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Éxito de Steven Spielberg con su 'American Beauty'

Premios Oscar 2000 – El director de cine Pedro Almodóvar logra con ‘Todo sobre mi madre’ el tercer Óscar para el cine español en Hollywood

HECHOS

El 27.03.2000 D. Pedro Almodóvar recogió el Oscar a mejor película de habla no inglesa por ‘Todo sobre mi madre’.

PRINCIPALES PREMIOS:

Mejor Película – ‘American Beauty’ (producida por Steven Spielberg).

Mejor Director – Sam Mendes (‘American Beauty’).

Mejor Actriz – Hillary Swank (‘Boys don´t cry’).

Mejor Actor – Kevin Spacey (‘American Beauty’).

Mejor Actriz Secundaria – Angelina Jolie (‘Inocencia Interrumpida’).

Mejor Actor Secundario – Michael Caine (‘Las normas de la casa de la sidra’).

28 Marzo 2000

'Almodovaria'

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Pedro Almodóvar, nuestro manchego más internacional, ha redondeado un fin de siglo excepcionalmente amueblado de premios al obtener el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa por Todo sobre mi madre. El éxito, nada inesperado, había venido gestándose a la vista del público durante todo 1999, con una galería de galardones que, por lo bien orquestados y mejor graduados, no resultan menos merecidos.En mayo del año pasado, el Festival de Cannes fue el primer gran escenario que aclamó la más reciente creación de Almodóvar, que, a falta de la Palma de Oro, obtuvo el premio a la mejor dirección y, estruendosamente, el favor del público; posteriormente, la Academia de Cine de España eligió la película para concurrir a la gran fiesta de los oscars, y un salpicado de distinciones, entre ellos los Goya españoles y los Globos de Oro estadounidenses, fueron preparando el ambiente como en una carrera de obstáculos para llegar a esta última coronación made in Hollywood.

El galardón, que ya acarició Almódovar con Mujeres al borde de un ataque de nervios, es un reconocimiento también -y por esta vez no se trata de un tópico- al nuevo cine español, tan nuevo que lleva más de 20 años en el candelero, puesto que es ya el tercer premio a la mejor película en lengua no inglesa, tras los éxitos de Garci y Trueba. Un cine español que tiene posiblemente una de sus mejores cualidades en su fenomenal desparpajo, al tiempo que su mayor insuficiencia relativa sería, quizá, la de una cierta dificultad para proyectarse al exterior, para adecuarse a un público que no tiene por qué saber dónde están las Ramblas ni la Cibeles. Y ahí puede que se esconda una de las claves del éxito de la Almodovaria. Su cine se celebra en Francia, arrolla en Italia, hasta se le rinde, aun con su parsimonia habitual, el Reino Unido, y provoca delirios en Hollywood.

¿Por qué es tan traducible el cine de Almodóvar? Sin pretensiones de sociología instantánea, cabe que sea porque a los públicos foráneos les parece muy español, a la que vez que muy contemporáneo; porque aun estando en sintonía con un tiempo de especial desenvoltura en usos, gustos y costumbres, sigue teniendo un sello tan personal como probablemente nacional, si es que palabra tan manida tiene todavía algún significado cultural. Por eso, el triunfo de Almodóvar lo es del cine español. Enhorabuena.

28 Marzo 2000

Bellezas americanas

Ángel Fernández-Santos

Hay que irse muy atrás, al Hollywood clásico o a la loca y efímera aventura de su reinvención en los años setenta, para encontrar unos oscars tan convincentes y que den tan poca carnaza para hacer ahora, a la mañana siguiente, un recuento irónico y malvado de su noche, hasta el punto de que el cronista echa de menos el siempre proverbial y siempre divertido recuento de los disparates habituales y tiene dificultades para arrancar ante tantos y tan desacostumbrados aciertos como los que oyó en el Shrine Auditorium de Los Ángeles en la madrugada del lunes.Parecía, y finalmente fue inevitable, el triunfo de American beauty en cinco de los apartados esenciales de la creación de cine. Al final de la carrera, durante las últimas semanas, y no sin fundamento, se tambaleó algo con tanta seguridad en la victoria de este admirable filme, ante la presión suave pero creciente de Las normas de la casa de la sidra, una película hermosa y llena de excelencias que, por razones que se me escapan, pasó inicialmente inadvertida en su país mientras a unos cuantos nos secuestraba en su estreno veneciano, sobre todo porque dentro de ella estalla hasta alcanzar los alrededores de lo insuperable el talento de Michael Caine, tal vez lo mejor, lo más refinado, noble y alto que se ha visto en estos guapos oscars.

