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El cambio se produce tras la entrevista del Rey a la periodista Selina Scott y también en medio de la polémica de la cercanía del banquero Mario Conde al jefe del Estado

El General Sabino Fernández Campo reemplazado como Jefe de la Casa del Rey por el Vizconde de Almansa

HECHOS

El 7.01.1993 se hizo público el relevo del General D. Sabino Fernández-Campo como jefe de la Casa del Rey, siendo reemplazado por José Fernando de Almansa Moreno-Barreda, Vizconde del Castillo de Almansa.

«EL VÍDEO DE SELINA SCOTT NO TIENE NADA QUE VER CON MI CESE»

moto_selina Selina Scott y el Rey Juan Carlos I

En declaraciones a DIARIO16 el mismo día en que se produjo el relevo, el 8.01.1993, DIARIO16 reproducía unas declaraciones del General Fernández Campo en las que negaba cualquier vinculación entre la entrevista y su salida: «Por supuesto, no tiene nada que ver con mi cese. Como es sabido, yo le he planteado al Rey, hace tiempo ya, mi deseo de retirarme». Aunque en las mimas declaraciones reconocía que la entrevista no le había gustado ni a él, ni tampoco al propio Rey.

08 Enero 1993

El equipo del Rey

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

Según establece la Constitución, el Rey «nombra y releva libremente a los miembros civiles y militares de su Casa». Es lo que acaba de decidir don Juan Carlos al designar a dos diplomáticos, Fernando Almansa y Rafael Spottorno, jefe y secretario general de la Casa del Rey, en sustitución de los generales Sabino Fernández Campo y Joel Casino, respectivamente.La Casa de su majestad el Rey es el organismo encargado de «servirle de apoyo administrativo en las actividades derivadas del desempeño de sus funciones». El nombramiento de sus componentes corresponde directamente al monarca, siendo esa competencia suya la única que no requiere del refrendo del Ejecutivo o las Cortes. La decisión será oficialmente conocida. hoy por el Consejo de Ministros, pero éste no podrá interferir en el nombramiento. La circunstancia de que el nuevo secretario general, Rafael Spottorno, fuera jefe de gabinete -cargo de confianza por excelencia- del fallecido ministro de Asuntos Exteriores Francisco Fernández Ordóñez, así como de su sucesor, Javier Solana, parece indicar determinada coincidencia de criterios entre el Rey y el Ejecutivo sobre el sentido del relevo. El nuevo jefe de la Casa Real, Fernando Almansa, vizconde del Castillo de Almansa, fue consejero en la representación permanente de España ante la OTAN y, desde 1991, por nombramiento, también de Fernández Ordoñez era subdirector del Departamento de Europa Oriental del Ministerio de Asuntos Exteriores.

Que sendos generales ocupasen hasta ahora los dos puestos de más relieve del entorno del Rey era un injustificado anacronismo. Tal juicio es independiente de la personalidad de quienes encarnaban esos puestos. El general Fernández Campo, en particular, desempeñó un importante papel en la asistencia y asesoramiento de don Juan Carlos en los primeros años de la transición. Su prudencia se puso a prueba sobre todo en las decisivas horas de febrero de 1981, en que algunos de los conjurados pretendieron utilizar el nombre del Rey para justificar su intentona golpista. Y, en cualquier caso, el general Fernández Campo tiene reservado un puesto de honor en la historia de España por los servicios importantísimos que ha rendido al país. Esto dicho, es ingenuo colegir que son discrepancias puntuales con el Rey las que han llevado a éste. a tomar la decisión del relevo, probablemente decidido desde hace tiempo por el simple hecho de que se había cumplido una etapa.

Cabría interpretar que el protagonismo desempeñado durante, estos años por los uniformados en la Casa del Rey fue debido en buena parte, al deseo del Monarca de subrayar una de sus funciones constitucionales: el, desempeño del «mando supremo de las Fuerzas Armadas». Es altamente probable que la primera fase de la transición a la democracia habría tenido que soportar pruebas todavía más duras si don Juan Carlos no hubiese sido visto por los ejércitos como su jefe supremo. Las vinculaciones del Rey con la familia militar han sido una garantía de estabilidad. Alejados aquellos peligros, la función representativa es actualmente la de más relieve de las asignadas a la Corona. Y es no sólo lógico, sino también saludable que funcionarios civiles ocupen puestos de responsabilidad encomendados hasta ahora a mandos militares. Al elegir a diplomáticos de carrera para esos dos puestos clave de su equipo, el Rey parece asumir esos criterios.

