4 abril 1990

El concejal madrileño Ángel Matanzo (PP) amenaza con cerrar Café Centrál, provocando críticas en prensa, el edil replica a Francisco Umbral

04 Abril 1990

El concejal Matanzo amenaza con cerrar un café tras discutir con una clienta del local

Javier Lorenzo

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El concejal Angel Matanzo exigió el lunes por la noche al encargado del Café Central que le enviara al día siguiente «toda la documentación del local» en represalia por un incidente que tuvo con una clienta del establecimiento. Matanzo entró a las 10,30 de la noche en el Café, se acercó a la barra y pidió de beber para él y su séquito. El Café Central, uno de los escasos locales de Madrid en los que se puede escuchar jazz a través de sus más prestigiosos intérpretes, había sido escenario apenas una hora antes de la presentación del libro «Jazz AZ», escrito por los críticos británicos Peter Clayton y Peter Gammond y traducido por José Ramón Rubio.

Cuando el concejal salía, un grupo de jóvenes entabló una conversación con él que transcurrió normalmente y versó sobre los temas lógicos: el cierre de locales, el mercado artesanal de la Plaza de Santa Ana y la destrucción de la cultura popular. El concejal, por su parte, hacía especial hincapié en la seguridad. En ese instante, una mujer se acercó al corrillo y espetó al concejal: «Matanzo, me das asco. Te daría con este vaso en la boca». Los guardaespaldas del concejal se apresuraron a sujetar a la joven, que tampoco había hecho ademán de llevar a cabo sus palabras. Angel Matanzo salió del local hecho una fiera. No gritó, pero a través de las cristaleras se le veía gesticular rabioso. Poco después, uno de sus acompañantes entró de nuevo en el Café Central y pidió al encargado, Gerardo Pérez, que saliera al exterior. Una vez allí, la conversación que se desarrolló alcanzó cotas kafkianas. Lo primero que oyó Gerardo Pérez del concejal fue la siguiente frase: «Mañana vendré a recoger toda la documentación del local; las licencias, todo, y como algo no esté en regla os vais a enterar». El encargado, que no sabía absolutamente nada, se puso lívido y preguntó que a qué se debía ese requerimiento. Matanzo fue explícito: «Yo he venido a este local a tomar algo y a escuchar jazz -porque a mí me gusta el jazz- cuando ha venido una señorita y me ha insultado. Yo soy muy pacífico, pero eso no se puede consentir».

El encargado del Café Central alegó que lo lamentaba profundamente -más tarde llamó la atención a la joven, que ignoraba lo sucedido, que los empleados le habían atendido correctamente y que él no podía hacerse responsable de lo que pudieran decir sus clientes. Estas explicaciones, apoyadas por un acompañante de Matanzo, fueron desoídas por el concejal, que reiteró sus amenazas y finalmente añadió: «A ver si os enteráis que yo he nacido en la Plaza de la Cebada y no soy ningún gil. Que yo también hago surcos en el suelo y que esa señorita a mí me come la p… Así que ya lo sabes. Mañana quiero en mi despacho toda la documentación y, si no, os cierro el local». Ayer a las cuatro de la tarde, los dueños del local aún no habían recibido la visita de ningún funcionario del Ayuntamiento.

09 Abril 1990

Ángel Matanzo: «Si hay bandidos, es lógico que me llamen el sheriff»

Entrevista de Antonio García

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EL MUNDO.- Le acusan de querer cargarse la «movida».

ANGEL MATANZO.- Quiero que prevalezca la ley y las ordenanzas municipales. No tengo nada en contra de la movida, la prueba es que he alternado muchas veces. Sólo es que el local esté acondicionado, tenga sus licencias y un permiso del órgano competente para hacer actuaciones en directo. Ni más ni menos.

EL MUNDO.- Estos locales funcionan desde hace tiempo ¿Hay que arreglarlos de golpe?

A.M.- ¿Es que alguién duda que hacen falta muchos años para poderlo hacer? iSi sólo se ha empezado! El distrito Centro tiene una población flotante de más de un millón de personas diarias. Y aquí están todos los sitios de diversión.

EL MUNDO.- Pero desde hace años a estos establecimientos se les permitía…

A.M.- No se les permitía. Hubo permisividad, se dieron licencias que no se tenían que haber dado y hoy se sufren las consecuencias. Llevar eso a buen término es muy difícil y encima la gente se enfada, sin saber que se les beneficia.

EL MUNDO.- ¿Por qué?

