un título de Alberti-; como El plan de la aguja, de Cendrars, o El sargento Grischa, de Arnold Zweig. Todo estaba militarizado en esa conversación de sábado: hasta el «Plan de defensa y movilización», un borrador (globo-sonda): Defensa podrá movilizar a cualquier español mayor edad, ante lo cual la oposición brama, como es natural. A veces, demasiado: Anasagasti dice: «Quieren movilizar hasta a los vejestorios». ¡Oiga, oiga, un poco de respeto! Vejestorio lo será usted dentro de poco: yo en este lenguaje soy de la tercera edad. Reflexioné, y me pronuncié por la movilización: si dejo de ser civil, y hasta civilizado, tendré más oportunidades de salir vivo y centenario. Quizá, por edad, estudios, vocación, seré cabo furriel. (Aquellos libros: los quemamos, por los registros. Pero el inconsciente no arde).

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