El hecho de que se trate de dos personas más joven es que el propio Rey subraya, además, la voluntad de modernización del aparato que le presta su apoyo, ya intentada pero frustrada -por razones que no se explicaron- con el nombramiento, hace dos años, del diplomático José Joaquín Puig de la Bellacasa, que dimitió tras permanecer unos meses corno secretario general de la Casa Real, y que ahora desempeña el puesto de embajador en Lisboa.

10 Enero 1993

Sabino y el Rey

Pedro J. Ramírez

Un día hace catorce años Sabino Fernández Campo me invitó de improviso a tomar café en la Zarzuela. La víspera yo había publicado en ABC una noticia ciertamente impactante sobre el ruido de sables que en aquella etapa de la transición se escuchaba de vez en cuando en el entorno del monarca. Prescrito ya el secreto profesional, hoy puedo revelar que mi fuente -de ésa como de algunas otras sonoras exclusivas de finales de los 70 era Felipe González, con quien mantenía una relación de confianza sobre la que aún no planeaban ni el GAL, ni el referéndum sobre la OTAN, ni Filesa. De ahí que mi información, rica en detalles confidenciales, hubiera disparado las conjeturas. Fernández Campo quería evaluar conmigo lo ocurrido, pero nuestra conversación a solas apenas duró cinco minutos. En un momento dado se oyeron pasos, él se levantó, abrió la puerta de la salita e introdujo al Rey. Desde entonces aquella anécdota quedó en mi subconsciente elevada a categoría. Sabino era la puerta del Rey. Unas veces se abría, otras no; pero siempre se podía tener la certeza de que don Juan Carlos estaba detrás. Era el orden natural de las cosas porque la fachada de la Casa Real quintaesenciaba cuanto se presumía que existía. dentro. Si alguien me preguntara por las cualidades principales de un Jefe del Estado, yo describiría la personalidad de Sabino: inteligencia, percepción, visión de conjunto, generosidad, constancia, rapidez de reflejos, sentido de la historia, magnetismo humano. España ha perdido un extraordinario presidente de la República, o como mínimo un gran ministro reformista. El papel que el destino le ha reservado no ha sido, sin embargo, parvo. Tanto en la hora decisiva del 23-F, en la que dio una memorable lección de estrategia a sus teóricamente mucho más bragados compañeros de armas, como en la difícil brega de la cotidianeidad, Sabino ha sido el piloto providencial que ha permitido a la Monarquía sortear los escollos de sus íntimas contradicciones. Naturalmente que existía un plan del Rey, un propósito profundo alumbrado en el útero mental de don Juan Carlos, pero había que ser capaz de ejecutarlo. Se trataba nada menos que de convertir a una institución añeja, antidemocrática y contaminada por el franquismo, en el eje de una España innovadora y democrática, empeñada en romper con su pasado. El resultado bien a la vista está: Sabino puede «desvanecerse» -como el buen soldado que es- entre las brumas de la historia, con la serenidad de ánimo que proporciona no sólo el haber servido leal y esforzadamente, sino el haber tenido éxito. De haber vivido en el XVIII, don Juan Carlos habría acumulado sobre sus espaldas las carteras de Guerra, Marina, Hacienda y Justicia, como hizo Fernando VI con Ensenada o Carlos III con Aranda y Moñino. Pero siendo mucho menores sus competencias, el desenlace ha sido el mismo en cuanto al peso de la carga, pues Sabino ha tenido que hacer frente a su inmensa tarea con un «staff» mínimo, aunque abnegado. Nunca nadie se ganó el derecho al descanso como este hoy Conde de Latores que durante década y media ha sido la tortuga presurosa de la Monarquía, con la Casa Real permanentemente a