A.M.- Si hay un siniestro en cualquier local y no está legalizado, está pagando a lo mejor un seguro que no le sirve para nada. Si tiene actuaciones y no cuenta con licencia de apertura y nada en regla, el seguro mañana se exime de ello.

EL MUNDO.- Lo de los artesanos de la plaza de Santa Ana va para largo.

A.M.- Va para corto. Son las ordenanzas. Sólo tuvieron un permiso de seis meses que dio un concejal que había aquí y que cumplió en el año 82. No se puede hacer un centro comercial de una plaza pública, que es del pueblo de Madrid, no de 20 personas.

EL MUNDO.- Sí. Pero hay incidentes todos los sábados.

A.M.- Los conflictos los hay porque ellos quieren seguir yendo, pero no se van a poner ni van a vender.

EL MUNDO.- ¿Se van a realizar obras en Santa Ana?.

A.M.- Ya se está haciendo el proyecto. Va a ser una cosa más bonita. Si se habla de cultura hay que preguntarse por qué se quitó un ajedrez viviente, con personas, que había en esa plaza. Aunque no hay nada pensado de momento, mi lujo es que se hiciera una plaza castiza, con un templete con música y una fuente decorativa.

EL MUNDO.- ¿Que piensa del centro para prostitutas que quiere hacer la Comunidad?

A.M.- Si los vecinos del distrito no lo quieren habrá que escucharles. Yo soy un concejal elegido por el pueblo y hago lo que quieren mis vecinos.

EL MUNDO.- Volviendo a los locales, ¿qúe criterio se aplica en las inspecciones?

A.M.- Según van saliendo en el ordenador las denuncias de los vecinos se van haciendo. Aquí no hay privilegios con nadie. Y a nadie se le va a cerrar, que esa palabra es muy fea. Es apercibir de precinto o precintar, porque luego se va a desprecintar cuando subsanen las irregularidades. Otra cosa es si la delegación del Gobierno les da el permiso de actuaciones en directo. Yo no quiero hacer daño. Voy haciendo todas esas inspecciones porque si mañana hay cualquier siniestro será culpable el que no haya cumplido las reglas del juego.

EL MUNDO.- ¿Y cuántos locales están precintados?

A.M.- Yo no puedo saberlo. Muchas veces no es culpa mía. Hay locales que se han precintado porque ha venido la orden, yo la he firmado y ni me he enterado del local que es. Han sido los propios funcionarios que por las denuncias han ido a verlo, y yo ni me he enterado. Sólo cuando lo firmo, claro. Lo leo y cumplo con mi obligación. Hay sitios que se han precintado sin yo saber quien era el dueño. Hay propietarios que se han dado cuenta de que lo que hago es por su bien.

EL MUNDO.- Y del festival que se ha organizado al parecer en su contra ¿qué me dice?

A.M.- Pues hombre que yo no me creía que iba a ser tan famoso. Cómo iba a pensar que iban a hacer un concierto en mi honor. No me van a ofender ni me siento ofendido. Al revés, algún día me alegraría darme la mano con muchos de ellos.

EL MUNDO.- ¿Está respaldado? ¿Ha pensado en dimitir?

A.M.- Me siento totalmente respaldado. En un momento pensé que si el pueblo no estaba conforme con mi gestión lo digno era irse por la puerta grande. No estoy aquí para llevarme el dinero ni para cosas deshonestas. Cuando el pueblo respondió apoyándome me vi en la obligación de no dimitir. Puedo en un momento estar en desacuerdo con alguién que esté por encima de mí en el equipo de gobierno. Eso no quita para que no sea un hombre respetuoso. Tengo un teniente de alcalde hombre de mi partido que, municipalmente, todo lo que sé lo he aprendido de él y le tengo un gran cariño.

EL MUNDO.- ¿Y por el alcalde, se siente respaldado?

A.M.- Si no lo estuviera me habría cesado como concejal del distrito, aunque no del escaño, que es del PP. Ahora, si José María Aznar me dice mañana que deje el escaño, inmediatamente lo dejo. Nunca me iría a un partido mixto ni tomaría represalias. No hay dinero para comprarme, y no será que no lo han intentado. Soy un hombre de partido. Y José María Aznar ha sido un acierto por parte de don Manuel y del partido elegirlo como presidente.

EL MUNDO.- Tiene un negocio de carne próspero. Hay quien dice que financia al PP.

A.M.- Es incierto. Yo pago una cuota como afiliado más o menos normal. Ahora eso sí, si le hiciera falta a mi partido, hasta mi sangre se la daría.

EL MUNDO.- Se le critica su forma de expresarse, sin pelos en la lengua.

