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Un informe parlamentario señala expresamente a William Casey (director de la CIA), Oliver North (teniente coronel encargado de los pagos) y el ministro de Justicia Edwin Meese

El caso Irangate pone contra las cuerdas al Gobierno Reagan ¿vendieron armas a Irán para financiar las Contra de Nicaragua?

HECHOS

En noviembre de 1987 se hizo público el informe parlamentario de Estados Unidos sobre el llamado ‘caso Irangate’.

 El operativo controlado por el teniente coronel Oliver North continuó hasta que las revelaciones de la prensa obligaron a su finalización.

06 Agosto 1987

La debilidad de Reagan

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

La conclusión de las sesiones públicas del Congreso norteamericano sobre el Irangate arroja un veredicto de hecho sobre la conducta del presidente Reagan en todo el asunto de la venta de armas a Irán y el desvío de fondos a la contraantisandinista. El consenso sobre el fallo parece ser el de que el ocupante de la Casa Blanca no es culpable de haber engañado deliberadamente al país, pero sí de haber dirigido una Administración plagada de espontáneos, guerrilleros en grado vario de fanatización, en la que se practicaba de manera total la apreciación de Felipe II de que la mano izquierda no supiera lo que hacía la derecha, ni ningún otro miembro de su anatomía.Las sesiones del Congreso, que comenzaron con grandes expectativas sobre la profundidad de las revelaciones en torno al protagonismo de Reagan en todo el conflicto, que tuvieron su punto culminante en la declaración del teniente coronel Oliver North, han concluido en un visible marasmo de datos, confusiones, rectificaciones y caos del que sólo queda claro lo oscuro del funcionamiento de las oficinas presidenciales.

A diferencia de lo sucedido con la investigación del escándalo de Watergate en 1974, en la que había una presa universal a la que perseguir, el presidente Nixon, la pesquisa del Congreso se ha orientado ahora hacia algo mucho más intangible, el funcionamiento de un monstruo burocrático, él engranaje de un, estilo de Gobierno que producía la ilegalidad por su misma esencia. Posiblemente los desafueros del Irangate tengan un carácter más grave que los de Watergate precisamente porque aluden al funcionamiento normal de la maquinaria del Estado y no a una trapisonda electoral como la que acabó con Nixon. Pero ha faltado en todo momento en la investigación presente la voluntad de buscar el cuerpo a cuerpo presidencial.

El que la encuesta no haya aclarado demasiado el problema de las responsabilidades, salvo en la medida en que Poindexter reconoció haber obrado por cuenta propia, y que North haya logrado reavivar el apoyo popular a la contra con su alegato sobre la presunta ocupación del hemisferio a partir de Nicaragua por parte del marxismo soviético, no significa que la Administración haya cerrado ese capítulo con ganancias. Por el contrario, hay un consenso general de que la presidencia de Reagan difícilmente se repondrá de los estragos causados por las revelaciones sobre su desganado estilo de gobierno.

El presidente podía no saber lo que se estaba haciendo a sus espaldas con el desvío ilegal de fondos a la contra, pero precisamente lo grave ha sido que no lo supiera. Ni todo el optimismo contagioso que el presidente sea capaz de desplegar en los meses venideros podrá borrar esa realidad de la mente de aquellos que dan crédito a sus declaraciones. Para, la mayoría, en cambio, que, según las encuestas, no cree en lo que alega en su defensa, la cuestión se reduce a admitir que Reagan pura y simplemente miente.

Finalmente, a partir del hito constituido por las sesiones del Irangate, puede considerarse iniciada la carrera a la sucesión presidencial. Con un Reagan visiblemente debilitado, tanto los aspirantes republicanos, George Bush y Robert Dole principalmente, como los siete oscuros demócratas que luchan por la candidatura, han de tratar de llenar ese vacío. Una o más alternativas sucesorias urgen más que nunca porque la presidencia de Reagan no será ya la misma de aquí a su final, anunciado en enero de 1989.