cuestas. El paralelismo retrospectivo permite acercarnos a las zonas de sombra -exageradamente subrayadas estos días- que, siendo propias de toda relación humana, se veían potenciadas en este caso por la contradictio in terminis que supone desarrollar un proyecto racionalista desde una posición tan irracional como la que implica la plena subordinación de un ser humano a otro en función de cuál ha asido su cuna. Resulta desconcertante y conmovedor comprobar como los grandes ilustrados que pugnaban por acabar con los privilegios de la sociedad estamental se referían invariablemente a aquel de los primeros borbones que a cada uno le había tocado en suerte como al «Amo». Todos aceptaron el destierro, la persecución inquisitorial o la cárcel que llevó aparejada su caída en desgracia sin proferir un solo reproche hacia el soberano. Ni la monarquía constitucional es equiparable al absolutismo, ni don Juan Carlos tiene el corazón de hielo de algunos de sus ancestros. Pero así como toda diferencia de criterios entre cualquier otra pareja de seres humanos, incluso unidos por una relación jerárquica, debe dilucidarse de acuerdo con las reglas de la razón, la inamovilidad del Rey -su propia irresponsabilidad jurídicarequieren que, dentro de la Casa Real, no pueda existir ni oficial ni oficiosamente otra posición sino la suya. El temple, el sentido común, el hábil equilibrio con que Sabino ha tratado de plegarse siempre a este principio, sin renunciar por ello a intentar influir en el rumbo de los acontecimientos, de acuerdo con su perfeccionismo, su ilimitada autoexigencia, su visión espartana del servicio público, es quizá el mejor de los legados no sólo para su sucesor sino también para el propio don Juan Carlos. El mayor peligro que acecha a nuestra Monarquía es el de la «windsorización» de la familia real española. En las sinceras declaraciones que Sabino hace hoy a Carmen Rigalt se permite llevar la contraria a lo que, según todas las encuestas, opinan la mayoría de los españoles: «Los Reyes no tienen vida privada». Tras el annus horribilis de la corona inglesa y alguna experiencia propia de alcance afortunadamente anecdótico, la Monarquía española debe extraer la percepción de que el riesgo de devenir en una Casa Real de papel couché y cotilleo de peluquería está a la vuelta de la esquina. Y no es trasmutando a los periodistas en discretos connaisseurs como se soslaya ese riesgo, por más que haya una larga lista de ridículos colegas prestos a asumir ese impropio papel: lo que no se publique en España, se publicará en Edimburgo o en Hong Kong y no habrá quien le ponga puertas a la aldea global. Teniendo en cuenta que en el horizonte hay episodios como las bodas del Príncipe y las Infantas, de marcada dimensión social, y que a los 55 años nadie cambia de estilo y aficiones, la única manera de reducir a su natural dimensión de secundario telón de fondo las especulaciones sobre noviazgos, las escenas lúdicas en el barco o en la nieve, las polémicas sobre vídeos frívolos y libros poco afortunados, es dotando a la Corona de un creciente protagonismo político en aquellas areas que la Constitución le asigna. La elección de dos diplomáticos, pegados al terreno del complejo escenario internacional reciente, para suceder a Sabino Fernández Campo supone desde este punto de vista un prometedor acierto. El listón está muy alto pero, volviendo al terreno de lo personal, resulta también alentador atisbar reproducidos en Fernando Almansa algunos de los mejores rasgos de su extraordinario antecesor. En cualquier caso, la suerte de la Monarquía en el siglo que viene ha empezado ya a escribirse con esta vuelta de página.