A.M.- Es patrimonio de cada hombre el expresarse como lo siente y no con hipocresía. Nunca he presumido de ser hombre de carrera, soy un hombre del pueblo, un edil de a pie. Soy clase humilde pero muy honesta.

EL MUNDO.- Le comparan con un sheriff.

A.M.- En el «western» al sheriff los nombran para defenderse de los bandidos. Si en Madrid hay bandidos es lógico que me llamen el sheriff, pero no me creo ningún sheriff. Yo sólo me creo Angel Matanzo España.

10 Abril 1990

Matanzo (y cierra) España

Rafael Torres

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DON Angel Matanzo España, un hombre que ni siquiera acierta a expresarse con claridad, y mucho menos con propiedad o con gracia, está convencido de que viene a salvamos. Ante semejante amenaza, cabe pensar que en alguna reencarnación anterior los madrileños han sido muy malos, y en ésta les toca purgar, y sufrir. Desde la irrupción de don Jesús Gil y Gil en la vida social de la urbe, no se había visto nada parecido. Madrid, que no es que se haya criado con el refinamiento de Alejandría, Efeso o Atenas, sí ha hecho gala a traves de la historia de una cierta clase. El ansia de ser y saber de sus naturales les llevaba, hace menos de un siglo, al teatro, a ver los sainetes de Arniches para quedarse con el habla cultista y estrambótica de sus personajes, y hasta en los mismísimos corros de las cigarreras de Embajadores o de las verduleras del mercado de La Cebada latía la pasión por el lenguaje, a menudo desgarrado, pero siempre plástico y preciso. Gil primero, Matanzo después, rompen salvajamente esa tradición. Terradillos, un viejo maestro de retórica, sostuvo hasta su muerte que hablar mal es consecuencia directa de pensar mal, abruptamente, sin orden ni concierto, y lo más probable es que el hombre tuviera más razón que un santo. Las cosas que Matanzo dice (y que, por pudor y respeto a los lectores, malamente podrían reproducirse aquí) no las dice así porque no sepa decirlas de otra manera, sino, y esto es lo horrible, porque son exactamente las que quiere decir. No obstante, si todo quedara en palabras, no iríamos mal, pero basta darse un garbeo cualquier sábado por la plaza de Santa Ana para comprobar que del dicho al hecho, para Matanzo, no hay el menor trecho. Lo que hasta su funesta llegada a la concejalía de Centro era un espacio de comercio digno, animado, informal y pintoresco es hoy un Tiananmen tomado por la policía, y eso por no hablar de las pintadas que enpuercan fachadas y aceras, en las que unos supuestos «vecinos» manifiestan su solidaridad con ese súbito e implacable azote de la artesanía. Ignoro si Matanzo cuenta con la confianza municipal de Agustín Rodríguez Sahagún y con la confianza política de José María Aznar, aunque de ser así ambos demostrarían escasa perspicacia municipal y política, pero de lo que no me cabe duda es que un personaje así, tan iluminado como con pocas luces, tan vulgar, tan poco versado en el arte de hacerse querer y respetar por sus convencinos, es un castigo que los madrileños, aunque hayan sido unos monstruos en sus reencarnaciones anteriores, no se merecen. Don Angel Matanzo España viene, sin que nadie se lo haya pedido, sin que nadie le haya llamado, a salvarnos, y ya sabemos lo que ocurre cuando alguien se empeña en hacernos felices a la fuerza, que tardamos cuarenta años en reponernos un poco del disgusto. Pero que pretenda, encima, salvarnos con ese verbo que se gasta, supera cualquier capacidad de aguante.

