1 junio 1994
Tras fracasar al intentar controlar los periódicos DIARIO MADRID, EL PAÍS e INFORMACIONES y ser columnista de EL INDEPENDIENTE, ahora aparece como colaborador de EL MUNDO y COPE
El exjuanista Antonio García-Trevijano reaparece con un Manifiesto en la revista AJOBLANCO animando a la ciudadanía a no votar en las elecciones europeas de 1994
Hechos
El 1 de junio de 1994 la revista AJOBLANCO publica un manifiesto de D. Antonio García-Trevijano Forte.
01 Junio 1994
Manifiesto Electoral por la Democracia
Pocas veces tendrán los ciudadanos una oportunidad más clara, como la ofrecida por la convocatoria electoral del próximo 12 de junio, para expresar su rechazo de un régimen político que sólo sirve, a juzgar por sus resultados, para crear paro y corrupción. Pocas veces, como en ese día de urnas que no decide nada, podrán demostrar los ciudadanos, con su conducta electoral, que ellos no son los responsables de que se haya instalado en el Estado de partidos prebendarios, y de Autonomías artificiales, una clase política anémica de ideales y pletórica de aprovechados. Pocas veces se les ofrecerá la posibilidad de afirmar su personalidad individual, y de crear la plataforma social de un movimiento de acción instauradora de la democracia, diciendo simplemente NO a la invitación de participar en el juego de una Monarquía impuesta por Franco, con íntimo deshonor de la dinastía, y sostenida, sin virtualidad civil representativa, por organizaciones políticas y sindicales costeadas con fondos públicos y comisiones privadas ilegales. Pocas veces se presentará un resquicio tan idóneo a la sociedad civil para que pueda poner al descubierto, sin riesgo alguno para ella, la total falsedad de la sociedad política. Porque pocas veces han sido más inútiles para el ciudadano común unas elecciones como las europeas del 12 de junio.
Y sin embargo, muchísimas personas se disponen a refrendar, sin entusiasmo, unas listas de perfectos desconocidos, elegidos por los jefes de su partido para que los representen en el Parlamento europeo. Una cámara retórica que, en virtud de Maastricht, no tendrá capacidad de elegir ni controlar al único poder soberano de la Unión Europea. Un poder dotado de autonomía constitutiva y funcional, para evitar incluso la influencia de los Estados miembros y de la propia Comisión Europea. Un poder que dictará la política monetaria y financiera de la UE, que es tanto como decir toda la política económica de los Estados miembros. El Banco Central Europeo. Administrado por un colegio de excolegas de Mariano Rubio, y dirigido por los criterios monetaristas y presupuestarios del poderoso Banco alemán, que favorecen como es natural a los países ricos de la comunidad europea en perjuicio de los más pobres.
Siendo las cosas tan claras, y no existiendo reglas democráticas en el sistema político español ni en la Unión Europea, no se comprende por qué se disponen a votar, a esas listas desalmadas, tantos ciudadanos honestos y de buen juicio, a sabiendas de que inevitablemente serán defraudadas las pocas ilusiones que les queden. Esos votantes inconscientes no suelen creer o hacer, en la esfera privada de sus asuntos económicos o familiares, las tonterías que con tanta facilidad creen o hacen en los asuntos públicos. Si se dejan engañar es porque, en el fondo de sus almas escépticas, les parece más seguro y rentable, o menos complicado, vivir políticamente engañados. No tienen que perder tiempo en estar bien informados y se conforman con dejarse guiar por la corriente. Aunque sepan, con mayor o menor conciencia, que esta corriente, dominante en la opinión pública, está prefabricada por los poderes instalados, parasitariamente, en el Estado.
Pero existe una gran proporción de personas jóvenes y adultas, que no son conformistas ni indiferentes por naturaleza moral, y que sin embargo están predispuestas a votar en blanco o a la lista menos repugnante, para dar curso pese a todo a un extraño sentido del deber ciudadano. A personas tan respetables conviene recordarles que su buena fe les está jugando una mala pasada. Ya que en materia de deberes no hay, en general, otro legislador que el de la propia conciencia. Y en materia política, en particular, el acto de votar representa justamente todo lo contrario de un deber cívico. No es un deber porque es un derecho. Y no es cívico porque es político. Cuando las clases dirigentes temían que el voto de las masas y de las mujeres condujera a un gobierno de los pobres, el voto no era un deber ni un derecho, sino un privilegio de los varones ricos. Ha costado demasiado esfuerzo convertir el antiguo privilegio del voto restringido en un derecho político al sufragio universal, como para reconvertirlo en un deber, ahora que aquel peligro imaginario se ha esfumado y que los gobernantes sólo se legitiman por la participación electoral. ¿Es que no está suficientemente clara su maniobra de pedir que se vote por deber? Todo el mundo sabe, sin necesidad de ser abogado, que un derecho jamás puede consistir en el cumplimiento de un deber.