10 Enero 1993

El fin de la transición en Zarzuela

Pilar Urbano

Hay más conjeturas, más cábalas, más juego de adivinanzas y más asombrados rostros de sorpresa en el Palacio de Santa Cruz que en el Palacio de la Zarzuela. Entre los diplomáticos se tejen y destejen toda suerte de «hipótesis sensatas», buscando las claves que inclinaron al Rey Juan Carlos a elegir, para llevárselo como jefe de su Real Casa, a un joven abogado, de 44 años, granadino, de pedigree monárquico, vizconde del Castillo de Almansa, diplomático de segunda fila, aunque ambicioso, inteligente, preparado, culto, y con experiencia en dossieres calientes: no en vano se había fogueado en la representación permanente de España en la OTAN; en la Embajada de Moscú; y ahora llevaba, como subdirector, los temas de Europa Oriental: el tiberio de los Balcanes y la guerra de Yugoslavia. Almansa es un hombre imaginativo y metódico, a la vez. Capaz de repentizar una solución; pero amigo de diseñar con esmero las estrategias y madurarlas con paciencia sobre el papel. Lo definen como «un diplomático con cintura, hábil para moverse sin forzar ni arriesgar el escorzo». Intuitivo y fino ante las cuestiones sensibles. Con cierto señorío andaluz, de hondura granaína. Prudente y discreto. Fácil de trato. Accesible. Serio, pero con buen genio. Sentido del humor. Ni envarado ni campechano. Con ideología de Estado y sin militancias o tinturas partisanas. Más aficionado a la lectura que al deporte. De pluma precisa, suyas son muchas piezas discursivas que salieron del Palacio de Santa Cruz en tiempos de Fernández Ordóñez. Por su tradición monárquica, y porque su padre fue delegado de Don Juan de Borbón, en Granada, durante el caudillaje de Franco, José Fernando Almansa tenía, como se suele decir, «entrada en Palacio». Si bien, todo apunta a que no usó ni mucho ni poco esa venia: el Rey le conoció y se fijó en él durante su último viaje por Chile y Argentina. Es muy posible que, junto a esa impresión favorable, hiciera mella en el Rey cierto aval de garantía en boca del jefe máximo del CESID, Emilio Alonso Manglano, gran amigo del padre y del tío de JF Almansa, militares ambos, como el propio Manglano. En verdad, desde tiempo atrás, Don Juan Carlos tenía clara la idea de situar al frente de su Casa a un civil, avezado en la alta diplomacia, y no sólo con idiomas, sino con background internacional. El primer intento fue en 1991, con José Joaquín Puig de la Bellacasa: el Rey le tenía echado el ojo desde que estaba en Roma, como embajador ante la Santa Sede; y después, en Londres. Cuando Isabel II le hizo un comentario de elogio por ese magnífico embajador, el Rey contestó: pues lo vas a ver poco tiempo por aquí: se viene a trabajar conmigo. El proyecto que De la Bellacasa tenía, como soporte burocrático y social de la Jefatura del Estado, debió ser en exceso protocolario y rigorista: pretendía transformar la Zarzuela en un Buckingham Palace. Por otra parte, no se contuvo a la hora de recomendar al Príncipe Felipe: «Vuestra Alteza debería formarse más en las lecturas y dedicar horas a estudiar Historia». Un buen consejo, sin duda; pero ése y otros detalles de talante puritano, pusieron al Rey en ascuas sobre la posibilidad de que le encorsetasen, con hábitos demasiado severos, en su propia Casa. Aquello no cuajó. Falló la «química». Y lo siento, José Joaquín: no encajas aquí.