12 Abril 1990

El sherif

Franscisco Umbral

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POR las últimas actuaciones y entrevistas (tal que ayer en este papel) del concejal Matanzo, uno se está llenando de la alegría nostálgica de ver que la derecha eterna, o sea la de mi infancia y postguerra, vuelve donde solía: al fanatismo. A medida que el joven Aznar se esfuerza más en postmodernizar su partido, no dejan de salirle legitimistas e integristas que le estropean el invento, de las canonizaciones de Wojtyla a las depuraciones de Matanzo, concejal del PP, pasando por Naseiro. Por mi partido daría la sangre y por Aznar el escaño. Lo cual que Matanzo España no es un sheriff, sino algo peor, un fanático. Y Matanzo, que tiene las luces justas que cabe esperar de un concejal, no se ha enterado de que la derecha ya no necesita fanáticos, como el Papa no se ha enterado de que la Iglesia ya no necesita mártires, y menos si son de la Cruzada militar y bancaria de Franco. Los fanáticos han hecho mucho daño a la derecha y los mártires han hecho mucho daño a la Iglesia. Las han resellado de sangre. Me pregunta desde su radio la ágil y misteriosa Elvira Huelbes, que es algo así como una Cruella de Vill en progre y bella: ¿Por qué o por quién se flagelaría usted? -Por gusto, como los místicos y los mártires. La Iglesia es masoca, la derecha es sádica y Matanzo es tonto. Los tontos han masoquizado siempre las grandes causas de la derecha o la izquierda, bien sean mártires o concejales. Claro que no es sólo el buen Matanzo. La derecha municipal se ha sacado ahora una Cruzada (los cruzados necesitan vivir siempre en Cruzada) para «recuperar el Retiro». Van a por el Retiro como los Templarios, o los que fuesen, a por los Santos Lugares. Tienen por Reina Ginebra a doña Esperanza Aguirre, que es una Ginebra consistorial de agua de mesa. ¿Y qué es lo que hay que recuperar en el Retiro, y para quién? El Retiro, como la libertad (el Retiro es nuestra mejor metáfora roussoniana de la libertad) no se otorga, sino que está ahí, natural y matinal, desde siempre, para los hombres libres. La República abrió al pueblo de Madrid la Casa de Campo y el Ayuntamiento de centro/derecha quiere cerrarnos el Retiro. Porque cuando se proponen «recuperar» una cosa, su desgracia es que lo consiguen. Y si no, mire usted cuando Franco se propuso recuperar España. Lo hizo con la gorra, vamos. Con la gorra de requeté. Hay como una disfunción entre los afanes democratizadores y post/Villena del nuevo PP de Aznar y los afanes fundamentalistas, integristas, legitimistas, municipales y fanáticos de Matanzo, doña Esperanza Aguirre y Naseiro. Matanzo ofrece su sangre a Aznar. Semprún y Campmany tuvieron hace poco una controversia sobre eso de la sangre. Decía Campmany que él sólo había pedido sangre, una vez, para la Cruz Roja. José María Aznar, señor Matanzo (y a ver si en España dejamos de una vez tranquila la sangre, que la cosa ya empezó sangrienta con Calvino y el español Miguel Servet), Aznar, digo/decía, no necesita sangre, sino votos. No necesita sangre como no sea para alguna transfusión, y a lo mejor, con ser del mismo partido, no son ustedes del mismo grupo (sanguíneo). En cuanto a los votos, un fanático nunca aporta votos a lo que fanatiza. Más le valiera a la derecha municipal dejar en paz la zona Centro, la plaza de Santa Ana, el Retiro, la artesanía, las rubias y ácidas catacumbas de la postmovida, cosas todas que van a su aire y son la poca o mucha libertad que nos queda, la ventilación ciudadana y la higiene mental de todo madrileño que necesite, como Mingote, huir del otro Madrid, que es el de la velocidad parada de las calles, la chatarra postindustrial de nuestros coches, la prisa ambiental y la contaminación moral que hace un hongo atmosférico sobre la Cibeles.

21 Abril 1990

Mi Cristal

Ángel Matanzo España

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Que a un político le llamen tonto, fanático y no sé cuantas lindezas más, todas por el estilo, sin otro fin que descalificarle, no es medicina que a uno le agrade. Y, por otro lado, rivalizar dialécticamente con un excandidato a uno de los sillones de la Real Academia de la Lengua no está al alcance de todo ciudadano, aunque se le hinchen los atributos más íntimos. Y, ni mucho menos está a mi alcance; ni lo pretendo. Por tanto, lejos de mi ánimo polemizar con Francisco Umbral, que ha publicado en EL MUNDO, durante esta Semana Santa, dos artículos que, creyéndolos injustos, me han resultado dolorosos. Son dolorosos porque cuando uno va de buena fe por la vida, y se encuentra con la bofetada de la imcomprensión, duele más si ésta viene de un personaje de categoría intelectual. Porque si no te comprenden ciertas personas, puede pasar, porque se llega a pensar que los pobrecitos no tienen las suficientes entendederas. Ahora bien, si el que no te comprende es Umbral no queda más remedio que pensar que o de verdad estás haciendo el tonto o, tal vez, con suerte, que no te has expresado convenientemente.