Y de ningún modo un deber cívico. Los deberes cívicos pertenecen, como indica la palabra, a la sociedad civil, a las costumbres de urbanidad y buena educación ciudadana. Y el acto de votar, como derecho a participar en la sociedad política, no tiene nada que ver con el orden de la “civil-ización”, sino con el de la cultura y la responsabilidad política. Y la mayor responsabilidad viene aparejada al mayor conocimiento. Quien votó el 6 de junio del 93, conoce ya que su voto sólo ha servido para prolongar la agonía de la sociedad política, con grave daño para la producción y la moral de la sociedad civil. Volver a votar el 12 J, incluso para corregir el sentido de la votación anterior, sería cometer un acto de cultura política irresponsable. O sea, de incultura. Por el mismo principio de responsabilidad con el que exigimos la dimisión de los gobernantes que se equivocan en la elección de subalternos corruptos, debemos exigir la abstención a todos los que se equivocaron al refrendar las listas de partidos, los mismos de ahora, que nos han llevado al paro y la corrupción con su acción estéril de gobierno y de oposición. El responsable de la situación es, en última instancia, el votante que se equivocó, no por elegir mal, sino por elegir entre mayores o menores males.
La combinación de inteligencia y de ética política reduce las opciones del ciudadano demócrata, en esta coyuntura, a una sola: abstenerse de votar. Vota en blanco quien está de acuerdo con el sistema electoral, la Constitución sin división del poder y el Parlamento europeo sin poder, pero no con los partidos de las listas que se presentan. Se abstiene quien no está de acuerdo con las reglas de juego y desea cambiarlas por otras democráticas, sabiendo que para ello se necesita deslegitimar por vía pacífica a la clase gobernante que lo impide. Lo que puede hacerse: casi mal, al modo italiano de la justicia independiente; o muy bien, al modo español del coraje ciudadano, para hacer ante las urnas lo que hizo ante el trabajo aquel inolvidable 14 D. Sin temor a un vacío de poder que, con la estabilidad intrínseca al Estado moderno, será menor del que existe hoy.
Recuadro destacado
Quien votó el 6 de junio del 93, conoce ya que su voto sólo ha servido para prolongar la AGONÍA DE LA SOCIEDAD POLÍTICA, con GRAVE DAÑO para la PRODUCCIÓN Y LA MORAL DE LA SOCIEDAD CIVIL. Volver a votar el 12 J, incluso para corregir el sentido de la votación anterior, sería cometer un acto de CULTURA POLÍTICA IRRESPONSABLE. O sea, de incultura.
02 Junio 1994
No votar, ¿a quién?
Sangre y lágrimas de cada día. Oigo que matar es parte de la lucha de ETA en la campaña electoral: por la abstención. O por el voto para HB. Me parece inaudito que alguien vote a favor de una empresa de crimen considerado como acto patriota irredento. En mi forma de ética, o como se llame eso, o en mi manera de análisis hay más comprensión para el asesino que para quien le vota: el asesino se juega algo, tiene un fundamentalismo que le ciega y, sobre todo, acepta él mismo ser un asesino: cargar con un daño mortal inútil, inservible incluso para la causa que intenta ganar. Quien le vota no parece ni siquiera asumir esa maldad: ni poner su vida, aunque sea durante un instante, en el juego macabro.
Con el voto próximo están pasando cosas muy raras. Hay una lucha innoble. Leo Ajoblanco de junio; un Manifiesto electoral de Antonio García-Trevijano —¡García-Trevijano! ¡El de la Constitución de Guinea!— pidiendo la abstención; hay un editorial en el mismo sentido, donde una de las razones que alega para no votar, o para no votar al PSOE (no es lo mismo), es la empresa de este periódico: «¿Creéis que se puede votar en la cursiva es mía un régimen que permite que un grupo editorial como PRISA, que controla la SER, pueda desmantelar a un grupo de emisoras como Antena 3 porque le hace la competencia?». En la portada, Pedro J. Ramírez, que habla en doce o catorce de sus páginas; y el informe se llama Prensa y corrupción, y lo explica muy bien el incorrupto Umbral, brazo de esta Santa Teresa, con media docena de líneas: «Cada periódico tiene su señor. Por lo que se refiere a los de Madrid, EL PAÍS sirve a Felipe González y Abc al Rey. El Mundo juega un poco a la contra, a no servir a nadie. Debería tomar un papel no solamente crítico, sino de investigación y denuncia. Esto sólo lo está haciendo El Mundo. Estamos en un momento en que hay que hacer un periodismo operativo y demostrable con datos».
Votar o no votar: estoy pensando si han tomado, invadido, comprado, prensa teñida comúnmente por libre o libertaria o de izquierdas para incitar a la izquierda a que no vote, sabiendo que la derecha no va a faltar. Una campaña especial.
Prensa y corrupción, dicen.
Eduardo Haro Tecglen
El Análisis
Sacar a un republicano animando a la gente a no votar parecía tener un claro destinatario: el electorado de izquierdas. Convencer a la juventud rebelde, habitualmente votante del Partido Socialista que se quedara en casa. Pues era evidente que a la derecha pepera lo que dijera alguien como Trevijano le iba a importar más bien poco. Trevijano podría decir que su llamamiento era transversal, pero el hecho de que fueran medios peperos como EL MUNDO de Pedro Jota o la COPE de Antonio Herrero los que dieran más aire a la opinión de Trevijano, apuntaba claramente en esa dirección.
J. F. Lamata