Otra persona que soñaba con esa palestra de trabajo -siquiera en su fuero interno- era Inocencio Arias, Chencho. Al jubilarse Mondéjar y fracasar el ensayo con De la Bellacasa, el Rey retuvo a Sabino Fernández Campo, que ya tenía un pie en el estribo para retirarse: le ascendió, de la Secretaría a la Jefatura. Para completar el doblete, el general Joel Casino fue nombrado «número dos» del staff. Pero esa propuesta era una «leal sugerencia» de Sabino. Por ello, ahora, el relevo de Fernández Campo engancha también a Casino. Ultimamente, una sucesión de episodios relativos a la privacidad de la Familia real saltaron a la prensa envueltos en polémica y sensacionalismo: El romance del Príncipe con Isabel Sartorius y un abstruso debate sobre si ello empecería o no su acceso al trono. Ciertas escapadas del Rey a Suiza, de las que se sospechaban novelerías amorosas, y que coram populo, tuvieron una explicación tan insostenible como que «el Rey se va a Suiza a dar paseos». Los erráticos novios con que, cada dos por tres, se intentaba emparejar a las Infantas Elena y Cristina. La anunciada, deseada, y luego no satisfecha estancia de los Reyes en Sevilla, donde pensaban «sentar corte» durante los fastos de la Expo; pero que, al final, quedó en unas visitas de inauguración, clausura, y poco más. Turbulencias en la relación -hasta hace dos años formidable- entre el Rey y los periodistas, cuya última gota de acíbar fue el scoop televisivo, gran exclusiva mundial, que la reportera británica Seline Scott obtuvo de la Familia Real… Todo ello, unido a un grave descascarillamiento en las fachadas de otras monarquías europeas, como la de Inglaterra, hizo sonar en el listo instinto de Don Juan Carlos las señales de alerta. Un descuido más, y alguien saldría diciendo lo del viejo cuento: «¡el Rey está desnudo!». Este verano, la mente del Rey comenzó a trabajar en serio sobre el plan de renovar su Casa y dotarse de colaboradores mundeados y ágiles de reflejos, que arropasen su dificilísima libertad. No es baladí el comentario de Sabino Fernández Campo acerca del famoso reportaje de la Scott: «Yo ahí no intervine en absoluto… ¿Interesante? iSerá para la señorita Scott, pero no para el Rey!… Me pareció frívolo, ligero e inoportuno, no ya por su contenido, sino por darle esa exclusiva a una televisión extranjera. ¿Acaso no hay televisiones en España?… Si TVE lo emite, yo mismo, porque formo parte del pueblo español, consideraré que no estoy maduro para que ese reportaje me cause buena impresión». Sin necesidad de gran agudeza, es evidente que Sabino no tuvo ni arte, ni parte, ni opción para disuadir al Rey. ¿Cuándo se quiebra la empatía, la sintonía, el buen feeling entre el Rey y el jefe de su Casa? Tal vez, más que quiebras o fisuras, lo que venía acentuándose era la erosión del desgaste en una relación necesariamente interpersonal, estrecha, continuada, donde lo institucional se solapa con lo doméstico, y lo privado se yuxtapone a lo público… Una relación en la que no hay momentos para bajar la guardia, porque el Rey es siempre el Rey y, por tanto, siempre se ha de cuidar su Casa. «Ahora, a los 74 años -me decía Sabino el otro día, es cuando yo voy a poder usar mi libertad, porque la había perdido el mismo día que España la recuperó». Lo cierto es que Fernández Campo, en diversas ocasiones ha facilitado al Rey, con elegancia, la tarea de relevarle, expresando su deseo de «no eternizarme en el cargo» y «descansar de una vez». En un determinado momento, este otoño, el Rey le ha tomado la palabra. Hay un dato interesante: A mediados de noviembre, Almansa no tenía ni idea de que Don Juan Carlos pensaba en él para la Jefatura de su Casa: en esas fechas pidió con insistencia el destino de ministro consejero en Washington. Y se lo tenían reservado, con asterisco. Es un hecho. Otro hecho, también sin vuelta de hoja, es que Fernández Campo no sugirió, ni apuntó, ni siquiera fue consultado acerca de su sucesor en la Zarzuela.

El 29 de diciembre, los Reyes le invitaron a almorzar en un lugar donde la gente pudiese verles: el restaurante Horcher. En grata conversación, fue informado de que el nuevo jefe de la Casa sería un diplomático de edad puente entre el Rey y el Príncipe heredero: Vendrá un tándem joven, con vida por delante para adquirir experiencia y entrenamiento, y que se muevan a tenor de los nuevos tiempos. Entre tanto, el Rey había conversado varias veces con Almansa. Fue éste quien tiró de Rafael Spottorno, su amigo y colega, con quien puede formar un equipo bien complementado: A la imaginación y rapidez mental de Almansa, Spottorno añade un sentido riguroso, preciso y sistemático del trabajo. Tampoco hay que desdeñar el dato de currículum de que Spottorno supo cuidar con gran éxito, ad intra y ad extra, la imagen pública de Paco Ordóñez. Pero la clave de estos cambios está en la conjugación de cuatro elementos: edad joven, oficio diplomático, condición civil e independencia política. Todo ello, en un escenario «clásico y frágil», donde no caben las convulsiones ni los terremotos, supone un cambio de novedosa envergadura. Hasta ahora, la Zarzuela no había culminado su propia transición. El motor del cambio no había hecho su propio cambio. Ahora, sí. Ahora el Rey ha puesto proa hacia el futuro. Un futuro que se llama Felipe VI.