Entre tanta belleza americana, de la rara y honda voz inglesa de Michael Caine salió lo más inteligente y conmovedor de la noche, cuando hizo el elogio de los cuatro competidores derrotados por él y cerró sus bocas con este amargo y solidario golpe de elocuencia: «Yo hoy os represento aquí arriba porque algún día vosotros también seréis supervivientes como yo hoy». La belleza americana de Las normas de la casa de la sidra le debe casi todo a este viejo actor británico, como American beauty debe toneladas de su antiguo y enérgico vigor a otro londinense, un tal Sam Mendes, hasta ahora teatrero forjado de espaldas a la pantalla y desde ahora uno de los creadores más rotundos que se conocen de cine futuro anclado en celuloide enriquecido con el serrín de escenario que alimentó a Lubitsch, Brecht, Wilder y otras muchas fuentes de belleza americana procedentes del otro lado del mundo.

Cuando Kevin Spacey salió a recoger, con el permiso del Denzel Washington de Huracán, el premio al mejor actor, reconoció su inmensa deuda profesional con Jack Lemmon, y algo esencial para entender por dónde se mueve la escurridiza trastienda de American beauty quedó de pronto desentrañado y flotando en el aire. Poco antes, otra belleza americana, la casi intrusa Hilary Swank, recordó que estaba allí de reina de la noche por protagonizar con inmenso talento Boys don’t cry, extraordinaria película que ha costado veinte veces menos que cualquier dorada basura de cine informatizado. Y todo se hizo más claro, si cabe: el gran cine americano acababa de vencer a sus suplantadores.

Si algo ha salido a flote en esta rara -por carecer de disparates como el que el año pasado convirtió en mejor película al globito de caramelo Shakespeare enamorado, y el que proclamó mejor actor, frente a los gigantescos Ian McKellen de Dioses y monstruos y Nick Nolte de Aflicción, a la simpática pequeñez de Roberto Benigni en su La vida es bella- edición de los Oscar es una idea del cine que desmiente casi todo lo propuesto con embudo en ediciones anteriores y desde hace muchos años. Algo parece modificarse por fin en la idea del cine que mueve a Hollywood y es probable, por lo que esta idea tiene de rescate de los principios de primacía de la creación sobre la fabricación y del cineasta sobre el negociante, que esta modificación tenga algo de irreversible, lo que la convierte en indicio de una mutación. Algo de esto se mascaba en gestos aislados de años anteriores y en brotes de rechazo por inventores e intérpretes de películas de la lógica de los fabricantes de mecanos. Pero muchos tabúes morales, políticos e industriales se han vulnerado en bloque en estos raros Oscar. Sólo les faltó incluir en su lista de bellezas americanas algo de Una historia verdadera, de Acordes y desacuerdos, de Magnolia.

28 Marzo 2000

La dignidad del actor

Maruja Torres

En la vida de Kevin Spacey, calificado por la prensa (que tanto disfruta aplicando tópicos) como un actor ambiguo y secreto, hay algo que ha sido poco destacado pero que preside su labor y se reveló en su parlamento de aceptación de su segundo Oscar. Y ese factor es la dignidad. «Estoy orgulloso de ser actor y he luchado duramente para proteger mi trabajo». En efecto, en la fábrica de salchichas que es Hollywood nada debe de resultar más arduo que mantener, una interpretación tras otra, la elegante coherencia que Spacey ha mostrado incluso al incorporar los personajes más tópicos de sus comienzos, dotándolos de aquello que sí existe en sus interpretaciones, lo reconozca la prensa o no: la ambigüedad que anida en todo ser humano, los retorcidos caminos secretos del corazón. Ningún papel hecho carne por Spacey merece ser relegado al olvido, se trate de un asesino en serie (Seven), de un tiránico productor de cine (El factor sorpresa), de un cínico agente de actores (Hurlyburly), de un contradictorio abogado (Darrow, producción televisiva) o del patético nuevo rico de Medianoche en el jardín del bien y del mal. Por no hablar de su maravilloso Lester Burnham, en American beauty.

Kevin Spacey ha trasladado al cine el respeto a su profesión que adquirió como actor teatral, faceta que todavía cultiva de vez en cuando. Y ha recibido lecciones de ética de alguien a quien el domingo agradeció que haya sido su mentor y que haya cumplido para él funciones de padre: Jack Lemmon, cuya interpretación en El apartamento, dijo Kevin, «es una de las mejores que se han hecho nunca».

La noche más noche de Hollywood reúne en torno a los Oscar a profesionales de distinto pelaje, entre los que siempre destacan aquellos por los que el cine sigue siendo un verdadero arte. Spacey, como Michael Caine, como el propio Lemmon, pertenece a este grupo.

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