22 diciembre 1981

Es el tercer presidente desde que se instauró la dictadura de la Junta Militar de 1976

El General Galtieri asume la presidencia de Argentina reemplazando al General Viola, tras apenas 9 meses en el poder

Hechos

El 22.12.1981 el General Leopoldo Fortunato Galtieri tomó posesión como Presidente de Argentina reemplazando al General Viola.

El Análisis

Viola se va, Galtieri llega: Argentina, un país sin rumbo

JF Lamata
El general Leopoldo Fortunato Galtieri asumió la presidencia de Argentina, reemplazando a Roberto Viola, cuyo mandato de apenas nueve meses se desmoronó bajo el peso de una economía en ruinas y las pugnas internas de una dictadura que no encuentra estabilidad. Viola, que en marzo de 1981 sucedió a Jorge Rafael Videla, prometió una transición más moderada dentro del “Proceso de Reorganización Nacional”, pero su breve gestión es un testimonio del fracaso de un régimen que, aunque aplastó el terrorismo, no puede gobernar un país fracturado. Todos los altos mandos—Videla, el temido Emilio Massera, Viola y ahora Galtieri—están manchados por la represión brutal de 1976-1980, que dejó entre 7,000 y 30,000 desaparecidos. Pero en 1981, el problema ya no es la guerrilla, erradicada a un costo humano atroz; es una economía colapsada y una sociedad que, entre el miedo y la miseria, empieza a cuestionar la legitimidad de la Junta. Galtieri hereda un polvorín, y Argentina se pregunta si este nuevo general será capaz de apagar el fuego o solo avivará las llamas.
El mandato de Viola fue un intento fallido de suavizar la dictadura sin ceder el control. A diferencia de Videla, cuyo régimen se centró en aniquilar al ERP y los Montoneros mediante desapariciones y torturas, Viola buscó un diálogo limitado con sectores políticos y sindicales, prometiendo una apertura controlada. Pero su estrategia chocó con dos obstáculos insalvables: la economía y las divisiones internas del ejército. La gestión de José Alfredo Martínez de Hoz bajo Videla dejó una herencia tóxica: una deuda externa disparada, inflación galopante y un peso devaluado que hundió a la clase media y obrera. Viola no logró revertir esta crisis, y sus intentos de estabilización—como renegociar la deuda o frenar la inflación—se estrellaron contra la resistencia de los sectores duros de la Junta, liderados por figuras como Massera, que veían cualquier apertura como debilidad. Además, la presión de las organizaciones de derechos humanos, como las Madres de Plaza de Mayo, y la creciente atención internacional sobre las atrocidades del régimen debilitaron aún más su posición. Los militares, divididos entre halcones y moderados, vieron en Viola un líder incapaz de imponer orden, y su salida, orquestada por Galtieri y sus aliados, refleja la lucha interna por el poder en un régimen que se tambalea.
Argentina en 1981 es un país sin rumbo. La economía es el talón de Aquiles: la deuda externa supera los 35,000 millones de dólares, la inflación roza el 100% anual y el desempleo crece, mientras los salarios no alcanzan para lo básico. La “pacificación” que celebran propagandistas como Bernardo Neustadt y Mariano Grondona no llena los estómagos ni apaga el descontento. La sociedad, aún traumatizada por la represión, vive bajo la censura y el miedo, pero las protestas, aunque tímidas, empiezan a surgir. En el exterior, la administración de Ronald Reagan, que inicialmente apoyó a la Junta como baluarte anticomunista, enfrenta presión para condenar las violaciones de derechos humanos, lo que aísla aún más al régimen. Galtieri, un general de línea dura conocido por su ambición y su cercanía a los sectores más represivos, asume en un momento en que la dictadura necesita un golpe de efecto para recuperar legitimidad. Pero sin una economía funcional ni una sociedad reconciliada, su presidencia parece condenada a repetir los errores de sus predecesores. En este diciembre de 1981, Argentina no solo cambia de general; se aferra a la ilusión de que un nuevo rostro pueda salvar un régimen que se hunde en su propia sangre y miseria. ¿Será Galtieri un salvador o el próximo en caer?
J. F. Lamata