09 Enero 1993

Memoria de Sabino Fernández Campo

Carlos Dávila

Escribió hace tiempo un periodista, Joaquín Bardavio, que Sabino Fernández Campo fue preparado durante año y medio para ser secretario general de la Casa de Su Majestad el Rey. El general siempre lo ha desmentido: “Si fui preparado para eso, lo ignoro; es más, nunca me di cuenta”. Es una respuesta válida ahora para entender que las designaciones en la Casa son de exclusiva competencia del Rey y no tienen un rodaje de ‘entrenamiento’ ditalado. Sabino Fernández Campo había pedido a Don Juan Carlos el relevo por primera ocasión va ya para dos años; el Rey le pidió presencia activa durante todo el 92. Ese año, tan siniestro como bisiesto, ya terminó: aquí podría concluir la historia.

La perfecta discreción

La primera vez que sabino Fernández Campo tuvo incidencia directa en la historia palpitante de España fue con ocasión del juicio de Burgos contra los etarras que asesinaron en Irún al policía Melitón Manzanas. Dos de estos etarras, que mañana ingresan oficialmente en el PSOE, por cierto: Uriarte y Onaindia, nunca sabrán, quizá, que la gestión más delicada cerca del Tribunal que presidía la vista la realizó Fernández Campo, jefe entonces del Gabinete Técnico del ministerio del Ejército, Castañón de Mena. La gestión, tan delicada como infructuosa, costó un enorme disgusto al actual conde de Latores, y no sólo porque no tuviera éxito, sino porque existieron represalias contra el ‘correo’ al que cayó en desgracia realizarla.

En el trance demostró Fernández Campo una perfecta discreción: la misma con que ha cumplido dieciséis años en la Casa del Rey. Nunca contra él – los editores pueden ir rompiendo suculentos contratos aún sin ofrecer – sus relaciones, por ejemplo, con los tres presidentes democráticos de España: Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo-Sotelo y Felipe González. Confidentes, asesores y consejeros de los tres sí han relatado en la mayor de las privacidades que Suárez y Fernández Campo se entendieron mal en el tramo final de la Presidencia del político centrista. Suárez y el general se opusieron, sin embargo, aunque no con la misma vehemencia, al nombramiento de Armada como segundo jefe del Ejército, pero ambos, eso es cierto, tenían una diferente concepción de cuál debe ser el grado de intervención del poder político en la agenda y la actividad del titular de la Corona. De las discrepancias habida nunca hubo, en todo caso, la menor constancia por parte del ‘general Sabino’, como se le llamaba amablemente en el Palacio de la Zarzuela.

Fernández Campo raramente ha visitado a político alguno en sus densos dieciséis años al servicio de la Corona; sin embargo, fue él personalmente quien acudió el 29 de enero de 1981 a recibir en la Moncloa, noticia directa del a dimisión de Suárez. De aquella conversación guarda más recuerdos el general que el ex jefe del Gobierno, pero, como dijo después un ministro ya fallecido, Pío Cabanillas: “No fue bien”. Fue el último acto de relación oficial entre ambos y la frase de Cabanillas sintetiza los momentos difíciles de la postrera etapa.