11 Julio 1987

North, el ideal y la ley

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

EL INTERROGATORIO del teniente coronel North por la comisión del Congreso de Estados Unidos ante las cámaras de televisión ha colocado al presidente Ronald Reagan en una situación muy difícil. El tema que ha concentrado la atención, tanto de los que realizan el interrogatorio como de los que siguen sus incidencias, es si Reagan estaba al corriente de la utilización de fondos provenientes de la venta de armas a Irán para ayudar a la contra nicaragüense en un momento en que el Congreso había prohibido por ley que esa ayuda continuase. Este punto es importante, porque Reagan se ha hecho fuerte en la negativa de que él tuviese conocimiento de ese aspecto del Irangate.Desde que el escándalo saltó a la publicidad, en noviembre pasado, el presidente se ha visto obligado a reconocer en otros puntos -como el intento de intercambiar armas por rehenes- que no había dicho la verdad. Si ahora apareciese una prueba clara de que Reagan estuvo al corriente de la utilización de esos fondos para la contra, todos sus anteriores errores o falsedades cobrarían una gravedad redoblada. El no saber de Reagan en ese punto concreto se ha convertido en piedra de toque de lo que le queda, no mucho, de credibilidad. Las acusaciones del teniente coronel North han sido gravísimas, pero se ha parado en la línea tras la cual la acusación recaería directamente sobre Reagan. Ha reivindicado, incluso con orgullo, todas las operaciones ¡legales cometidas desde el cargo que ocupaba en el Consejo Nacional de Seguridad.

El aspecto más nuevo de lo dicho por North es que ha ampliado considerablemente la lista de altos cargos de la Administración que estaban al corriente e incluso le felicitaron por su actividad notoriamente

¡legal: no sólo su superior directo (el almirante Poindexter) y el jefe de la CIA (Casey, hoy desaparecido), sino varios miembros del Gabinete, como Shultz y Meese, o el secretario de Estado adjunto Abrams, entre otros. Además, North ha dicho que él estaba convencido de que Reagan había dado su aprobación. No obstante, no habló de ello con Reagan y no tiene pruebas de que éste estuviese al corriente. Es como una última tabla de salvación que le queda a Reagan.

Ahora, la atención se centra en la próxima comparecencia del j¿Ib del Consejo Nacional de Seguridad, almirante Poindexter. Si North puede decir que él creía contar con el apoyo de Reagan a través de sus superiores, Poindexter no podrá decir lo mismo. Sobre este punto tendrá que escoger: o bien él escondió el tema a Reagan -y justificar tamaña anormalidad no le será cómodo-, o bien Reagan estaba al corriente y, por tanto, ha mentido al pueblo. El cerco aprieta cada vez más al presidente.

A pesar de esta evolución de la encuesta del Congreso, nadie en el mundo político de Washington parece tener interés en que las cosas lleguen a un punto en que la continuación de Reagan en la Casa Blanca resulte imposible. Ello provoca una evidente moderación en muchos comentarios. El prestigio de Reagan está por los suelos, pero es algo ya casi asumido. No se maneja alternativa a un Reagan muy disminuido en la Casa Blanca durante el año y medio que queda de la actual presidencia, incluso si las negociaciones de Ginebra dan el resultado esperado.

Los hechos que están saliendo a la luz ante la comisión del Congreso estadounidense no pueden ser considerados solamente en función de si Reagan ha dicho o no la verdad. Está surgiendo un aspecto más grave: las declaraciones de North -y más aún su personalidadponen de relieve que puestos decisivos en la política exterior y en la dirección de órganos con enormes poderes han sido desempeñados por personas que, por fanatismo político, han realizado en nombre de EE UU una especie de política exterior privada, contraria a las decisiones del Congreso. Son personas que desprecian los órganos elegidos por el pueblo -North no lo disimuló- y consideran el respeto a la ley como algo secundario. Para ellas, su ideal -en este caso la lucha contra el sandinismo o el comunismo- lo justifica todo. Pensando en antecedentes en otras latitudes, es un espectáculo que da escalofflos.

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