Como yo, quizás, soy lo suficientemente tonto, como para no creerme de esta condición, me atrevo a pensar -si se me dejaque no me he expresado con claridad. 0 que no vendo bien mis actuaciones. Por ello, voy a tratar de explicarlas. Vaya por delante que quien ésto escribe no está en la política para robar, ni honradamente, aunque mis cortas luces no lleguen a entender cómo pueden unirse estos dos términos. No todos los políticos somos iguales y eso lo sabe el pueblo, aunque se le quiera emborrachar con otras ideas. Claro que hay políticos corruptos, unos más listos y otros más torpes, pero pienso que son minoría. Lo que ocurre es que, con que salga uno, el ruido que se arma es enorme por la resonancia pública de los políticos. Y cuanto más encumbrado se halle, naturalmente es mayor el vocerío. Pero estoy convencido de que el índice de perversidad que se da en esta profesión no es mayor que el que se opera en el resto de profesiones y oficios. Es el que afecta a todo el género humano. Por consiguiente, estimo que existe corrupción entre abogados, sacerdotes, médicos, periodistas, fontaneros, carniceros…, entre otros muchos. Pero, vayamos a la política. Yo no soy profesional de la política, como todo el mundo sabe, pero accidentalmente, porque mi partido me lo pidió, tengo una dedicación política, a la que me he entregado con entusiasmo. Cuando alguien está al servicio del pueblo y se entrega totalmente a unos ideales puede parecer ‘ -pues esa idea es la que ha sacado el Sr. Umbral- que uno es un fanático. Si, en cambio, uno hace de los ideales simplemente un adorno, que ahora me pongo y ahora me quito, de forma que no se encuentre rebozo en cambiar de equipo, como si de un futbolista se tratara, y se transforma en un tránsfuga, a buen seguro que al político no se le tacha de fanático. Pues ésto, nada más y nada menos, quería yo dar a entender cuando se me ocurrió lo de dar la sangre y el escaño. Yo me entrego por unos ideales y, si algún día cambio de opinión, porque a lo mejor pienso que mi partido no va por donde yo quiero, entonces el escaño, mi puesto de concejal, es de mi partido. No prentendo salvar a nadie. Unicamente, salvarme yo, que no es poco. Y para salvarme, para salvar mi responsabilidad, no adopto el papel de Pilatos, porque creo que no es el papel de un político decente, sino que tengo que ponerme del lado del bien común y del respeto a la legalidad. Y eso lo tengo tan claro que mi forma de obrar puede parecer excesivamente tajante pero nadie podrá tacharme de favorecer intereses particulares o de inhibirme de mis responsabilidades. Es ahí donde está el camino de salvar mi responsabilidad y de no defraudar a los madrileños que han puesto la confianza en mi partido.

Quiero explicar mi postura en cuanto a la regulación del ejercicio de actividades mercantiles en la vía pública, por si no he sido capaz de hacerme entender. El ejercicio de estas actividades debe quedar sometido a una normativa especial, con el fin de evitar que nuestra ciudad se convierta en un abusivo mercadillo, sin orden ni concierto. En definitiva, en un zoco moruno. Hay que considerar el derecho de nuestros ciudadanos, legalmente establecidos, con cuantiosas inversiones, que pagan sus impuestos, a no sufrir una competencia privilegiada por su escasa inversión. El Ayuntamiento además debe cuidar el aspecto sanitario de la venta de productos alimenticios -¿se acuerdan de la colza?, la facilidad de circulación de vehículos y peatones, evitar las incomodidades -ruidos, por ejemplo- para el vecindario, impedir el ejercicio de actividades ilegales tan perniciosas para la comunidad como la venta de droga, eliminar obstáculos que hagan difícil la rápida evacuación de edificios en caso de siniestro. Pero existen más problemas que no llegan a oídos de los menos avisados, y es raro que entre éstos se cuenten personas que por su oficio debieran comportarse como aventajados receptores y uno es el que supone el ruido, que, en bastantes ocasiones, produce la necesidad de tratamientos psiquiátricos. Este problema a lo mejor no se percibe, pero es real y lo viven los vecinos más cercanos, que llegan a sufrir insomnio. Estamos decididos, en el caso de la Plaza de Santa Ana, como en cualquier otro asunto, a actuar dentro de la legalidad defendiendo los intereses y derechos de la mayoría de los madrileños. La plaza debe ser apacible lugar de esparcimiento para uso de todos, sin exclusivismos mercantilistas ajenos a su tradicional destino. Si con mis palabras he contribuído a disolver el mal gusto que, entre mis amigos y votantes, pudieran haber dejado los artícuios del señor Umbral, me daré por satisfecho. Yo he dado mi visión, que tampoco pretendo convertir en dogma. Como hombre de la calle, tengo siempre muy presente el refranero y los dichos populares. Ahora mismo me estoy acordando de aquello de: «En este mundo traidor/ nada es verdad ni mentira/ todo es según el color /del cristal con que se mira.»