Calvo-Sotelo despachaba con el Rey de forma técnica y quizá con lo que entonces se le achaba: “Un punto de veneración dinástica”. Calvo-Sotelo era monárquico de siempre y su relación con Don Juan Carlos fue necesariamente distinta al a mantenida por Suárez. También con Fernández Campo. El ex presidente con mejor preparación (Y menos suerte) de la trayectoria democrática de la España reciente alaba, en su ‘Memoria viva de la transición’, la ‘asombrosa discreción a la que Sabino ajusta su vida, como si de un voto monástico se tratara”. El hasta ayer jefe de la Casa del Rey ha comentado con toda la bienintencionada socarronería asturiana de que es capaz: “He sido soldado durante buen tiempo de mi existencia; monje, nunca”. Calvo Sotelo y Fernández Campo se entendieron incluso el momento más difícil en que creyeron que Suárez, tras el fracaso del Golpe de Estado, quería volver a la Presidencia. Se sabe, por testimonios de los colaboradores de Calvo-Sotelo en la Presidencia, que los discursos del Rey salían de la Moncloa ‘sin tilde ni corrección alguna’. En la época de Calvo-Sotelo, Sabino Fernández Campo pensó que su ‘full time’ al servicio del Rey no duraría mucho: ha durado diez años más.

Impecables relaciones

Cuando los socialistas llegaron al poder en el 82, Felipe González y Sabino Fernández Campo convinieron que las relaciones entre los dos palacios: Zarzuela y Moncloa, debían ser ‘impecables’. El adjetivo plural es correcto, pero quizá puede ser sustituido más adecuadamente por otro: estables. González y sus Gobiernos han pecado de ‘poner al Rey tan alto, tan alto, que alguna vez ha sido difícil verle”. Según confesión de quién puede sostenerla; han tenido menos interés – incluso desinterés interesado – en intervenir en la vida oficial de Don Juan Carlos.

Triste felicidad

Con triste felicidad – en confesión del general al cronista – abandona Sabino Fernández Campo el serivcio directo a la Corona. En marzo cumple setenta y cinco años y era este mes de marzo el escogido en principio para el relevo. Ha sido en un enero plagado de expectativas cuando se marcha del Palacio de la Zarzuela porque – ésta es su más repetida explicación – “es el momento cuando aún puedes hacer otras cosas”. Ha dicho Fernández Campo que “es lamentable que los años no te permitan darte cuenta de que los tienes”, y también por eso ha cesado. Lúcidamente.

Carlos Dávila.

22 Mayo 1993

Sabino

Jesús Aguirre (Duque de Alba)

De entrada nos pareció tímido, o cerrado o distante. No era otras cosas y sí militar, aunque de un arma más bien administrativa. Luego fuimos adivinando que tímido sí es, no cerrado, aunque cauteloso, y tampoco distante, pues cualquier elegancia asoma siempre desde la lejanía. Obtuve la clave de estas ponderaciones por un detalle somático. Ciertos días, en ocasiones determinadas, a Sabino le crecían las ojeras. No afirmaría yo, como lo hace de su personaje don Luis de Góngora, que nuestro amigo haya tenido las «venas con poca sangre», mas sí «los ojos con mucha noche» y no precisamente por no dormir. En esa casa, en la que deben saberse todas las políticas y no implicarse por ello en ninguna, hay más motivos para el desvelo; no el último: el protocolario. La alerta es aconsejable para cumplir las normas de una igualdad jerarquizada y de la más alta buena educación; más alerta es precisa para abrirse a los rompimientos que improvisen quienes Pueden o tramen los que no deben; y, sobre todo, hay que ser ágil para volver la espalda con delicadeza ante lo irremediable. Durante esta coyuntura es cuando las ojeras llegarán hasta el omóplato. Sabino ha tenido que echarse muchas veces los ojos y sus alrededores a la espalda. Cierto que la madrugada de la copla, que en la copla contradice a la noche ocular, tampoco se le advierte, así como así, en las sienes. El propio conde de Latores ha declarado ante familia pública que en cuanto a puestos resulta menester ejercitar la modestia evangélica, aquella (le los últimos serán los primeros, para comprobar así desde un penoso refugio asignado que, con toda probabilidad, en él te asientan, esto es, que en él te dejan sentado.No sé por ahora de otros homenajes que se le hayan tributado que no sean los asturianos, porque asturiano es y de oficio nuestro grande de España. Nada tengo que aconsejar a nadie, mas sí exhorto a nuestro amigo se defienda de lo que he denominado «el cortejo humillante de los dones», que suele organizarse con intenciones de sepelio prematuro. Bien es verdad que Sabino, por haber prestado servicio eficacísimo, discreto y desinteresado, allí donde lo ha hecho, reconocerá el acierto de la sentencia de Miguel de Montaigne: «Por muy alto que sea un trono, siempre habrá que sentarse en él sobre las propias posaderas».

