25 noviembre 1988
Ningún periódico nacional dará información sobre el fallecimiento del militar
El ex General Luis Torres Rojas condenado por el 23-F tras perder la visión después de siete años en la cárcel
Hechos
El 24 de noviembre de 1988 D. Luis Torres Rojas abandonó el Hospital Militar Gómez Ulla.
Lecturas
Luis Torres Rojas morirá discretamente el 13 de abril de 2014 sin que ningún gran medio informe de su muerte.
El Análisis
La figura del general Luis Torres Rojas ocupa un lugar singular en la historia reciente de España, no tanto por una carrera militar especialmente brillante como por su implicación en uno de los episodios más delicados de la democracia: el 23-F de 1981. Veterano del Ejército de Tierra, con experiencia en destinos operativos y responsabilidades en unidades relevantes, Torres Rojas representaba a una generación de mandos formados en el franquismo que vivieron con incomodidad —cuando no abierta hostilidad— la transición política. Su perfil, sin ser el de un ideólogo, sí encajaba en el de un militar proclive a soluciones de fuerza ante la inestabilidad que percibía en el país.
Su papel en el intento de golpe fue significativo por su conexión con la División Acorazada Brunete (DAC), una de las unidades clave del Ejército en las proximidades de Madrid. Torres Rojas, que había sido máximo dirigente de la DAC hasta enero de 1980, llegó el 23-F a desplazarse desde su destino en Galicia con la intención de ponerse al frente de la unidad y facilitar su movilización en apoyo del golpe. De haberse producido ese movimiento, el desenlace del 23-F habría podido ser mucho más incierto: la presencia de fuerzas acorazadas en la capital habría alterado el equilibrio de poder en aquellas horas críticas. Sin embargo, el desarrollo de los acontecimientos demostró que el Ejército no era monolítico. Frente a la ambigüedad del general José Juste, jefe de la DAC, cuya indecisión reflejó las dudas de parte del estamento militar, se impuso la firmeza de mandos como el general Quintana Lacacci, que contribuyeron decisivamente a bloquear cualquier intento de implicar a la división en la asonada.
Tras el fracaso del golpe, Torres Rojas fue detenido, juzgado y condenado, como parte del entramado militar que había intentado quebrar el orden constitucional. Su responsabilidad no alcanzó la notoriedad de figuras como Tejero o Milans del Bosch, pero su implicación evidenció la profundidad de las complicidades dentro de ciertos sectores del Ejército. Con el paso de los años, y tras cumplir su condena parcial, recuperó la libertad y optó por una vida discreta, alejada del foco público, sin reivindicaciones ni protagonismo. Su trayectoria queda así como un recordatorio de hasta qué punto la democracia española estuvo en riesgo y de cómo, en última instancia, fue la propia estructura militar —dividida pero con mandos leales— la que contribuyó a frenar su quiebra.
J. F. Lamata