12 junio 1976

El nuevo presidente Alberto Demicheli

El Consejo de Estado de Uruguay destituye al dictador, Juan María Bordaberry, por intentar radicalizar su régimen

Hechos

El 12.06.1976 D. Juan María Bordaberry fue depuesto como presidente de Uruguay.

Lecturas

Juan María Bordaberry era dictador de Uruguay desde junio de 1973. 

El 16 de junio las Fuerzas Armadas dieron a conocer sus discrepancias con Borbaberry mediante un comunicado:

«(…) Esas discrepancias se materializan:

  1. En que el presidente de la República no acepta el futuro funcionamiento de los partidos políticos tradicionales. Entiende que éstos no tienen cabida en el Uruguay del futuro. Propone en substitución de la vigencia de ellos, la promoción y desarrollo de corrientes de opinión que en definitiva vendrían a ocupar el vacío dejado por aquéllos. En cambio, las FF. AA. no quieren compartir el compromiso, la responsabilidad histórica, de suprimir los Partidos Políticos Tradicionales.
  2. El Presidente de la República no acepta el pronunciamiento popular a través del voto, porque considera que esa práctica en las democracias actuales es algo superado, argumentando que el voto solamente se debe requerir a los ciudadanos a través del referéndum o plebiscitos, sobre puntos o temas específicos que el Poder Ejecutivo considere conveniente. En contraposición a esto, las FF.AA. sostienen que la soberanía está radicada en la Nación y que, entre otras cosas, una forma auténtica de expresión de esa soberanía, es el voto popular (…)».

Bordaberry morirá en 2011.

El Análisis

La caída de Bordaberry y el rumbo incierto de Uruguay

JF Lamata

El Consejo de Estado ha destituido a Juan María Bordaberry, el presidente convertido en dictador que el 27 de junio de 1973 liquidó el sistema democrático uruguayo. Su mandato, bajo el pretexto de combatir la subversión tupamara y frenar el avance de la izquierda, se convirtió rápidamente en un régimen de excepción en el que la suspensión de libertades, la censura y la represión fueron norma. Aunque Uruguay no alcanzó las cifras de desapariciones masivas de la Argentina de Videla o la dictadura chilena de Pinochet, sí hubo centenares de presos políticos, denuncias de tortura sistemática y un deterioro moral y social que dejó heridas profundas en un país que había sido emblema de la democracia latinoamericana.

Su caída no fue fruto de la presión popular, sino de la propia lógica del sistema que él mismo había entregado a los militares. Bordaberry quiso radicalizar aún más el rumbo del “proceso cívico-militar”, aspirando a disolver cualquier vestigio institucional civil y a imponer un modelo corporativista inspirado en el franquismo español. Pero esa pretensión incomodó a los mandos, que preferían mantener un esquema de dictadura militar más pragmática y menos ideologizada. El resultado fue su destitución y sustitución por Alberto Demicheli, un civil dócil, que servirá como fachada de continuidad para las Fuerzas Armadas. El modelo que se abre para Uruguay no es aún la recuperación de la democracia, sino la consolidación de una dictadura gestionada directamente por los uniformados.

El pueblo uruguayo recuerda a Bordaberry con amargura: el hombre que, electo presidente, traicionó la tradición republicana para sumir al país en la represión. Tras su destitución vivió alejado de la política, pero la historia le alcanzó: décadas más tarde fue procesado y condenado por violaciones a los derechos humanos, falleciendo en arresto domiciliario en 2011. Su nombre quedará asociado al inicio de la larga noche autoritaria uruguaya, un símbolo de cómo la democracia puede morir no solo bajo los tanques, sino bajo la firma de un presidente que decide entregar su país al silencio y al miedo.

J. F. Lamata