Sus declaraciones se han atenido hasta ahora, y por muy buen sistema, a la preceptiva de la diplomacia vaticana: «Que vuestro discurso sea: ‘Es, es; no, no». ¿Mas cuál es el haz y cuál es el envés? Se trata de llevar aristotélicamente a buen puerto la operación de pensar lo semejante. En cuanto a la comprensión del auditorio, ninguna mejor que la que pretendía Gertrud Stein: «La unión del oxígeno y del avestruz no constituye un buen seguidor de huellas». Sabino está ya en libertad, pero en libertad condicionada; en un retiro, aunque retiro a borbotones (¿será verdad que Borbón procede, etimológicamente, de fuente termal, de chorro cálido hacia arriba? Porque si fuese así, auguro a mi amigo salud largamente restaurada en un real balneario). ¿Qué le azorará más, la imaginación o el recuerdo? No pueden sino alimentarse uno de otra, y otra de uno. Cuando nos percatamos de que el hombre apenas es capaz de lograr certezas, hacemos de la certidumbre nuestra melancólica residencia. ¿Esto lo recuerdo o lo imagino? Entretanto…

Consuela que el sustentador de una biografía con tanto logro confiese que en su montura hay cuévanos vacíos, vocaciones frustradas y dos por lo menos: la de diplomático y la de músico. En la guerra civil surgieron el oficio y luego el empleo militar sin banda de música. Un frustrado, aunque lo sea sólo recónditamente, es un hereje virtual. No es que plazcan los herejes, sino que resulta paulinamente oportuno que los haya. La endogamia termina por fatigar la cuna, por casi no mecerla. Si no hay nanas, no habrá tampoco himnos, ni conversación siquiera. No olvidemos que Sabino es hijo único, y los suyos, en cambio, cortejan la docena.

Ni diques de grandezas y menos aún los remoloneos de quienes siempre piden algo a cambio de adulaciones producirán la más pequeña mutación en la sustancia de Sabino. Si así no fuese, que no será así, por éstas que me sentiría yo capacitado para aspirar a otra Academia. Y lo digo porque el conde de Sade, padre del marqués más famoso, afirma en sus papeles, recientemente desempolvados, que si cayese su hijo en determinada virtud, su corazón paterno y dieciochesco quedaría «abrumado y preferiría que su hijo fuese de la Academia».

Que la boca calle porque el corazón abunda: el nuestro y el de un Sabino Fernández Campo que escamotea sus fronteras ya que las rebasa siempre clandestinamente. Una sabina es, en las Pitiusas, una viga de color muy claro, nudosa y, según estimo, joven. Cada estío alzo la mirada hacia su frescor y reposo del excesivo arrobo de la mar y del sol y sus puestas anaranjadas. En tus verdes húmedos, boscosos, de la Asturias que te parió, ¿te dicen algo estas líneas mías a ti, servidor de quien sirve?

El Análisis

¿UNA FICHA DE MARIO CONDE?

JF Lamata

¿Fue la elección de D. Fernando de Almansa una sugerencia del presidente de Banesto, D. Mario Conde, al Rey? Esa es la versión que el propio ex banquero ha dicho. Uniendo el incidente con los sucesos de verano de 1992 en los que D. Sabino Fernández Campo fue señalado como ‘la fuente’ que filtró/ayudó/permitió/consintió que EL MUNDO publicara noticias perjudiciales contra el Rey para espabilarle. «Por una puerta salió el General Sabino, por la otra entró Mario Conde», escribiría D. Jesús Cacho, presentando así al Vizcondecomo una ficha del mandamás de Banesto. Pero esta teoría queda un poco debilitada si se tiene en cuenta que el banquero sería destruido en 1993, y, sin embargo, el Sr. Almansa seguiría al frente de la Casa del Rey hasta 2000.

J. F. Lamata

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